La odisea por inscribir a un hijo

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La odisea por inscribir a un hijo

Por Consuelo Terra / Fotos: Mila Belén

Hace 3 años Rocío Muñoz y Susana Perez tuvieron a su hijo Rafael, concebido por inseminación artificial. Al igual que otras guaguas nacidas en familias lesboparentales, Rafael fue registrado como “hijo de mamá soltera”, porque la ley chilena no reconoce a sus dos madres. Sin embargo, su historia dio un giro inesperado cuando Rocío y Susana lograron inscribirlo en la libreta del AUC, pese a que el Registro Civil niega este derecho a parejas del mismo sexo. Su insólito caso refleja el desamparo legal que vive un número creciente de niños en Chile, cuyas familias aún no son validadas por el Estado.

Susana Pérez (41, profesora de educación física) y Rocío Muñoz (43, ingeniera agrícola) llevan 13 años juntas y dos años unidas civilmente. Desde el comienzo de su relación, tuvieron claro que querían tener un hijo. Ojalá dos. “Cuando decidimos ponernos en campaña todavía no existía el Acuerdo de Unión Civil, pero teníamos confianza en que cuando nuestro hijo creciera, la discriminación iba a ser tema superado”, dice Rocío.

Igual que otras parejas de lesbianas que buscan concebir un hijo, ambas decidieron someterse a tratamientos de fertilización asistida. Acordaron que Susana intentaría embarazarse primero, porque era la que tenía mejores condiciones de salud y fertilidad. La siguiente etapa fue elegir un donante anónimo de esperma. La clínica de fertilidad que las atendió trabajaba con California Cryobank, el banco de semen más grande de Estados Unidos. En la página había un buscador con filtros como altura, color de ojos, de pelo, origen étnico, nivel de estudios y religión. El que más las convenció fue un donante ruso, ingeniero, de 1,80 metros, buenmozo, de ojos y pelo castaño. Bueno para los deportes, como Susana, y con una personalidad aventurera y alegre, como Rocío. “Otro hecho que nos decidió es que él aceptaba una donación abierta”, dice Rocío. Es decir, cuando el niño cumpla 18 años puede contactar a su donante a través del Banco de Esperma. “Nos pareció importante tener esta opción de comunicación futura”. Pagaron 5.000 dólares por 5 muestras de esperma congelada para realizar los procedimientos de inseminación artificial en la clínica durante los ciclos de ovulación de Susana. Al segundo intento, quedó embarazada. Ambas estaban felices y durante las ecografías llamaban a su hijo “la guagua rusa”. El 1 de julio de 2015 nació Rafael.

Desde que su hijo empezó a hablar, las llama “mamá Susana” y “mamá Rocío”. Cuando Rocío llega de su trabajo, Susana y Rafael salen a recibirla a la entrada del metro y él corre a abrazarla. Para el día de la madre les hace regalos a las dos en el jardín. La mamá de Rocío, que vive en Iquique, le canta canciones a su nieto por whatsapp. “Es un niño feliz, cariñoso, súper amado. Sus abuelas lo encuentran lo máximo, sus tíos y primos también. Le encanta el jardín. Cuando nos ve regalonear, corre a meterse al medio”, dice Susana.

En cualquier situación nueva, incluyendo la inminente búsqueda de un colegio, ambas tienen como política decir desde un principio que son una familia lesboparental. “Es para proteger a nuestro hijo, porque a la primera reacción hostil, nos vamos. Pero hasta ahora solo hemos recibido cariño. Las tías del jardín, los apoderados, los pediatras, todos nos tratan como a una familia más”, dice Susana. “La sociedad chilena avanzó rápido”, agrega Rocío, “el problema es que las leyes se quedaron atrás”.

Como madre no gestante, Rocío es la que más ha sufrido la incongruencia entre el reconocimiento social y la negación legal. El primer balde de agua fría lo vivió cuando fue a inscribir el nacimiento de su hijo en el Registro Civil. “La ficha está construida de tal manera que solo permite inscribir a un papá y a una mamá. Solo pude anotar a la Susana y dejar el otro espacio vacío. En ese momento me dieron ganas de llorar, porque el sistema clasificaba a mi hijo como ‘hijo de mamá soltera’. Es injusto para Rafa, porque él nació dentro de una familia, no fuera de ella”, dice Rocío.

La ley de filiación chilena, creada en 1998 para acabar con la distinción entre hijos legítimos e ilegítimos, establece que un niño solo puede tener un papá y una mamá. En el caso de que haya dos mujeres ejerciendo la maternidad, solo se reconoce como madre a la que dio a luz. Para efectos legales, Rocío no tiene ningún vínculo con Rafael. Y ninguno de los derechos o deberes que corresponde a los padres o madres. “Los niños de familias como la nuestra son los nuevos hijos ilegítimos de Chile”, dice Rocío.

Erika Montecinos, directora de la Agrupación Lésbica Rompiendo el Silencio, cuenta que decenas de parejas de lesbianas se acercan a su organización preguntando qué pueden hacer para ser ambas reconocidas como madres de sus guaguas. “Mientras la ley no cambie no hay nada que las madres no gestantes puedan hacer para demostrar un vínculo legal con sus hijos. Las chicas que se separan tampoco pueden pelear por tuición con su pareja si no son las que dieron a luz. Todo se arregla de palabra con tu ex pareja. Para el Estado, ellas no son nada”, dice.

Un reclamo parecido tiene Rosario Onetto, pareja y socia de la chef Carolina Bazán, con quien tiene un niño de 4 años, Iñaki, y una niña en camino, Mia. “Carolina es la madre biológica de nuestro hijo concebido en conjunto, todo juntas, con tratamientos de fertilización asistida. Pero Iñaki no es mi hijo legal. Carolina está nuevamente embarazada y volvemos a la misma posición”, dice Rosario Onetto. “Si yo fuera hombre, Iñaki y Mia serían legalmente mis hijos, sin importar procedimientos ni genética. Es una injusticia enorme para nuestra familia y una vulneración de los derechos de Iñaki y Mia. A veces me pintan a mí como víctima, pero son los niños los que más podrían sufrir. Le pasa algo a Carolina y ellos quedarían en un tironeo legal entre abuelos y yo. ¿O qué pasa si yo ‘me mando a cambiar’? No me podrían reclamar nada”.

Comprensiblemente, el primer año de vida de Rafael Rocío lo vivió dividida entre el idilio de ver crecer a su hijo y la ansiedad ante posibles escenarios catastróficos. “Si bien en nuestra burbuja familiar feliz no nos ha caído el peso de la ley encima, al primer problema o situación de vida o muerte, mi familia queda en la desprotección absoluta. Yo no puedo tomar decisiones médicas por mi hijo, no puedo dar el vamos si tuvieran que operarlo de emergencia. Y en caso de fallecimiento de Susana, yo me quedaba sin ningún derecho a pelear la tuición”, dice Rocío.

Para mitigar en parte la vulnerabilidad en que se encontraban, Susana propuso firmar el Acuerdo de Unión Civil (AUC), que ya se había aprobado. Aunque el AUC no incluye el reconocimiento de hijos de parejas del mismo sexo, sí establece que en caso de inhabilidad de Susana para cuidar un hijo, Rocío, como su conviviente civil, tendría la misma preferencia que los abuelos u otros parientes de Susana para obtener el cuidado de Rafael. El 6 de septiembre de 2017 ambas celebraron su unión civil en el Registro Civil de La Reina, acompañadas de familiares, amigos cercanos y su guagua en brazos. Cuando la oficial les entregó la libreta azul del AUC al final de la ceremonia, ocurrió algo inesperado. “Vayan a inscribir a su hijo en la libreta”, les dijo. Rocío y Susana la miraron incrédulas. “¿Está segura? Habíamos escuchado que no se puede”. La oficial aseguró que sí, pero tenían que inscribir al niño en la comuna donde nació.

En las semanas siguientes, Rocío y Susana le dieron vueltas a esa opción. Susana decía “pucha, nos van a decir que no. A todo el mundo le dicen que no”. Rocío insistió. E insistió. Hasta que después de un mes, Susana dijo “bueno, vamos”. Con la libreta del AUC y el carnet de identidad de Rafael, llegaron al Registro Civil de Peñalolén, que estaba lleno. Rocío se acercó a un guardia y le dijo: “quiero inscribir a mi hijo en la libreta del AUC”. Él respondió “con la señora en el mesón”. Y le señaló a una funcionaria en un puesto apartado de los módulos de atención. Ambas se acercaron y Rocío dijo: “señorita, necesito inscribir a mi hijo en la libreta del AUC”. “¿Y trajo el certificado de nacimiento?”. “No, pero traje el carnet del niño”. La mujer tomó la cédula de Rafael y empezó a teclear. Desapareció con el carnet y la libreta durante unos minutos, mientras Rocío y Susana esperaban nerviosas, y volvió con la libreta del AUC, que ahora tenía una firma, estampó un timbre y escribió el nombre y apellido de Rafael, que quedó registrado en su libreta del AUC como hijo de Susana y Rocío.

Las dos se llevaron la libreta, sin poderlo creer. “Nos abrazamos, lloramos, celebramos, le sacamos una foto y la publicamos en Instagram. Le contamos a todo el mundo. Estábamos eufóricas”, recuerda Rocío. Por fin tenían un documento donde salían las dos como madres.

Sin embargo, a los seis meses, una pareja de amigas quiso hacer lo mismo en el registro civil de Recoleta y les dijeron que no se podía. Ellas mostraron en el celular una foto de la libreta del AUC de Rocío y Susana, y el funcionario les dijo que eso era ilegal. “Empezó a quedar la escoba, porque una semana después, llamaron a Susana por teléfono del Registro Civil de Peñalolén”, cuenta Rocío. “Querían que llevara la libreta para rectificarla y, además, querían el nombre del oficial civil que había hecho el trámite”.

Susana respondió que no tenían la libreta a mano, pero que la llamara al día siguiente, para encontrarla. Al cortar, contactaron a Cristián Riego, abogado y académico de la Clínica de Interés Público y Derechos Humanos UDP, quien les dijo que por ningún motivo entregaran la libreta. Al día siguiente volvieron a llamar a Susana del Registro Civil. Ya no querían la libreta, pero pedían el nombre del oficial civil. No le entregaron el nombre y bajaron la foto de su Instagram. Ambas quedaron confundidas y algo asustadas. Rocío usó el portal de Gobierno Transparente para preguntarle al Registro Civil en qué parte de la ley del AUC se prohibía inscribir a los hijos de parejas del mismo sexo. La respuesta del Registro Civil llegó el 28 marzo de 2018.

El documento, al que Paula.cl tuvo acceso, cita artículos del Código Civil que señalan que la filiación solo puede producirse entre un hombre y una mujer y, en consecuencia, el Registro Civil había emitido una circular a todas sus oficinas en mayo de 2016, instruyendo que la inscripción de hijos en la libreta del Acuerdo de Unión Civil solo podía realizarse para parejas de distinto sexo. “Cuando fuimos a inscribir a nuestro hijo en la libreta del AUC, nosotras no sabíamos de esa circular y probablemente la oficial tampoco. No fue de mala fe. Fue un accidente. Pero un accidente feliz”, dice Rocío.

El abogado también les explicó que la libreta del AUC tenía un peso más bien simbólico como prueba de filiación. En su certificado de nacimiento, Rafael seguía siendo hijo solo de Susana. Pero la libreta con el nombre de su hijo les entregaba un arma que antes no tenían: un documento que Rocío podía usar para inscribir a Rafael en una serie de beneficios sociales que antes no podía acceder. “Con la libreta del AUC fui a inscribir a mi hijo en el programa de Bienestar Social del DuocUC, donde trabajo como profesora”, dice Rocío. El DuocUC aceptó la libreta como documento válido para reconocer a Rafael como beneficiario de regalos de Navidad y bonos, igual que los otros niños. Y Rocío también empezó a recibir saludos de la empresa en el día de la madre. “Lo más importante es que me permite ausentarme en caso de complicación de salud de mi hijo. Cosa que antes no podía”, dice Rocío.  Además, ahora que tenía la inscripción en el bienestar social de su trabajo, Rocío podía anotar a Rafael como su carga familiar en la Caja de Compensación Los Andes. “Ahí pasó algo que me emocionó”, cuenta. “La funcionaria vio la libreta del AUC, vio el otro documento y dijo ‘este niño no es hijo de su conviviente, es también hijo suyo’. Y en vez de inscribirlo con el código de hijastro, lo anotó como mi hijo”. Con el certificado de la Caja de Compensación, Rocío ahora podía ir a Fonasa para inscribir a Rafael como su carga. “Él estaba bien en el Fonasa de Susana, pero lo cambiamos para que exista un vínculo demostrable como hijo mío”, dice Rocío. En Fonasa, Rafael quedó inscrito como hijo de Rocío.

Lo que puede parecer un simple trámite, es en realidad una suerte de logro inédito. “Es una disonancia gigantezca que un organismo del Estado, como Fonasa, nos reconozca como una familia, pero la Constitución no. Yo no estoy en el certificado de nacimiento de mi hijo, pero sí soy su madre en el sistema de salud pública, en la Caja de Compensación, en el jardín infantil, en el pediatra y en el bienestar social de mi trabajo. Es absurdo que la ley niegue la existencia de nuestra familia, cuando en realidad, por dentro, el sistema sí nos reconoce”, dice Rocío.

Para corregir la fragilidad legal en que están creciendo niños como Rafael, existe un proyecto de ley de derechos filiativos para hijos de familias del mismo sexo, presentado por Agrupación RS, Familia es Familia, Humanas y Visibles en 2016, que actualmente está en el Senado. “El proyecto entrega protección y reconocimiento en tres casos: el de parejas de mujeres que se han sometido conjuntamente a técnicas de reproducción asistida; parejas de mujeres que crían juntas al hijo de una de ellas, sin reconocimiento del padre; y a las parejas de convivientes civiles que crian juntas, con posibilidad de adoptar hijos”, explica Erika Montecinos. Otro proyecto que también aborda con otra estrategia la filiación es la ley de matrimonio igualitario, que incluye la adopción de hijos, presentada por el gobierno de Michelle Bachelet en 2017. Ambos están estancados en el Senado y no han recibido apoyo del actual gobierno.

Rocío y Susana actualmente forman parte de Familia es Familia, organización con la que esperan poder empujar la reactivación del proyecto de derechos filiativos en la comisión especial de Infancia del Senado, presidida por la senadora Ximena Rincón, que puso el proyecto en tabla para el 6 de mayo.  En esa instancia será revisado por los senadores Rincón, Carlos Montes, Jaime Quintana, Juan Pablo Letelier, Ena Von Baer y Manuel Ossandón.

Cuando la madre de Rocío se enteró que su hija y nuera íban a hablar públicamente para este reportaje, se preocupó. Les dijo que podían perder la inscripción de Rafael en Fonasa. “Nuestro hijo no tiene a Rocío como su mamá en su certificado de nacimiento. ¿Qué más podemos perder? Ahora solo queda ganar”, respondió Susana.

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