La otra maternidad

Reportajes y Entrevistas

La otra maternidad

Por maría paz maldonado y alejandra villalobos / fotografías rodrigo cisterna

Dar a luz no es la única forma de convertirse en mamá, a veces los hijos llegan por otro camino y con sus propias historias. Ese fue el caso de estas cinco mujeres, que lejos de la imagen de malvadas madrastras de los cuentos heredaron de otros los amores más profundos y honestos de sus vidas.

Fernanda Proboste (36)

El año 2013 Fernanda perdió a sus papás con un par de días de diferencia producto de un accidente. “Se me desplomó la vida. En mi familia, la figura de mis papás era muy potente, y al no estar, la relación con mi hermana se empezó a debilitar. En noviembre de ese año recibí un llamado del Sename y me dijeron que mis dos sobrinas, Ámbar y Sarita, estaban en un hogar”. No la dejaron ir a buscarlas, y estuvieron un año investigándola. En 2016 a Fernanda, luego de haber estado cinco años intentando quedar embarazada, le avisaron que estaba esperando gemelas. “Yo estaba supercontenta, pero entre medio me dijeron que las niñas estaban susceptibles para adopción. Les pedí que me esperaran porque mi embarazo era de alto riesgo, pero no querían. Apelamos con mi marido, y mientras tanto fuimos involucrando mucho a las niñas en el embarazo, nos acompañaban a las ecografías y a comprar ropita. Nacieron el mismo día que mi mamá murió, fue muy lindo, y cuando cumplieron seis meses mandamos una carta diciendo que nos queríamos hacer cargo de las niñas y el Tribunal aceptó. El 31 de marzo del 2017 llegaron a mi casa. Al principio yo seguí siendo la tía, pero un día me preguntaron si me podían decir mamá… Fue muy emocionante porque fueron las primeras que me dijeron así. Creo que ser mamá en
cualquier formato es superlindo, y para mí ellas han sido una bendición”.

Bárbara Barros (39)

Con naturalidad y sin presiones. Así se fue forjando la relación entre Bárbara y los 3 hijos de su marido (José Tomás, Cris y Nico), con quienes vive hace 3 años. “Jamás me cuestioné que Andrés tuviese 3 hijos cuando empezamos a pololear hace 6 años. Desde que lo conocí supe que era viudo, pero no era tema, y así lo vivimos siempre, sin cuestionarnos mucho las cosas ni poniendo presión innecesaria. La relación que he construido con cada uno de los niños ha sido muy cuidadosa y particular; con el tiempo me fui dando cuenta de que cada uno tiene sus sensibilidades y conecté con ellos de maneras diferentes. Aprendí que se puede vivir la maternidad de otra forma, que tiene que ver con una relación que armas poco a poco, y que trasciende al haber sido mamá biológica. Jamás me he sentido especial por haber llegado a esta familia, al contrario, soy yo la afortunada de recibir ese amor tan generoso”, cuenta. Y agrega: “Soy la única mujer de la casa, así que me cuidan mucho. Me encantaría el día de mañana darles un hermano o hermana, y ellos se mueren de ganas”.

 

Bárbara Palma (38)

La primera vez que Bárbara conoció a las hijas de su entonces pololo, Antonia y Amalia, fue en 2006 para una marcha celebrando el triunfo de Michelle Bachelet. Las niñas tenían once y ocho años. “La verdad es que nos llevamos superbién al tiro, y ese fue el puntapié para que el formar familia después fuera mucho más fácil”. Bárbara tenía 24 años y un hijo de dos, Agustín, y aunque nunca tuvo intención de ocupar el lugar de la mamá de las niñas, sí quiso tener un rol. “Siempre dejamos claro que yo no era la amiga ni la polola del papá, pero tampoco iba a reemplazar a su mamá, y creo que familiarmente lo logramos superbién. Me encanta ser madrastra y reivindicar el rol que tenemos, encuentro que podemos ser un aporte superimportante si es que toda la familia está en la misma sintonía”, dice Bárbara, y Antonia (24) refuerza esa idea. “Creo que la Bárbara ayudó mucho en mi construcción como persona, ella siempre estuvo presente en mi vida, porque, como dice, quiso ser parte. Yo me fui a vivir con ellos cuando estaba como en segundo medio, y hasta el día de hoy vivo ahí, y ha sido increíble. Agradezco mucho que la Bárbara y el Agus hayan llegado a nuestras vidas, y después Alonso, el hijo que tuvieron con mi papá. Una amiga decía que éramos la familia disfuncional más linda que conocía, y sí, yo también lo creo”, concluye.

 


Iris Araya (98)

“Mi mamá murió cuando mi hermano tenía dos años y yo uno, y la Iris llegó a nuestras vidas cuando tenía como seis. Es muy linda la historia, porque mi papá fue a rezar en la iglesia en Salamanca, donde nos habíamos ido a vivir, para pedirle a Dios que le mandara una mujer porque estaba desesperado con estos dos niños, y mientras rezaba apareció la Iris”, cuenta Ofelia Alarcón (78). “La verdad es que nunca me sentí ‘madrastra’, para mí siempre fueron todos iguales, porque después tuve ocho hijos más, pero todos fueron tratados de la misma forma, hasta el día de hoy”, dice Iris. Ofelia agrega: “Sí, siempre fueron las mismas exigencias, la misma preocupación. Valoro mucho todo lo que hizo porque cuando se casó con mi papá recibió una media mochila, porque además de nosotros dos vivíamos con mi abuela, que era bien fregadita, ja, ja, ja. Eso fue bien choro de su parte, y hasta el día de hoy tenemos una excelente relación, cuento con ella siempre. Para mí, que la Iris haya llegado a nuestras vidas fue una alegría enorme, porque aunque nunca le dije mamá -así lo prefirió mi papá- tuve una nueva madre”.

 

Carola Rojo (45)

“Con Reginald nos conocimos hace 28 años. Yo soy auxiliar de vuelo y él es piloto, y en ese entonces pololeamos un par de meses. Luego terminamos y cada uno hizo su vida; nos casamos y tuvimos hijos (ella 2 y él, 3). Cuando me separé, por esas vueltas de la vida, porque nunca nos topábamos, me reencontré con él en un vuelo. Reginald también estaba separado y después de 15 años empezamos a salir de nuevo. Nos demoramos como un año en presentar a los niños, para respetar los tiempos y procesos de cada uno. Cuando yo conocí a sus hijos, la mayor (Maureen) tenía 12; Thomas, 8, y Lucas, 6, y los míos: Fiorenza y Nicolás, 10 y 5. A los 5 años de pololeo nos fuimos a vivir juntos con mis hijos, y al tiempo llegó Maureen, y luego los enanos (Thomas y Lucas). Como son más o menos de la misma edad, todo se hizo más fácil, las reglas y límites siempre fueron los mismos para todos. De a poco fuimos construyendo una relación de mucho respeto y cariño. El primer año fue de mucha readaptación, pero entre todos logramos ajustarnos. Finalmente unir dos familias es pura voluntad de los adultos; para mí tiene que ver con actuar con respeto y, sobre todo, cariño”.

Seguir leyendo