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21 septiembre, 2017
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La poeta ultra secreta

Elvira Hernández no se llama Elvira Hernández. Es una de las mejores poetas chilenas vivas, con más de 35 años de oficio, pero solo los más entendidos lo saben. Hasta hace poco, encontrar uno de sus libros era casi imposible, pues la edición de sus versos ha sido una historia accidentada. Pero la reciente publicación de la antología Los Trabajos y Los Días (Lumen), que va en su segunda edición, ha puesto las cosas en su sitio, trayendo de vuelta su poderosa palabra.

Por Carola Solari / Fotografía: Alejandro Araya


Paula 1235. Sábado 23 de septiembre de 2017.

Es un día frío, poco antes de la lluvia. Elvira Hernández lleva un chaleco de cuello alto y un abrigo. Introduce la llave en la chapa, con la misma lentitud con que ejecuta cada movimiento. El  portón es de madera. Antes de empujar la puerta que separa la calle de su casa en Vitacura, advierte:

–Esta no es la dimensión de la poeta, acá ocurren otras cosas.

Elvira Hernández es su nombre literario. Su nombre civil es María Teresa Adriasola. Tiene 66 años. No tiene hijos. Y vive sola con su madre en esta casa, donde ella ocupa una pequeña pieza junto a la cocina, para leer y escribir; en ese sitio hay una mesa con un mantel de cuadrillé banco y rojo y libros, muchos libros amontonados, la mayoría de hojas amarillas. También hay una ventana por la que ella suele observar pequeñas variaciones en los árboles y los pájaros que han alimentado sus versos más recientes, como este, titulado Placer: “Es un placer inmenso / la contemplación / de una jaula vacía”.

–Quizás si me hubiera tocado otro tiempo, mi poesía habría partido hablando de eso–, dice.

Elvira, de pequeña estatura y muy delgada, es la autora de un mítico poemario de La bandera de Chile, escrito en 1981 luego de haber estado detenida en el cuartel Borgoño, y que circuló clandestinamente en copias mimeografiadas, porque la imprenta donde estaba la revista en que saldrían publicados esos versos, fue allanada por los militares. Recién en 1991 La bandera de Chile logró publicarse en Argentina. En él se leen versos como este: “La Bandera de Chile se usaba de mordaza / y por eso seguramente por eso/ nadie dice nada”.

Muchos de sus libros se publicaron afuera y, hasta hace unos años eran inubicables. Pero en el último tiempo ha habido gran interés del mundo editorial por reeditarla. En 2010, para el Bicentenario, editorial Cuneta reeditó de La bandera de Chile y causó gran revuelo. “No contábamos con la astucia de Elvira. El día del lanzamiento la sala estaba repleta y la gente compraba de a cinco ejemplares”, cuenta Galo Ghigliotto, el editor de Cuneta. Algo parecido ha ocurrido con Los trabajos y los días, publicado por Lumen en 2016. “Tenía una intuición con ella que se corroboró al publicarla. Gente que no la había leído me ha dicho: ‘es impresionante’”, cuenta Vicente Undurraga, editor de Lumen. La antología, de casi 300 páginas, restablece el orden en que fueron escritos los libros de Elvira, incluyendo dos inéditos recientes: Cultivo de hojas y Pájaros en mi ventana. Tan bien le ha ido que acaba de salir su segunda edición, algo bien excepcional considerando que se trata de un libro de poesía.

La Mujer Metralleta

¿Cuándo empezaste a escribir, Elvira?
En los años 70. Salgo de enseñanza media, que en esos años era Humanidades, y me voy a estudiar Filosofía para resolver un problema de índole religioso. Yo estudié en un colegio católico; en el Instituto Santa María, un colegio de monjas.

¿Qué inquietudes eran esas?
No poder sentirme católica; eso para mí fue un problema. No creía en todos esos misterios del catolicismo. Leía la Biblia y sentía que la leía de manera histórica y literaria. Todos estos misterios de Cristo no lograba asimilarlos como tal.

¿Eso te hacía ruido?
Sí. Y entré a Filosofía para racionalmente despejar eso.

¿Resultó? ¿Pudiste despejarlo?
Entré a estudiar Filosofía a la Universidad de Chile en 1969. La universidad estaba viviendo su periodo de reforma. Luego vienen las elecciones y sale Allende. Y esto se politiza a un grado máximo. Vivíamos acá, en Vitacura, y esto era como campo en ese tiempo.  A veces no había locomoción y caminaba en la noche desde Providencia, atravesaba Vespucio donde la gente de Patria y Libertad hacia ejercicio. Llegaba tardísimo y escribía a las 2, 3 de la mañana. Pero la sociedad no estaba para literatura en esa época.

¿Escribías poesía ya entonces?
Poesía, siempre poesía. Tengo cosas narrativas pero no las encuentro de buena calidad; algo le falta a eso. Así que, bueno, no había momento de tranquilidad para encontrarse a conversar con alguien, esto a pesar de que en el Pedagógico me cruzaba con Antonio Skármeta y con Nicanor Parra. Había un vértigo. Todos los días siempre estaban presentando algo que había que resolver.

¿Tu familia tenía algo que ver con política?
Mi papá era oficial de Carabineros.

¿Y qué te decía él?
Lo primero que nos dijo a mi hermano y a mí es que no podíamos participar en política porque todo eso lo iba a perjudicar a él. Nos reímos porque no teníamos idea que eso era cierto. Pero mi papá tampoco estuvo encima intentando reprimirnos. Intentó que adoptáramos un criterio.

¿Y qué pasó contigo en ese tiempo?
Me politicé al máximo. Inicié mi formación porque me di cuenta que era una suerte de asno: no sabía nada de nada. Empecé a leer a (Herbert) Marcuse y en esa lectura aparecen Freud, Marx, Hegel. Ahí comienza mi politización porque empiezo a tener una visión del mundo desconocida y a observar la realidad con otros ojos.

¿Eso te trajo tensión en tu casa?
No, para nada. Mi papá era sumamente respetuoso. Además mi papá estuvo en el bombardeo de La Moneda, en la Intendencia. Él fue opositor al golpe.

Tú después dejaste Filosofía, te cambiaste.
Estuve cuatro años en Filosofía, hasta 1973, y de ahí me fui a los estudios humanísticos que me fueron muy tentadores, porque era una escuela donde había Filosofía, Literatura e Historia. Ahí había profesores como Enrique Lihn, Jorge Guzmán, Enrique Marchant, Cristián Huneeus y Nicanor Parra.

El mítico poemario La bandera de Chile lo escribió en 1981 después de haber estado detenida en el cuartel Borgoño de la CNI. “Lo escribí de un tirón, después de mucho estrés. Porque a mí los aparatos de seguridad me siguieron durante un año”.

¿Cómo fue escribir poesía en dictadura?
Después del golpe la palabra sufre un cambio. La censura es algo que afecta a la sociedad en su conjunto y la literatura no se salva de eso. Todas las ideas que había atesorado quedaron obsoletas súbitamente porque la sociedad cambió abruptamente. No se podía escribir como antes. Era como comerse un plato añejo.

¿En qué circunstancias se gesta la escritura de La bandera de Chile?
En circunstancias en que voy a parar al cuartel Borgoño de la CNI, en 1979. Estuve detenida cinco días.

Hay mucho mito en torno a esos poemas.
Yo había leído esos poemas en círculos pequeños. Me los piden para una revista, los armo y los entrego. Sabía que iba a salir en una revista clandestina o semiclandestina pero no tenía idea cuál era. Porque después de estar detenida, entre menos se supiera, mejor. Nunca más supe, hasta mucho tiempo después me enteré que eso había sido parte de una revista que se llamaba Vanguardia que estaba lista para ser repartida y la imprenta fue allanada. Y que esas copias fueron a parar a la CNI.

¿Y ese manuscrito cómo lo firmaste?
Como Elvira Hernández, ya usaba ese nombre.

¿Usar seudónimo era un guiño literario o político?
Aunó muchas cosas.

Me decías que La bandera de Chile se escribió después de la detención. ¿Cómo fue esa escritura?
De un tirón, en 1981. Después de una situación de mucho estrés. Porque la verdad es que a mí los aparatos de seguridad me siguieron durante 1 año.

¿Por qué te detuvieron, Elvira? ¿Militabas en algo?
Estaba unida en ese momento a los grupos de resistencia. Ese día emerjo del Metro, hay en ese momento un allanamiento. Salí, estaba todo eso rodeado y busco devolverme al Metro, y eso fue visto como sospechoso. Yo llevaba propaganda antidictadura. En un comienzo, cuando me detuvieron, pensaron que yo era La Mujer Metralleta. Porque mi perfil era de alguien que buscaban por cielo, mar y tierra. Se comunicaban entre ellos diciendo: “agarramos a La Mujer Metralleta”. Lo que les produjo una alegría enorme.

¿Se dieron cuenta rápido de que no eras La Mujer Metralleta?
Poco después, claro. Afortunadamente.

Un espacio mínimo

Ha habido mucho interés en republicarte, después de un largo periodo. ¿No te importaba que teniendo una obra tan vasta, tus libros no estuvieran disponibles?
Lo que más me ha importado es seguir escribiendo. Lo sigo haciendo al día de hoy. Las publicaciones son otro circuito. De vez en cuando hay un retorno público de lo que uno se entera.

Pero da la impresión de que no te importa mucho. No eres alguien apegada a eso.
No. Porque eso requiere de otra energía y otras preocupaciones. Quizás el momento más exaltante era, en ese tiempo, terminar de hacer la copia en la máquina de escribir. Yo una vez hice una autoedición de ¡Arre! Halley. ¡Arre! y, cuando me entregaron los paquetes con los libros, los metí debajo de mi cama porque no sabía qué hacer con ellos.

¿Cuánto tiempo estuvieron debajo de tu cama?
(Risas) Me demoré mucho en ir sacándolos, entregándolos, regalándolos. Pero el vínculo es otro. Uno tiene la ilusión de que esto llegue a alguien. Hoy eso es distinto. El mismo internet ha hecho que las cosas cambien.

¿Estás conectada del mundo digital? ¿Usas las redes sociales o Whatsapp?
Para eso necesitaría dos vidas. Yo abro mi correo y me encuentro que hay 10 archivos: cada uno puede traer 10 páginas. Entonces hay un tráfico de información que no sé si tenemos la capacidad humana de asimilar. Y esa luz de la pantalla, no sé, va llegando más allá de la duramadre.

¿En algún momento has resentido mantenerte fuera de eso?
Siento que pueden pasar cosas y yo perdérmelas. Cuando uno elige, deja otras cosas fuera.

¿Sabías que hay un grupo en Facebook que promueve a Elvira Hernández para el Premio Nacional?
Nunca he entrado a la página pero me he enterado. Agradezco eso. Es un regalo.

Da la sensación de que vives en otro tiempo.
Nosotros somos tiempos. Eso es algo ineludible. Solo que la percepción del tiempo es algo quizás uno de los momentos más constitutivos de la subjetividad, porque es percibirse íntimamente y percibir los cambios. Todo eso es una materia bien sutil. Piensa que en algún momento de la vida hay un cambio cualitativo y dejas atrás la niñez. No somos los mismos cada día.

¿Cómo es para ti el momento de la escritura?
Soy capturada: siento la necesidad de escribir porque ha habido algo y entonces abandono todo lo que esté haciendo. Son momentos. Como los últimos poemas de la antología, en que escribo de lo que percibo cuando miro por la ventana, porque en este tiempo ha cambiado toda mi situación por estar cuidando a mi mamá.

Lo que te obligó a estar más en la casa.
Claro. En un momento me sentí muy constreñida y me ubiqué en un espacio mínimo, pero de igual manera lo exploré creativamente.

¿Cómo es esto de que cuidas a tu madre?
Ella tiene 93. Está bien, está mejor que yo, lo que significa que es un peligro porque tiene mucha energía. Ella como persona es muy sociable, a diferencia mía. Le hago compañía.

¿Ha sido natural para ti cuidarla?
En mi familia no existe la cultura de llevar a alguien a una casa de reposo, eso no ha ocurrido nunca. Eso implica una disposición de entregarle tiempo y lo hago de buen grado. La vejez es un momento en que las personas se vuelven como niños. Y yo, que nunca pensé en criar, ahora estoy criando.

¿No tener hijos fue una definición?
Sí. Creo que hay mujeres que no están vinculadas a la maternidad. Así como otras están muy vinculadas. Creo que la condición femenina tiene un grado de complejidad sutil que se ha pasado por alto a la fecha.

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