La presión del campeón sexual

Reportajes y Entrevistas

La presión del campeón sexual

Por Diego Muñoz / Ilustración Edith Isabel

La primera vez que me enfrenté al tema de la sexualidad públicamente fue en séptimo básico. Mi colegio era mixto y recuerdo que ese día nos separaron entre hombres y mujeres para explicarnos, muy a grandes rasgos, de qué se trataba el sexo. A nosotros nos tocó de guía el profesor de orientación, quién además era sacerdote. Apenas comenzó la clase, fue directo al grano. ‘¿Alguien de los presentes se ha masturbado alguna vez?’, preguntó. En ese momento se generó una suerte de cofradía entre nosotros y comenzamos a mirarnos nerviosos, expectantes. Al principio solo algunos se atrevieron a levantar a mano, sin embargo, a los pocos segundos, más de la mitad del curso –incluyéndome- hizo lo mismo. Ese episodio me marcó porque sentí que muchos de nosotros nos habíamos sumado por el miedo a quedarnos atrás, miedo a proyectar una imagen poco varonil. No sé si fue la clase o que justo estábamos en una etapa importante de nuestra adolescencia, pero después de ese día hubo un despertar sexual en mi curso.

Los primeros en levantar la bandera fueron los alumnos que pertenecían a lo que nosotros llamábamos el ‘Team Mekano’: deportistas, populares y con un físico que los favorecía. Y con mi grupo de amigos éramos los ñoños del asunto. Desde nuestra parte, había una especie de admiración hacia ellos. Solíamos escuchar sus historias y alucinar con anécdotas que estábamos lejos de experimentar. Sin embargo, los hombres en general, nunca contamos muchos detalles, somos más de hablar con eufemismo, y jamás tocamos el tema del rendimiento sexual. Así que todo se agotaba en un ‘tuve que una relación en el baño de la disco y la mina era muy rica’. Con esa información bastaba para alabar a la persona y decir palabras propias de una cultura machista como ‘campeón’ o ‘máquina’. Todas esas historias aportaban expectativas y provocaban una presión en el resto. ‘Si a él le fue bien, a mí también me tiene que pasar lo mismo’, pensábamos. Por otro lado, estaba el tema de la pornografía. Y como la educación sexual en Chile suele ser pésima, esos videos terminaron convirtiéndose en una guía. Nuestro rendimiento debía ser similar a lo que duraban ellos, el tamaño del pene debía alcanzar un tamaño parecido al de los protagonistas, las mujeres debían volverse locas con la penetración y el orgasmo debía llegar al mismo tiempo.

Bajo ese contexto, perdí mi virginidad con una polola que tuve en tercero medio. Me acuerdo de ese día y me da vergüenza lo ridículo que fue. No sabía cómo hacerlo. Me daba miedo cuánto iba a durar, cómo iba a reaccionar ella y si mi pene iba a cumplir con sus expectativas. Fuimos paso a paso, imitando todo lo que había visto en algún video porno. Nos sacamos la ropa, nos tocamos y después lo hicimos. Obviamente fue un desastre. Pero también me encargué de contarlo como si hubiese sido increíble, aportando a este espiral que crece gracias a las mentiras.

Me acuerdo que entre mis compañeros hablábamos de dos tipos de problemas sexuales: impotencia y eyaculación precoz. Eran dos extremos y nosotros nos molestábamos agrupándonos en cada uno. Se podría decir que tocábamos el tema, pero siempre a modo de broma. Es que los hombres en general somos muy pudorosos. Yo creo que las mujeres se imaginan que caminamos en los camarines desnudos, pero la verdad es que, en mi experiencia al menos, nadie se saca la toalla. Y por eso tampoco hay punto de comparación respecto al tamaño del pene. Solemos decir medidas completamente falsas. Y lo mismo con el rendimiento. Recuerdo que cuando adolescentes lo calculábamos a través de canciones. No decíamos ‘yo duro 10 minutos’, sino que ‘yo duro cinco canciones’.

Con el tiempo uno va mejorando. Mejorando a punta de conocimiento y confianza. Creo que cuando se llega a ese nivel con la pareja, se libera mucho más. Yo tuve una polola bastante larga, con la que duré unos seis o siete años, y al principio sexualmente no funcionábamos. Los dos teníamos muchos problemas y era súper forzado. Creo que ninguno lo disfrutaba. Sin embargo, cuando logramos construir una relación más afiatada, las cosas empezaron a fluir porque nos atrevimos a conversar. Cuando fue acercándose el fin de nuestra relación, me costó mucho separar mis sentimientos de confusión con el sexo. Como no sabíamos si queríamos seguir juntos, me complicaba el hecho de tener relaciones. O no lograba la erección o la eyaculación. Ambas cosas eran súper pencas, porque sentía culpable y ‘poco hombre’. Es que creo que ese es uno de los grandes problemas: creer que el sexo masculino siempre va a querer. Doy por firmado que eso es falso. A nosotros la cabeza también nos controla. Los sentimientos, el estrés, el cansancio. Y, además de la pareja, uno mismo se somete a esa presión de tener ganas todo el tiempo. También pienso que es un error creer que la relación sexual acaba con la eyaculación y que todo el acto sexual depende del pene. Yo me puedo ir, pero también puedo seguir excitado. Y ahí es muy importante explorar con la pareja la masturbación u otras cosas.

Creo que estos temas a los hombres nos atormentan mucho más en la época de la adolescencia. En esos años donde el sexo lo es todo. No digo que en algún momento deje de ser importante, porque siempre lo es, pero sí pienso que con el paso de los años uno también empieza a valorarse por otro tipo de cosas. En mi antigua relación llegué a un nivel tan alto de frustración que pensé que ya no me gustaba el sexo, que no era lo mío. Ahora pienso en eso y me da rabia. Rabia porque lo que me estaba pasando a mí no era una excepción. Rabia por las presiones sociales y por el miedo a tener que hablarlo. Y creo es súper importante que como hombres nos preocupemos de derribar esos mitos y aprendamos a desprendernos de esa figura varonil que solo termina haciéndonos daño. Un daño silencioso, y por consecuencia, mucho más doloroso. Un daño solitario que se acaba simplemente cuando nos atrevemos a hablar con la verdad.

Diego Muñoz tiene 28 años y abogado.

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