La reconstrucción de Humberto

Reportajes y Entrevistas

La reconstrucción de Humberto

Por ignacio tobar / RETRATO JUAN PABLO SIERRA

María Elena Duvauchelle intenta recuperar la memoria y la extensa trayectoria de su hermano, quien falleció a comienzos del 2019. Partió actuando en iglesias y llegó a remover la sociedad chilena junto a Víctor Jara antes del Golpe. Pasó por el Teatro Experimental de la Universidad de Chile, hizo fama en Venezuela y fue palmoteado por Neruda tras una función.

¿Quiénes saben realmente quién fue Humberto Duvauchelle? Muy pocos, de seguro, porque la memoria chilena es ingrata, es injusta y amnésica. Y porque el teatro es el camino de los valientes. Quizás lo recuerden más en Venezuela, Colombia o Uruguay, hasta donde llevó durante el siglo XX varias de las más de cien obras que sumó en su catálogo artístico.

El niño nacido en Bulnes en 1929 no pudo tener otra vida que la de un actor de teatro. Parecía destinado a trabajar con la palabra y el cuerpo desde esa calurosa tarde de enero, cuando, con 9 años, su tío Enrique, alcalde del pueblo, lo llevó a conocer al presidente Pedro Aguirre Cerda. Lo peinaron bien y lo vistieron como un viejo chico. Era enero y el municipio había desplegado una gastada alfombra roja en la estación ferroviaria de Bulnes. Hasta había conseguido que la banda de un circo interpretara sin mucho talento el Himno Nacional. Venía el Presidente.

El tren paró, pero Aguirre Cerda no bajó del coche presidencial. Llamaron al alcalde a subir y Humberto lo acompañó. Fueron los únicos. Afuera, todo el pueblo esperaba ansioso ver al Mandatario del lema “Gobernar es educar”. Humberto fue testigo del abrazo entre su tío Enrique y el Presidente, mientras a él lo sentaron junto a una señora que acompañaba a la autoridad. Era -según recordaría él años más tarde- una mujer con la boca grande y con muchos dientes, muy alta, que lo miró con cariño y que le acarició el pelo.

El niño y la mujer no dejaron de mirarse los pocos minutos que compartieron, hasta que el tío tomó al sobrino de la mano y salieron. En medio del gentío reunido, Enrique le dijo: “Conociste al Presidente de la República, pero también a Gabriela Mistral”.

Esta historia, reinventada con el tiempo por el propio Humberto, explica en parte la forma en que durante casi 90 años vio la vida: como un cuento, una representación, una fábula. “Es un cuento muy lindo, Humberto era un gran fabulador, todo en él era mitad verdad, mitad fantasía, le gustaba contar su encuentro con la Mistral. Extraño sus conversaciones entretenidas, de cualquier historia hacía algo grandioso, lleno de detalles. Siempre me sentí muy orgullosa de tenerlo como hermano”, dice María Elena Duvauchelle, la única actriz que queda del clan.

El 11 de enero pasado a las 3.30 de la madrugada su hermano mayor falleció en una clínica de Santiago luego de luchar contra un infame asma y problemas respiratorios, que primero le quitaron su voz, su mayor sello actoral.

“Mi última conversación con él fue días antes de entrar a la clínica, estaba leyendo la cartelera teatral francesa, siempre buscando obras para leer en conversación familiar. Nació Rafaella, su bisnieta, y había que ir a conocerla, me acuerdo que insinuó que se sentía cansado. Raro en él, que siempre estaba activo”, agrega con lágrimas, mientras espera un café cortado en un local de calle Merced. La pena es reciente, pero hay algo de resignación y de entereza, pues antes enfrentó la temprana muerte de Hugo en los años 50 y el asesinato de Héctor en la Navidad de 1983 en Caracas. Todos eran actores.

Es una osadía intentar reconstruir el legado de un actor tan inquieto y tan prolífico. Pero parece un acto de justicia ahora que Humberto no está. A los 16 años junto a sus hermanos mayores ya montaba obras de teatro en la zona de los mineros del carbón. La vida es sueño, de Calderón de la Barca, o Asesinato en la Catedral, de T.S. Eliot, eran parte del repertorio de estos aún rústicos intérpretes que también se presentaban en la parroquia Santo Domingo, en Concepción, en una suerte de matiné, con todas esas señoras que al ir a rezar se convertían en un público cautivo de los Duvauchelle, aún menores de edad.

“En esos años ya andaban de gira por Chiguayante, por muchos lados. Mi mamá les decía que se iban a morir de hambre si pensaban dedicarse a la actuación. Y de repente en mi casa desaparecía la máquina de escribir: la habían vendido para comprar utilería para una obra. Era muy divertido”, contextualiza la hermana, 16 años menor que Humberto.

Nibaldo Mosciatti Moena, fundador de Bío-Bío Comunicaciones, era una especie de director de escena de los Duvauchelle en esos años. Hasta que Jorge Elliot los llevó al Teatro de la Universidad de Concepción. La casa de estudios les asignó un pequeño sueldo a los jóvenes actores, con lo que aportaron en la casa donde había que mantener a cinco hermanos.

Humberto Duvauchelle, actor y amante de la poesía.

Leyendo bajo la lluvia

María Elena cree que en su familia hubo un “virus” que los contagió a todos hasta convertirlos en actores, salvo a Renato, el menor, aunque actuó en la película La maleta, de Raúl Ruiz. Para Humberto, en cambio, la explicación era más gloriosa. Responsabilizaba a los días de lluvia en Concepción como el origen de la pasión familiar. Esas tardes le leían libros a su madre, mientras ella les arreglaba la ropa y mantenía los quehaceres de una casa con cinco hijos. Versos de Neruda, de la Mistral, incluso páginas de Goethe, que apenas comprendían, le actuaban a la mamá, quien luego se sentaba al piano para tocar alguna pieza de Schubert, que había aprendido en sus años en el conservatorio.

El año ‘53 se impone el fervor de Humberto y sus hermanos por el teatro y la mamá tiene que ceder. El señor Duvauchelle vende todo en Concepción y llega con sus hijos a una casa en calle Toesca -que aún existe- y se instala como director de la oficina de encomiendas en ferrocarriles en Santiago. Los hijos empiezan a conocer la capital entregando paquetes por toda la ciudad. “Llegaban agotados, me acuerdo, pero después partían a ver teatro. Se presentaron primero para estudiar en la Universidad Católica, pero Hugo Miller rechazó a Humberto y a Héctor. Mi otro hermano, Hugo, murió a los 25 años de cáncer. Rechazados por la UC se van a la Chile y a los pocos meses empiezan a trabajar en el Teatro Experimental. Su primera obra fue con Agustín Siré, una leyenda. Ahí Humberto empezó a codearse con Bélgica Castro, Pedro Orthus, Pedro de la Barra, María Cánepa, las grandes glorias del teatro chileno”, recuerda su hermana.

Trabajar con Siré dejó huellas en el joven Duvauchelle, que sintió que sus carencias técnicas como actor quedaban en evidencia. El ascenso al mejor teatro del país lo obligó a buscar su identidad actoral y descubrió en su voz un caudal.

“Humberto partía del ABC, era el estudioso, muy aristotélico. Fue un catedrático de la voz. A mí me ayudó mucho, yo tenía una voz de pito espantosa cuando era cabra, la típica voz de la chilena, y me la bajó. Tenía un tempo singular su voz. Un sello”, acota su hermana.
Artista incansable, cuando encontró estabilidad laboral en la U. de Chile empezó también el aburrimiento. Se sentía como un provinciano entre esas estrellas teatrales y tenía ganas de hacer obras con otra mirada. Y lo arriesgó todo. Junto a su hermano Héctor y su esposa, Orietta Escámez, formó la Compañía de Los Cuatro. Entonces apareció el director alemán Reinhold K. Olzewski, que llegó de Hamburgo para darle identidad al nuevo grupo, el más antiguo del país después del Ictus. Arrendaron el Petit Rex, teatro ubicado en calle Huérfanos, donde también estaba el cine Rex. Y comenzó la historia propia. Boeing Boeing fue el gran hit de público de Los Cuatro. Casi tres años en cartelera con esta comedia volvieron a agotar a Humberto, quería más. Se decidió por llamar a Víctor Jara para renovar como director los aires de la compañía.

“Ahí es cuando Víctor le dice que hagan algo de vanguardia y llega a ellos Raúl Ruiz con sus obras escondidas en los bolsillos del pantalón. Y este pendejo irreverente, que era un colegial, se ríe de ellos. Cuando Víctor y Humberto le preguntaron qué significaba una pausa en el texto, Ruiz se enojó y para explicarles se puso a silbar, ja ja ja. Era un patú’o, Víctor venía llegando de Inglaterra y era un gran director”, detalla María Elena. La obra, llamada Dúo, que reunió La maleta y Cambio de guardia, fue un éxito, aunque Ruiz no fue al estreno y no quiso saber de Jara y de Duvauchelle por un tiempo.

La segunda colaboración Jara-Duvauchelle fue un hito. En 1968 estrenaron Entretengamos a Mr. Sloane, que incluyó el primer beso teatral entre dos hombres. Humberto y Raúl Espinoza escandalizaron al país gobernado por Eduardo Frei Montalva al besarse en la boca. Pero el ósculo con lengua no llegó hasta el día mismo del estreno, en los ensayos solo lo marcaban. El director no quería un beso ensayado, sino uno real.

“Ellos dos se reían mucho, pero era un escándalo. ‘Cómo se escandalizan si acá somos todos hermanos’, decía Humberto. Para mi papá fue chistoso, pero a mi mamá le cayó pésimo, decía que era horroroso; mi mamá unía el teatro y la familia, siempre”, recuerda.

Y llegó Pinochet

El Golpe militar volteó su vida. Sobre todo cuando un veto de la dictadura lo declaró peligroso para el Estado, junto a su hermano Héctor y a su entonces cuñado, Julio Jung. Por esos años ya hacía giras con La Compañía de Los Cuatro.

Justo antes del derrocamiento de Allende, Los Cuatro habían girado por el mundo hasta llegar al Off de Broadway, a la sala Richelieu de París y al Festival de Strindberg, en Estocolmo. Estaban en la cúspide de la aventura que había partido en 1960.

La persecución política lo obligó a quedarse con sus hermanos en Venezuela. “Allá nos decían Los Jackson 4, fue maravilloso, era una Venezuela alegre, feliz. Yo reemplacé a Orietta en una gira de la obra Agamos el amor, así, sin hache. El público lo adoraba, nos quisieron mucho a todos”, cuenta la actriz. Su fama fue tal que Los Cuatro hasta recorrieron el Orinoco en barco para presentarse en las comunidades indígenas que habitaban la cuenca del río por eso años.

En paralelo -acota María Elena- su hermano conoció el exilio. Ni siquiera pudo entrar el ‘76 a Chile cuando murió su padre.
La Navidad de 1983 se inscribió como una espina en su vida. Esa noche asesinaron a su hermano Héctor en un bar en Caracas. Humberto quedó en shock. Moría su hermano y su partner teatral. Levantado poco antes el veto de Pinochet, volvió junto a su hermana y los restos de Héctor a Santiago, y ese Año Nuevo lo pasó en familia. Era otro Chile.

“El día que murió mi otro hermano, Hugo, Humberto y Héctor estaban con funciones. Y fueron igual a actuar; eran así, eso es de otra escuela. Yo ahora no pude con su muerte y suspendí función y grabación”, dice.

La Universidad de Chile había contratado a Humberto poco antes de que retornara. Pero en Chile no se sintió cómodo actuando en obras como La señorita de Tacna, de Vargas Llosa. Optó por enseñar, que sería a la postre a lo que se dedicaría hasta sus últimos días, y con lo que marcaría a nuevas generaciones de actores como la de Daniel Alcaíno, uno de sus alumnos regalones.

Pese a su descontento en el regreso, retomó su trabajo con Los Cuatro junto a Orietta Escámez en obras como Borges frente a Borges y Neruda y sus musas.

Tampoco abandonó La noche de los poetas, los recitales de poesía que dio por más de 30 años primero junto a sus hermanos y luego acompañado por Mario Lorca.

Humberto Duvauchelle solía decir a sus alumnos que la clave de un buen actor era el manejo técnico, conocer y analizar el texto, descubrir la emoción que esconde el texto y pasar de lo literario a la actuación. “El actor es un creador”, declaraba. Y esa máxima la cumplió en la que para mucho fue su mejor actuación: El diario de un loco, de Nikolái Gógol, que montó por primera vez en 1963 en el Petit Rex. “Ese es el personaje más increíble que he visto en cuanto a cómo logró llegar a todos los estados de ánimo habidos y por haber”, agrega su hermana. Hasta Neruda sucumbió ante la técnica de Duvauchelle. Cuando vio esa obra le preguntó: “¿Usted ha estado en la Unión Soviética?”. El actor dijo que lo más cerca que había llegado había sido Polonia. “Es que usted atrapó el alma rusa”, añadió el futuro premio Nobel.

“Siento que este país no supo reconocer la vida de Humberto dedicada al teatro, o no quiso, no lo sé. Acá a nadie le importa, es extraño. Imagínate Buenos Aires, te aman, te adoran. Hay un Maradona que está cagado y lo llaman Dios. Es muy chileno tirarte para abajo”, reflexiona su hermana respecto al Premio Nacional al que postuló Humberto en 2018 pero que no recibió.

“Miro mi carrera en retrospectiva y me canso”, dijo Humberto Duvauchelle en una de sus últimas entrevistas, como haciendo justicia a su propia trayectoria. Pero ya es tarde para premios.

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