La reina de los picaflores

Reportajes y Entrevistas

La reina de los picaflores

Por Texto y foto: Roberto Farías.

Un último cómputo revela que apenas quedan 898 picaflores de Arica, el ave más pequeña de Chile. O sea, están llegando al peligro de extinción crítico, porque no hay más en el mundo. Pero una tímida mujer los llevó a vivir a su propio jardín. Y allí tienen una perfecta convivencia. Ésta es la historia de María Teresa Madrid, la guardiana de los picaflores, y de su silenciosa batalla para salvarlos.

Ojalá esta historia fuera para leer en la cama, mirando 
el jardín por la ventana. Porque es una historia de jardines, flores y pájaros. Y, aunque también es una historia de muerte y extinción, tiene el aliciente de que María Teresa Madrid trabaja para que no se extingan los últimos picaflores de Arica, el ave más pequeña de las 500 especies que vuelan Chile, de sólo seis centímetros. Como una pila doble AA que vuela.

Ella vive en una parcela del Valle de Azapa a 17 km al interior de Arica. No es una conservacionista recalcitrante, ni funcionaria del gobierno, ni bióloga. Ni siquiera es ornitóloga. Ni siquiera tiene estudios superiores. Únicamente llegó a cuarto medio en un liceo público. Y si se le apura una definición dice con su voz cansina y tímida: “sólo soy una mamá que crió a sus dos hijas, nada más”.

En rigor, es una agricultora; tiene las manos curtidas de cultivar y cosechar aquellas aceitunas moradas del Valle de Azapa. Saca 70 toneladas de las 13 hectáreas en la parcela de su ya viejo padre, Manuel Madrid.

Desde hace siete años contra viento y marea –y también contra la opinión de muchos que lo consideran un despilfarro para quien no es rico– dedica esfuerzo y dinero extra a su extraño jardín.

No es un hobby, sino un trabajo recio, de pala y rastrillo, para mantener un jardín casi primitivo, que crezca silvestre bajo los grises olivos para que vivan a su antojo los salvajes picaflores que no resisten el cautiverio.

Decidida a atraer a los picaflores, María Teresa con su hermano se dijeron: “Si ellos comen flores, entonces pongamos flores”. Después de muchos fracasos, en 2001 vio los primeros en su patio. Al año siguiente más. Luego más. Hasta que en 2006 ella contó 40 nidos con dos polluelos cada uno, como es la costumbre de las señoras picafloras.

Cualquiera que los haya visto sabe que son escasos. De los seis tipos de picaflores que vuelan en Chile dos están en la lista roja mundial de especies en peligro de extinción SITES. El picaflor rojo de Juan Fernández y el de Arica. El de la isla está protegido por su aislamiento marítimo, pero tiene una tasa de reproducción que va en merma. El de Arica, en cambio, está seriamente amenazado por la agricultura y porque por su diminuto tamaño no puede cruzar 
el desierto para emigrar a otras regiones. Sólo vive en los estrechos valles de Lluta, Lauca y Azapa. Sobre todo en este último, donde 
es más abundante, donde María Teresa logró atraerlo a su casa 
con sus flores.

En la última semana de julio el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) y la Unión de Ornitólogos de Chile estimaron la población del picaflor de Arica en 898 ejemplares. La nota salió puntualmente en la prensa ariqueña, junto a llamados de las autoridades a “proteger” y “preservar” el ave considerada el emblema de la región.

Parte de esa estimación se hizo en marzo en la parcela de los Madrid, pues hoy por hoy es prácticamente el único lugar, desde La Serena hacia arriba, donde se puede ver juntos a los tres tipos de picaflor del norte chileno.

Por lo mismo, en los inviernos, en la época en que anidan y se reproducen, llegan a la parcela muchos ornitólogos y amantes de las aves. Ella hace de guía por el jardín sin cobrar siquiera.

“Al principio no se ve nada”, advierte.

Los picaflores están al aguaite. Ella hace una especie de gorjeo con la boca imitando un canto de ave y, pronto, como si la reconocieran, comienzan a aparecer. Sale uno tras otro. De a dos. De a tres. De a docenas. Cruzan rasantes, zumban con sus alas invisibles, pasan de largo, se detienen, vuelan en reversa frente a las flores.

“¡Ése es uno de Cora!”, dice ella con el dedo en los labios indicando fugazmente en una y otra dirección. “Ese otro es del Norte, el más común. El de allá un macho. Una hembra. Un juvenil. Un nido. Un polluelo…”. Tantos, como nunca había visto.

Y de pronto, entre las cúspides filosas de los cardos, apenas a 20 cm de distancia se detiene en el aire ¡el señor picaflor de Arica! Uno de los 898 que quedan en el mundo. Se digna mirar a la cara a este ser humano con dos ojitos tímidos. Y este ser humano no sabe qué hacer. Si mirar o tomar la foto.

“No importa –dice María Teresa– ya vendrán más”.

MOSQUITO VIETCONG
Cuando era chica, a menudo ella trepaba al “cerro sagrado” de Azapa, que en la cumbre tiene un altar precolombino, para observar cómo se expandía la agricultura en el solitario paisaje del valle.

Al año de nacida llegó a Azapa desde La Serena, cuando su padre Manuel Madrid se adjudicó una parcela de secano de la Reforma Agraria en 1964. Junto a sus cinco hermanos trabajó callo a callo para expandir la agricultura nortina. Intentaron con el ají, las paltas, los claveles, los frutales, hasta que, finalmente, como la mayoría de los parceleros, optaron por las aceitunas moradas.

Eso tuvo una razón. Entre los años 70 y 80, el boom exportador frutícola hizo la cruz a la mosca de la fruta. Una plaga recurrente, que bajaba desde los trópicos hasta los frutales de Arica y que complicaba el ingreso a los exigentes mercados norteamericano y europeo. Fue una guerra.

“Era como Vietnam”, dice María Teresa pensando en los aviones que arrojaban napalm. A la mosca la combatían con fuego, con humo. La gente quemaba los árboles infectados. Pasaban los aviones rasantes fumigando, día tras día. En Santiago no sabían de esto. Las palomas caían en vuelo envenenadas. Para qué decir los picaflores. Azapa se quedó sin aves.

En diez años, Chile ganó la guerra a la mosca de la fruta. Pero la lista de las víctimas en el campo de batalla parece el elenco de payasos de un circo: cuculí, pizarrita, corbatita, jilguero, comecebo, chincol, saca tu real, fio-fio. Todas las aves pequeñas disminuyeron radicalmente. Y, por supuesto, los picaflores de Cora y del Norte. Y el de Arica, para qué decir.

En esa batalla también se arrasaron arbustos que servían de alimento a las aves, como el pacay, el chañar y la pizaya.

En los años 70 y 80 Chile libró una guerra contra la mosca de la fruta. Y la ganó. Pero todas las aves pequeñas disminuyeron radicalmente: cuculí, pizarrita, corbatita, jilguero, comecebo, chincol, saca tu real, fio-fio. Y por supuesto los picaflores de Cora y del Norte. Y el de Arica para qué decir.

Nadie dio la alerta en aquel tiempo. Sólo a fines de los 90 una expedición del SAG recorrió Azapa haciendo la primera estimación de población de aves. Pasaron por el predio de los Madrid contando las aves con mallas de tela de media.

Ahí María Teresa se enteró que las aves no sólo se habían ido del valle por las fumigaciones sino que el picaflor de Arica estaba en franca extinción. El cálculo en 1998 fue de 1.700 ejemplares. Eso le valió ingresar a la lista SITES de especies en peligro de extinción en 2000. Cuatro años más tarde, el gobierno lo declaró Monumento Nacional Natural, igual que la araucaria.

Pero el conteo de este año lo postula seriamente a subir a la categoría de aves en “peligro crítico” de extinción. El siguiente paso fatal: la extinción.

A SALVARLOS SE HA DICHO
Sin enterarse de todo este papeleo, María Teresa con su hermano mayor, Manuel –que trabaja en el Registro Civil de Arica, y la ayuda a financiar y a trabajar en todo esto, que cuesta por lo menos un sueldo mínimo mensual– se dijeron algo muy simple el año 2000: si ellos comen flores, entonces pongamos flores.

“No sabía nada –dice María Teresa–. No tenía la menor idea de qué comían los picaflores, cuándo y cómo. Nada.

Ahora es una experta.

Por ensayo y error, aprendió de las propias avecillas qué cosas eran de su gusto y cuáles no. Se conseguía plantas en algunos jardines, compraba otras, les llevaron varias de regalo. Hasta que dio con la leonitis leonorium, una curiosa planta sudafricana que no sabe bien cuando entró a Chile. Un cardo alto, verde y blando que cuando madura da unas flores rojas delgadas y cónicas muy parecidas a las flores del chañar, que antes comían los picaflores, y que en Azapa ahora son muy escasas.

De cada flor de leonitis sale una gota de néctar que los picaflores beben extasiados. Ellos mismos se encargan de polinizarla con su pico curvo diseminándola por todos los rincones de la parcela, que hoy parece un jardín primitivo.

Después de muchos fracasos, el invierno de 2001 vio los primeros picaflores en su patio. Al año siguiente más. Luego más. De pronto vio un nido. Hasta que en 2006, María Teresa contó 40 nidos con dos polluelos cada uno, como es la costumbre de las señoras picafloras.

En siete años logró tener una colonia enorme de picaflores. Hoy es el lugar donde se pueden ver más picaflores nortinos desde el Valle de Elqui hasta Arica. Y es el único lugar donde anida con certeza el picaflor de Arica.

Cuando baja la temperatura llegan los picaflores a la parcela a engordar y reproducirse. Se quedan hasta fines de año cuando, extrañamente, vuelven a desaparecer en su insólito ciclo natural.
Se sabe poco de ellos. Que sólo se encuentran en las Américas. Que los europeos extinguieron sus colibrís (dice el mito que uno sucumbió para hacer manecillas de reloj con su pico). Que se alimentan de flores cónicas. Que no beben agua. Y que son imprescindibles para ciertas flores pues las polinizan al ir a comer de unas a otras. Con sus picos les combaten plagas de arácnidos y de paso aprovechan las telarañas para hacer nidos. Nunca tocan el suelo, pues se desequilibran y se les han ido acortando las patitas hasta el mínimo para sujetarse a las ramas. Cada año las hembras ponen sólo dos huevos de picaflores. Los polluelos nacen en 21 días, del tamaño de un poroto.

No resisten ningún pesticida, ni siquiera los supuestamente orgánicos. Están amenazados por la deforestación de las flores silvestres y expuestos a que otras aves más grandes los echen del escaso hábitat natural. No resisten el cautiverio, ni la incubación.

LOS CURIOSOS
Como jubilados tras las palomas, tras los picaflores comenzaron a llegar todo tipo de curiosos al jardín de María Teresa. Sin avisos, ni anuncios, ni en plan de turismo. Expertos en aves. Fotógrafos. Biólogos. Ornitólogos. Uno que otro gurú de la naturaleza y de vez en cuando un periodista.

María Teresa no cobra. La gente insiste en dejar dinero. O donaciones como un escobillón. O un agradecido abrazo. Y hasta lágrimas.

Chilenos van sólo de vez en cuando, pero sí muchos extranjeros. Expertos “bird watchers” como un texano que contabiliza hasta cinco mil aves distintas vistas por sus ojos. Estuvo ahí Álvaro Jaramillo, el más connotado ornitólogo chileno, radicado en California, que le autografió a María Teresa un ejemplar de su clásico Aves de Chile. Bárbara Knapton, una fornida ornitóloga de Alaska que se radicó en Putre para ver y promover la observación de aves altiplánicas, se hizo su amiga. Han ido políticos como Piñera y Lavín. Ninguno de la Concertación.

Aunque María Teresa es tímida como un picaflor, algo la ha tocado la fama. En 2003 un amigo de Arica le contó que unos ornitólogos de la BBC llamados Steve Honell y Bruce Harris recorrían la zona en busca del picaflor de Arica para filmar un documental sobre el colibrí americano. Durante un mes anduvieron por los valles de Arica. Subieron por Azapa hasta los 4.000 metros en Putre. Acamparon semanas en torno a plantas donde se suponía que llegaba. Bajaron por Lluta, recorrieron Pica hasta Camarones y sólo lo vieron una vez por pocos segundos.

En su decepción, los ingleses le hicieron caso al amigo de María Teresa el cual les había contado del jardín. Fueron antes de partir, en noviembre de 2003, más a comprar souvenirs que a ver aves.
Se llevaron una sorpresa. Cambiaron sus pasajes y no se movieron del jardín en una semana.

Llegaban a las 7 de la mañana y se iban al anochecer. De su paso quedó un gran libro para registrar las firmas, pues Steve le dijo a María Teresa: “Haga que cada persona que pase firme, si no, no le van a creer lo que ocurre aquí”.

Dos años después. Una concejal de Arica haciendo zapping en un hotel en Italia vio a María Teresa en la TV. Honell y Harris le dedicaron un capítulo completo en una serie sobre las aves de la BBC. Cuando le contaron, ella sólo exclamó con sorpresa: “¡Me filmaron sin que me diera cuenta!”.

“Lo único que quisiera –dice– es que la gente haga esto mismo, al menos un poquito. Lo que se nos viene es terrible. Ver un paisaje sin pájaros es triste. Muy triste. Yo lo sé. Por eso, cuando hablan de protegerlo y defenderlo ¿de qué hablan? ¡Hagan algo! Ufff –suspira hondo– ¡Si yo fuera millonaria..!”.

Eso mismo suspiró sin querer frente a Sebastián Piñera cuando pasó por su jardín haciendo campaña. Cuando se le salió la frasesita frente al candidato, enrojeció de vergüenza. Ella, no él.

¿ADÓNDE IRÁN LOS PICAFLORES?
María Teresa rehúye los discursos y la publicidad. Casi no va a la ciudad y a duras penas aceptó recibir una medalla del alcalde para el Día de la Mujer. Sin embargo, ya tiene cierta fama de protectora de aves.

Hace poco tiempo una familia de Azapa le trajo un picaflor con conjutivitis. Junto a su hermano Manuel, ella lo curó echándole gotitas diluidas en agua.

Los del SAG le llevaron un aguilucho herido, pero no sobrevivió. Otras almas caritativas le van a dejar polluelos de palomas que han caído de los edificios. Ella los alimenta un rato, la gente se va y días después los deja volar a su suerte en la parcela. Levanta los hombros, resignada: “Las águilas también tienen que comer”.

Además de los depredadores, aves y curiosos, debe lidiar con los temporeros que llegan a la cosecha de la aceituna –la “reina”– justo en invierno, en época de reproducción de los picaflores. Ella marca los árboles donde hay nidos con bolsas de plástico y les recuerda con tono enérgico: “¡No por aliviarte la pega te vas a echar un nido, eh!”

A menudo, los extranjeros que van a ver los picaflores son expertos. Le han enseñado mucho sobre aves. Pero como ya los ha visto tanto, han comenzado a surgir divergencias.

Al comienzo, los picaflores no se ven. María Teresa hace una especie de gorjeo con la boca imitando un canto de ave y, pronto, como si la reconocieran, comienzan a aparecer. Sale uno tras otro. De a dos. De a tres. De a docenas. “¡Ése es uno de Cora!”, dice ella. “Ese otro es del Norte, el más común. El de allá un macho. Una hembra. Un juvenil. Un nido. Un polluelo…”. Tantos, como nunca había visto.

Discrepa con algunos ornitólogos, que han elaborado las más extrañas teorías acerca de adónde van los picaflores cuando no hay flores. Un ciclo que los científicos no han podido dilucidar en todos los casos debido a la escasez de aves.

“Que son una colonia que se mueve. Bueno, lo son también. Pero dicen que suben hasta la cordillera o que bajan al mar. Que vuelan por el desierto…”.

Ella no había reparado en que ese extraño período de ausencia afiebra a los ornitólogos hace tiempo.

–Yo sé adonde van –dice–. Los vi una vez en pleno verano. Fue una casualidad simplemente. Sólo que es un secreto. No le puedo decir.

–¡Por queeee…! Soy periodista. Necesito saberlo.

No suelta nada. Mueve los ojos. Mira alrededor. El jardín, las aves, los cardos sudafricanos, ¿Hay otro refugio más oculto todavía? Pareciera decirlo en silencio.

El día que partía, sin embargo, me detuvo en el comedor.

–Le voy a contar. ¿Me promete que no lo va a poner?

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