La reina de Franklin (sin corona)

Reportajes y Entrevistas

La reina de Franklin (sin corona)

Por Ignacio Tobar / fotografías Alejandra González

Betty Guerra se crió en los años 40 en un piso de tierra y creció atendiendo a los matarifes, que llegaban a comer con las manos aún ensangrentadas luego de faenar animales en el matadero. Se casó virgen a los 17 años, tuvo cinco hijos y hoy suma una parentela de nietos, bisnietos y tataranietos. Por una vieja superstición, la locataria más antigua del barrio nunca quiso ser soberana de su barriada. Aunque dice sentirse interpretada por la choreza del personaje de Javiera Contador en la recién estrenada teleserie de Canal 13 que se desarrolla en el tradicional sector del persa y el mercado de carnes y verduras, no quiere la corona. “Una vez me eligieron pero no llegué a la ceremonia. Muchas que salieron reina después murieron. Además no sirvo para eso, soy muy chica. Prefiero estar en la cocina”, dice con picardía.

A los 17 años Betty de las Bibianas Guerra Lillo decidió casarse. Su novio, Nelson Eugenio Velasco, tenía cuatro meses menos. No era su sueño de niña o algo por el estilo. “Me gustó el cabro y listo. En ese tiempo andaban varios detrás de mí, pero nunca quise, no era polola, a mí me gustaba trabajar. Me gustó y eso que él no ganaba ni la octava parte de lo que yo juntaba trabajando”, resume.

Días antes de que llegara la unión civil fue con una amiga a una tienda en Mapocho para que le hicieran el vestido. Desde los 11 años que Betty trabajaba en Guendelman, donde limpiaba los forros de los zapatos. “También ponía los cordeles, los encajaba y timbraba las cajas. Y como la compañera que tenía era muy floja, yo hacía toda la pega y al final me pagaban más. Eran buenos patrones ellos, esa fábrica era inmensa, ocupaba los galpones donde hoy está el Persa. Había cientos de trabajadores”, recuerda.

Pero en Mapocho ocurrió una desgracia. El sastre cortó la tela para el vestido y cuando Betty fue a pagar, abrió su cartera y supo que le habían robado. “Me puse a llorar, no sabía qué hacer, era un género caro y yo no tenía un peso. Me habían abierto la cartera en el casillero que tenía en la fábrica”, cuenta.

Tras el hurto no le quedó otra que optar por un traje corto y sencillo. Y llegó el día. Como una compensación caída del cielo, el 15 de agosto de 1953, la mañana de su matrimonio, nevó en Santiago.
“Nevó, oiga, qué lindo momento. Como a las tres de la tarde las calles estaban llenas de monos de nieve, fue precioso. Todo blanco. Me casé por el Civil y en la noche mi marido quería acostarse conmigo. Le dije que no, al otro día nos casábamos por la Iglesia. Le dije ‘me esperái o te vai’. Es que así me crió mi abuelita. Nosotros habíamos pololeado cuatro años y yo me casé como Dios manda. Así era antes, era una deshonra casarse embarazada o con una guagua, eran otros tiempos”, asegura.

Luna de miel no hubo, fue un casamiento pobre, recuerda, con apenas nueve invitados. Al día siguiente se fue a trabajar. Así era la vida de los pobres también en los años 50. Tuvieron cinco hijos y duraron 33 años casados, hasta el día que Betty supo que su marido se enamoró de una mujer más joven.

“Se fue con otra, yo tenía 50 años y nunca rehíce mi vida”, cuenta la locataria más antigua del barrio Franklin, quien a los 83 años es abuela, bisabuela y tatarabuela. Dueña de tres locales donde aún se venden los famosos caldos de patas, Betty atesora en su memoria la historia de un barrio donde los matarifes caminaban a guata pelá y con las manos ensangrentadas, cuando el matadero funcionaba en el mismo sitio donde tiene uno de sus restaurantes hoy. Se acuerda de la prestancia del Cabro Carrera, de las casas de niñas en San Francisco, de las sopaipillas de Las Cachas Grandes, de cuando iban a ver las películas de Jorge Negrete y de los tangos de Alfredo de Angelis. Algún eco de ese mundo enterrado encontró en la recién estrenada teleserie de Canal 13, La reina de Franklin. Al menos la ‘choreza’ del personaje de Javiera Contador la identifica. “Así sacaba a los curados de mis locales”, afirma. Claro que Betty no quiere ser reina, por ningún motivo. “Me invitaron a ver el primer capítulo a Canal 13 y me gustó, aunque este barrio antes era otra cosa, no como en la tele”, advierte.

“Cuéntele la verdad de por qué nunca quiso ser reina”, le dice su nieto Eduardo, quien se mueve entre los dos locales que aún regenta la familia. Betty, sentada en el restaurante que lleva su nombre, ríe con picardía. Ofrece té y un sándwich de arrollado. Al mediodía las cocinerías aledañas al Mercado Matadero Franklin ya suman parroquianos. Buenos días, le dice con ironía a una de sus hijas que ha llegado tarde. A su modo, aún capitanea sus negocios. “Nadie de mi familia salió a mí; mi hija Mirtha trabaja igual que yo, eso sí. Yo junté peso a peso, tengo seis casas y tres locales. Me saqué la mugre para que mi familia no fuera pobre como yo lo fui de niña… tengo nietos pa’ regalar, bisnietos, tataranietos. Ahora mismo hay dos nietos acostados en la casa, uno de 25 y otro de 38. La culpa es mía, porque no quisieron seguir estudiando y les di todo igual. Si mi marido hubiera trabajado como yo, tendríamos mucho más”, reflexiona.

Le guarda rencor a su marido aún…
No, si ya murió hace más de 15 años. Cuando se enamoró de otra me dolió mucho. Lo saqué de este mismo local y lo llevé a una plaza linda que estaba acá atrás, que ya no existe, donde pololeaban los matarifes. Le dije que me pasara las llaves del auto. Me aburrí de pegarle y lo insulté. Me acuerdo que andaba de taco alto porque como soy chica siempre quería verme más alta. Qué te pasa, Betty, me decía. Lo eché con lo puesto. Volvió un par de veces pero después cambié la chapa. Y no lo vi nunca más. Dicen que él me veía pero yo no lo vi nunca más. No fui ni a su funeral. Un día me llamó mi hija y me dice “falleció mi papá”. Y yo le contesté “qué bueno”. Si no sentía nada ya. Lo enterraron en Los Andes. Imagínese yo en el funeral, todos pendientes de mí y de la otra mujer, no. La semana pasada una hija me dijo “voy a ver a mi papá a Los Andes, ¿me acompaña, mamá?”. Y le dije “estai más loca, invítame a cualquier parte menos a esa”. No conozco ni la tumba. No siento nada. Capaz que nos encontremos en otra vida jajajá.

¿Cómo eran los hombres en este barrio cuando usted era joven?
Los matarifes eran malos, atrevidos con las señoras, cuchilleros, de peleas, pero no había ladrones, ahora llega a dar pena. Más rato los ve usted cómo quitan celulares, lentes y salen corriendo. En esos años era tranquilo, porque los matarifes eran de peleas, no de robos. Lo que pasa es que trabajaban a pata pelá, con un puro short, a guata pelá, y salían a comer y a tomar desesperados, eran todos gordos, rudos y atrevidos. Era pa’ la risa verlos perseguir animales cuando se les escapaban a la calle. En esos años el Persa funcionaba en el suelo. A mí me gustaba ir a Las Cachas Grandes. Me llevaba una tía después del cine a comer unas sopaipillitas chicas muy ricas. Era lindo ese local, ahora se apagó, tienen esas mesas de pilsen verde oscuro. Este barrio ha cambiado, la gente de restaurantes nuevos sale a pelearse los clientes, hay mucha gente y demasiados negocios, de los locatarios de esos años quedamos como tres: yo, la Bernardita y el Luchito Tobar. Todos los demás han muerto.
Como las reinas. Jajajá.

¿Es cierto ese mito de que la que salía reina se moría?
Ahora mismo con lo de la teleserie me candidatearon pero no quise. Nunca me gustó lo de las reinas. A mi hija, la Quena, me la pedían los clubes de barrio para ser reina y no, no y no, nunca. No sé por qué. En mi caso no tengo facilidad de palabra, no sirvo para eso, no tengo muchos estudios, llegué a quinto de preparatoria. Además soy chica. El domingo 25 (de noviembre) coronaron a la señora de un primo que trabaja conmigo, la Ana González, que tiene 79 años y sirve los desayunos acá.

Ella no le teme a la maldición de las soberanas.
No sé, mire, murió la Menche, murió la Gina… como seis o siete socias de la tercera edad que las sacaron reinas. Incluso a mí me sacaron y no fui, los dejé con todo listo, aunque les había dicho que no quería. No fui coronada. Todas esas que nombré murieron y antes fueron reinas, o sea hay un tema misterioso. Y eso que se me olvidan algunos nombres.

Al menos por jineta el trono es suyo, es la más antigua.
No, no sirvo para eso, soy chica y además estoy muy arrugada, jajajá. Prefiero estar en la cocina. Me quedé pensando que este barrio siempre tuvo niñas lindas. Salían de acá al Bim Bam Bum. Los matarifes se volvían locos en las casas de niñas. Las sacaban a comer, a tomar desayuno, niñas lindas, y esos eran todos hombres casados.
Era una época salvajemente machista.
La mujer estaba muy sometida al hombre, aunque a mí no me pasó. Además mi marido era bueno, a pesar de que se fue con una cabra joven, era un caballero. No hacía nada, por eso andaba impecable, la que trabajaba era la tonta. Y ¿la consecuencia?, ahora ando dos o tres cuadras y las piernas no me dan más. Trabajé mucho. Los hombres de esos años eran por lo general mujeriegos, buenos pa’ tomar, buenos pa’ pegarles a las mujeres. A mí tupido y parejo me venían a buscar porque mi hermano le pegaba a su mujer, tenían siete hijos. Al final lo metí a trabajar en el local de al frente hasta que murió.

Dura vida la de las mujeres como usted.
Dura en general. Mis abuelos llegaron a este barrio luego de vender unas tierras en Curicó. Compraron derecho a llave acá. Tengo recuerdos vagos de cuando me sentaban entre las sandías y las cerezas que ellos vendían luego de comprar en la Estación Central. Éramos pobres. Vivíamos en unas piececitas sin piso. En invierno llovía y el barro llegaba a las camas. A mí me crió mi abuela. Mi mamá dejó a mi papá cuando yo era chiquitita, se fue a Valparaíso. Mi papá le pegaba mucho, era celoso, la pescaba del pelo y la arrastraba. Una vez me llevaron a comprar zapatos a Arturo Prat y la pescó del pelo porque pensó que había mirado a otro hombre. Mi mamá murió joven, en Valparaíso le dio un ataque. A mi papá lo recogí de la calle, murió al lado mío, era fumador y tomador, enterré a toda mi familia, soy la última.

¿Qué le faltó hacer en la vida?
Estudiar. Era capa pa’ las matemáticas. Aún me sé las tablas. Mire, yo lo perdí todo en tres incendios, y las tres veces partí de cero. Lo logré porque soy buena pagadora, por eso quiero que estos negocios sigan adelante. Acá no va a llegar una inmobiliaria a sacarme, porque yo soy dueña del suelo. Además que aún vivo acá, no me cambiaría, para qué si acá tengo farmacia, tengo un mercado con todo fresco, carnicería, verduras. ¿A qué me voy a ir a otra parte?, ¿a tirar pinta adonde no pertenezco? No, gracias.

¿Le gusta este barrio hoy con migrantes y colores nuevos?
No, porque cuando quieren burlarse de uno hablan en su idioma. Además reclaman por todo, no se pasan ni cinco minutos en el horario de trabajo, siendo que acá desayunan y almuerzan. Aunque yo los contrato igual a los extranjeros y les saco los papeles.

Usted conoció al Cabro Carrera.
Claro, era un caballero, un hombre inteligente, la inteligencia de la persona que vende drogas y no las consume. Pero tuvo un nieto que era sus ojos y que ahora no tiene nada. Lo que es la vida. Yo fui al casamiento de uno de sus nietos. Y con uno de sus hijos, el Mateo, bailábamos tangos.

Es verdad que usted es pariente de Pancho Saavedra.
Sí, pero él no sabe. Mi papá era primo de su abuelo, Benedicto Guerra. Mi papá era buenmozo, alto, de ojos claros, pero bueno pa’ tomar. Ojalá Pancho venga un día con su programa.

¿Quién le enseñó a cocinar los caldos de pata?
No me acuerdo, pero no es difícil, todo está en los aliños. Pero la juventud hoy es muy floja. Hay que trabajar por las cosas. Por eso cuando yo me muera no quiero que desaparezcan estos negocios, aunque esté bueno o malo, tienen para comer todos los días y tiene sus ganancias también, pa’ qué vamos a estar con cosas.

Por eso se da lujos como viajar…
Sí, he ido a Buenos Aires, a Cancún tres veces, a Miami, me gustó Sao Paulo, fui a Natal, qué lindo. Estoy metida en dos clubes: Las Patiperras y Espíritu Joven. Por eso viajo tanto.

Le gusta bañarse en el Atlántico.
Cuando estaba ahí en esas playas paradisíacas me acordaba del barro que se juntaba en la piececita que vivía de niña con mi abuela y pensaba lo que es la vida, lo que es ser constante. Yo, por las noches, duermo tranquila, tengo un rico dormitorio que mira a la calle, me llevan el desayuno y estoy enamorada de la Isabella, la hija de mi nieta, que tiene un año y medio. Ojalá la vea crecer más.

¿Le tiene miedo a la muerte?
No, no quiero morirme todavía. Una vez recibí un balazo, al otro día del Golpe andaba buscando a mi hijo y un paco disparaba como loco. La bala atravesó el portón, mi pierna y el auto. Y no me pasó nada. Tuve suerte. Por eso no le tengo miedo a la muerte.

Le tiene más miedo a ser reina.
Jajajá, totalmente.

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