La ruta de la Ayahuasca

Reportajes y Entrevistas

La ruta de la Ayahuasca

Por Carola Solari | Fotografía: Carolina Vargas | Ilustraciones: Nicolás Galdames.

Quiénes, cuándo y cómo toman en Chile esta planta amazónica que causa vómitos, alucinaciones y viajes iniciáticos.

Es la primera oscuridad: el sol acaba de esconderse. Quince personas vestidas con ropa de calle están dentro de un living sin muebles en una casa del Cajón del Maipo, sentadas sobre cojines . Al lado de cada uno hay un balde. “Pues bien, ahora ustedes van a tener una experiencia que durará unas tres horas. No se muevan de aquí, yo voy a estar con ustedes. Si alguien tiene ganas de llorar, que lo haga, pero no moleste al resto. Si quieren vomitar, usen el balde”, dice el chamán peruano, cubierto por una manta tejida. El curandero extrae de una botella el brebaje verdoso de ayahuasca. Bebe y luego reparte una pequeña cantidad a los asistentes que tragan en silencio. Moviendo unas ramitas secas, entona cantos que hablan de la “madre ayahuasca” que limpia y sana el cuerpo, con los que induce la experiencia.

Los asistentes tienen los ojos cerrados. Son personas comunes y corrientes con la única salvedad que llevan tiempo probando distintas terapias, por lo que se denominan a sí mismos “buscadores espirituales”. Hay una pareja de sicólogos solteros y treintañeros; un ingeniero que también es terapeuta y tiene cuatro hijos; una mujer que es dueña de casa y mamá de dos adolescentes; un universitario que sufre de depresión está acompañado de su padre. La mayoría se conoce, muchos son amigos. Y casi todos han tomado antes ayahuasca. Veinte minutos después, están experimentando sus efectos: mareos, vómitos y visiones simbólicas.
La ayahuasca es una liana de la selva amazónica. Es reverenciada por las tribus indígenas como una planta maestra y constituye el fundamento de su medicina tradicional. La ingieren para diagnosticar y curar enfermedades, tomar decisiones importantes o hablar con los espíritus.

En el ritual, la bebida que se usa combina la ayahuasca con otra planta selvática: la chacruna. La primera es la curativa, la segunda la visionaria; contiene dimetiltriptamina o DMT, una sustancia sicoactiva que causa alucinaciones. Los chamanes hierven el tronco de la ayahuasca con las hojas de la chacruna durante diez horas en una olla, hasta que se forma una sustancia amarga y espesa que luego cuelan y envasan en una botella de plástico. A la hora de la ceremonia, a cada participante le sirven una pequeña copa.

La bebida provoca náuseas, vómitos o diarrea. Es lo que los chamanes la llaman “purga”, una limpieza completa y concreta: el cuerpo libera sus bloqueos, la mente suelta sus demonios. No todas las personas vomitan; no todos tienen visiones. Normalmente, en una sesión de ayahuasca, los participantes tienen experiencias extraordinarias: ven a sus antepasados, recuperan recuerdos olvidados, se sienten parte de la naturaleza y se confrontan con los grandes conflictos de su vida. Lloran, por la emoción o el terror que causa la experiencia. Todo, en medio de un mareo tremendo y bajo la tutela del chamán, que es el primero que ingiere el brebaje, lo que supone le da la visión suficiente para saber qué cantidad darle a cada uno y cuándo asistir a alguien.

Éxtasis místicos

Patricio Fernández (35), director del diario The Clinic, tuvo su primera experiencia con ayahuasca en Mapía, un poblado del Amazonas, en Brasil, hace 15 años. La gente del lugar participaba del Santo Daime, una religión brasileña que mezcla la santería con el catolicismo y que en sus ceremonias consume ayahuasca, a la que llaman daime, como parte de los sacramentos, mientras bailan y cantan oraciones.

“Era un lugar con monos y culebras gigantes. No podías salir solo, porque te perdías. Una noche desperté con el ruido de unos tambores; era el sonido de la selva misma. Salí de la casa donde me estaba hospedando, y a la primera persona que encontré le pedí me llevara al lugar de la celebración. La gente limpiaba y molía rítmicamente la planta y luego la depositaba en una olla gigante, como la de Los Pitufos. Tomé el brebaje, pero no me sumé a los ritos. Volví a la casa y me senté bajo el umbral. Sentí que me habían cambiado de planeta; las normas de la razón se me rompieron. Vi monos animados, mis amigos pasaban volando, un rato después estaba en un casino en Las Vegas. En ese momento es muy natural, no te lo cuestionas. De repente, apareció un bisabuelo al que sólo conocía de nombre, muy conservador y distinto a mí. Hablé con él y comprendí a mi abuela y a mi padre. Esoterismo aparte, sentí que la planta me entregó un conocimiento. Es una sensación que, imagino, debe ser muy parecida a los éxtasis místicos. Yo no soy religioso, así que no puedo decir que vi a Dios. Pero me sentí parte de la naturaleza, de algo más grande, mucho más grande que yo”, dice.

Tan significativa fue la experiencia de Fernández con la ayahuasca que cuando hace dos años recibió un mail en el que lo invitaban a participar de un encuentro con un chamán en Santiago, no lo pensó dos veces y se inscribió junto a su esposa. “Con la ayahuasca te dan ganas de que las personas que quieres tengan esa experiencia. Por eso llevé a la Claudia. Curiosamente, a ella no le pasó nada”, dice.

Anne (47) es francesa y terapeuta de medicina china, al igual que su marido chileno. “El curandero era un viejo dulce. Si te veía complicada se ponía a tu lado y te cuidaba. Entregaba protección, como una mamá. Fue tan bonito, que con mi marido decidimos llevar a nuestros cinco hijos, la menor tenía 11 años. Pensé que era importante que participaran de las búsquedas que nosotros hacíamos como padres. Antes nos informamos de sus efectos químicos y cuando constatamos que no hacía daño ni causaba adicción, les preguntamos si querían acompañarnos. Fuimos todos, en familia. Les hizo bien, cambiaron. Pasaron de ser los típicos lolos de barrio alto de Santiago, con las manos en los bolsillos y aburridos, a ser niños con más personalidad, que se atrevían a ser diferentes de sus amigos”, cuenta Anne.

La medicina del Chamán

En lugares como Brasil o Perú la ayahuasca puede comprarse en los mercados y es habitual que la gente recurra a un curandero para ser tratado con ella. Pero en Chile es un fenómeno reciente, que se reduce a grupos pequeños y cerrados, de muy bajo perfil, porque si bien no está prohibida, está al borde de la legalidad.

“Como lo que se toma es una combinación de plantas, lo que está proscrito no es la ayahuasca sino el DMT, el alcaloide que causa las alucinaciones. Pero no tenemos evidencia de consumo problemático ni ningún paciente en rehabilitación por consumo de ayahuasca”, especifica el siquiatra Mariano Montenegro, del área de rehabilitación del Consejo Nacional para el Control de Estupefacientes, Conace.

Es el chamán el que trae el brebaje desde Perú. Si bien suelen ingresarla con sigilo, no hay registros de problemas por su internación en la frontera o en el aeropuerto. “Un chamán puede traer ayahuasca como hoja de coca. Entendemos que es una droga sectaria sacerdotal que se usa en rituales de sanación. Su consumo en Chile es menor y está focalizado. Aquí, la ayahuasca no se compra en las esquinas, ni se consume a solas. Nadie la usa para divertirse, sino para curarse”, indica el subcomisario Eduardo Labarca, de la brigada antinarcóticos de la Policía de Investigaciones.

Los encuentros en torno a la ayahuasca en Chile se realizan en lugares apartados y cerca de la naturaleza. Se accede por dato. Los organizadores son personas que han tenido experiencias con la planta en el extranjero y la han importado, gestionando la venida de curanderos especializados en su manejo, porque no es del dominio de todos los chamanes; en algunos casos, se financia el pasaje del curandero, en otros él viene por su cuenta.

Los participantes son profesionales, mayores de 28 años, padres y madres de familia, de buen nivel económico: asistir cuesta por persona entre los 30 mil pesos y 50 dólares diarios, con lo que se cubre el trabajo del chamán. En el caso de los talleres que duran más de un día, el alojamiento y la alimentación se paga aparte. La mayoría de quienes asisten llevan años orbitando en torno a las terapias.

Inés (53) es sicóloga, madre de dos hijos. “Cuando chica tuve un abuso. Tenía un recuerdo vago de quién lo había hecho. Tomando ayahuasca descubrí que había sido otra persona, no quien yo intuía. Fue muy fuerte. Algo así cambia tu historia. A partir de ese descubrimiento, y haciendo otras terapias, me vinieron un montón de recuerdos que confirmaron lo que la ayahuasca me había mostrado”, dice.

Lorena (31) es profesora de Música y tiene una hija de cuatro años. A los 18 se sometió a un aborto en malas condiciones. La experiencia fue traumática: expulsó el feto y tuvo una hemorragia que casi la mata. Todo ocurrió a escondidas de sus padres. Trató de aparentar que su vida seguía igual, guardando el secreto herméticamente. Hasta que se empezó a enfermar: tenía ataques de vértigo y dolores gastrointestinales que, ante cualquier estrés, la hacían vomitar. Ningún médico ni sicólogo pudo mejorarla.
“La ayahuasca me reconcilió con mi herida. Con esa parte que no se mejora aunque te digan ‘eras muy chica, no importa’, ni con todas las justificaciones sociales o emocionales posibles. Yo tenía demasiada culpa y por eso vivía con dolores de guata y vómitos. Era tan terrible fingir, que me daban ataques de vértigo y caía desplomada al suelo. Eso lo entendí después. Supe que mi cuerpo estaba tratando de hablarme y que yo era incapaz de escucharlo, porque me dolía demasiado. La ayahuasca me obligó a mirar y entonces entendí por qué me ocurrió eso, sin justificarlo. En una de las sesiones vi a unos seres que hacían una limpieza a la altura de mi útero. También me vi rodeada de un color violeta, color de la sanación. Entendí que me estaba mejorando”, dice.

La ficha clínica

Los chamanes dicen que la ayahuasca habla en un lenguaje simbólico. Que quienes la ingieren ven lo que les duele y lo que necesitan para evolucionar. Por eso consideran que la planta es sabia.

Ricardo Jiménez (47), ingeniero de formación y actualmente terapeuta transpersonal, viajó a tomar ayahuasca con el sicólogo y chamán peruano Javier Zavala, en Tarapoto, una localidad de la selva de Perú.

“Llevaba 20 años haciendo un trabajo terapéutico y siempre tuve claro que nunca había podido acceder con plenitud de conciencia a una experiencia traumática que viví a los dos años. Sólo con la ayahuasca la reviví con todas las consecuencias y dolores que significaba; quedé remecido durante años. Como soy terapeuta, he sacado conclusiones: hay experiencias muy difíciles humanamente de sanar. ¿Cómo le das sentido y agradeces una experiencia violenta e injusta? En cambio, hay un plano de la sanación que, al ser espiritual y muy profundo, permite validarla y trascenderla. Eso pasa con la ayahuasca”, señala.

Zavala, el chamán, es uno de los fundadores de la clínica de rehabilitación para drogadictos Takiwasi, cuyos programas de desintoxicación se basan en las plantas medicinales amazónicas; la ayahuasca es uno de sus pilares. Ha permitido validar que la planta no causa adicción; las cura.

Zavala tiene ahora un centro terapéutico en Tarapoto llamado Hampichicuy. En los últimos años ha viajado mucho a Chile a hacer talleres de sanación con ayahuasca. Quienes participan deben prepararse en los días previos, absteniéndose de comer sal, azúcar, carne y tener sexo. Los talleres duran cuatro días; en los tres primeros se ingiere ayahuasca y al cuarto, cada participante tiene una conversación privada con el curandero-sicólogo donde analiza lo que ha vivido.

Zavala hace una selección rigurosa de los participantes, quienes deben llenar una ficha clínica. “Se les preguntan sus motivaciones para asistir al seminario, así como su historial siquiátrico; y si tienen problemas cardíacos, porque la experiencia te lleva al límite y no es para todos. Les hacemos una entrevista para asegurarnos de que no se trata de alguien con personalidad borderline o que sólo quiere pegarse una volada. Para esas personas, la ayahuasca debería estar prohibida. Una vez conocimos un caso, ocurrido en Francia, en que una mujer entró en pánico y el chamán no pudo manejar la situación. Tuvo que suspender la sesión, encender la luz, darle un té de hierbas. Algo así no debiera ocurrir, por eso es importante hacer una selección rigurosa y contar con la guía de un curandero con experiencia”, señala Pablo (36), sicólogo de la Universidad de Concepción y quien organizó durante cuatro años los encuentros de Zavala en Chile.

Pablo también tomaba el líquido amargo y verdoso que traía el chamán y pudo apreciar en sí mismo los cambios que le provocó ingerirla cada seis meses durante cuatro años. “En mis primeras sesiones sentía una fuerte opresión en el pecho. Había ido al médico para descartar un problema al corazón, pero no se me pasaba con nada. Entonces, en medio de una sesión de ayahuasca sentí el dolor y tuve la intuición de que algo importante se me iba a revelar. Vi mi cuerpo translúcido y, en el centro de mi pecho, un reloj mural que marcaba las horas muy rápido. Pensé: ‘se trata de mi relación con el tiempo’, y me di cuenta de que mi deseo de tiempo es inconsistente con mi manera de vivir. Lloré mucho. Yo, que crecí en los cerros en Chiguayante, en Concepción, desde que había llegado a Santiago vivía en un departamento en el centro y corría todo el día, lo que me causaba angustia. La ayahuasca me mostró qué había detrás de mi dolor físico”, señala Pablo, quien después de este descubrimiento cambió de trabajo, se fue a vivir a una parcela en Paine y adaptó sus horarios para tener tiempo libre. Ahora despierta lentamente, mirando los cerros a través de su ventana.

Seguir leyendo