La sexualidad después de una violación

Reportajes y Entrevistas

La sexualidad después de una violación

Por Greta di Girolamo / Ilustración: Edith Isabel

Abusada por su abuelo, violada por un conocido mientras estaba inconsciente, ultrajada por su jefe, presionada a tener sexo con su pololo, violada por un hombre que la raptó. Las historias de violencia sexual son diversas, pero todas dejan una huella en el deseo, autoestima y vínculos de las mujeres. ¿Qué ocurre con la sexualidad después de ser abusadas?

Francisca (25) no entendió bien lo que había pasado hasta la mañana siguiente, cuando se despertó con mucho dolor en la zona genital. Tenía 15 años y la noche anterior se había quedado a dormir por primera vez en la casa de su pololo de 24 años. En el mes que llevaban juntos, él le había insistido en varias ocasiones que tuvieran sexo, pero ella era virgen y no se sentía preparada. Esa noche, sin embargo, no tuvo la capacidad de negarse. Después de llegar borracha a las 4 de la mañana y vomitar en el baño, se recostó en la cama y, apenas consciente, fue penetrada por él en más de una ocasión. “Estaba muerta en la cama y empezó a tocarme. Ahí pensé ‘obvio que tengo que dejarlo, si es mi pololo, es parte del contrato’. El recuerdo es borroso, pero en un momento lo tenía arriba mío y empecé a sentir mucho dolor. No entendía qué estaba pasando”, cuenta.

Según el Código penal, una violación ocurre cuando se “accede carnalmente, por vía vaginal, anal o bucal” a una persona, ya sea con intimidación o violencia, cuando la víctima está privada de sentido o cuando se abusa del trastorno mental de la víctima. La diferencia con el abuso sexual es que en este no existe penetración. Tanto en el caso de la violación como en el del abuso, si la víctima es menor de 14 años no es necesario que exista ninguno de los requisitos de aprovechamiento mencionadas para acreditar el delito.
A pesar de que el relato de Francisca coincide con una violación, en ese momento ella no lo consideró así. Incluso, después del episodio, se sintió en la obligación de acceder cada vez que su pololo quisiera tener relaciones. “Ya había pasado una vez, entonces sentía que no podía negarme. Nunca disfruté de una relación sexual. Para mí el sexo era que él se fuera lo más rápido posible. Me pasó también que muchas veces quería tener sexo anal, y yo no sabía cómo decirle que no. Me acuerdo de haber estado poniendo el cuerpo mucho tiempo”, dice. Hasta el día de hoy, el sexo anal es un tabú para ella.

Luego de un año y medio de relación, terminó con esa pareja y al tiempo tuvo un encuentro sexual con un conocido. “Fue ahí cuando descubrí que el sexo podía ser placentero”, recuerda. Comenzó a mantener relaciones sexuales esporádicas y más adelante volvió a tener una pareja estable. A pesar de que lograba disfrutar el sexo, seguía teniendo problemas para decir que no cuando no tenía ganas. “Esa primera vez marcó una pauta para mí. Daba lo mismo si yo quería o no quería, lo naturalicé”, explica.
Dejó de naturalizarlo en la universidad, cuando encontró un panfleto que decía que podía haber violación dentro de la pareja y cuando empezó a leer y a conversar sobre violencia sexual hacia las mujeres en el marco de su militancia en una organización política feminista. “Antes de eso nunca nadie me había hablado de consentimiento. Me hablaron de VIH, del condón, del embarazo, pero no me dijeron que la sexualidad tenía una dimensión de voluntad y de goce”, alega Francisca.

A pesar de manejar nueva información, hace poco volvió a sostener relaciones sexuales sin querer hacerlo. “Fue terrible. Se supone que yo ya había aprendido esto, y me dio rabia conmigo misma. Me volví a sentir esa niña chica con susto, incapaz de poner límites y decir lo que quiere. Me di cuenta de que es algo demasiado encarnado en mi cuerpo, en mi inconsciente, que me sigue pasando”, explica.
Alarmada, decidió, frente a un posible encuentro sexual, tomarse el tiempo necesario para pensar mucho qué quiere o no quiere hacer. Y, como precaución, solamente se relaciona con hombres de un círculo cercano que ella crea que van a respetar esa voluntad. “Evito espacios como Tinder, y si conozco a un hombre en un carrete me dan ganas de hacerle un test sicológico antes de salir”, dice. Consciente de que el episodio que vivió a los 15 años no está superado y sigue teniendo consecuencias en su sexualidad, hace dos semanas comenzó una terapia sicológica.

Mariposas

La psicoterapia es ampliamente recomendada para mujeres que han sufrido violencia sexual. En Chile, existe una serie de instituciones públicas que brindan este servicio: los Centros de Atención Integral a Víctimas (CAVI), del ministerio de Justicia; los Centros de Apoyo a Víctimas de Delitos (CAVD), de la Subsecretaría de prevención del delito; los Centros de atención y reparación para mujeres víctimas/sobrevivientes de violencia sexual (CVS), del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género; y el Centro de Atención a Víctimas de Atentados Sexuales (Cavas), de la PDI.

Angélica González, encargada de la unidad de reparación de adultos del Cavas, asegura que todas las mujeres víctimas de violencia sexual que han pasado por ahí tienen un factor común: la perturbación del vínculo con ellas mismas y con el resto. “Esto afecta la sexualidad de la mujer desde un punto de vista amplio, no solo reducido al acto sexual. Altera la percepción de sí misma y de cómo se relaciona con el mundo. Puede haber un rechazo hacia lo masculino y hacia su propio cuerpo. Hay mujeres que tienden a aislarse, a retraerse, y en algunos casos es el otro extremo: viven una sexualidad indiscriminada. Puede haber una dificultad para poner límites con el otro y para leer claves del contexto que le permitan estar cómoda, satisfecha y moverse con libertad”, explica la asistente social.

El Cavas es la institución pionera en Chile en cuanto a reparación a mujeres que han sufrido violencia sexual. Entrega sicoterapia gratuita hasta por cinco años a víctimas de todas las edades y sectores socioeconómicos que llegan derivadas por Tribunales de Familia, centros de salud o demanda espontánea. El viernes 16 de noviembre, celebró su aniversario número 31 con autoridades de la PDI, el Sename y el Ministerio de la Mujer y la equidad de género, organismo con el cual trabaja en conjunto desde que firmaron un convenio en 2006. Entre todos, estaba Paola Sepúlveda (47), quien esa tarde contó su testimonio frente a todos los asistentes.

Paola pisó el Cavas por primera vez en mayo del 2000. Tenía 28 años y recién una semana antes le había contado por primera vez en su vida a otra persona que la habían violado cuando tenía 8 años. En esa época, vivía en la casa del matrimonio para el que trabajaba su mamá como empleada doméstica. Un verano, llegó a vivir con ellos el sobrino de 30 años de la pareja y, sin que nadie se diera cuenta, violó a Paola. Ella guardó el secreto por 20 años, hasta que un día no dio más con la carga y le contó a la esposa de su jefe. La mujer, luego de escuchar el relato, le dijo que necesitaba ayuda profesional y le agendó una hora en el Cavas. “Cuando niña tendía vergüenza, sentía que si alguien se enteraba me iba a pasar algo malo. De adolescente, mis amigas se empezaron a maquillar y yo no lo hice por miedo de lo que podía suceder. Quería ser invisible. Sentía un rechazo hacia mi cuerpo”, cuenta Paola.

Pasó por dos procesos de terapia de casi dos años cada uno y asistió al taller “Sexualidad femenina y ser mujer”. Ahí, conversaba con otras mujeres abusadas, hacía manualidades y ejercicios de respiración y relajación. Después de eso, Paola tuvo un cambio radical. Un ejemplo visible y concreto: antes andaba encorvada, con el pelo en la cara, vestida con ropa negra y holgada. Ahora, sentada en una habitación del Cavas, lleva tacos, una blusa calipso, aros, collares y pulseras, labial, máscara de pestañas y las uñas pintadas. “La sexualidad no es solamente tener sexo. Involucra el cuerpo, la imagen, cómo te sientes. Yo me sentía sucia. La terapia me permitió aceptar mi cuerpo y trabajar mi seguridad. Pude empezar a usar ropa de color, más ajustada, sentirme linda y feliz. Es un cambio hermoso, aprendes a disfrutar de tu sexualidad. Es la metamorfosis de la mariposa”, dice. En su mano izquierda lleva una, que se tatuó cuando terminó el taller del Cavas, que continúa impartiéndose con un nuevo nombre: “La metamorfosis femenina”.

Daniela (41) tuvo un cambio parecido. “Para mí, el mayor daño en términos de sexualidad no tuvo que ver con encamarme, sino con desaparecer y que ojalá nadie me mirara. Yo era una persona de piel, pero eso me lo arrebató el huevón que me violó. Dejé de tocar, dejé de mostrarme, engordé, me invisibilicé para el mundo. Quise afearme como mecanismo de defensa. Recién después de 10 años volví a estar más en calma con mi cuerpo, a conectarme, a usar escote, aros vistosos. Me demoré mucho tiempo en volver a ser audaz, a sentirme sensual”, dice.

Cuando tenía 21 años iba manejando sola a la universidad cuando en un semáforo, un hombre de unos 50 años, se metió a su auto. La apuntó con una pistola, le desencajó la mandíbula de un golpe y la hizo manejar kilómetros hasta una cabaña donde los esperaba otro hombre, que hizo de observador. Ahí, tirada en el piso, le pegó, le bajó la falda, la violó anal y vaginalmente, metió la pistola en su vagina y la roció con yogurt. Luego de casi una hora, la obligó a manejar con él en el asiento del copiloto hasta el centro de Santiago. Antes de bajarse, el hombre le robó un cassette y le dijo: “Lo voy a escuchar para acordarme de ti, porque eres muy bien portada”.

Después de una larga depresión, de estar internada en una clínica siquiátrica, subir 20 kilos, sufrir bulimia y tener pesadillas recurrentes, Daniela asegura que al fin recuperó todo lo que había perdido. Algo que, explica, no hubiera logrado sin el apoyo de su entorno más cercano y años a terapia. “Me negué a perder algo que era mi sello, que era mi capacidad de vincularme. Me demoré 20 años, pero lo logré”, dice.

Miedo en el cuerpo

Cecilia (56) nunca ha permitido que un hombre toque su vagina. Ni siquiera su marido, con quien lleva casi 30 años de matrimonio. Su explicación siempre fue que simplemente no le gustaba, no le daba placer, pero hace nueve años encontró una respuesta más contundente. Un día de 2009 estaba viendo la teleserie El señor de la querencia cuando en una escena un padre violaba a su hija. En ese momento, algo ocurrió en su mente. Y comenzaron a acecharla una serie de imágenes fragmentadas que al cabo de una semana se habían convertido en un recuerdo vívido.

Ella no tenía más de siete años, estaba de visita en la casa donde vivían sus abuelos. Su abuela y su mamá estaban en la cocina, y su abuelo, agachado para estar a la altura de Cecilia, con una mano hacía un gesto de silencio mientras introducía la otra en el calzón de su nieta. Recuerda haber sido abusada por él de la misma forma en al menos tres ocasiones.

El recuerdo la quebró. Ese mismo año murió su padre y hace un tiempo le habían diagnosticado cáncer a una de sus hijas y tuberculosis a la otra. Cecilia entró en una depresión profunda y comenzó una terapia, pero atribuyó su malestar a los problemas familiares y nunca se atrevió a mencionar el episodio de abuso sexual. “No he indagado más”, dice.

Aunque no ha buscado ayuda profesional que confirme el impacto del trauma, lo cierto es que no disfruta con plenitud de su vida sexual. “No acepto que mi marido toque mi zona. Podemos tener relaciones, pero su mano siempre la he rechazado. No me produce el placer que debería producirme, lo que me produce son imágenes que me dan asco y repulsión. Veo la cara de placer de mi abuelo, sus dedos en mi vagina”, cuenta.

Tampoco le gusta que la gente se le acerque demasiado, ni que la toquen. Y si ve que algún hombre se fija en ella, se paraliza. No soporta que la miren con deseo. Con respecto a la actividad sexual, asegura que tiene dificultades para excitarse, lubricarse, ser penetrada y alcanzar orgasmos. “Tenemos poca actividad sexual, porque me duele demasiado. Intento tener iniciativa, pero por más que quiera no puedo, llego a un límite y no avanzo más”, explica Cecilia.

A la corporación Aprofa llegan muchas mujeres que pasan por una situación similar. El 70% de las pacientes que asisten a un tratamiento por alguna dificultad para mantener relaciones sexuales ha sufrido algún tipo de violencia sexual. “Muchas conciben el acto sexual como algo violento, no placentero, entonces los cambios biológicos previos a la penetración tienden a no darse”, explica María José Oyarzún, matrona de Aprofa. Como ella, todo el equipo profesional se ha especializado en terapia sexual. Si bien trabajan con derivación a psicólogos, Aprofa tiene un foco en la terapia sexual corporal, un servicio que el sistema público no ofrece a las mujeres víctimas de violencia sexual.

“Lo corporal tiene que reeducarse en el placer. Hay que refamiliarizarse con el cuerpo, conocerlo. Hay un estigma muy grande con las mujeres que han sido abusadas. Como ya fueron objeto de una violencia sexual, se quedan con ese rótulo de víctimas y se piensa que no van a volver a tener una vida sexual sana. No se vuelve a posicionar en el marco de una mujer con derechos sexuales, cuando eso es fundamental”, dice Oyarzún.

En lo que a derechos respecta, la especialista afirma que la educación sexual integral es clave. “Si a una persona se le educa con que debe ejercer autocuidado, con que es dueña de su cuerpo y lo que eso conlleva, es mucho más difícil que alguien pueda meterse en esa complicidad. Tiene que ver con empoderarse para poder actuar sobre otro cuando se siente que la relación o conducta está siendo inapropiada”, explica la matrona.
La kinesióloga Odette Freundlich, directora del centro Mi Intimidad, sigue la misma línea de trabajo, enfocada en lo corporal. “Como son mujeres con miedo, aprietan involuntariamente los músculos del periné, abdomen, glúteos, aductores y no saben cómo relajarlos. Hay que enseñarles, y para eso no basta solamente hacer una reparación psicológica”, explica. Para ayudarlas, les muestra cómo identificar sus zonas más tensas y les enseña una serie de ejercicios en la zona genital que permite relajarlas.

Aislamiento o desinhibición

Camila (24) es de las que se aisló. En abril de este año amaneció completamente desnuda en una cama desconocida junto a Claudio, un hombre diez años mayor que ella, y un condón usado. La escena la dejó paralizada. La noche anterior habían ido en grupo a un recital y su último recuerdo era estar viendo al telonero.

Había conocido a Claudio algunos meses antes y desde ese día él no paraba de enviarle mensajes y de invitarla a salir. Hasta que esa noche, casi por casualidad, terminaron yendo juntos al recital. Camila recuerda haberse tomado dos cervezas y haber recibido un vaso de piscola de las manos de un amigo de Claudio. Después, un borrón hasta el otro día. “Cuando me desperté, sentí mucho asco”, cuenta. Se hizo la dormida hasta que él salió de su casa y entonces le escribió a una amiga para contarle lo que había pasado. “Yo ya le estaba bajando el perfil, pero ella me dijo que era grave. Ahí me puse a pensar que en realidad era muy extraño haber quedado inconsciente después de dos cervezas”, dice.

Luego de esa conversación, Camila fue a poner una denuncia en Carabineros y se hizo un chequeo general en el Servicio Médico Legal, donde le tomaron una muestra de sangre para saber si la habían drogado. También le dieron la pastilla del día después y le inyectaron una serie de remedios contra enfermedades venéreas.
Estuvo un mes en cama y los dos siguientes se marginó completamente del mundo. Y su deseo, en el sentido más amplio de la palabra, se suprimió. “No tenía ganas de hacer nada. No quería ni comer. No hablaba, estaba parca y me daba mucho miedo salir y vincularme con la gente. No confiaba en nadie. Era como un teléfono en espera”, cuenta. De a poco su pololo la llevó a dar vueltas a la manzana y después consiguió un trabajo que la sacó del encierro.

Aunque está mejorando, todavía siente que no recupera del todo su forma de ser. “Siempre he sido muy sensorial, de tocar, de vincularme con la gente, de ir a fiestas, pero ahora no las disfruto, estoy demasiado ermitaña. Todo lo que tiene que ver con los sentidos cambió mucho, hubo un bloqueo. Me siento un ente”, dice Camila, que desde la violación se siente “horrible”, cuando antes no tenía ningún tipo de complejo con su cuerpo.

Actualmente, asiste a una siquiatra que le recetó antidepresivos y a un psicólogo. “El tratamiento ha sido fundamental para reconstruirme. Creo que es indispensable para cualquier persona que haya pasado por algo así. Me he ido fortaleciendo”, asegura. En cuanto a las relaciones sexuales, aunque ya no son con la misma frecuencia, sí siente deseo y placer cuando tiene encuentros con su pareja. Eso sí, ni quiere imaginar cómo sería un encuentro con otro hombre: “No tengo ganas de sentirme rica y agarrar de caliente. Me da miedo sentirme utilizada, que me deseen por mi cuerpo y no por lo que soy. Eso es algo que nunca me había pasado”.

Para Javiera (25) ha sido un poco al revés. Después de la violación, su vida social y sexual, en vez de disminuir, aumentó. “Por suerte nunca me pasó que no me pude meter de nuevo con un hombre. Como me sentí tan instrumentalizada, quizás de forma inconsciente yo también quise instrumentalizar mis relaciones sexuales. De chica tenía un pensamiento muy conservador, pero cuando pasó esto ya me sentía empoderada con mi sexualidad y no dejé de sentirme así. Este año incluso he tenido más deseo sexual que otras veces”, dice.

Hace unos meses, su jefe en el bar donde trabajaba como garzona la invitó a su celebración de cumpleaños en el mismo bar. Asistió con el resto de sus compañeros de trabajo. La fiesta era con barra abierta y en un par de horas Javiera estaba completamente borracha.

Tiene lagunas mentales, pero esto es lo que recuerda con claridad: bailó con su jefe un rato y de pronto estaban conversando en la cocina, él vestido y ella sin ropa, apenas manteniéndose de pie. “Me empezó a penetrar. Yo estaba raja. En un momento en que tuve un poco de conciencia le dije que saliera. Yo estaba sangrando, él miró con asco y se fue. Me caí inconsciente al suelo sin nada de ropa y llena de sangre”, relata. Dice que 45 minutos más tarde, la encontró una amiga que la vistió y la llevó a su casa.

“Me demoré como un mes en darme cuenta de que era una violación, porque asumirlo es muy fuerte. Me sentía asquerosa, culpable. Un día tuve una crisis grande en la que lloré mucho y estuve muy mal, pero salí rápido de ese estado. Dentro de todo me lo tomé bien. Era un periodo de mucha movilización feminista y me empoderé más después de la violación. Esto me ha movilizado para seguir luchando”.

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Los nombres que aparecen sin apellido son ficticios, a petición de las mujeres que participaron en este reportaje.

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