Bajo la sombra de mi madre

Reportajes y Entrevistas

Bajo la sombra de mi madre

Por Emilia Puig / Ilustración: Edith Isabel

Emilia Puig trató estudiar otra cosa, algo que no estuviese relacionado con su madre, la periodista Carolina Urrejola. Pero a medio andar se dio cuenta de que lo que realmente le apasiona es, inevitablemente, lo mismo que a su mamá. A punto de terminar de estudiar periodismo, sabe que la etiqueta “ser hija de” es algo de lo que no puede deshacerse, pero que, a su vez, la llena de orgullo.

Mi mamá me tuvo a los 20 y fui hija única durante 18 años. Durante mucho tiempo estuvimos las dos no más en la casa, así que somos muy cercanas. Nuestra relación siempre ha sido de compañeras. Confío mucho en ella y sé que ella también confía en mí; hablamos honestamente, nos damos consejos. Como era hija de una mamá joven, me crie siendo la única guagua en un mundo de adultos, entonces desde chica me trataron como grande y salí extrovertida gracias a eso.

Cuando tenía 9 años mi mamá conducía el noticiario de medianoche. Me acuerdo de verlo en pijama, escondida, porque al otro día tenía que ir al colegio. Era raro verla en la televisión: por un lado, sentía una admiración gigante, pero por otro, no me gustaba tener que compartirla con el mundo. En ese tiempo, a mi mamá le empezó a ir muy bien y se hizo más conocida, así que a medida que yo iba creciendo y pasando de cursos, mis profesores me preguntaban si cuando grande quería ser periodista. Pero siempre la frase terminaba en: “Para que seas igual a tu mamá”.

Cuando me tocó postular a la universidad, no supe qué hacer. Tengo habilidades y aptitudes para el periodismo y todo el mundo me decía que estaba pintada para eso, pero no sabía si quería ser como mi mamá. Me dio susto y decidí entrar a arquitectura. Sufrí con las matemáticas, pero los profesores me decían que, al momento de exponer los trabajos, era una de las mejores del curso. El último día del primer año, me eché taller y llamé llorando a mi mamá. Me fue a buscar, lloramos juntas y después me dijo, bien práctica como es, que tenía que decidir qué hacer. Yo hasta ese momento todavía renegaba del periodismo, pero me acuerdo que me dijo que para ella estaba claro por dónde iban mis preferencias.

Ahora que lo pienso, era algo natural. Crecí entre diarios, escuchando conversaciones de política y contingencia, acompañando a mi mamá a los estudios de radio. Hubo una época en que iba en patines, y patinaba entre periodistas y entrevistados. A veces me dejaba entrar mientras ella estaba al aire, con la condición de que no hablara ni hiciera ruido, y yo me metía debajo de la mesa a jugar con los cables. En las mañanas, camino al colegio, la radio Cooperativa era la única alternativa, mientras yo envidiaba a mis amigas que se iban escuchando música. Así que, después de tratar de negarlo, finalmente terminé estudiando periodismo.

He tratado de que nadie se entere de quién es mi mamá, pero ha sido difícil. Hay veces en que los profesores hacen comentarios del tipo “en esta sala hay familias de periodistas”, o conversaciones con compañeros en donde hablamos de las profesiones de los papás y cuando digo la de mi mamá, quieren saber dónde trabaja. También me pasa que cuando otros compañeros se enteran, me dicen: “¡Pero cómo no me habías contado!”. Una vez, en una clase de comunicación corporativa, pusieron de ejemplo cuando un alcalde evangélico le dijo al aire a mi mamá que se la iba a llevar el cuco. Después de ver el video, el profesor dijo: “Bueno, aquí tenemos a la hija”. Por suerte, era un ejemplo de un buen manejo de crisis. Nunca me ha tocado escuchar algo malo de ella en clases.

Tener una mamá que está tan expuesta, tan visible, inevitablemente trae consigo ciertas consecuencias, como el hecho de que en cualquier parte la miran muchísimo o tener que ver comentarios críticos en redes sociales. Ella es muy relajada al respecto y me dice que no me haga mala sangre, pero me cuesta. Una vez en Facebook un tipo escribió que, además de ser mentirosa, no se preparaba para las entrevistas. Y ahí ardí, porque yo la veo cómo estudia, cómo está todo el fin de semana preparándose cuando tiene programa el domingo. Así que le respondí algo como: “¿La conoces? ¿Te consta lo que estás diciendo?”. Esa ha sido la única vez que he contestado.

Tengo sentimientos encontrados respecto a ser “hija de”. En público, especialmente en la universidad, me preocupo de hacer esta separación entre ella y yo, de hacer como si no me importara, pero en la casa es mi gran referente. Cuando tengo que hacer entrevistas, pienso qué preguntaría ella. Cuando tengo que entregar trabajos, le pregunto qué le parecen. A veces con susto, porque es muy honesta y es capaz de decirme que lo rearme por completo. Es esa sinceridad la que hace que, cuando me felicita, me sienta muy orgullosa, porque lo siento real. Es la persona que más admiro y que me diga que hago las cosas bien es una validación tremenda.

Durante estos cuatro años he pensado mucho si quiero seguir su legado o diferenciarme de ella. Me gusta el periodismo político, ir al Congreso, entrevistar a diputados y senadores, pero inevitablemente siento una presión extra por ser hija de una periodista reconocida. Creo que tengo que ser mucho más cuidadosa con qué digo y qué no, porque si hago algo mal, probablemente no van a decir “Emilia Puig” hizo tal cosa, sino que va a ser “la hija de Carola Urrejola” hizo tal. Espero algún día poder armar mi propio camino y que eso cambie, pero estoy consciente que para eso falta mucho.

En general, la gente piensa que quienes elegimos el mismo camino de nuestros papás lo hacemos por comodidad. Pero no siempre es así, o por lo menos no es mi caso. No me imagino estudiando otra cosa, es lo que más me apasiona y si bien probablemente es por influencia de mi mamá, eso no hace que sea lo más fácil. De hecho, creo que es más difícil, porque constantemente voy a tener que demostrar que los lugares en los que estoy o las cosas que hago son por méritos propios y no por pituto. Ya me pasó cuando hice la práctica, donde me preocupé de no postular a ningún lugar que pudiese estar relacionado con mi mamá, para que nadie pensara que quedé porque ella movió hilos.

Hace poco mi mamá se ganó el reconocimiento de ex alumna destacada en la universidad en la que las dos estudiamos. La ceremonia era en horario de oficina, así que fuimos las dos no más. No me di cuenta de lo importante que era hasta que vi a los otros premiados. Sentí un orgullo gigante de estar ahí con ella, de poder compartir ese momento. Todo lo que soy y no soy, es gracias a ella, y hay cosas que definitivamente quiero imitar como futura profesional, independiente de si sigo su camino o no. Me encanta que sea quien es, que sea tan transparente y de una sola línea. Que sea fuerte y defienda sus posturas, aunque muchas veces la encuentren dura. Ser “hija de” es una marca con la que tengo que vivir, pero en este caso, es una que me llena de orgullo.

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