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11 enero, 2018
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La terapia neural

¿Puede el pinchazo con un anestésico local hacer que desaparezca un dolor invalidante, una jaqueca crónica, una depresión o incluso pesadillas recurrentes en un paciente? Aunque los escépticos aseguran que no es más que sugestión, en Chile cada vez más personas llegan a clínicas y hospitales buscando sanar dolencias físicas y emocionales con la inyección de procaína..


Paula 1243. Sábado 13 de enero de 2018.

Por Pilar Navarrete / Ilustración: Paloma Moreno / Fotografía: Carolina Vargas

Ocurrió un día de 2013. Como era habitual, en Homed, el centro de medicina biorReguladora donde trabaja en Las Condes, la ginecóloga Patricia Echeverría recibió a una paciente nueva de 38 años. “Vengo porque tengo una jaqueca hace años y ningún tratamiento me ha dado resultado”, le dijo. Había consultado a un neurólogo, para descartar la presencia de cualquier tumor, y a un cardiólogo, para descartar que fuera por temas vasculares. “Había intentado con antijaquecosos, acupuntura, biomagnetismo, reiki. Pero el dolor de cabeza lo llevaba ahí, pegado”, dice la doctora.

Durante la hora que dura la consulta, la especialista ahondó en su biografía. “Le pregunté qué enfermedades había tenido cuando niña, si la habían operado, si había enfermedades en su familia. Nada me llamaba la atención”, relata. “Hasta que, de pronto, me dijo: ‘Hay algo que no le he contado a nadie: a los 15 años me hice un aborto y desde entonces tengo estas jaquecas’”.

Echeverría entendió que estaba ante un caso donde debía aplicar terapia neural: una inyección de procaína (un anestésico de baja intensidad, diluido en suero fisiológico), en el lugar del cuerpo que, según el relato de la paciente, la doctora intuía que estaba alojado el origen del dolor. “Y ese lugar no era la cabeza, sino la zona ginecológica”, explica.

La ginecóloga la pinchó ese día en la zona del vientre. Un mes después, en la siguiente consulta, la mujer le relató que después del pinchazo, cuando iba de vuelta a su casa, revivió el registro del día del aborto: sintió los cólicos, el dolor y la sensación de las contracciones en el útero. “Dijo que incluso había sentido el olor del anestésico que le habían puesto. Horas después empezó a irse el dolor de cabeza y no volvió más”.

La doctora Echeverría es médico-cirujano de la Universidad de Chile, con postítulo en Edocrinología Ginecológica y Climaterio. Trabajó por años atendiendo partos y hasta hace un mes complementaba su consulta particular atendiendo en uno de los centros de salud de Integramédica. Decidió formarse en terapia neural en 2010. Escuchó de ella por primera vez en un encuentro de medicina alternativa en el Hospital San José “en una época donde yo trabajaba como ginecóloga común y corriente, pero me daba cuenta de que a veces me quedaba corta en la forma de dar respuesta a mis pacientes”. Luego, durante un curso de medicina sintergética (que integra terapias complementarias, entre ellas biomagnetismo y acupuntura) avalado por el Ministerio de Salud, volvió a escuchar de la terapia neural. “Entonces varios médicos hablaban de ella, de Julio César Payán y Germán Duque, médicos que la enseñaban en Colombia. Pero para ser franca, yo pensaba: ‘Esta cuestión no es creíble, ¿cómo pinchando una cicatriz se le va a quitar una dolencia a un paciente?’. Encontraba que era medio raro. No me lo creía”.

El antes y después se dio cuando decidió probarla en ella misma. Fue en 2009. Le habían encontrado un hipotiroidismo sub clínico. “Según algunos colegas, tenía que ponerme la hormona tiroidea. Pero me resistía”, dice. Le aplicaron dos veces terapia neural en la zona de la tiroides. “En dos meses se normalizaron mis índices. Ahí dije: ‘Si esto fue bueno para mí, lo quiero estudiar y ofrecer a mis pacientes’”.

“Para ser franca, yo pensaba: ‘esta cuestión no es creíble. ¿Cómo pinchando una cicatriz se le va a quitar una dolencia a un paciente?’. No me lo creía”, afirma la ginecóloga Patricia Echeverría. Cambió de opinión cuando lo probó en ella. “Ahí dije: ‘si esto fue bueno para mí, lo quiero estudiar y ofrecer a mis pacientes’”.

Ruidos y cortocircuitos

Aunque todavía es poco conocida en Chile, la terapia neural tiene largo tiempo de aplicación en países como Alemania, España, Colombia y Argentina. Su antecedente más antiguo está en las investigaciones del fisiólogo ruso Iván Pávlov –premio Nobel en 1904– quien descubrió la existencia de reflejos condicionados y que el sistema nervioso del cuerpo relaciona y conecta las distintas partes del organismo entre sí, al mismo tiempo que se relaciona con infinitas influencias externas. Paralelo al trabajo de Pávlov, otros científicos rusos demostraron que inyectando procaína podían desactivar reflejos condicionados.

Esa fue la base de investigación que tomaron dos médicos alemanes, los hermanos Ferdinand y Walter Huneke en 1925, con la intención de buscar una cura para la jaqueca crónica que afectaba a su hermana. Aunque le habían inyectado procaína intravenosa en el sector de la cabeza sin resultados, la sorpresa ocurrió cuando, tras aplicársela en la rodilla por un dolor que la aquejaba, la cefalea desapareció. Tiempo después recibieron a una paciente que padecía migraña, un fuerte dolor de hombro y una osteomielitis en la pierna (una inflamación del hueso ocasionada por una infección). Al comprobar que, tras pinchar la cicatriz de la pierna, sanaba del dolor del hombro, los hermanos Huneke plantearon la existencia de “campos interferentes”; es decir, zonas del cuerpo donde se alojarían estados de irritación crónica –a raíz de una lesión, un trauma físico o emocional o una infección– que debilitan energéticamente al organismo, provocando molestias que se manifiestan en otras partes del cuerpo, distantes del lugar donde se origina el dolor.

“El organismo siempre está expuesto a alteraciones que vienen desde afuera: un accidente, una operación, un cuadro infeccioso, cosas que el organismo logra compensar. Por eso, si te da una apendicitis, lo que el organismo hace es adaptarse a esa situación después de la cirugía y no presentar ningún problema”, explica el doctor Héctor Barrera, terapeuta neural del centro de medicinina biorreguladora CasaFen.

“El tema es que si los cuadros se repiten –por ejemplo, una otitis, una amigdalitis, una cistitis o cualquier dolor o infección– esa repetición sí deja una memoria, que queda grabada en alguna parte del sistema nervioso, encapsulado como un ruido que no permite que el sistema, que comunica las distintas partes de nuestro cuerpo, se conecte bien. Así, mientras exista ese ruido, existe en esa parte del cuerpo una especie de cortocircuito”, explica. “Ese ruido, más otro ruido, más otro ruido hacen que el organismo se empiece a adaptar a él, haciendo bypass, hasta que en algún momento, en este esfuerzo por organizarse, el organismo no puede más y hace una enfermedad. Por lo tanto, en esa persona que llega por una cefalea y dice que hacía otitis cuando era niño, da una información importante, porque es un ruido alojado que tienes que sacar del sistema”.

A Chile la terapia neural llegó hace 15 años. Uno de los pioneros en implementarla fue el doctor Etienne Claudet. Tras trabajar por años en clínica y también en la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital Barros Luco, decidió comenzar a buscar alternativas para ayudar a sus pacientes. Se formó en medicina china, homotoxicología y luego en terapia neural.

Paralelo a él otros médicos han ido formándose en la terapia. Aunque no hay un registro de la cantidad de terapeutas neurales en Chile, la práctica no solo se da en el sector privado: hay agrupaciones de terapeutas que se han organizado para trabajar en hospitales, donde hasta ahora se aplica más bien como un tratamiento para el alivio del dolor. El doctor Héctor Barrera, de hecho, combina la práctica: de lunes a viernes atiende en las mañanas a pacientes en el Cesfam Joan Alsina de San Bernardo y las tardes las dedica a su consulta privada en CasaFen. Sin embargo, asegura, el alcance de los tratamientos en el sector público es más limitado, porque son pacientes que llegan más deteriorados y les cuesta hacer cambios en los hábitos de vida: tener una buena alimentación o una buena salud dental. “Sin un cambio integral en los pacientes, lo que uno ve es que la terapia neural resulta un buen tratamiento para el alivio del dolor. Pero es mucho más que eso”, asegura.

“Lo que hace la inyección de procaína es mandar ciertos estímulos de anestésico en muy bajas dosis al sistema nervioso autónomo: a través de ella le envías información al sistema y le propones que cambie ciertos códigos”, explica el doctor Etienne Claudet.

Pinchar una pesadilla

El sistema nervioso autónomo está en todo el cuerpo pero su representación más amplia está en la piel. Por eso la terapia neural suele consistir en un pinchazo subcutáneo de procaína, no tanto por su capacidad anestésica, sino que por su alta capacidad de reconectar células. “Lo que hace la inyección es mandar ciertos estímulos de anestésico en muy bajas dosis al sistema nervioso autónomo y le propones que cambie ciertos códigos”, explica el doctor Etienne Claudet. “Con eso, lo que hacemos es apagar la zona que queremos trabajar: si normalmente una membrana celular está en reposo a -70 minivolts, cuando inyectamos un anestésico local la bajamos a  -300 minivolts. Es como si a esa zona se le apagara el cerebro y, como este no aguanta estar apagado, empieza a decir: ‘¿Por qué apagaron esa zona?’. Entonces se organiza para volver a activarla”, explica.

“La terapia neural parte de la base de que cualquier proceso patológico está inmerso en una desregulación del sistema nervioso”, explica la doctora Echeverría. “Hay una irritación que se alojó en alguna parte del sistema, generando un foco de inflamación, gatillado por una distorsión en la conducción nerviosa. Esa inflamación genera dolor, y el dolor, cambios eléctricos entre una célula y la otra. Es como si una célula dijera: ‘Estoy inflamada, ¿y tú?’. Y la otra respondiera: ‘Yo también’. Pero, como sigue el dolor, porque la inflamación es grande, vuelve a entrar la misma información: ‘Estoy inflamada, estoy inflamada, estoy inflamada’ y la otra célula responde: ‘Yo también, yo también, yo también’”.

“Como esa información se repite una y otra vez las células pierden la capacidad de conectarse. Entonces entran en un periodo de latencia que queda como disco rayado: las células comienzan a darse vuelta en el mismo surco, porque no tienen capacidad de volver a meter otra información, y se desconectan”, explica Echeverría. “Cuando uno inyecta procaína, esta viene a hacer el efecto del electroshock: pone una carga eléctrica más fuerte y la célula dice: ‘Voy a volver a funcionar porque vuelvo a estar conectada’. Al reconectarse, el sistema nervioso sabe que tiene una inflamación en tal parte y la reordena por sí mismo. Por eso es una terapia biorreguladora: le da una información al organismo para que este por sí solo regule aquello que está desordenado”.

“El tema es que para detectar dónde está la puerta para llegar al campo de interferencia tienes que saber escuchar al paciente”, enfatiza Claudet. “Porque es él mismo, en su relato, quien te lleva a él. Lo dice cuando te comenta: ‘Desde que se murió mi papá me duele la espalda’. Pero suelen decirte: ‘Yo les digo esto a los médicos y no me creen’. En esta terapia uno como médico tiene que desprejuiciarse”.

La doctora Patricia Echeverría asegura que el desprejuicio es un desafío constante. Y recuerda un caso que le tocó tratar: una paciente que llegó a su consulta desesperada pero no por una razón ginecológica. “Me dijo: ‘Doctora, vengo porque tengo pesadillas’. Cuando dormía se azotaba contra las paredes, con el velador, le pegaba al marido. Su casa la tenían tapizada de cojines por el temor a que se hiriera”.

“Lo primero que me pregunté fue: ‘¿Dónde se pincha una pesadilla?’”, recuerda. Entonces empezó a preguntar por la historia de vida. “Después de un rato me dijo: ‘Todos creen que estoy loca, porque a mí estas pesadillas me partieron después de la cesárea de mi primer hijo. Les he dicho esto a todos los doctores, pero dicen que no tiene nada que ver’”.

La doctora le pinchó la cicatriz de la cesárea. Al mes, cuando la paciente volvió, le aseguró que las pesadillas se habían acabado.

“Entonces uno se pregunta: ‘¿Dónde está la conexión de esa cesárea con estas pesadillas?’. Yo no lo sé y nunca lo voy a saber. Probablemente ella tampoco. Pero mandamos un impulso a su sistema nervioso con el pinchazo. La maravilla es que él supo llegar adonde estaba alojado el problema. Y lo sanó”.

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