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16 noviembre, 2017
orla

La verdad de Patricia Matte

Ha visto el derrumbe de sus referentes, pero no ha cambiado sus convicciones. Miembro de esa elite que hoy se sabe incómoda y arrinconada, aprendió hace mucho que no se puede juzgar a nadie. Porque, por más privilegiado que seas, “puedes caerte un millón y medio de veces”. Como Pinochet, como Maciel, como la Papelera, la suya, la de su familia..

Entrevista por Cony Stipicic H. / Fotografía Alejandro Araya / Producción Carla Fogliatti / Maquillaje Caro pizarro


Paula 1239. Sábado 18 de noviembre de 2017. Edición aniversario 50 años.

Ni nació ni fue criada como el común de los mortales. Desde la cuna, Patricia Matte fue una privilegiada, y no reniega de eso. Fortuna, belleza, talento y un padre formador pero de mirada amplia y libre. En el Loto, le tocaron todos los premios.
Partió rompiendo moldes cuando al salir del colegio –del Villa María pasó a las Monjas Inglesas, porque escribía mal en castellano y le faltaba un poco de mano dura– le comunicó a su papá que quería entrar a Sociología. Era 1968, cuando la revolución acechaba las aulas. Tuvo que explicarle “qué era eso”: estudiar al hombre en relación a la sociedad, cómo se organizaba, cómo se movía en el mundo, cómo progresaba. Entonces, él se quedó callado un rato y después le dijo: “Bueno, total usted es mujer”.

¿Y eso qué quería decir?
En ese tiempo, no todas las mujeres estudiaban y había ciertas carreras que eran como las típicas para nosotras. Sociología claramente no estaba en ese mundo. Creí que mi papá me iba a decir que estaba loca, que mejor estudiara otra cosa. Pero no fue así. No tengo dudas de que él apostaba a que yo, igual que todos, tenía que trabajar, pero decirme eso de que soy mujer en el fondo era: “Total, usted no va a tener que ganarse la vida”.

¿Y eso te instaló el desafío de demostrarle a él que tenía sentido la elección de la carrera?
No, en ese momento lo sentí como un alivio, porque me podría haber dicho “no”. En Sociología me topé con un segundo impacto cuando di mi examen de admisión. El bachillerato importaba poco, lo importante era la entrevista personal con el padre Roger Vekemans, jesuita, que fue el que creó la escuela de la Católica. De entrada nos dijo que en el proceso de selección elegía dos hombres por una mujer y la explicación era “porque aquí las mujeres vienen a buscar novio, a casarse y se van, y esta es una escuela muy chica”. Yo quedé para adentro y encontré que tenía que demostrarle al padre Vekemans que iba a terminar. Empecé a fallar, porque a los dos años me casé y me fui a vivir a Estados Unidos por dos años con mi marido, que es un Chicago-boy. Me propuse volver, para demostrarle que llegaría hasta el final.
Patricia (74 años, cuatro hijos), la mayor, “fundida, regalona”, viajada, reconoce que cuando entró a la universidad se le “abrió un mundo que era lo contrario al que yo había vivido”.

Entraste a Sociología en medio del brote de los ánimos revolucionarios. ¿De qué lado estabas ahí?
Muy tempranamente empecé a pololear con mi marido. Él era ingeniero comercial de la Católica, estábamos en el mismo cuarto piso en la Alameda. Y ahí conocí a Claudio Orrego Vicuña, quien pololeaba con la Valentina Larraín, mi cuñada. A los democratacristianos los conocí por dentro, por él. Claramente no me paraba al lado suyo, de hecho Claudio siempre decía: “¿Por qué las momias bonitas no votan por mí para la Feuc?”, y yo le respondía: “Porque no nos gusta tu pensamiento”. No sé por qué yo nunca dejé de pensar muy similar a lo que pienso hasta el día de hoy, pero sí aprendí a respetar y a conocer por dentro a la gente que pensaba distinto.

¿En qué momento eliges “ser momia”? Porque uno muchas veces está condicionado por la cuna.
Me di cuenta de que eran muy revolucionarios todos, pero que vivían vidas similares a la mía y que había cosas que solamente se podían cambiar con mucho esfuerzo, no de un día para otro en una revolución. Yo creo que la Sociología me sirvió para todo, para conocer el mundo y para entender que había críticas muy ciertas de nuestro país. Yo las conocía por dos lados. Porque mi mamá siempre fue una persona muy sistemática trabajando en los sectores de pobreza. Cuando vivíamos en El Golf existía una población donde luego estuvo Santa Rosa de Las Condes. Mi mamá trabajaba ahí todos los martes, lloviera, tronara o relampagueara. A las 3 de la tarde iba a ese lugar y muchas veces nos llevó. Entonces, también me tocó conocer la pobreza en forma directa. Y nunca creí que de un día para otro, con un acto revolucionario, se iban a solucionar los problemas.

No sé cómo fui afinando las ideas, pero de seguro lo abierto que era mi papá me influyó. En la Unidad Popular hubo mucha gente alrededor suyo que se fue, pero nosotros vivimos toda la pelea de “la Papelera no” en cuero vivo. Sí pensó en irse. En un momento fue a Argentina a ver departamentos y volvió y dijo “no, no me muevo de mi país”. Eso también fue bien marcador para nosotros. Y después del golpe, mi papá siempre tuvo, siendo partidario, una mirada distante y crítica.

¿Qué veía críticamente?
No el golpe, sino cosas que pasaron posteriormente. Eso me sirvió para ir afinando la puntería con respecto al tema ideológico. Pero nunca me inscribí en un partido. Siempre fui crítica y nunca coincidí ciento por ciento con ninguno. Mi papá decía ciertas frases en la mesa que me marcaron mucho. Una vez, como retando a mis hermanos, dijo enojado: “¿Ustedes se dan cuenta de que son parte del 5% más privilegiado del mundo? No de Chile, del mundo”. Nos estaba tratando de decir que esa era la responsabilidad que teníamos.

Ser una privilegiada, en todo, ¿se vive con culpa?
Una vez un banquero suizo amigo de mi papá me dijo: “Yo estoy seguro que todo lo que tú haces, lo haces porque tienes un complejo de culpa”. En cierta forma el sentirse incómodo es lo que yo creo que hacía que mi mamá fuera a cinco cuadras de la casa a un campamento; sentirse incómodo con que otros no puedan tener lo mismo que uno. O sea, tú no te puedes acomodar en un país donde hay mucha gente pasándolo mal. Eso es algo que me inculcaron.

¿Pero te lo vives como culpa o como un sentido?
Lo he vivido con culpa y también con sentido de responsabilidad, pero en muchos momentos debo haber tenido culpa, por todo el esfuerzo que hacía en algunas instancias. Y, hasta el día de hoy, mis niños, mi hija mayor sobre todo, me dice: “Mamá, ¿por qué no tienes la capacidad de ‘let go’? Olvídate, no es tu responsabilidad. Relájate, disfruta”.

¿Y te ha costado mucho eso?
Me cuesta, pero lo paso regio. Yo no he hecho ningún sacrificio. Uno de los privilegios que he tenido es haber estudiado algo y después haberlo podido aplicar. No a toda la gente le pasa igual. Odeplan, por ejemplo, fue lejos el mejor momento de mi vida, pero tengo ahí una conciencia de culpa atroz: lo mucho que me gustó y lo mucho que dejé solos a mis niños por ese entusiasmo.

¿Renunciaste a muchas cosas por esa pasión?
Renuncié por opción. Además, siempre he dicho que todas las mujeres tenemos que tener una sana conciencia de culpa de dejar a los niños. Es sano. Mira la cantidad de gente que trabaja porque tiene que hacerlo para no morirse de hambre o porque tiene una ambición salvaje por llegar a arriba. Yo nunca tuve esa obligación, ese peso, entonces no lo tomo jamás como carga. Y si el complejo de culpa me hizo llevar esa vida, lo agradezco hoy.

¿Por qué las mujeres de la familia Matte no han estado en la primera línea de las empresas?
Hoy día me arrepiento de eso, porque creo que las mujeres tenemos mucho que aportar. Y a raíz de todo lo que ha sucedido, ciertas cosas de finura en la observación, veo que lo podría haber hecho. Hace 10 años más o menos me empezaron a invitar a hacer cosas en la Papelera y le agarré admiración, por la camiseta que tenía toda la gente. Don Ernesto Ayala me empezó a invitar, él conocía a cada trabajador por su nombre y sabía de sus familias; yo lo encontraba admirable. Éramos como compinches. Pero habiéndose muerto don Ernesto, la Papelera tuvo un crecimiento gigantesco y de repente uno se puede meter en un espiral de no darse cuenta de cosas. Como, por ejemplo, que cuando hay equipos muy afiatados, de muchos años juntos, a veces se instala una confianza excesiva en el otro. O no darse cuenta de que alguien, con el que llevas años, puede no estar bien. Y las mujeres, yo creo, nos damos más cuenta de esas cosas.

¿Y te arrepientes porque crees que estando ahí podrías haber evitado situaciones?
No, probablemente no, pero sí podría haber sido un apoyo más grande a mi hermano Eliodoro, que lo ha pasado muy mal. Yo habría sabido más por dentro cómo ayudarlo. Creo que fui egoísta, en cierto sentido, porque era mucho más entretenido lo que hacía yo que lo que estaban haciendo ellos.

Los referentes caídos

¿Eres menos conservadora ahora que hace 30 años?
Sí, definitivamente. Cada día me he convencido más de que uno no puede juzgar a nadie, incluso en las cosas que puedes considerar más espantosas. Y que hay que tratar de ponerse en el lugar del otro todo el tiempo.

¿En algún momento fuiste muy “juzgadora”?
No juzgadora, pero sí fui demasiado “esto está mal, esto está bien”. Drástica, y uno nunca sabe si está muy mal. He llegado a la conclusión que siempre hay algo que puede explicar, incluso, el comportamiento más espantoso.

¿Y qué lecciones de vida te llevaron a esa conclusión?
El simple hecho de darse cuenta de que uno se cae en tantos aspectos. Uno mismo, que ha tenido suerte, formación, educación, familia, igual se cae, ¿por qué no se va a caer otro? Y hay personas que han sufrido tantas cosas que uno no sabe, entonces algo puede haber determinado que alguien haga algo tan horrendo como robar. Y me he convencido en el tema del testimonio, que uno lo único que puede hacer es no juzgar y si crees en algo con mucha fe, lo tienes que demostrar en la vida diaria; es lo único que tú puedes exigirle a alguien, y que te respete por tu convicción.

Muchos de los referentes en tu vida terminaron caídos: Pinochet, Maciel, la Papelera. ¿Cómo se vive eso?
Bueno, depende. De Pinochet fui cercana por trabajo, me impactó siempre algo de él que admiraba: nunca me preguntó nada, le daba lo mismo quién era yo. Yo era una civil en quien él tenía una relativa confianza; me hacía preguntas y yo se las contestaba. Fuera de eso, nunca me dejó penetrar su mundo personal. Nunca me invitó a su casa, ni yo lo invité a la mía; o sea, éramos conocidos de trabajo.

¿Y tú qué sentías por él?
Le tenía admiración y cariño. La admiración fue por cosas muy concretas, de trabajo. Me tocó verlo razonar y entender en cosa de segundos algunos temas sobre los cuales había diferencias técnicas en el gobierno.

¿Esa admiración se mantuvo, incluso, cuando asomó el tema de la violación a los Derechos Humanos?
En el tema de Derechos Humanos, nunca me di cuenta de nada, y eso que podría haberlo hecho, porque tenía amigas y amigos que tenían problemas, gente que había estado en el MIR o en la izquierda dura, y que llegaban de vuelta a Chile y eran perseguidos. Nunca tuve ninguna sensación de que eso estuviera sucediendo, como supimos más tarde. Después me he preguntado: “¡¿Cómo no me di cuenta?!”. Y si me hubiera dado cuenta, ¿qué habría hecho..?

¿Y qué habrías hecho?
No sé.

¿Y en qué momento se te produce la decepción?
No, si no se me produjo decepción. Dije, a ver, algo sucedió porque tenía que suceder; fuimos responsables al permitir que eso pasara. Y admitir que mucha gente murió. Me acuerdo que con Claudio Orrego conversamos mucho en el tiempo de la UP, porque él fue diputado y era un opositor cerrado a Allende. Él aseguraba: “Aquí van a correr ríos de sangre por el Mapocho”. Yo le decía que estaba loco. Era mucho más realista que yo. Por el medio en el que me movía podría haber tenido susto, pero como conocía por dentro a los revolucionarios, estaba tranquila, no pensaba lo que iba a suceder. Después del golpe, el día que levantaron el toque de queda, nos juntamos todos en la casa de mi suegra y estaba Claudio, tendido en una cama a oscuras, totalmente deprimido. Le dije “¡Por todo lo que tú luchaste!”, y me contestó: “Es que no medí las consecuencias”. Se dio cuenta altiro. Yo creo que pensaron que el gobierno militar les iba a entregar el mando a los DC, y cuando vieron que esto se iba a escapar por el lado del Ejército, captaron que este actúa como en un campo de guerra. Por eso yo digo, no es que me arrepienta, sino que cómo no previnimos que esto sucediera.

Hablemos de la caída de Maciel, en un momento en el que, además, tú estabas bien apegada a Los Legionarios…
Sí, sigo siendo parte de Los Legionarios.

Pero, ¿cómo se vive ese derrumbe?
Gracias a Dios que a mí Maciel nunca me encandiló. Era tan frío, como Vekemans, que era un cura brillante, pero tú lo único que no sentías con él era proximidad, no sentías por ni un lado a Dios, porque era tan soberbio en lo intelectual que te olvidabas de que era sacerdote. A Maciel me tocó verlo dos veces cuando vino a Chile, y me dio esa sensación como de frialdad absoluta, como que no se movía, sino que cada conversación era medida. Pero también conocí curas de Los Legionarios maravillosos, incluso un sobrino mío, posterior a lo de Maciel.

O sea, ¿no se te cayó del pedestal porque nunca lo tuviste ahí?
No, no se me cayó ningún pedestal. Hay una cosa que aprendí fuerte: todos los sacerdotes pueden hacer lo mismo que Maciel a la larga, uno no los tiene que endiosar. Y fíjate que ni el caso de Pinochet ni el de Maciel han afectado mis convicciones, me han hecho mirar otro lado, redondear, pero no me han hecho botar. Sí he visto efectos letales en la gente joven, en mis propios nietos…

El nivel de agnosticismo en las generaciones nuevas es altísimo.
Salvaje. Y como de abandono, con rabia.

Cuando murió tu nieta en el accidente de las alumnas del Cumbres, contaste en una entrevista que el haber estado en el Regnum Christi te permitió vivir su partida de una forma especial. Pero después, ¿esa entrega no dio paso a la rabia, al por qué a mí?
Sí. O sea, pena profunda hasta el día de hoy, era mi nieta mayor. Ver sufrir a una hija, horrible, eso es lo peor que a uno le puede pasar. Pero rabia… ¿Sabes? Nunca he tenido fe de carbonera, he ido de a poco profundizándola y lo único que me tranquilizaba y me permitía no tener rabia era, primero, tratar de ayudar a mi hija y, segundo, pensar que alguien que uno quiere mucho está en un lugar mejor. Mi fe ha ido creciendo en ese sentido, porque creo en el más allá con fuerza y creo que es tanto mejor que el más acá; y eso que el mío ha sido bueno, ha sido feliz.

La elite arrinconada

En esta lógica de la caída de referentes, ¿cómo viviste el proceso de la colusión de la Papelera? Eso involucró a tu hermano, a la empresa de la familia, un momento particular del país…
Sí, fue tremendo. Para mí fue un golpe. Yo tengo dos hermanos, muy diferentes el uno del otro; el rucio (Eliodoro) siempre fue mateo, sistemático, ordenado –mucho más que yo–. Y Bernardo, el menor, 12 años menos que yo, pilló a mi papá viejo, como él mismo dijo cuando lo vio en la cuna (risas). Y tenía toda la razón, porque todas las cosas que nos decía a los mayores y la disciplina que usaba con nosotros, con Bernardo no fueron, hizo lo que se le fruncía. Entonces me dije: “¿Por qué al hermano más dedicado, el más esforzado, el más sacrificado, el que ama la Papelera, el que la transformó e internacionalizó, por qué le pasó una cosa así?”. Ese fue un paradigma que se me vino abajo. Yo me traté de poner en el lugar suyo y dije: ¡qué espanto lo doloroso! Lo segundo que me pasó fue sentir ¡qué vergüenza más grande! Porque es la cosa más grave que puede hacer una empresa, lejos. Si tú piensas, a alguien que cree en la libre competencia…

Sobre todo con el perfil de tu hermano, de un tipo conservador, correcto, que dictaba un poco cátedra en algunas cosas, incluyendo asuntos de moral y política.
Nunca hay que dictar cátedra, esa es una gran lección. En eso estaba mal mi hermano, jamás debió… Yo soy una convencida de que no tengo ninguna cátedra que dictar, porque uno tiene miles de problemas. Y el otro paradigma que se me cayó fue lo del equipo. Cuando iba a cualquier planta de la Papelera todos tenían la empresa en el alma. Entonces, ¿cómo pudo pasar? ¿Cómo eso que parece bueno termina siendo malo? Esa especie de sensación de que soy invencible, todos juntos somos invencibles.

¿En qué se tradujo esa vergüenza que sentiste?
Ganas de no ver a nadie, de pedir disculpas. Eso a mi hermano le costó, pero lo hizo. Yo como que andaba por el mundo pidiendo disculpas, o sea, sintiéndome mal por lo que tenía, pero a la vez diciendo “por algo nos está pasando esto. Algo hicimos mal y probablemente el exceso de seguridad, el exceso de áurea, el exceso de esta Papelera que pasó el tiempo de la UP y no fue tocada, de esta Papelera que creció, muy vinculada a la familia…”.

¿Un poquito intocable también?
Un poquito intocable. Una persona joven que está en un directorio de nuestras empresas y que me representa a mí, me llamó para decirme que encontraba espantoso lo que había pasado. Entonces le pregunté qué estaba haciendo él para que esto no sucediera. Y me dijo que estaba trabajando pero que había algo que no le gustaba: el exceso de endiosamiento al dueño. “Esta empresa está muy bien manejada, es una boutique –me dijo–. Para una persona como yo, que soy director, mi deber es mirar con sentido crítico y proyectar hacia adelante. Pero –y esto fue lo interesante– aquí el resto de la gente no siente que esa sea su labor, siente que es un acompañamiento de estos dioses que son los dueños”. Y me cayó… ¡ufff! Le dije que eso me explicaba tan bien lo que sucedía y le pedí que me lo escribiera.

¿Ahí es donde crees que la intuición de mujer podría haber operado?
A lo mejor yo me habría dado cuenta, como vi en otro momento que había personas que estaban o muy estresadas o muy sobrevendidas.

Esa suerte de endiosamiento ha contribuido a alimentar la mala onda que hay con las elites, no solo empresariales, también políticos, la Iglesia. Esa elite que sentía que dominaba y que hoy más bien parece arrinconada.
Como incómoda, sí, muy incómoda.

¿Qué es lo que la elite no fue capaz de ver?
Está arrinconada y está con poca claridad de cómo salir de ese rincón. Creo que probablemente la pasada por la UP creó cierta sensación de “pucha que lo pasamos mal, estuvimos al borde del abismo y ahora estamos bien. Afirmémonos en este bien, y no importa lo que pase”.

¿Y “déjennos hacer a nosotros la pega, porque la hacemos bien”?
Claro. Algo así como “la hacemos bien, estamos contribuyendo al crecimiento del país y con eso basta”. Siento que se generó una cosa como “yo pago impuestos, no tengo nada más que hacer. Me dedico a mi empresa, vivo en mi mundo”, y como que se perdió ese vínculo de responsabilidad que había con el país, y eso yo creo que fue súper marcador. En Estados Unidos eso no ha pasado nunca. Ellos tienen orgullo de mostrar lo que hacen; nosotros en cambio lo dejamos de mostrar, lo que es muy católico: “Que no sepa tu mano derecha lo que hace tu mano izquierda”. O sea, el silencio era como la cosa de los Matte: los Matte no cuentan lo que hacen, no tienen necesidad de hacerlo. Yo estoy en la fundación de CMPC desde siempre y alguna vez le dije a Gonzalo García que estaba preocupada por el tema comunicacional, que creía que nadie sabía, por ejemplo, que tenemos unos viveros de última generación y que estamos reproduciendo las plantas que ponemos, o que cuidamos los bosques de los campos que compramos. Pero no había para nada conciencia. Él me decía que no necesitábamos decirlo. “¿Para qué?, todo el mundo sabe que estamos haciéndolo todo bien”, recuerdo.

Lo que no se condice con el castigo que le cayó a la Papelera desde la opinión pública después.
Y el castigo más grande fue de los propios pares, porque les dio mucha rabia, con toda razón. Un poco lo que pasó con los Penta. Ellos hicieron muchas cosas mal, pero son seres humanos. Para empezar, el “Choclo” (Carlos Alberto) Délano está dedicado full-time a reparar el daño que le hizo a su familia, nada más. Está vendiendo todo, no quiere nunca más ser empresario. Me dijo a mí, lo encontré notable, con los ojos llenos de lágrimas: “El daño que le hice a mi señora y a mis hijos, no tiene perdón”. Creo que lo que pasó es que nos apartamos mucho de la realidad. La cantidad de gente que tiene necesidades en este país es gigantesca, pero como que se perdió la noción de que tiene que haber un vaso comunicante entre los chilenos y los que, siendo chilenos, tenemos el privilegio de haber tenido éxito en la vida.

¿Crees que hoy día hay una mirada distinta en los empresarios? ¿La participación de tu hijo Bernardo en la Sofofa tiene que ver con esa renovación?
Yo creo que sí. Todos mis hijos, de una forma u otra, están en contacto con la realidad. Mi hija mayor, la Patricia, estudió Educación y está metida a concho en los colegios; mi hija Magdalena estudió Psicología Educacional y me reemplazó a mí en la mesa directiva de la SIP; mi hijo Jorge está metido en el mundo de la cultura a full, y eso es lo que le gusta, aunque está sacrificado acá porque reemplazó a mi marido en todas las cosas de la Papelera; y Bernardo siempre tuvo la inquietud. Yo creo que, en el fondo, Bernardo pudo haber sido político, si no hubiera sido lo que le tocó vivir, ser el nieto mayor de mi papá, entonces fregó el pobre…

¿Fregó? Porque no tiene 50 años todavía.
Sí, pero durante años no hizo lo que él quería. Esto es lo que él quiere hacer.

Y rompe con un esquema de los Matte de no figurar, de no exponerse.
Exacto. Si yo hubiera sido libre en la colusión, si no hubiera estado mi hermano y todos los abogados, yo habría salido a decir: “Me duele enormemente, me avergüenza, me siento mal. Entiéndanme, me siento muy mal, quiero apoyar a mi hermano que está sufriendo lo indecible”. Me habría encantado poder decir eso, pero me prohibieron y tenían razón, porque la gente, además, está muy malintencionada ahora, aunque el grueso del público habría entendido el mensaje.

Pero Twitter no.
Twitter no, por supuesto. Habrían dicho: “¿Qué hace esta vieja metida, que cree que es el poto del mundo?”. No, no era porque me creía el poto del mundo, todo lo contrario, era porque me sentía en el extremo de la humildad, de aprender que uno, incluso en lo más encumbrado, con todas las oportunidades que he tenido en la vida, con todo lo que he disfrutado la vida, con los hijos maravillosos que me ha dado, con el marido jodido pero maravilloso que tengo, aun así –con todo eso– uno puede caerse un millón y medio de veces, entonces no puede juzgar a los caídos.

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