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28 julio, 2015
orla

La vida (no) es color de rosa

A su matrimonio con Joaquín Lavín Jr. llegó en un carruaje como el de La Cenicienta, mientras sonaba la canción Un mundo ideal, de la película Aladino. Pero Cathy Barriga no ha tenido una vida como la de los cuentos de Disney: trabaja desde los 16 años, fue madre soltera y ha salido adelante a costa de empuje y esfuerzo. Con un pasado televisivo y una reconocida belleza, ahora no para como Consejera Regional por Maipú, Cerrillos y Estación Central y como líder de Fuerza de Mujer, la organización que creó para empoderar a las madres solas. .

Por Lorena Penjean / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Álvaro Renner


Paula 1179. Sábado 1 de agosto de 2015.

Había una vez, una niña que se llamaba Catherine Carolina Barriga Guerra (su edad ha pedido omitirla), tenía los ojos verdes y vivía en un block de la comuna de Peñalolén con su madre peluquera y su padre, funcionario de un casino de una empresa de medicamentos, que para hacerse unos pesos extras vendía aceitunas, quesos y lo que cayera en sus manos para procurarles un mejor pasar a sus cuatro hijos. Cathy era la segunda.

Pese a ser una familia de origen humilde, en sus cumpleaños nunca faltó nada. Tampoco en las navidades. Pero en su barrio no era igual: Cathy Barriga creció viendo a sus vecinos pasar carencias, a los niños con sus caritas sucias, solos, deambulando por las escaleras cuando sus papás salían a trabajar y no tenían con quién dejarlos. Su mamá se enternecía y los llevaba a almorzar a su casa.

La niña Cathy creció y apenas pudo empezó a buscar trabajo para retribuir de alguna manera el sacrificio de sus padres. A los 16 comenzó como promotora en supermercados, fue modelo en programas de televisión y en el año 2000 terminó en el Team Mekano, ese programa que se hizo famoso por convocar a un grupo de jóvenes que bailaban axé con poca ropa, que imponían modas y que también exponían su vida privada, romances y problemas. Cathy era la que bailaba en la tercera fila. La más dulce, una de las menos conflictivas.

“Nunca conocí la palabra no se puede. Partí por la insistencia de mi mamá, que me decía que en esta vida no había límites para conseguir lo que uno quisiera. Comencé en el concurso de Reina de Playas y Piscinas. Yo le decía que era muy baja –mido 1,58, pero uso tacos–, pero me leseó y leseó hasta que fui. Mi mamá me conseguía becas de modelaje gratis en concursos de radios. Gracias a esos concursos viajé por primera vez en avión. Fui hasta Iquique sola, a los 17 años. Y me fue bien: me convertí en la reina de las playas y piscinas. Y de ahí me empezaron a salir cosas. Me gané mi primer millón de pesos como doble de Marilyn Monroe. Fui la Robotina en el programa Maldita sea en canal 2 y después de cuatro años haciendo ese personaje, quedé embarazada. Coincidió con que estaba saliendo de la universidad, donde estudiaba Sicología. Venía de un pololeo de años y mi hijo Vicente, ahora de 17 años, fue fruto del amor. Pero después las cosas no funcionaron. En el 2000 me integré al Team Mekano como bailarina”.

Han pasado varios años de eso y ahora Cathy está sentada en la cabecera de la mesa donde se reúne la comisión de salud del gobierno regional, ubicado en el centro cívico de Santiago, en su calidad de Consejera Regional (Core). Su misión: analizar y aprobar de manera equitativa proyectos de desarrollo en las distintas carteras de la Región Metropolitana. Electa con mayoría nacional por las comunas de Cerrillos, Estación Central y Maipú, Cathy preside la mesa en la que se analizan las prioridades del grupo de salud como la atención en los servicios de urgencia, la posibilidad de que los doctores realicen controles en las casas de los pacientes más enfermos, la disponibilidad de medicamentos, becas geriátricas, innovación en la entrega de horas médicas, entre otros temas. La consejera, de impecable look y tacos de 12 centímetros, cede la palabra, hace mociones, resume y trata de llegar a un consenso con respecto a cómo se organizarán para trabajar de la mano de los municipios, los ministerios y la intendencia.

“Vengo del mismo lugar de donde viene la gente que votó por mí. De familias que se sacan la mugre para que a sus hijos no les falte nada, para que estudien y no pasen carencias. De hecho, mi papá, ya jubilado, todavía anda con su camioncito haciendo fletes. Fui madre soltera y sé lo que es pasar horas esperando con mi bebé en los brazos para que me lo atiendan. Sé de lo que hablan cuando se discute sobre la salud pública, sé lo que cuesta conseguir una pensión alimenticia. Estas cosas no me las han contado. Las he vivido”, dice.

En la mesa hay unos queques que trajo ella, hechos por una de las mujeres de la agrupación Fuerza de Mujer –creada por Cathy– y cuyo objetivo es empoderar a las madres solteras para que generen ingresos y salgan adelante. Su sueño es que algún día sea una fundación.

¿Por qué estás tan preocupada de ayudar a las madres solteras?
Esa preocupación nace de todas las miserias que las mujeres pasamos cuando los padres desaparecen y quedamos solas. Los “papito corazón” que se desentienden de sus niños no bajan fiebres, no saben cuando sus hijos tienen pena, no saben cuánto calzan y no tienen idea de todos los dolores ligados a eso. Al principio una se cree súper autovalente y dice: “No, no voy a demandar, me la puedo sola”, pero después te das cuenta de que es un deber y un derecho, no de las madres, sino de los hijos. Fue así como, cuando mi hijo tenía cuatro años, presenté mi primera demanda contra el padre de Vicente. Después puse otra cuando mi hijo tenía 8 y otra a los 11. Y sigo con la historia. Es difícil. Hablo de esto y me da impotencia y rabia.

¿Por qué?
Porque sé lo que es ser mamá y papá al mismo tiempo. Es vivir todos esos dolores e historias que te hacen inseparable con tu hijo. Con Vicente somos compañeros, porque vivimos juntitos esa historia. Verlo inteligente, feliz, resuelto y talentoso es mi recompensa.

¿Cómo se empodera una madre sola?
Tiene que ver con la autoestima. Uno se siente chiquitita, todo el sistema te hace sentir así, menos mal que cada vez menos, pero igual, te sientes diminuta. Luego, estás sola y caes en relaciones que no valen la pena por estar sola y tener la autoestima baja. Estás, generalmente, de allegada en la casa de tu familia. Te sientes más diminuta aún. Todas las mujeres que he conocido por Fuerza de Mujer llegan así y la idea es despertarlas, que se vean bonitas, que dejen de pensar que no valen nada, hay que potenciarlas, revivirlas. Que sus nuevas parejas las quieran con hijos. He conocido muchos casos de mujeres que no cuentan que tienen hijos por el tema social. Ocultan mucho dolor.


“Siempre llevé mi bandera de madre soltera y la llevo hasta hoy, que estoy casada y tengo a mi lado a un excelente padre de mis hijos”, dice Cathy, quien dirige la fundación Fuerza de Mujer que empodera a madres solteras.

Pero hoy estás casada, tienes un hombre a tu lado…
Yo siempre llevé mi bandera de madre soltera y la llevo hasta hoy, que estoy casada y tengo a mi lado a un excelente padre de mis hijos. Siempre fui orgullosa de ser madre soltera. Salí adelante, no me dejé caer en depresiones. Tú ves en los ojos de las mujeres su dolor y para qué hablar de los tribunales, es una burla lo que pasa con la indefensión de las madres. Hay hombres que piensan que con la plata que les dan, las mujeres se van a ir de compras. Es una forma de desquitarse con las mujeres poniendo a los niños como moneda de cambio, perjudicándolos. No separan la responsabilidad de la relación con su ex pareja.

En tu tiempo de madre soltera eras bailarina del programa Mekano. ¿Cómo era esa fiesta eterna de la TV con un hijo chico?
Yo tenía a mi hijo y tenía mis estudios. Y hasta el día de hoy me siento súper orgullosa de mi paso por Mekano. Fue un gran apoyo para sacar adelante a mi hijo y una conexión muy linda con el público. Claro, me vi con toda la ropa cortada a tijeretazos, de un día para otro. Era un mundo de fantasía, había que entregar alegría, verse bonita, proyectar felicidad.

De esos años, los medios dieron a conocer tu relación con un personaje que te maltrató… ¿Qué te pasa con eso?
No me gusta hablar mucho de eso y no por miedo a dar un mensaje, sino porque hay gente que seguramente estará dispuesta a revivir estos lamentables episodios para sacar alguna ventaja mezquina. Lo que puedo decir es que falta mucho por hacer en ese ámbito. Los femicidios son casi cotidianos y lo más terrible es que la violencia se ha extendido al pololeo y no hay nada que lo impida ni que lo controle. Una orden de alejamiento no es suficiente. Es cosa de ver las noticias, las acosan, las molestan, las persiguen. No basta. Se necesita mayor decisión con los castigos a los maltratadores. Para las mujeres el mensaje es que se den cuenta de que nadie puede dirigir sus vidas, que no son propiedad de nadie.

“El año pasado fuimos a Disney. Hice una fila eterna para sacarme una foto con la reina Sofía y la mujer me miraba esperando a una niña y aparecí yo”.

Estudiaste Sicología. ¿Cómo fuiste a caer en manos de una pareja violenta?
Cuando una persona está vulnerable se equivoca. Yo les diría a las mujeres que la violencia parte con las palabras: que eres fea, que no sirves para nada. Lo he escuchado de muchas mujeres y les digo: “Nunca va a ser de menos a más, nunca un hombre que parte tratándote así se va a transformar en tu príncipe. Nadie evoluciona positivamente cuando es agresor”. Nuevamente tiene que ver con la autoestima. Cuando te quieres, jamás vas a permitir que alguien te agreda. Hay vecinas que me cuentan sus casos y yo, más que darles consejos o sermones, les pregunto si son felices. La respuesta es que se ponen a llorar.

Ahora en tu cargo de Core eres presidenta de la comisión de salud. ¿Cuáles son tus temas ahí?
Te lo planteo así: yo soy dueña de casa, tengo un presupuesto, tengo la plata para ir al supermercado, pagar la luz, etc. ¿Qué pasa si le doy la prioridad en llevar a mi hijo al cine y no al doctor? Eso es lo que pasa con la salud: acá se aprueban millones para cultura y festivales, y está bien, pero por favor: y yo acá pataleando para conseguir cosas que la gente si no tiene, se muere. Me encanta la cultura, pero necesitamos priorizar. La salud no puede esperar, hay enfermedades catastróficas, obesidad, diabetes, y en los adultos mayores se dan todas juntas. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los abandonamos? No entiendo por qué no atender la primera y gran prioridad de los chilenos.

PINGüINOS
“Amor prohibido murmuran por las calles, porque somos de distintas sociedades”, canta con humor Cathy cuando habla del inicio de su relación con su marido: Joaquín Lavín León. Ella, figura televisiva; él, hijo de uno de los rostros más conocidos de la derecha que estuvo a punto de ser presidente. Ella, de origen humilde y madre soltera; él, de familia Opus Dei. No tenían por dónde conocerse. Pero ocurrió. Fue hace diez años, en el marco de la campaña de Estela León, la mamá de Joaquín, para concejal de Santiago. Él venía llegando de España y la ayudó en el marketing. Fue así como un día llamó a Cathy para que fuera en su calidad de bailarina del Team Mekano, pese a que ella ya había dejado el programa en 2005. Fueron amigos por mucho tiempo hasta que se dieron cuenta que se habían hecho inseparables.

Se casaron en la iglesia de Los Sacramentinos al atardecer, el 3 de noviembre de 2009. La fiesta fue en Casa Bosque del Cajón del Maipo; ella llegó en un carruaje de época, mientras sonaba la canción Un mundo ideal, de la película Aladino.

“Era el lugar soñado, porque tenía todas las energías del bosque, el río y las estrellas, todo junto en una casa rústica. Nuestro parte fue un castillo, así como de Disney, pero de cartón reciclado y un caricaturista de la Plaza de Armas nos dibujó a los tres, con mi hijo Vicente. Recuerdo que pegué cada argolla de las 400 que iban en los detalles que pusimos en las mesas. Regalamos de recuerdo de matrimonio unos pingüinos de juguetes”.

¿Por qué?
Joaquín sabía que me gustaban los pingüinos porque, con los caballitos de mar, son los únicos que son monógamos. Si se muere la pingüina, el pingüino se queda solito. Si se muere la caballita de mar, el caballito se suicida. Una tarde Joaquín me secuestró y me llevó entre Algarrobo y El Quisco, estaba la tarde roja, el ocaso perfecto y empezó a decirme cosas bonitas hasta que sacó una cajita con un anillo y me dijo: “¿Quieres ser mi pingüina para toda la vida?”. Me impresioné. Él fue súper perseverante. Yo terminé al menos cinco veces con él, pero volvía a buscarme. Al final su lucha, su amor, me convenció.

Cathy se casó con las botas blancas que le regaló su zapatero regalón de la calle Victoria. Era un botín forrado en encaje barroco. El vestido fue diseñado por ella y también se lo regalaron. Lo único que compró fueron los cristales Swarovski que llevó puestos.


“Nunca he tenido nana. Mis uñas me delatan (…). De las cosas de la casa me encargo yo: lavar la loza, la ropa, el piso”.

Te hicieron harto bullying para tu matrimonio…
Ver a gente que no te conoce hablando mal de ti es doloroso, pero después me hizo fuerte. La gente es tan cobarde que después te la encuentras y te dicen: “Disculpa, es parte de mi trabajo”, y yo digo: “qué triste”. Qué no dijeron cuando me casé. Una vez escuché que Joaquín era como un burguesito sacando a pasear a la no me acuerdo, pero eran palabras muy feas. Es terrible que te cuestionen por ser feliz.

Dijeron que eras trepadora.
Pero no me hirieron. Aprendí a tener filtro y gracias a todas esas malas palabras yo me fortalecí. Nunca he sentido que tengo que demostrarle nada a nadie. Soy la misma siempre. Claro, me adapto al escenario, pero no tengo poses.

¿Cómo es llegar a una familia que representa al mundo conservador y católico?
Fui súper relajada. Para mí todas las personas son iguales, desde el recolector de basura hasta el ministro. Fue muy natural. Es curioso, pero Joaquín se fue a los 20 años de su casa y es más relajado que yo: es hippie, independiente y no es Opus Dei. No he escarbado mucho en ese tema, el punto es que tengo mi familia y soy feliz.

¿Te sentiste bien acogida?
No con bombos y platillos, pero sí (risas).

CATITAS BARRIGONAS
Joaquín Lavín León, el marido de Cathy y también diputado UDI, maneja la camioneta de su mujer, que tiene colgada en el espejo retrovisor un par de zapatos de Minnie, recuerdo de unas vacaciones a Disney. Van a Valparaíso a recibir a una agrupación vecinal llamada las Catitas Barrigonas, que el diputado convidó a conocer el Congreso, como suele hacerlo cada tanto. Cathy acompaña a la delegación en el tour por el Congreso, mientras Joaquín se va a la sala o a su oficina a trabajar y luego regresa a la hora de almuerzo a compartir con los invitados y a entregar fotos y diplomas personalizados.

Joaquín Lavín la contempla: “La Cathy se ha sacado la mugre por mí y ha sido un pilar fundamental en mi vida”, dice. Y sigue: “Para empezar, se vino a vivir a Maipú conmigo cuando yo me postulé como alcalde (antes vivía en Recoleta) para las elecciones de 2012; elecciones que perdí. Luego decidimos quedarnos porque nos gustó. La Cathy se ganó no solo el cariño, sino que la confianza de todos. La gente la abraza y se pone a llorar”.

Cathy dice que irse a Maipú fue un tema. “Decidimos hacerlo como familia, porque independiente de lo que el suegro significa y es políticamente, él es su hijo y la gente tiene que conocerlo por sus méritos y no por su apellido. Y así ha sido. Ganamos por cansancio, porque trabajamos juntos. Ahora la gente nos reconoce como vecinos y nos sentimos a gusto en la comuna”.

“Es curioso, pero Joaquín se fue a los 20 años de su casa y es más relajado que yo: es hippie, independiente y no es Opus Dei. No he escarbado mucho en ese tema, el punto es que tengo mi familia y soy feliz”, dice Cathy, quien en 2009 se casó con el hijo del político UDI Joaquín Lavín.

Tus vecinos a veces te gritan alcaldesa. ¿Cómo te lo tomas?
Ay, siento que son decisiones muy potentes. No lo tengo claro. Obviamente que mi posición de Core no me permite hacer todas las cosas que querría, pero está también la política en donde lo que tengo capitalizado son puros sentimientos, no tiene que ver con los partidos, tiene que ver con un capital humano que se llama amor, nada más. En base a eso he construido muchas cosas, entonces ponerlo en ese escenario, no lo sé. Joaquín es militante, yo no.

¿En qué parte del mapa político estás?
Centro derecha, pero hoy está todo tan revuelto que no sé. Tengo una ambición buena, no quiero el poder por el poder como los hay muchos que me han decepcionado profundamente, porque hacen lo que hacen por beneficios personales y no pensando en la gente.

¿Qué pasó con tu carrera televisiva?
Ningún director ha creído en mí, pese a que la gente sí lo hace. Ese es mi tesoro. Si hoy estoy donde estoy es porque la gente me dio su confianza.

¿Te refieres al público que te seguía en la tele?
Estuve en 2005 en un reality (La granja vip), porque estaba pasando por un mal momento económico. Y ahí la gente me empezó a conocer tal cual soy. Un día, el director, Nicolás Quesille, me dijo: “Afuera todos te quieren, eres la nuera de Chile, y pensar que entraste como la rubia tonta”. ¡Y resultó ser que yo era la única que cocinaba, que, además, ganaba las competencias culturales, las de destreza, puras cosas positivas por las que nadie apostaba por mí!

¿Y en la vida real eres así: hacendosa, buena para cocinar?
Nunca he tenido nana. Mis uñas me delatan. Mi mamá me ayuda, mi hermana mayor también me ayuda con mi hijo chico, el “Trompito”, pero de las cosas de la casa me encargo yo: lavar la loza, la ropa, el piso. Desde las 6 de la mañana que estoy en pie y una mamá que se levanta no se acuesta más. Ahora estoy en campaña para buscar a alguien que me ayude, porque el tiempo ya no me da.


“Sé de lo que me hablan cuando se discute sobre la salud pública, sé lo que cuesta conseguir una pensión alimenticia, viví en carne propia la violencia intrafamiliar, he sufrido bullying, y estas cosas no me las han contado, las he vivido”, dice Cathy Barriga.

PRINCESA
Un día de julio, en el último encuentro para esta entrevista, Cathy llega a Había una vez, su café favorito en Patronato. Está vestida con uno de los diseños que creó para su tienda Cathy B, que mantuvo abierta siete años en la calle Mosqueto, pero que tuvo que cerrar el año pasado. “La tienda fue una etapa importante de mi vida, fue nuestro sustento cuando tuvimos periodos no tan buenos económicamente con Joaquín. Me gustaba diseñar vestidos de corte evasé, que marcan la cintura. Diseñé también unos abrigos preciosos muy acinturados; a esa colección la llamé Abrigos París. Me encanta el vestuario, disfruté tener mi tienda y hacer ropa, pero es difícil compatibilizarlo con este trabajo. Hay que canalizar bien la energía”.

Parte de esos tiempos no tan buenos económicamente coincidieron con el nacimiento de Joaquín Lavín Tercero, el “Trompito”, con él subía los 21 pisos del edificio donde vivía antes en Recoleta por un asunto de tiempo y para ahorrar dinero y recuperar su figura.

¿Te gustan las princesas?
Me gustan todas. El año pasado fuimos a Disney, hice una fila eterna para sacarme una foto con la reina Sofía y la mujer esperaba que apareciera una niña y aparecí yo. Muchos de los que hablaban de mí cuando me casé, decían que tenía el síndrome de La Cenicienta, y capaz que sí, creo en la magia. Uno no es princesa hasta que se da cuenta que no necesita un castillo, joyas o grandes lujos para serlo. Si tienes para pagar las cuentas, tus hijos sanos, un trabajo y un marido que te ama, ¿por qué no puedes ser una princesa? Eso es magia, es creer en la felicidad. Cuando tus sueños se acaban, se acaba todo.

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