En la voz de las que ya no están

Reportajes y Entrevistas

En la voz de las que ya no están

Por Patricia Morales / Retrato Carolina Vargas

Este 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer. Una fecha marcada por la pelea que han dado por años las mujeres en su demanda por igualdad en distintos ámbitos sociales. Pero hay uno que urge. Al 1 de febrero de 2019 en Chile ya se habían registrado seis femicidios consumados y doce femicidios frustrados, develando que la violencia contra la mujer no se traduce en casos aislados. Bien lo saben Claudia y Karem. Sus hijas fueron asesinadas en manos de un femicida y hoy han transformado su dolor en lucha.

Es la primera vez que se encuentran físicamente. Antes de juntarse para esta entrevista Karem Rojas, de Concepción, y Claudia Neira, de Santiago, habían estado en contacto telefónico y por WhatsApp durante dos meses. Pese a ello, sus gestos y miradas hacen pensar que se conocen de toda una vida. En cada espacio libre de la sesión de fotos se les ve juntas conversando, en un par de oportunidades se toman del brazo, se miran al responder y posan cómplices frente a la cámara. A ambas las une el dolor de haber perdido a una hija en manos de un femicida.

19 de diciembre de 2005

Es lunes a las 18 horas y la expareja de Claudia va a buscar a Javiera, de 6 años, la hija que tienen en común, a su lugar de trabajo. “En ese momento existía una medida cautelar que no le permitía a él acercarse a mí, pero el tribunal no cauteló a mi hija bajo el argumento de que un hombre violento puede ser un buen padre y que ella tenía derecho a verlo”, cuenta. El acuerdo es que la iría a dejar en un par de horas, pero ya eran cerca de las 9 de la noche y Claudia no tenía noticias de Javiera. “Lo llamé varias veces y no me contestó. Me preocupé tanto que, a pesar de tener prohibición de acercamiento, fui al departamento donde se supone que ellos estarían. Cuando llegué los vi que venían caminando, así que me estacioné en la vereda pensando que Javiera se iba a subir inmediatamente al auto, pero él no me la entregó y empezó a forcejear”, recuerda. Todo lo que viene después es de una brutalidad que cuesta asimilar. “Me bajé del auto persiguiendo a mi hija que iba llorando por la forma en que el padre se la llevaba y subí al departamento. Toqué el timbre y apenas abrió la puerta me tironeó para que entrara me tiró al suelo y me golpeó inmediatamente. Cuando me brotó sangre de la cara producto de sus golpes Javiera se puso a gritar y él la tomó y la lanzó por la ventana desde el séptimo piso. Murió instantáneamente”.

 

Javiera Neira, hija de Claudia Neira

7 de septiembre de 2017

Karem está en su trabajo y recibe el llamado de su hija menor, Rayén, quien le pide que se vaya inmediatamente a la PDI. “Mamá, encontraron un cuerpo y tiene la golondrina de la Isi”, le dice. El 2 de agosto de 2017 fue la última vez que Karem tuvo contacto con su hija mayor, Isidora, de 23 años. “Ella hace algún tiempo había decidido emprender un viaje; no tenía muy claro el itinerario, solo se iba quedando donde se sentía cómoda. Así se instaló en Melipilla unos meses. Siempre hablábamos, además ella era muy asidua a internet, todo el tiempo subía fotos a sus redes sociales, así yo me iba enterando también de su vida”, cuenta. Por eso, cuando dejaron de tener noticias de la joven se preocuparon. Comenzaron una campaña por redes sociales para encontrarla. “A veces nos llamaban diciendo que la habían visto, en distintas ciudades, pero no resultaba ser ella. Y aunque pasaban los días yo siempre confié en que estaría bien. Por eso cuando me llamó Rayén para decirme que habían encontrado un cuerpo le pedí que me mandara fotos. No me aguantaba hasta llegar a la PDI. Y claro, efectivamente era el tatuaje de la Isi. En ese momento cambió todo. En mi vida hay un antes y un después desde esa llamada”, confiesa. ‘Dorito’, como la conocían sus cercanos, había sido asesinada y descuartizada por su pareja, quien lanzó sus restos a un canal del sector de Huenchún, de la provincia de Melipilla.

Isidora González, hija de Karem Rojas

La figura del femicidio

“Después del femicidio de mi hija y el femicidio frustrado en mi contra quedé paralizada durante 13 años”, dice Claudia. “Morí por dos años. Después de eso me sumé a las marchas y a los actos en memoria de Javiera, pero siempre de lejos, siempre sentada, siempre llorando”, cuenta. En su caso la justicia dio una pena ejemplar. “Conté con mucho apoyo de mujeres feministas en esa época donde aun no se hablaba de femicidio. Eso me permitió tocar las puertas de tribunales las veces que fue necesario. El femicida pidió la libertad dos veces durante el proceso judicial, que es muy pesado para una. Pensar que el asesino de tu hija está pidiendo la libertad es una cuestión fuertemente revictimizante. Y además uno siempre tiene el fantasma, por muy fuerte que haya sido la situación, (de pensar) que se la pueden dar. Que el tipo puede salir por la misma puerta donde estás en el tribunal. Por eso fue super significativo para mí contar con el apoyo de mujeres, y creo que ese apoyo incidió en el trato que nos dio el tribunal, y en la sentencia de perpetua calificada”.
Distinto a lo que pasó con Isidora. “Fue un año de investigación. El juicio en Melipilla fue un éxito. Yo confiaba en la justicia chilena. El fallo unánime de tres jueces de cadena perpetua calificada fue histórico. Fue muy potente. No nos devolvíamos con la Isi a Conce, pero al menos estaba la justicia. Me acuerdo que ese día hablé con la abogada que nos representaba, que era del Sernam. Ella me dijo que había una leve posibilidad de que mandaran un recurso a la corte, pero que no creía que ocurriera”, recuerda. Pasaron dos meses y efectivamente lo presentaron. “Mi abogada nunca me comentó que esta sería la última instancia. Cuando salieron del juicio me dijo que su percepción había sido buena. Tenía fe. El 12 de diciembre de 2018 salía la respuesta. Ese día me avisó por un mail que la Corte Suprema había rebajado la condena de femicidio a homicidio simple. De 40 años a 15. No lo podía creer. Pregunté si se podía apelar, si había algo que hacer, pero su respuesta fue no. La Corte Suprema era la última instancia”.

La causal de la tipificación del nuevo fallo fue la convivencia. Es decir, tras un recurso de nulidad que fue presentado por la defensa del condenado, la Corte lo absolvió del delito de femicidio y recalificó su condena por homicidio simple, argumentando que ‘nunca existió un tipo de convivencia, porque no existía un proyecto de vida en común’. “Obviamente ella no se proyectaba con ese hombre, se venían recién conociendo. Era una relación momentánea como la de muchos jóvenes”, dice Karem. Y Claudia complementa: “Con la brutalidad del crimen de Isidora no se hace justicia solamente porque se cuestionó el tipo de relación de convivencia, porque se esperó que Isidora tuviera una convivencia normativa; o sea, si ella se hubiese casado el día antes, ahí habría sido un femicidio”.

Por nuestras muertas, toda una vida de lucha

“Cada día tenemos más certezas de que todas somos una, que nuestras diferencias emparejan sus costados al marchar juntas, al gritar, al abrazar cada rabia y cada amor con la fiereza de que somos capaces, y es la hora de que el mundo cambie porque lo vamos a cambiar, quiéranlo o no”. Estas líneas son parte del prólogo del libro Por nuestras muertas, toda una vida de lucha, publicado por la ‘Coordinadora 19 de Diciembre’ en el aniversario número 13 de la muerte de Javiera, en diciembre de 2018. Esta es una agrupación conformada por Claudia y otras mujeres ligadas al feminismo que se unieron para luchar contra la violencia hacia las mujeres.

“Recién 12 años después de la muerte de mi hija, en 2017, la convocatoria a la conmemoración la pude hacer yo. Fue una actividad privada-pública muy emotiva, que me reflotó, y dije basta de ubicarme en la escalera lejitos, basta de venir a mirar lo que hacen las otras. Llegó el momento de activarme”.

¿Cómo surgió el libro?
Claudia: Uno de los primeros trabajos que hicimos como Coordinadora fue recoger testimonios de mujeres sobrevivientes de violencia extrema o de madres de mujeres no sobrevivientes. Ese trabajo de recopilación en un comienzo fue con muy pocas expectativas, el objetivo era conocer mejor el fenómeno de la violencia. Curiosamente, a pesar de que todas trabajamos en ese ámbito, los testimonios nos impactaron muchísimo, eran mucho peores de lo que nosotros habíamos imaginado. La negligencia de la policía, los malos tratos, la victimización eran temas recurrentes. Nosotras no preguntábamos eso cuando hacíamos la entrevista, pero surgía. Al final el tema nos empezó a atrapar bastante y ya no era una recogida de experiencias nomás, sino que pensamos que teníamos que comunicarlo de alguna manera.

Es un libro de un relato sencillo, que está escrito en primera persona, que permite dar a conocer las vivencias de las mujeres que ya no están, sus sueños, la vida que hoy no tienen. “Fundamentalmente nos ha permitido dignificar la memoria de la vida de las mujeres. Cada vez que hay un femicidio o un femicidio frustrado somos ubicadas en la crónica roja: ‘La mató por celos’, ‘Mujer aparece muerta’, casi como si fuese efecto de la naturaleza, y siempre degradada a una condición marginal. Los fiscales y los jueces se enfrentan a nuestros casos preguntándonos por nuestra vida pasada, quiénes éramos, qué hicimos. Hay ejemplos que han aparecido en la prensa por la brutalidad de las preguntas que se han realizado; algunos medios de comunicación también nos han ubicado en el mismo lugar que tribunales. Para nosotras hacer este libro escrito en primera persona por aquellas que ya no están tiene que ver con darles la posibilidad a las muertas -porque así se llama uno de los capítulos, no quisimos ponerle ningún adorno-, de que cuenten su historia. Que cuenten que ellas eran mujeres como tú, como yo, como Isidora o como Javiera; algunas viviendo una vida de lolas como la Isidora y algunas formalmente casadas, y ambas fueron víctimas de femicidio. El patriarcado no distingue para castigar las distintas formas de vida”, dice Claudia.

¿Sus historias también están ahí?
Claudia: Sí, ambas. Yo conocía el caso de Isidora, lo había seguido de cerca por la prensa, así que decidimos contactar a Karem para ver si quería sumar su historia al libro, y así empezó nuestro vínculo.

Este 8 de marzo se conmemora un nuevo Día de la Mujer, ¿qué esperan como colectivo?
Claudia: Que se declare el día nacional contra el femicidio (el 19 de diciembre). Eso implicaría apropiarnos de fechas en el calendario, que no sea solo de guerras y santos, sino que también dé cuenta de temas que tengan que ver con nosotras, las mujeres. Nosotras consideramos que si bien esta fecha da cuenta de una cuestión terrible como es el crimen brutal de una niña de solo seis años de manos de su padre biológico, también creemos que gracias a la presión que pudimos hacer las mujeres y los grupos feministas logramos una condena histórica, en una época en que el femicidio no era tema. Por eso nos hemos concentrado en esa parte del 19. Ese día, además de la brutalidad, significó que las mujeres avanzáramos en algo de justicia. Y creemos que nos corresponde una fecha en el calendario.

Dices ‘algo de justicia’ porque no ha sido para todas.
Claudia: Claro, está el caso de Isidora, entre muchos otros. Por eso nosotras interpelamos al Estado por más justicia, y en esta interpelación nosotras queremos que el femicidio sea reconocido como un crimen de odio. Que más allá de que se amplíe la legislación para que entre la figura del pololeo -porque nos parece extremadamente conservador que la figura del femicidio solamente proteja a aquellas mujeres que están casadas o tienen una relación de convivencia estable (eso no lo dice la ley, pero así lo interpretan los tribunales)-, se considere cualquier asesinato solo por la condición de ser mujer en una sociedad patriarcal.

¿Cuáles son las principales falencias de la ley hoy?
Claudia: Nosotras soñamos con una ley integral de violencia que contemple todas las figuras que andan circundando en las otras leyes. Que en vez de una ley Antonia, en vez de una ley Gabriela, en vez de una ley integral, que haya un cuerpo normativo que recoja todas las demandas que tienen que ver con la violencia hacia las mujeres. No que digan ‘¡ah! es violencia en el pololeo, entonces nos vamos a la ley 20 mil y tanto’, porque se están legislando todas en paralelo, es absurdo. No hay voluntad política de decir hagamos una buena ley de una vez por todas. Nosotras queremos que las mujeres víctimas de femicidio o femicidio frustrado sean consideradas como víctimas de vulneración de derechos humanos, porque el derecho a la vida está protegido por muchos tratados internacionales ratificados por el Estado de Chile, y por ellos entendemos que el Estado es responsable de la muerte de muchas mujeres, toda vez que no ha generado las garantías suficientes y necesarias para que estas mujeres vivan.

¿Queda algo por hacer en el caso de Isidora?
Karem: Claudia, que además es abogada, me está guiando. Estamos en proceso de estudio para ir a una corte internacional porque acá en Chile ya se agotó la última instancia. Pero nos hemos encontrado con muchas trabas.
Claudia: El tema del Tribunal Interamericano para nosotras es un tremendo tema, porque como Chile no tiene las tasas de femicidio que tienen otros países como México, Guatemala u Honduras, es un país poco considerado en el derecho internacional en esa materia. Desconociendo que la Convención Interamericana Belem Do Parada (para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer) dice justamente que uno de los objetivos es prevenir la violencia. Nosotros no esperamos tener las tasas de otros países para tener acceso al derecho internacional. Además Chile está considerado como un país que no califica para recibir apoyo económico de otros países para organizaciones sociales y para ir a la Corte Interamericana hay que tener plata.

Mientras, Karem se consuela en el legado de su hija. “Isidora dejó huellas en todos los lugares donde fue. Su personalidad llamaba la atención, siempre he pensado que ella vino a este mundo a dejar un mensaje, y por eso hoy lucho, porque su muerte sirva para que esto no siga pasando. Para que las mujeres, mi otra hija, puedan ser libres y volar sin miedo. A eso me aferro”.

El libro Por nuestras muertas, toda una vida de lucha recoge 15 testimonios escritos por sobrevivientes de femicidio y familiares de las víctimas.

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