Lady Di

Reportajes y Entrevistas

Lady Di

Por Claudia Donoso / Fotografía: Nancy Coste

Actriz: ésa es su razón social y esencial. Impenetrable, obstinada y trabajólica, esta estrella rematada del firmamento nacional llegó a la cumbre para quedarse. En la próxima teleserie Lady Di Girolamo viene en version gitana. Aquí le sacamos la suerte.

“No tengo amigas”, contesta Claudia di Girolamo ante una pregunta sobre el tema. Intrigante respuesta en una mujer que trabaja a partir del pozo de sus emociones. Sentada bajo las aspas de un ventilador en un boliche de Providencia, donde ha llegado para la entrevista, vuelve a insistir en que lo que se le da bien son las relaciones intensas con compañeras y compañeros de trabajo, dependiendo de épocas y circunstancias. “Es que no creo mucho en la amistad. No sé de qué se trata. Nunca lo he entendido bien. Soy muy torpe. No sé si hay que contarse todos los problemas, no sé si hay que escuchar todos los problemas, no sé si hay que andar siempre juntos o llamarse todos los días”, arguye.

Acaba de cumplir 43 años y no los esconde. Tampoco se pinta. Nunca lo ha hecho y asiste invulnerable al desfile de caras nuevas por la pantalla. Lo que ocurre es que Claudia di Girolamo es una actriz contundente y seria: “Tiene una caligrafía corporal maravillosa. Es extremadamente delicada, pero al mismo tiempo en la obra de teatro Fedra es de una animalidad brutal, de una calentura casi cochina te diría yo. Llega a dar pudor. Además, es tan linda”, dice Rodrigo Pérez, director con el que la Di Girolamo está embarcada desde 1993 en proyectos teatrales exigentes, en los que se juega al ciento por ciento.

El teatro ha sido su obsesión, nunca tuvo dudas al respecto y así fue como entró a los 18 años a la Universidad de Chile: “Era parada, estrafalaria, preciosa”, recuerda Roxana Campos que, junto a Rosa Ramírez y Alfredo Castro –entre otros–, compartió con ella ese período en la escuela. Para esos compañeros y para quienes la conocieron un poco antes, en plena adolescencia, era “la Pinki”: hay testigos de esa época que afirman que jamás usaba pollera, sólo pantalones, que alguna vez se subió a las micros a contar el cuento del tío y a pedir limosna, que cantaba canciones country de la Melanie, que mataba en las fiestas y que hacía sufrir a varios hombres simultáneamente.

Claudia di Girolamo es capricornio, y según Linda Goodman: El destino de la cabra es trepar. Ambiciosas, obstinadas y prudentes, trabajan sin pausa. Será raro encontrarlas entregadas al chismorreo ni dando consejos que nadie pide y no soportan las bromas cuando ellas son las víctimas. Prefieren enamorarse del director de orquesta que del segundo violín y sus hijos contarán con un oído atento. poseen una belleza natural que no necesita demasiados artificios. La terquedad es uno de sus defectos y a pesar de su actitud modesta y hasta dócil saben cómo hacerte girar en torno de su dedo meñique.

Claudia di Girolamo cuida sus palabras. Con un distante y amable trato, amenizado por la acuática transparencia de sus ojos y su encantadora sonrisa, levanta una cortina misteriosa. “Es que yo no soy una persona sociable. Es muy raro que hable de mi vida privada con nadie, me aburren esos temas. Yo sería incapaz de preguntarle a alguien si está pololeando. Incapaz. Me muero de vergüenza”, afirma. Segunda de cinco hermanos, nació con el cordón umbilical enrollado alrededor del cuello, tuvo muchas pesadillas durante su infancia y creció en una casa de la que entraban y salían personajes del mundo cultural y político. Sus padres, Claudio di Girolamo y su madre, Carmen Quesney –ambos católicos de compromiso declarado con los más pobres–, se conocieron apoyando una toma de terrenos a mediados de los años 50. Escenógrafo y director teatral, Claudio fue un padre carismático y estimulante, aunque algo ausente en el plano cotidiano y doméstico. Las discusiones de sobremesa eran teóricas, ideológicas, estéticas y la exigencia era suprema: había que ser santo o artista, y en lo posible genio. Desde chica, Claudia acompañó a su padre al teatro y eso definió aún con más nitidez su vocación: “Bajar las escaleras del Ictus y ver a los actores maquillándose era como abrir un libro de cuentos. Me alucinaba mirar a mi papá clavando clavos, pintando y que me mostrara de dónde venía el agua que salía milagrosamente por el lavatorio de una escenografía en la que había estado trabajando”, recuerda ella.

Aunque se resista a calificar de edípica la relación con su progenitor –“es que yo no uso esas palabras”–, es un hecho que el vínculo que los une ha sido y sigue siendo poderoso. Invitado fijo a los ensayos finales antes de un estreno, Rodrigo Pérez cuenta que después se van a comer los tres, casi siempre al Squadritto o algún otro restorán italiano: “Él es absolutamente chocho, le encanta lo que hace la Claudia, pero también critica harto. Entonces nos sentamos y el Claudio habla”.

LOZANA Y LUMINOSA
El primero de sus papeles importantes fue el de la decidida y tajante Luna, en La madrastra, el clásico de Moya Grau, y el último fue en La Fiera, donde el año pasado desplegó su temperamento sobre un telón de fondo chilote. Ahora Claudia di Girolamo viene en versión gitana como Yovanka, protagonista de Romané, la teleserie con que Televisión Nacional espera ganar, también este año, la guerra por el rating.

A estas alturas, ella está en posición de elegir: se lo ha ganado. Veterana en lo que a la rutina agotadora de las teleseries se refiere, no abusa de su condición de primera figura, llega siempre puntual a las grabaciones y desprecia a los flojos. Con los recién llegados tampoco se hace la simpática y mientras algunas de sus contemporáneas engordan, se arrugan y pasan al contingente de las tías, ella sigue lozana, luminosa y en los papeles principales: “No tiene edad y esa atemporalidad es propia de las buenas actrices. Es inteligente, es una gran ordenada y tiene una belleza con carácter, muy del cine europeo. Cuando entra al set dan ganas de quedarse mirándola”, opina Carlos Leppe, artista visual y director de arte, clave del área dramática de TVN. “Porque, al revés de lo que se cree, una buena actriz nunca sabe dónde está la cámara y ella la tiene integrada fisiológicamente al cuerpo. Eso es fascinante”, agrega.

Hablemos de la exposición pública que te toca por ser una superstar.
¿Cómo?, ¿qué quieres decir?

Eso: que eres famosa, que la gente reconoce tu cara. ¿Cómo te afecta el rebote de esas miradas?
Yo nunca me he visto así como tú dices. Nunca. Siempre me he sentido como una trabajadora común. El resto vino por añadidura, nunca lo pedí. Por lo tanto no me hago cargo ni de la fama, ni de ser blanco de la mirada de nadie.

Pero, ¿no te perturba que cuando entras a un lugar todo el mundo sepa quién eres?
Es que todo el mundo sabe qué es lo que yo hago, pero nadie sabe quién soy. De eso estoy segura.

La verdad es que poquísima gente sabe realmente quién es Claudia di Girolamo. “Yo al menos me he encontrado con su corazón”, dice Roxana Campos, aludiendo a la imagen de frialdad y de falta de ese órgano que para algunos transmite. Todos los que la conocen, eso sí, están de acuerdo en que las cosas que le molestan las dice de frente, que no se mete en cahuines, y que cuando borra a alguien de su lista, lo hace sin vuelta y para siempre.

Con Roxana Campos han estado juntas en las tres últimas teleseries y ahora, en medio del delirio gitano que se ha apoderado de los estudios de Chilefilms donde se graba Romané, el primer adjetivo que sale de la boca de la Campos para describir a su colega es: “¡trabajólica!”. Ambas actrices también trabajan juntas en Fedra, la obra de Racine dirigida por Rodrigo Pérez, donde las dos –mujeres poseídas y maduras, vestidas de negro– sostienen en forma notable la tragedia griega de una mujer mayor enamorada de su hijastro.

“Es insoportable de matea”, cuenta Rodrigo Pérez. “Sabe hasta quién era el tatarabuelo de la Fedra, sus parentescos con Edipo, toda la mitología griega”. Explica Claudia: “Sobre Fedra es tanta la información que existe, se ha hecho tantas veces, hay tanto escrito, no sólo del personaje, sino del autor, y más allá del autor, del primer autor, de Eurípides; es tanto lo que se ha escrito sobre Hipólito, que el material está. Es cosa de leerlo, asimilarlo y recrearlo”.

Tú crees mucho en el estudio…
Yo creo que sin estudio no se llega a ninguna parte. Nadie puede pararse sobre un escenario y hacer la Fedra sin haber leído sobre el autor, ni algunas de las investigaciones y los análisis que se han hecho.

LA PISCINA
Claudia deja de comer el día antes de las funciones, o come muy poco –máximo una lechuga– y llega tres horas antes. Los montajes que ha llevado a cabo junto a Rodrigo Pérez se meten en honduras y es así como, desde 1993, Claudia viene prestándole su cuerpo y su aliento a textos complicados y a personajes del calibre de Virginia Woolf o Madame de Sade. Cada una de estas experiencias implica un trabajo de grupo en el que ella se realiza y se entrega. Durante esos períodos le da por hacer regalos a sus compañeros: desde músicas inspiradoras, a lámparas y saris. Mientras grababa La Fiera, a Rodrigo Pérez lo dejó vestido de chilote de pies a cabeza: calcetines, gorros, chalecos, de todo le trajo de Dalcahue. “Lo que pasa es que los temas en que estamos metidos son delicados y entonces necesariamente uno se toca; se toca personalmente y se abre un espacio súper privado. Se produce como una especie de clan que se acaba cuando se termina la obra y durante ese tiempo la Claudia se transforma un poquito en mamá de ese clan. Es un soporte afectivo feroz: ella es la que trae el termo con café y las galletas”, cuenta Pérez.

Lo primero que hicieron juntos con Pérez fue un monólogo basado en los diarios de Virginia Woolf. Se encerraron con Tamara Acosta –asistente de dirección, en ese momento– en el departamento de Pérez, apilaron los muebles, taparon las ventanas con bolsas de basura negra, estuvieron ahí durante dos meses: “Con la lámpara de velador le apuntábamos a ella y lo único que teníamos era la radio y un rollo de toalla nova para sonarnos. Porque, ¡qué manera de llorar!”, cuenta el director.

Hace un par de años debutó como autora y directora de su propia obra de teatro, cuyo tema giraba en torno al desgarrado vínculo entre dos hermanas. Juntó plata, durante todo un año no hizo teleseries, se encerró a escribir, arrendó una sierra eléctrica para cortar los árboles que necesitaban para la escenografía y se levantaba a las seis de la mañana todos los días de pura aceleración. Le fue pésimo a nivel de crítica, pero a ella eso la tiene sin cuidado: “No es un tema que me inquiete. Todo lo contrario. Me dieron ganas de seguir investigando sobre los lazos de la sangre”, señala.

Cuando haces teatro, te metes con materiales difíciles: ¿por qué no eres una actriz feliz con las puras teleseries?
Es que a mí me hace feliz meterme en esos textos difíciles. Nunca pienso en el resultado, ni en la cantidad de público ni en la crítica. Para mí es una necesidad personal acercarme a esos dramaturgos, a esas personas tan brillantes, tan inteligentes.

¿Es un valor supremo para ti la inteligencia?
Sí.

¿Eso le pedirías al hombre de tu vida, por ejemplo?, ¿ser inteligente?
Sí. Sí, me gusta la gente brillante, pero no egocéntrica. La humildad es un valor importante para mí.

Te enamorarías de un feo inteligente.
Sí. Absolutamente. Es más: yo creo que los inteligentes son feos.

Eso es lo que a ti te erotiza.
O sea, para, porque si ya estamos hablando de erotizar…

Es que el erotismo es muy amplio y tiene que ver con todo: con las ganas de estar con una persona, con las ganas de hacer una obra de teatro.
No, para mí, un hombre que me guste tiene que ser una persona… brillante.

¿Y en qué consiste eso?
Tiene que ver con el ser asertivo. Tiene que ver con la ironía. Tiene que ver con lo drástico y con vulnerabilidad también. La vulnerabilidad es súper atractiva.

En materia sentimental, Claudia di Girolamo ha reiterado a lo largo del tiempo su preferencia por personas ligadas al arte y al espectáculo: su primer marido –Ismael Frigerio, padre de Rafaela, su hija de 21 años– es artista visual: su segundo marido fue el actor Cristián Campos, padre de sus hijos Pedro y Antonio; y su actual compañero es Vicente Sabatini, director de las teleseries de TVN del primer semestre.

¿Qué importancia le das a la pareja?
Tener un compañero me parece tremendamente importante. Yo he aprendido algo que para mí tiene que ver con si tú eres feliz, yo soy feliz y con poder romper un poco con tanta cosa establecida.

¿En qué tipo de familia crees tú?
Yo creo en la opción de formar y de elegir libremente la familia en la que uno quiere estar. La familia se forma cuando uno encuentra seres que te aman incondicionalmente. No creo que la familia convencional sea la base de la sociedad. Cada uno busca el lugar donde es acogido y donde es amado y ahí está la familia de uno.

¿Y no te asusta la dependencia afectiva?
Es que eso para mí ya es plantear una relación en forma extraña porque uno está midiendo cuánto voy a perder o a ganar, o si voy a salir mal parada. Además uno ya tiene hartos años encima. Ya no es una adolescente y vas liberándote de los miedos.

En ese sentido, ¿estás más contenta ahora que antes?
Sí, mucho más. Y no es porque me sienta más segura. Es porque tengo menos miedo, menos miedo a perder.

¿Y a exponerte, por ejemplo, a sufrir?
¿Pero por qué uno va a sufrir?

Es que el terreno de los afectos es donde las personas quedan más expuestas.
Es que si tú no te abres, si no arriesgas, no te pasa nada que valga la pena. Porque, por ejemplo, en el trabajo uno sufre mucho, uno discute mucho y sales mal parado muchas veces. Pero uno no va a dejar de hacer las cosas por evitar exponerte.

O sea te tiras a la piscina.
Me tiro a la piscina.

¿No te has sacado la cresta varias veces?
Muchas. Muchas veces, pero parece que yo lo veo como parte del proceso, como que no es posible vivir de otra manera, ni protegido, ni en una burbuja, ni midiendo.

DONANTE
Desde hace más de diez años Claudia vive en la misma casa en el barrio que también fue el de su infancia, Vitacura. “Me gusta establecerme, quedarme en un lugar, organizarlo, arreglarlo, pintarlo, comprar plantas, flores. Me gusta tener un nido. Me encanta despertar en mi casa, llegar a mi casa con mis libros, mi tele, mis niños”, dice. Su casa –donde no entra casi nadie–, la tiene arreglada estilo country y donde más le gusta estar es en su dormitorio, donde se instala a ver películas. Las prefiere de terror y de monos animados.

¿Has estado obsesionada con la muerte alguna vez?
No sé si obsesionada. Me acuerdo de haber escrito mucho sobre la muerte, pero nunca algo grave…

¿Nunca piensas en los gusanos, en que se acaba todo?
No, porque a mí me van a quemar.

Ah, te van a quemar.
Sí. Quiero que hagan una fogata y me quemen. Primero que me saquen todo lo que se pueda usar.

Tú donarías tus organos.
Todo. Soy donante. Yo soy donante.

¿Hiciste un papel firmado?
Obvio, tengo carné y todo. Sí: que me saquen todo lo que se pueda usar.

Qué raro dejar un hígado, o un riñón, en otra persona.
Sí, pero ya no es de uno, así es que da lo mismo. Además uno nunca lo conoció, porque yo no he pensado nunca en mi riñón o en mi hígado. Yo creo que esto, el cuerpo, es un instrumento.

En ese sentido la relación con ese instrumento es importante. Por ejemplo, tú sabes que eres bonita.
Tú quieres que te conteste eso.

Sí. Es decir, ¿es importante para ti sentirte físicamente bien?
Es muy importante, pero no soy fisicoculturista. Cuando puedo he ido al gimnasio y hago cosas como pesas y abdominales. Para tener resultados concretos, rápidos y listo. La caluga en la guata y chao, aunque después se pase.

Pero, por ejemplo, ¿te miras al espejo?
Poco. Cuando me lavo la cara, cuando me peino.

No te maquillas.
Tú tampoco. No me pinto porque no quiero pintarme, porque nunca me he pintado en mi vida. Nunca me imaginé que alguien se pintara. Mi madre no se pinta. Tampoco mi abuela. Ella se lavaba la cara con jabón.

El jabón gringo es lo mejor para el cutis.
Sí. Ella me dijo eso, pero no le hecho caso. Siempre denigré eso de pintarse. Por ejemplo, yo llegaba a las fiestas y a una minita como más arreglada y pintada yo la despreciaba profundamente. La encontraba una estúpida. Y a lo mejor era todo lo contrario, pero me producía rechazo.

Leí en una entrevista, que no te interesa viajar. Llama la atención eso, cuando todo el mundo sueña con subirse a los aviones…
En realidad nunca me he planteado viajar como un sueño. Lo haría por trabajo. Porque así, recorrer por recorrer, ver ugares por verlos no me llama la atención. Pero me gustaría salir con una obra de teatro o participar en un intercambio.

O sea, no sabes estar sin hacer nada. Eres bien densa, ¿o no?
Nooooo. ¿Por qué? (se ríe).

Como que todo lo tienes que hacer muy en serio, como con mucho fundamento…
A lo mejor (se ríe). A lo mejor. No es mi intención en todo caso ser así como tú dices. Me nace espontáneo (se ríe). ¿Sabes lo que me pasa afuera las veces que he viajado? Que me baja una desesperación terrible por no entender la realidad donde estoy y me siento absolutamente fuera.

Eso revela maneras de ser. ¿Será que a lo mejor eres bastante frágil?
Sí, puede ser. Además yo necesito mucho a mis hijos. Los necesito todos los días y sin ellos pierdo el piso. Viajando me siento sola. Sería distinto, creo, si yo pudiera ir con el Pedro de la mano.

O sea que no eres una aventurera, alguien que se excita con lo desconocido.
No. Yo soy aventurera para otro lado. Para adentro: ahí me gusta mucho explorar lugares que no conozco. Ahí descubro. Ahí me gusta asustarme y desconocerme.

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