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3 mayo, 2016
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Las cenizas de 13 iglesias quemadas

Ya van 13 capillas y templos evangélicos quemados en las cercanías de Temuco. Algunos mapuches católicos, que viven en medio del conflicto, ni siquiera denuncian esos incendios por temor a represalias y por la inutilidad de las investigaciones policiales. Sienten que comenzó un nuevo y peor capítulo. El de la guerra sacrílega, de destrucción de los símbolos por lado y lado, de triste recuerdo en el siglo XIX.

Texto y fotografías: Roberto Farías


Paula 1199. Sábado 7 de mayo de 2016.

La primera cosa que se le vino a la mente a Alicia Coñumil (62) cuando vio su iglesia en llamas en Collico, la víspera del año nuevo pasado, fue paradójicamente, el cráneo de su bisabuelo.

–¡Tenía la cabeza como un mapa!– dice Alicia recordando cuando se lo tocó por única vez hace más de 50 años cuando era niña –¡Llena de cicatrices! De sablazos, golpes de hacha, de perdigones–. Que el anciano Segundo Coñomil Epuleo seguramente lucía como medallas. Y a ella se le grabaron como un trauma.

Mientras su querida capilla Santa Catalina, una humilde iglesia de madera nativa y techo de lata, se deshacía en cenizas esa noche en una loma de unos cerros entre las combativas comunidades de Temucuicui y Collico en Ercilla, en la Novena Región, ella sintió que la guerra de verdad había llegado hasta su misma puerta. La guerra sin cuartel, esa donde solo hay víctimas. La recorrió un escalofrío.

Se le vinieron a la cabeza las atrocidades que contaba el bisabuelo de los soldados del general Cornelio Saavedra que combatió entre 1890 y 1900. Que tenían perros entrenados para matar mapuches; que a los presos les cortaban los talones para que no huyeran. Y las atrocidades que por su lado cometían los mapuches también, para defenderse y contraatacar.
–Contaba muchas cosas horribles, horribles –dice Alicia– y me acordé porque entre las lágrimas, al recordar 15 años de esfuerzo para levantar esa capilla, sentí que de nuevo había llegado la crueldad hasta mi casa. Pensé: ahora vienen por mí.

Ella es mapuche y, además, católica. Una combinación no bien vista por los jóvenes rebeldes de la causa mapuche. Además, es Animadora Eclesial de Base algo así como la encargada del templo. Autorizada a hacer liturgias (lecturas), catecismo, preparar matrimonios y despachar funerales. Es la autoridad máxima de la Iglesia Católica en el sector, ya que el cura de Ercilla solo va a hacer misa una vez al mes. Y vive sola en medio del campo.

Según el Ministerio Público y la prensa de Temuco, ya van seis capillas e iglesias quemadas desde abril pasado. Pero muchos católicos como Alicia no quisieron hacer la denuncia en su momento por temor y porque pensaron en alguna rencilla puntual. Hoy los obispados de Temuco y Villarrica suman en 13 las capillas incendiadas desde noviembre pasado hasta ahora.

–¿Quién podría ser tan malo? –se pregunta Alicia sin aventurarse a culpar a nadie– ¿Quién querría quemar una capilla de campo que no le hace mal a nadie?

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La capilla de Quepe se ubica al interior de las comunidades de Mahuidanche. Fue quemada el 6 de abril, en un ataque simultáneo con otro incendio en Vilcún.

Hacía tiempo que el conflicto mapuche no sorprendía con algo nuevo. La caravana de los camioneros a La Moneda ya pasó; la detención de los 11 sospechosos del asesinato del matrimonio Luchsinger-MacKay podría eternizarse por meses. Solo varias veces a la semana se informa de nuevos ataques incendiarios contra maquinaria y camiones forestales. O sea, lo mismo de siempre para los habitantes de Temuco, totalmente indiferentes a toda esta situación sin pies ni cabeza.

Sin embargo, al parecer la gente reaccionó cuando el 8 de abril pasado quemaron el popular Santuario de San Sebastián en la localidad de Cajón, saliendo del Temuco urbano.

–Para los creyentes es como si hubieran quemado Lo Vásquez o la Gruta de Lourdes, en Santiago– dice la vocera de la pastoral mapuche de la diócesis de Temuco, Isolde Reuque.

El Santuario de San Sebastián era un templo abierto en un pequeño prado donde la gente dejaba plaquitas de agradecimiento al santo y prendía velas. Cada 20 de enero se hacían procesiones y mandas. También quemaron la casa de los curas esa misma noche. Luego de ese incendio los católicos del sector quisieron hacer una marcha en defensa de los templos, pero el gobierno les recomendó que desistieran.

Isolde Reuque tiene 40 años de conflicto mapuche en el cuerpo. Perteneció a Ad Mapu en los 80 y en democracia trabajó en Conadi. Ha sido dirigente en muchas batallas. Y, además, siempre católica practicante. Lo que le ha valido críticas y sospechas. Hoy trabaja para el obispado.

–Estos no son atentados contra la Iglesia –piensa ella– sino contra la comunidad mapuche. Contra el poder que tiene el líder religioso. Porque imponen un tono conciliador en el conflicto, el acuerdo por sobre la trifulca.

–¿Trifulca es una palabra mapuche?

–No sé, no me desconcentre –dice porque tiene poco tiempo antes de ir a misa–. Lo que quiero decir es que la fe no la queman, ni la amedrentan. Aunque tengamos que orar a cielo abierto. El tema es el poder, la autoridad política de la Iglesia en la comunidad queda socavada, dañada.

Quizás tenga razón. Cuando incendiaron la capilla de la señora Alicia Coñumil, pasado el sufrimiento todos reaccionaron con más empeño. Querían reconstruirla de cemento, ojalá hasta de piedra. Inquemable. Eterna. En eso están.

Pero soñar no cuesta nada. En el cercano sector de Chacaico, hace seis años quemaron la iglesia Sagrado Corazón y nunca fue reconstruida. En la zona de Temucuicui y Pidima había seis capillas católicas en 1990. Hoy no queda ninguna en pie. La que hubo en Temucuicui, frente a la escuela, está en ruinas. Afuera tiene un rayado que dice: “¡Aquí ni Dios existe!”.

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El fuego destruyó por completo la capilla de Puerto Octay. Fotografía: Mirna Herrera.

Esas ruinas de iglesias, vitrales quemados, cruces calcinadas por el suelo, me recordaron “las guerras cristeras” que los revolucionarios mexicanos emprendieron contra los católicos en los años 20 y donde estos resistían orando a escondidas, venerando santos en subterráneos. Pensé en el fanatismo del Estado Islámico que borra templos y ruinas arqueológicas con dinamita, etc.

El antropólogo José Bengoa en su libro Historia de los antiguos mapuches del sur llama a un periodo de la Guerra de Arauco, la guerra secular o anti religiosa. Especialmente luego de Curalaba en 1592, cuando los mapuches arrasaron con Villarrica. “Quemaban las iglesias, invertían las cruces, crucificaban a los españoles, devolvían a los frailes atados a mulas con las sotanas al revés. Los toquis se hacían túnicas con páginas de la biblia” escribe Bengoa. Y agrega: “consiguieron aterrorizar a los invasores con sus propios símbolos”.

–Hay más capillas quemadas –dice la señora Alicia–. Pasado ese cerro había otra, la Cristo Peregrino de Heraldo Curinao Ancaluán pero él no quiso que se supiera. No sé si querrá hablar ahora. Debe tener mucho miedo.

Voy a comprobarlo a las tierras de los Curinao más adentro aún en Temucuicui. La lluvia vuelve los bosques más verdes y más sombríos. A veces cae un verdadero diluvio. Nadie en los caminos, salvo un destartalado auto blanco de los 90. Donde me detengo, ahí para el armatoste de la contrainteligencia mapuche unos metros más allá.

No pasa mucho rato antes que me paren. Son jóvenes mapuches de poleras negras, uno con jockey de reggaetón.
–¿A quién busca?– me preguntan en un tono que podría tildar de amable, dadas las circunstancias. Antes de venir hasta aquí me advirtieron que a dos mujeres del municipio de Ercilla las habían despojado de su vehículo y las devolvieron a pie. Y que solo dejaban pasar furgones escolares.

Les doy el nombre de Heraldo. Me dan las indicaciones, pero no me despegan el ojo hasta que Curinao sale de su casa a conversar conmigo. Los miramos irse. Dice que no tiene miedo de hablar.

Me lleva a las ruinas de su capilla Cristo Peregrino que quemaron en noviembre. Canta un gallo a lo lejos y Heraldo afirma un poco la cruz con los restos de unas sillas calcinadas para que no se caiga con el viento que promete ser huracanado.

–Yo no quise que se supiera en la prensa (el incendio de su capilla) porque ¿para qué nos sirve? Vienen los periodistas y uno dice cualquier cosa y después se producen malos entendidos.

Y por ahí los malos entendidos se pagan caro.

Don Heraldo emite cada palabra con el cuidado de un pianista. Buscando la armonía con Dios y con el diablo. Entre las teclas blancas y negras.

–Yo no puedo decir quién fue. No hay nada claro. Si yo hubiera visto o pudiera decir algo, pero no puede descartar que sea gente de afuera, que quiera perjudicar a la región, o hasta un atentado policial.

Él asegura que los jóvenes de la comunidad que están en el conflicto mapuche también a veces participaban de la iglesia y usaban la capilla.

–Venían a bautizarse, a casarse, yo mismo preparé a algunos. La mayoría de los fallecidos pasaba por acá– entiendo que se refiere a velorios y no a almas en pena.

Se rasca la cabeza y se pregunta:

–Igual no entiendo cómo alguien puede ser tan malo. ¡Quién puede tener tanto odio en el corazón!

Este tipo de incendios podría ser un delito de odio si en Chile hubiera ley, como la hay en Francia y otros lugares. Es tan detestable, incluso para los propios mapuches, que ningún movimiento se lo adjudicó. Hasta la Coordinadora Arauco Malleco dejó un cartel tras un ataque, el 20 de abril, a un fundo forestal que decía: “quemar iglesias no es resistencia”.

Sin embargo, dos días después de eso, un nuevo grupo se lanzó al estrellato: en un incendio a una casona de un conocido dirigente empresarial agrícola de Temuco, dejaron otro comunicado: un cartel con un cultrún atravesado por una escopeta y la firma: Weichan Akau Mapu, que se puede traducir como “Lucha del pueblo rebelde”. Y debajo la siguiente amenaza: “todas las iglesias serán quemadas”.

Nadie sabía de esa organización. Ni yo. En la Fiscalía, menos.

Al día siguiente enviaron un comunicado por mail a la radio Bío-Bío, adjudicándose 40 atentados y al menos cuatro incendios de iglesias en Quepe, Vilcún y Cañete.

En el mail venía un documento atachado en Scribd, el sitio de California para subir documentos y tesis universitarias, que decía: “Aclaración necesaria sobre la Iglesia Católica. Entre 1818 y 1950 el Estado chileno usó la evangelización para tratar de someter y dominar al pueblo mapuche. Esto significó el despojo interno del ser o persona (lo que ahora se llama profanación de la fe). Nuestras machis fueron demonizadas, sus rewe saqueados y destruidos, nuestros lugares sagrados (tren tren, trayenco, mawizantu) destruidos y eliminados. En ellos se plantaron pinos y eucaliptos, se edificaron casas, se construyeron iglesias, se nos confinó al desequilibrio espiritual y emocional”. Afirman que atacarán solo las iglesias católicas. El texto se extiende por 4 páginas más.

También era una proclama fundacional con declaración de principios y todo. Se declaran en guerra pero respetarán los derechos humanos. Combatirán el poder económico y defenderán al pueblo. Tienen ideas calcadas de Guerra de guerrillas del Che Guevara y cierto aire de marxismo filosófico. Pero al comenzar el texto hay una frase que suena terrorífica: “nuestro lenguaje será sencillo”.

Me recordó al famoso rayado aparecido en La Sorbonne antes de estallar mayo del 68: “Seré breve y cruel”.

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Esto es lo que queda en pie de la capilla Santa Joaquina de Niágara en el sector de Padre Las Casas.

En la mesa de la casa de los curas en la parroquia de Quepe, 50 kilómetros al sur de Temuco, le echan tallas al sacerdote indonesio Juventus Adur, cuya capilla la quemaron al interior de las comunidades de Mahuidanche el 6 de abril en un ataque simultáneo con otro incendio en Vilcún. Entre café y café los otros sacerdotes le dicen:

–¿Quizás tu rebaño no te sintió el olor a oveja?

Todos ríen. Pero a él le cuesta encontrarle la gracia al chiste que hace referencia a la prédica del papa Francisco en la última Semana Santa en que instaba a los curas: “Esto os pido: sed pastores con “olor a oveja”, que eso se note”.
El pobre misionero indonesio de 43 años lleva 12 años en el sur de Chile y jamás había recibido amenazas ni ataques. Iba a hacer misa una vez al mes a la capilla hasta que la noche del 6 de abril, a las tres de la mañana, le avisaron que se estaba quemando. Llamó a Bomberos, que dijeron que no iban sin Carabineros y luego la policía, dijo que no iba sin Fuerzas Especiales. Cuando llegó todo el contingente, cerca de tres horas después, quedaban solo las brasas humeantes.

La zona donde se enclavaba la capilla fue centro de protestas y ocupaciones mapuches hace unos años por las tierras expropiadas para construir el nuevo aeropuerto de Temuco.

Ahora los aviones pasan rasantes durante todo el día. Los peñis tuvieron que suprimir un lugar sagrado para hacer el nguillatún porque cuando la machi invoca y dice en el rewe: “las primeras gentes bajaron del cielo azul (el color sagrado mapuche) y conocían el lenguaje de los animales, los árboles, el viento y las aguas…”. Consideraron que no hubiera sido agradable que justo pudiera estar pasando por ese cielo un avión con pasajeros winkas.

–Los mapuches tienen mucho en común con los católicos– cree el padre Juventus Adur olvidando todo eso. –Piensa en San Francisco, que decía que sentía los animales, los árboles, el aire, la naturaleza… los mapuches se sienten igual, integrados a la naturaleza.

Vamos a las ruinas de su capilla. Muchos de sus feligreses son mapuches de tomo y lomo. Pero ahora, ninguno quiere aparecer en la revista. Uno de ellos rescató del fuego la cruz y un metahue, un arcaico jarrito de greda mapuche para el agua de la misa. Las dos únicas cosas que sacaron del incendio.

Ser católico y mapuche es una combinación que no es bien vista por los jóvenes rebeldes. Alicia Coñumil (62) no quiso dar aviso del atentado a la Iglesia de Collico, donde es encargada eclesial del templo. porque vive sola en el campo.

–Son un símbolo de que Dios y los mapuches pueden convivir –comenta un viejo profesor de la escuela vecina a la capilla–. El cántaro para el agua y la cruz de la religión. Etnia y religión. No sé cómo, pero se salvaron del fuego para darnos un mensaje.

–Ya.

El fuego fue tan intenso que las planchas del techo se doblaron como papel. La cerámica del piso se derritió. También rescataron unos pequeños párrafos de las páginas de un evangelio con un mensaje de tolerancia.

–Pero el radicalismo mapuche avanza de distintos modos –dice el profesor de Mahuidanche–. No solo quemando al enemigo.

Cuenta que el hermano menor de un conocido dirigente mapuche de la zona se volvió radical 100%. Sacó a sus hijos de la escuela; en su familia andan todos descalzos y solo habla en mapudungún.

–Si ahora le hablas en español, no responde–. Dio por terminado su rollo con Chile. Una vuelta total a las raíces. Tiene un par de seguidores.

–Habría que evangelizarlos de nuevo– dice el padre Juventus con total inocencia en la mesa de los curas en Quepe.
Para qué digo cómo fue la carcajada de los curas chilenos. Pero pronto un escalofrío dejó a todos en silencio. Y se pusieron a revisar las postulaciones a traslado, con la ansiedad de niños huérfanos.

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