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15 diciembre, 2016
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Las defensas de Cristián Warnken

No quiere ser considerado un gurú de la vida pausada. Pero, en medio de la vorágine, encontró sus propios mecanismos para no sucumbir, que lo tienen a otro ritmo. “No hay que retirarse a la montaña para lograr escapar del sistema, hay que establecer espacios de resistencia desde adentro, en la vida real”. Aquí, las trincheras del poeta.

Por Valentina Rodríguez / Fotografía: Rodrigo Chodil


Paula 1215. Sábado 17 de diciembre 2016.

En la plaza Aníbal Pinto, en pleno centro de Valparaíso, hay un hombre muy alto, de casi dos metros, vestido de buzo, zapatillas, con un cuaderno en la mano. En esta mañana de diciembre, como casi todos los días, Cristián Warnken (55) camina. Hoy lo hace hacia el Cerro Concepción.

En el trayecto se queda pegado mirando gente, balcones, hablando con cualquiera. Toma una micro y habla. Dice que, aunque no tiene smartphone, ni auto ni usa su tarjeta de crédito y pese a que persigue el silencio y establece pausas en medio del día, no tiene una vida tan tranquila. Que lo anhela con toda el alma, pero que no.

Que no quiere que lo conviertan en un emblema de la vida lenta. “No existen los maestros. No existen los gurúes”.

Él va de Valparaíso –donde está viviendo con su familia por un año– a Santiago varias veces a la semana. Se divide entre su trabajo en la Editoral de la Universidad de Valparaíso, los talleres de poesía que hace en Santiago y varios otros proyectos. Tiene una mujer y cinco hijos que cuidar, y el que murió en 2007 lo lleva a diario en su mente. A simple vista pareciera que Warnken está en el trajín, que corre todo el día y que lo agarró la máquina, pero no: “no hay que retirarse a la montaña para lograr escapar del sistema, hay que establecer espacios de resistencia desde adentro, en la vida real”.

Uno de esos espacios es el silencio. Por eso camina al cementerio. Otros días es el jardín, o su biblioteca con más de 6 mil libros, o un par de amigos, o incluso una crisis. Para desconectarse de afuera y conectar adentro.

EL SILENCIO
“A lo mejor, en un futuro no tan lejano, alguien va a vender silencio. Es un bien muy escaso. La gente huye del silencio y se llena de ruidos para taparlo, para no encontrarse con uno mismo, con el tiempo. Hay un pavor de enfrentarse al silencio. ¡Qué triste que alguien nunca haya tenido una experiencia con el silencio!

Yo necesito contar con bolsones de silencio, necesito acumularlo. Y, cuando no lo encuentro, me voy, por ejemplo, al cementerio en Valparaíso. Los cementerios de las ciudades son cápsulas de silencio. Pero uno debería ser capaz de generar su propio silencio. Un alumno me contó que asistió a una escuela tibetana donde construyeron el centro de meditación al lado de la estación de ferrocarriles, en el lugar de mayor ruido y movimiento de la ciudad, justamente para demostrar que uno podía conquistar silencio en medio del caos de una ciudad. El silencio en esos casos te cobija, es una protección. Yo consigo momentos de silencio propio en la lectura de la poesía”.

Cristián Warnken trabaja en Valparaíso hace cuatro años. Allí fundó la Editorial de Poesía y Pensamiento de la Universidad de Valparaíso, que ya cuenta con 43 libros publicados, entre ellos uno de poesía de Violeta Parra que se convirtió en best seller.

Cristián Warnken trabaja en Valparaíso hace cuatro años. Allí fundó la Editorial de Poesía y Pensamiento de la Universidad de Valparaíso, que ya cuenta con 43 libros publicados, entre ellos uno de poesía de Violeta Parra que se convirtió en best seller.

PEQUEÑOS GOLPES DE ESTADO
“La vida son ciclos y es cambio. El que quiera instalarse en algo definitivo, está perdido. He vivido muchos cambios o transformaciones importantes por decisión propia o porque ocurre algo afuera, que te cambia la vida. Me acostumbré a eso y me atrevo a tomar riesgos. Dejar, por ejemplo, pegas seguras con sueldo estable y arriesgarme. En 2012, después de dejar el decanato de la Universidad del Desarrollo, estuve casi un año sin trabajo fijo. Me apreté el cinturón en los gastos. Fue un pausa: un golpe de estado necesario cuando se está sintiendo angustia por estar sobrepasado. Lo he hecho varias veces. Me parece que instalarse es un peligro, sobre todo en términos laborales. Cuando uno está inmerso en el sistema la única forma de sobrevivir es haciéndose pequeños golpes de estado a uno mismo, porque somos nosotros nuestros primeros explotadores. Eres tú mismo contra ti mismo. Hay que parar y decir: ‘No, ahora voy a hacer algo que no tiene ningún rendimiento, que a lo mejor va a hacer que otro se me adelante, pero no importa porque voy a ganar otra cosa’. El problema es que nos detenemos cuando reventamos o cuando ya estamos enfermos.

En lugar de rendir, a veces simplemente hay que sentarse a esperar. Heráclito, dice ‘espera y hallarás lo inesperado’, esta es una de mis frases emblemáticas. No apunta a tomar una actitud pasiva ante la vida, sino una actitud de apertura.

Intento vivir haciéndome golpes de estado cada cierto tiempo: apagar el celular y el computador, no renovar la tarjeta de crédito, renunciar de un trabajo que se vuelve angustiante, simplemente parar”.

DESINSTALARSE
“Creo que es clave desinstalarse de vez en cuando. Es un riesgo quedarse tanto en un mismo lugar. Hay que tener un lugar adonde volver, yo necesito un domicilio, pero uno tiene que estar haciendo pequeños viajes, eso sirve para volver al lugar y verlo con nuevos ojos. Creo que hay que desinstalarse en todo sentido: físicamente, mentalmente, anímicamente, para oxigenar, para que se mueva el agua, para no estancarte interiormente.

Haber probado un año viviendo en familia en Valparaíso tiene que ver con eso. No me parece sano para mis hijos que estuvieran todo el tiempo en el círculo cerrado de ir del colegio a la casa, de la casa al colegio. Con mi mujer siempre intentamos sacarlos de esa ruta monótona, hacer viajes con sentido. En 2014 vivimos un mes y medio todos en Cuba. Nos fuimos a la casa de un cubano a vivir la Cuba de verdad. Nada de hoteles, ni restoranes, la idea es regalarles la experiencia real de un lugar.

La decisión de venirnos a Valparaíso tiene que ver con eso. Valparaíso es un anfiteatro donde todo está a la vista, lo peor y lo mejor, la miseria y la belleza no como en Santiago en que está todo segregado y la pobreza, escondida. Porque allá el que no quiere ver la pobreza no la va a ver nunca. Valparaíso se muestra completo, eso es importante para el que vive aquí. Me gusta que mis hijos convivan con eso. Partimos sin saber si era solo por un año o para siempre, todavía no sé si volveremos”.

“¿Qué interesante te puede pasar si vas todo el tiempo arriba del auto? Si yo tuviera auto me habría perdido de tanto, de personajes alucinantes, historias únicas”.

EL CAMINANTE Y SU SOMBRA
“Mi máximo momento de plenitud y de sentirme yo es cuando camino. Soy peatón, no manejo, no tengo auto. Soy un caminante. Caminando se me ocurren las mejores ideas, ahí nacen los proyectos porque se piensa mejor caminando que sentado en un escritorio. Se trata de una experiencia física, auditiva, rítmica. Cuando a veces me agarra la máquina o estoy encerrado en la oficina y siento angustia, me voy y camino: me lanzo por alguna calle desconocida. La idea es perderse, caminar al azar, sin rumbo. Esa es la dicha máxima, porque ahí empiezan a pasar muchas cosas. Encuentros fugaces, una mirada, un rostro, alguien que se acerca, una conversación, un detalle. A veces son momentos contemplativos, vacíos y me quedo ahí, miro, paro, me detengo, camino. Baudelaire usaba el término flanear, en francés es flâneur, flanear por la ciudad: vagar por las calles, callejear sin rumbo, sin objetivo, abierto a todas las vicisitudes y las impresiones que salen al paso. No vas a ninguna parte ni a buscar a nadie, alguien va a venir a tu encuentro.

Muchas veces voy silbando melodías inventadas por mí y llevo una libreta donde anoto tonteras, después la reviso y aparecen cosas. Me da tristeza las personas que solo transitan en auto, se pierden todo el trayecto, anulan todos los posibles encuentros casuales. ¿Qué interesante te puede pasar si vas todo el tiempo arriba del auto? Si yo tuviera auto me habría perdido de tanto, de personajes alucinantes, historias únicas.

En algún momento mi sueño era hacer un libro sobre recorridos por Santiago. Tomar rutas azarosas y vagar durante un año recogiendo esas impresiones en un diario, creo que lo voy a hacer algún día. Le pondría El caminante y su sombra, que es uno de los personajes que les inventé a mis niños en nuestras noches de cuentos, un caminante de la Edad Media que recorre todos los castillos y que va con su gato y su sombra. Él no sabe de dónde viene y cuando le preguntan responde: del camino. ¿Y para adónde vas? al camino, responde”.

MANTENER EL MISTERIO
“Mi celular anticuado es una medida de protección simple que marca una gran diferencia. No soy tecnófobo, el tema no es la tecnología, el problema es la alienación que esta provoca. Creo que es un error aceptar a la tecnología tan pasivamente, al menos hay que problematizarla, pensarla, tener una reflexión sobre ella. Hay que hacer un acto de resistencia, resguardarse para que no te atrape. Me sorprendo a diario en la calle, en el Metro, de cómo avanzan todos encerrados en sus aparatos, nadie conversa con el que está al lado, se eliminan las posibilidades de encuentros con el otro. Tanta foto, tanta selfie, tantos videos y declaraciones de amor públicas me parece un delirio, me hablan de una pobreza interior inmensa. Ahí hay un narcisismo compulsivo de querer verme y mostrarme todo el día, es una especie de exhibicionismo infantilista, porque es como un niño que quiere llamar la atención y se disfraza. Las máquinas de fotos y las cámaras existen desde hace mucho tiempo y nadie andaba sacándose fotos todo el día, pero ahora lo subo y puedo ver que me ponen un like. Pura inseguridad. Aquí lo que se está buscando es la aprobación de los demás.

Con toda esta sobreexposición el secreto está en peligro, esa zona misteriosa de la existencia del ser humano está desapareciendo, ¿dónde hay espacio para el misterio y la sorpresa si muestro toda mi vida?
Tengo la esperanza de que esto va a producir un aburrimiento tan grande que va a generar una rebelión de generaciones posteriores. Así como ha habido una rebelión contra la comida chatarra, espero la haya contra la comunicación chatarra. Quizás algún día volvamos a la comunicación orgánica”.

EL HOMBRE QUE PLANTA ÁRBOLES
“En uno de los barrios más caros de Vitacura, hay una casa sin rejas, sin alarma y con un bosque nativo. Ahí vive uno de mis faros. José Luis Vergara, de 85 años, quien llegó a ser un importante abogado del país pero que un día, hace más de 40 años dijo: ‘no más’ y dejó que se acumularan los expedientes en su escritorio. Agarró sus cosas y se fue a viajar. Lo visito periódicamente. No tiene aparatos ni conexión a nada, vive de los pocos ahorros que le quedan y está en estado de pobreza. Se salió del sistema. Allá me encuentro con alguien al que le sobra tiempo, un millonario en tiempo que me regala eso que ya nadie tiene. Para mí él es una cápsula de tiempo. Nos sentamos a conversar en medio de su bosque por horas, de la vida, de los árboles. He escuchado que algunos dicen que está loco, pero es un hombre muy cuerdo, de lo más lúcido; locos son los que no son capaces de entender que exista alguien que haya elegido vivir otra vida. Él me dice que vive en el paraíso y yo le creo: es una pamplina que el paraíso viene después, el paraíso es ahora y resulta que nosotros nos expulsamos de él todos los días. El paraíso, son esos instantes de conciencia plena, de atención. Y, como siento que él está en el paraíso voy porque me contagio y puedo estar cerca del paraíso; a veces lo estoy. Por eso lo echo tanto de menos en Valparaíso. Su casa tiene una energía especial y me hace feliz saber que él siempre está ahí, que cuando lo necesito solo basta con llegar. En realidad voy en las tardes porque en las mañanas sale a plantar árboles donde cree que falta uno”.

EL CONSEJERO
“Diego Maqueira, 10 años mayor que yo, es uno de mis referentes, una fuente de luz a la que necesito acudir. Un poeta de una lucidez y al mismo tiempo de una generosidad y bondad genuinas. Es otro que se rebeló al sistema: vive en su casa que es la única que resiste entre puros edificios en la plaza Las Lilas. Vive con absoluta austeridad y a otro ritmo. Él detuvo el tiempo y se despojó de casi todo, hasta de su ego. Porque con su brillantez podría estar haciendo entrevistas por todos lados, metiéndose en los lanzamientos, pero no. Vive la vida que él quiere en su oasis en medio de la ciudad.

Hace un rato que no lo veo, pero estoy siempre conectado con él. Yo lo llamo y él me llama Alma. ‘Hola Alma, ¿cómo estamos?’, nos decimos. Es bonito, es como un juego.

Es uno de los poetas más brillantes que tiene Chile, de los más geniales. Es un ejemplo para mí de cómo alguien que pudo descender hasta lo más profundo salió adelante solo. Tuvo una crisis profunda y la vivió con honestidad. Nadie daba un peso por él y salió adelante solo. Es un tipo que tiene una originalidad para pensar, que es notable. Para mí es la persona más lúcida y luminosa que he conocido en Chile. Algunas de mis conversaciones con él han sido decisivas: en el momento en el que pasó lo de mi hijo, me dijo ‘no se vayan de la casa. Es más, métanse todos a la piscina y bautícense ahí, transformen esa agua de muerte en agua de vida’. Y eso fue lo que hicimos. Puede sonar brutal que te digan eso, pero cuando lo escuché, me ordenó”.

“He tenido bajones tremendos y esos bajones hay que abrazarlos, hay que quererlos, darles su tiempo. El bajón también tiene que ver con una cosa energética del cuerpo y, si tu organismo baja, es por algo, hay que saber respetarlo”.

EL ASOMBRO
“En mi mamá, (Angélica Lihn, hermana del poeta Enrique Linh), encuentro refugio. Es de las personas que más me ha marcado. Me enseñó la importancia de tener una vida interior activa, de disfrutar con uno mismo. Crecí viéndola asombrarse por las cosas. De ella heredé la extrañeza de estar vivo, de existir. La vida es puro asombro y la hemos convertido en algo normal. ¿Hay algo más asombroso que estar aquí? Cuando se pierde la distancia para mirar con extrañeza la propia vida se empieza a encontrar todo normal, todo habitual. Se deja de estar realmente vivo. Y ya no hay ninguna novedad en lo que se está haciendo. Cuando tomas conciencia de que estás vivo te sorprendes y eso lleva a hacerte las preguntas más importantes. Mi mamá es la campeona de la extrañeza. Es un ser muy especial. Tiene un mundo síquico muy rico y una capacidad única de conectarse con los sueños. No le gusta compartirlo mucho porque siente que van a creer que está loca. Pero conmigo lo habla todo y yo me maravillo con todo el mundo interior que tiene. Me cuenta sus sueños, hablamos de los personajes que aparecen en ellos. Con ella conecto de inmediato, nuestros encuentros son muy nutritivos. Tenemos conversaciones profundas y directas. Compartimos un mundo parecido”.

EL JARDÍN
“El jardín ha sido un descubrimiento posterior en mi vida, no era de jardines antes. Pero el jardín de nuestra casa es especial. Es vida y muerte, ahí murió mi hijo y, al mismo tiempo, es un lugar maravilloso, un espacio de tierra que está vivo, que me conecta. No sé cómo explicarlo pero hay algo vivo ahí, me produce paz. Mi señora puso uno de esos carteles de nombres de calles parisinos que dice Route du Paradis (camino al paraíso).

Desde que pasó lo de mi hijo me conecté de una manera especial con este lugar. Logré convertirlo en un lugar positivo podría decir, en vez de un lugar traumático. Al principio no fue así pero sentí que los árboles, los pájaros, que todos me decían: ‘no pueden irse de aquí’. Pensamos en irnos pero después entendí que la vida conlleva muertes, dolor, sombras, así como luces y momentos de dicha y felicidad, y creo que hay que incorporarlo todo, no se pueden separar. Para mí se ha dado así.

No es un lugar que me provoque pena y, cuando eso me pasa, no importa. Al revés, a veces echo de menos la pena porque la pena me conectaba con mi hijo. La pena es maravillosa porque te conecta y, cuando se deja de sentir pena, es porque te desconectaste de algo que es profundo. Hablo de esa pena que no te lleva a la angustia ni a la desesperación. Esa pena sana.

Cuando vengo a Santiago en la semana me instalo cuando cae la tarde solo y escucho a los pájaros, miro la luz. Ahí me conecto con Clemente y con todos los muertos que uno lleva dentro. Me gusta salir a pies pelados a pisar la tierra. Es como un rito, otro de los lugares donde regreso a mí”.

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VIVIR LAS CRISIS
“De la crisis solo puede salir algo grande, algo potente a nivel personal, algo bueno y nuevo. Las grandes obras de la literatura han nacido de una crisis personal profunda, lo que los griegos llamaban la Katabasis: el descenso. La divina comedia nace porque Dante tuvo una crisis. Estaba exiliado, perdió al gran amor de su vida y tuvo que partir de nuevo y eso le permitió tener una mirada distante. Si hubiera estado encerrado en su casa cómodo en Florencia, seguramente habría llegado a ser presidente del Consejo pero no habría escrito La divina comedia.

Huidobro es otro de los que te invita a caer. Todo el mundo te dice todo el tiempo: ‘levántate, no caigas’, pero Huidobro te dice: ‘Cae, cae, cae hasta el fondo de ti mismo, cae lo más bajo que se pueda caer’, y ahí parte el viaje.

He tenido bajones tremendos y esos bajones hay que abrazarlos, quererlos, darles su tiempo. El bajón también tiene que ver con una cosa energética del cuerpo y, si tu organismo baja, es por algo, hay que respetarlo, no querer sobreponerse inmediatamente al bajón porque algo te está diciendo ese momento de presión, de angustia. Hay que vivirlo. No lo vas a resolver en dos segundos.

He ido un par de veces al sicólogo por cosas puntuales, nunca a terapias prolongadas. Sí hay momentos en que tuve que recurrir a pastillas, momentos específicos porque soy muy sensible a ellas, instintivamente las rechazo. Pero uno tiene que ser humilde y saber distinguir los momentos de angustia ontológica, metafísica, de los bajones que te dan vuelta y se hace necesaria una ayuda. En el proceso de duelo, hubo momentos así: duros, escabrosos. Hay veces en que uno dice ‘voy a pasar el descampado sin morfina, sin nada’ y otros en que dices ‘no, sería irresponsable hacerlo’.

No soy dogmático, no estoy a favor ni en contra de las pastillas. Pero del abuso, por supuesto que sí, sobre todo en los niños, así como cuando se recurre ante cualquier asomo de crisis. Porque estamos tan desconectados, tan fragmentados y separados de nuestra propia corporalidad, que es más fácil tomarse una pastilla que conectar con lo que está pasando con uno. O sea por lo menos hay que darle un espacio a lo que se está sintiendo. Vivirlo. Al menos ver cuánto resisto, observarme para ver qué me va pasando. Porque van apareciendo cosas interesantes. Pero, ¿qué pasa en la realidad? eso requiere un tiempo que no existe.

Yo soy bueno en las crisis grandes, en quiebres, en duelos, cuando se acaba un proyecto, cuando te quedaste sin pega, curiosamente ahí algo pasa que sale lo mejor de mí, pero en las cosas chicas, y eso es lo que me da rabia, en tonterías domésticas, en pequeñeces flaqueo. Ahí está mi aprendizaje”.

“El jardín de nuestra casa en santiago es especial. Es vida y muerte, ahí murió mi hijo y, al mismo tiempo, es un lugar maravilloso, un espacio de tierra que está vivo, que me conecta. No sé cómo explicarlo pero hay algo vivo ahí, me produce paz”.

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LA ZONA MUDA
“Lo de mi hijo Clemente entra en la zona muda, hay zonas donde las palabras no entran. Enrique Lihn, mi tío poeta cuando estaba muriendo de cáncer, agarró un cuaderno y empezó a escribir un diario de muerte que parte diciendo: ‘nada tiene que ver el dolor con el dolor, nada tiene que ver la desesperación con la desesperación, las palabras que usamos están viciadas. No hay nombres en la zona muda’. El dolor es una zona muda; si lo llevamos a palabras vamos a chacrearlo. Tal vez los únicos que han llegado a la zona muda son los grandes músicos, los artistas, los poetas: yo escribí columnas, escribí un libro que va a salir el próximo año, que es como una bitácora de ese duelo, que se llama Un hombre extraviado. O sea, puedo intentar decirlo poéticamente, pero si yo te lo hablo sé que lo voy a arruinar, todo lo que te pueda decir es una racionalización de algo que para mí es sagrado y misterioso a la vez. Saint-Exupéry en El principito dice ‘es tan misterioso el país de las lágrimas’, entonces uno entra en otro país y es difícil a veces contarle al que no está ahí. Pero te podría contestar con poesía, lo mejor es Vallejo que dice: ‘hay golpes en la vida tan fuertes ¡Yo no sé!, golpes como del odio de Dios’. La vida te da golpes, y lo que nosotros queremos es tener una respuesta: ¿por qué? ¡No sé! y creo que una gran parte de lo que yo viví tiene que ver con ese no sé.

Yo creí que no me iba a levantar de ahí. Recuerdo que pensé: ‘No sé si voy a poder caminar de aquí a la próxima esquina, no sé. No sé si voy a poder abrir la ventana’. Y la vida, a mí por lo menos, me sorprendió. No tengo una teoría, no tengo una respuesta y no tengo una fórmula. No hay fórmulas para pasar el duelo y no creo en lo que Rilke llamó el mercado del consuelo, que son las respuestas fáciles, que pretenden decirte que tu hijo se fue al cielo. No creo en los clichés que buscan ayudarte de manera fácil, creo que es un proceso absolutamente personal y que se hace a través de un largo tiempo. No hay ningún duelo igual al otro, entonces tratar de uniformarlo es un error.

Cuando entrevisté a Jodorowsky, curiosamente justo antes de lo que me pasó a mí, le pregunté por la muerte de su hijo, en ese entonces ni me imaginaba que me podía pasar algo parecido, y recuerdo perfecto que ahí noté que él cambió, que algo le pasó. Él que es una máquina, de un ego gigante, un genio para contestar, siempre dominando la escena me dijo que fue a visitar un montón de maestros para encontrar respuestas, palabras, explicaciones o sentido y que ninguno lo satisfacía, hasta que llegó a uno que lo recibió y le dijo: ‘¡duele ah!’. Eso fue lo que él quería escuchar. Eso es: ahora yo puedo decir que Clemente es una luz que duele, pero es luz no oscuridad”.

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