Las facilitadoras del lenguaje

Reportajes y Entrevistas

Las facilitadoras del lenguaje

Por Juan Cruz Giraldo / Fotos: Mila Belén

Son provenientes de Haití, viven en Chile y manejan tanto su idioma natal como el nuestro. A pesar de tener sus propias historias de vida y carreras profesionales, nunca pensaron que se transformarían en intérpretes de sus compatriotas, un cargo implementado en los últimos años en varios servicios públicos y privados. Estas son las historias de tres mujeres encargadas de facilitar el diálogo entre los chilenos y los nuevos ciudadanos que están llegando a nuestro país.

Hablo, luego existo

En agosto del 2017, Marie Andy Sanozier (32), originaria de Puerto Príncipe, caminaba entre los turistas del aeropuerto de Santiago junto al equipo del Instituto de Derechos Humanos (INDH). Adentro de las oficinas de la policía, se encontraría con una decena de compatriotas detenidos, que no hablaban español, sin poder entrar al país y sin poder devolverse al suyo. Los chilenos que estaban a cargo de los haitianos les decían a los abogados del INDH que a los extranjeros les daban buena comida, que estaban cómodos y recibían buen trato. Pero ella, la única en el recinto que podía hablar y entender creole y español, sabía que había otra historia. “Vi cómo se vulneraban los derechos de estas personas, sólo porque sabían que con el lenguaje no podrían defenderse, que eso los hacía más débiles, que no podían decirle a nadie lo que estaban viviendo. Pero ellos me lo contaron a mí”, recuerda. “El panorama era bastante trágico: algunos fueron devueltos, otros se acogieron a medidas de amparo y uno estuvo hasta 22 días en el aeropuerto, sin poder hacer nada”.

Sanozier es sólo una de los cientos de facilitadores de creole que se encuentran en todo Chile en oficinas de Policía Internacional, Extranjería, el Registro Civil, municipalidades, hospitales, escuelas y guarderías, y que poco a poco se han ido implementando como respuesta a la cantidad de inmigrantes haitianos que residen en nuestro país y que no saben hablar español.

Actualmente, Marie, quien acaba de cumplir dos años y un mes viviendo en Chile, además trabaja como asesora sociolaboral y profesora de idiomas en la fundación Emplea. Habla, además de su lengua natal, castellano, inglés, francés y papiamento, el idioma de Curazao. En su oficina ayuda a otros migrantes a prepararse para entrevistas de trabajo, elabora currículums y después da clases de español a haitianos. Aunque toda su vida soñó con ser intérprete y trabajar con la comunicación, jamás pensó que se transformaría en una herramienta entre personas vulnerables que por falta de conocimiento quedan fuera del sistema. Recuerda el caso de Joane Florvil, la madre haitiana detenida que murió en 2017 acusada de haber abandonado a su hija. Un malentendido fulminante donde la comunicación falló. “No quiero que algo así vuelva a pasar jamás. Por eso trato de educar a otras chicas. Les digo que el idioma es necesario, que tienen que aprenderlo, que es urgente para que dejen de pasar atrocidades como las que vivió Joane”, dice. “El lenguaje es muy importante: no saber el idioma es no existir. Si no sabes cómo expresarte, si no puedes decir cómo estás, entonces no estás”.

Un nuevo color al hospital

La vida de Rose Cadet (28) ha estado vinculada siempre a los hospitales. Su papá es contador en una institución de la salud en Gonaives, Haití, y su mamá trabaja como enfermera. Ella, hace casi tres años, es una de las dos facilitadoras del lenguaje en el Hospital San Borja Arriarán, centro de salud público que atiende a cerca de 25 mil usuarios de Santiago, Estación Central, Maipú y Cerrillos, donde un 18% son extranjeros. Incluso el año pasado, sólo en maternidad, el 70% de los partos fueron de migrantes.

Estudiante de administración de empresas turísticas en República Dominicana, Rose recuerda que cuando llegó a ese país no entendía ni una palabra de español. De hecho, no olvida la angustia que le generaba el desconocimiento del lenguaje. Para superarlo tomó un curso básico en la universidad, veía documentales en castellano y escuchaba canciones de Chayanne y Luis Miguel para poder aprender. En Haití, República Dominicana y Santiago, trabajó en hoteles y empresas de viaje y turismo hasta que en 2016, ya radicada en Chile, postuló para ser intérprete del hospital público.

En la puerta que da a la calle Santa Rosa, Rose siempre está rodeada de gente. Ahí recibe a los pacientes –casi 3 mil personas que se atienden en ese centro de salud diariamente-, y les dice a dónde tienen que ir. A los que no hablan castellano, les traduce las recetas, los diagnósticos y les explica las indicaciones de los doctores. Se mueve rápido por los largos pasillos del San Borja con una sonrisa en la cara. A veces usa trenzas largas, otras veces se suelta el pelo rizado. Pero todos los meses cambia de look. Saluda a los funcionarios y camina con alegría. Lleva con ella una agendita a todas partes, como una especie de bitácora, en la que escribe los casos clínicos más importantes, los que más la asombran o la terminología médica que va aprendiendo. “Trabajar aquí es fuerte. Es duro decirle a una familia sobre la muerte de un pariente o anunciarles una enfermedad grave. Una vez murió una señora embarazada con su guagua adentro y yo tuve que decirle a su marido, en creole, lo que pasaba”, cuenta la mujer. “En el hospital ocurren tantas cosas duras al mismo tiempo, que uno no alcanza a derrumbarse. Yo no hablo del trabajo en mi hogar y todos los días son nuevos. Hay que aprender a seguir. Lo que pasa en el hospital, aquí se queda”, dice.

Volver a empezar

Cuando la gente entra al departamento del área social de la Municipalidad de Quilicura, la comuna donde reside el 22,8% de los haitianos con permanencia definitiva en Chile, generalmente los recibe Judith Christian (39). Nacida en Puerto Príncipe, llegó a nuestro país en 2016 junto a su hija, luego de vivir 10 años en República Dominicana con su marido, donde estudiaba para convertirse en administradora de empresas hasta que él murió producto de una anemia. Luego de su muerte, sus dos hermanas –quienes vivían en Chile- le aconsejaron que no se quedara sola. Entonces Judith hizo sus maletas con dirección a Santiago. Sin embargo, el mismo día que llego, un 4 de mayo, una de ellas murió por apendicitis.

Los primeros días de Christian en nuestro país fueron difíciles; sobrellevó el luto por las muertes en su familia, y a pesar de saber castellano, no les entendía nada a los chilenos. Sin embargo, y esperanzada por salir adelante con su hija de 11 años, se puso a trabajar como auxiliar en una empresa de aseo.

En octubre del año pasado llegó a la Municipalidad de la comuna en la que vive por recomendación de una conocida. Dice que un tercio de las personas que atiende son compatriotas suyos que no dominan el lenguaje, y que buscan un registro social para acceder a beneficios por vulnerabilidad o que no saben qué procedimientos seguir para regularizar su estadía en Chile. “Además de los haitianos que no hablan español, acá llegan otros extranjeros y chilenos con buscando una ayuda de la municipalidad. Yo me siento a escucharlos y juntos llenamos las fichas, que es el primer paso para postular a la ayuda municipal. Pero a veces sólo quieren contarte lo que les pasa y que alguien les ponga atención”, dice. En los pocos meses que lleva en su puesto ya es amiga de todos sus compañeros, y cuenta emocionada que hace unos días una vecina chilena que llegó hasta el departamento social le llevó de regalo un kilo de guindas. “En Chile volví a empezar de cero. El año pasado postulé a la residencia definitiva, pero me la negaron. Ahora lo hicimos otra vez porque mis papeles vencen en marzo, y si no se soluciona, nos tendremos que devolver a Haití. Eso me da miedo. Acá hay gente que me necesita y quiero poder seguir ayudándolos”, dice.

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