Las manos que tejen el trigo

Reportajes y Entrevistas

Las manos que tejen el trigo

Por Alejandra Villalobos / Fotografía Nicolás Abalo

Por más de dos siglos en el valle del Itata cientos de mujeres han caminado por sus lomas dando vida a las ‘cuelchas’, un trenzado de paja de trigo con las que posteriormente se hacen las clásicas chupallas de huaso. Un trabajo artesanal que ha servido a las ‘colchanderas’ y sus familias a subsistir, y que hoy buscan diversificar para no perder esta noble tradición.

“Era mocosa chica cuando aprendí, y solo mirando, porque no me daban ni una pajita; yo recogía las que se les caían a mi mamá y tías, y hacía las mías”. Delfina Montecinos tiene 90 años y, aunque la edad no pasa en vano, sus curtidas y trabajadas manos todavía trenzan con una habilidad envidiable las pajas de trigo. Es de las escasas mujeres del valle del Itata, ubicado en la XVI Región de Ñuble, que saben hacer los cerca de 10 puntos de los que se tienen registro y de las pocas también que alcanzaron a coser a mano sombreros, ‘sombreras’ (en femenino, porque eso las distingue del accesorio masculino) y bolsos.

A principios del siglo XIX era principalmente una labor femenina, pero todo cambió con la llegada de una máquina de coser marca Crossman en 1940, importada desde Alemania, para la costura de cueros y jeans. En la década del 50 este adelanto llegó a la comuna de Ninhue, y a partir de ese momento la confección y la comercialización de la chupalla se convirtieron en una labor masculina, y el trenzado de la cuelcha, femenina. “Me casé a los 18 años, tuve 10 hijos, se me murieron dos y enviudé a los 36. Saqué adelante con mis puras manitos a mi familia; nunca conocí la flojera, trabajábamos todos juntos en la loma, desde los más chicos a los más grandes, todos me ayudaban con los animales, y las cuelchas me sirvieron mucho para traer platita a la casa. Y todavía tomo la paja y la trenzo”, cuenta Delfina, sentada en la cocina de su hijo menor y de su nuera, Yanires Escalona, hoy todos nombrados Tesoros Humanos Vivos por el Ministerio de Cultura.

“En 2015 el alcalde de Trehuaco llamó a profesionales de la fundación Servicio País a su comuna porque quería saber qué necesidades teníamos nosotros acá. Cuando llegaron recorrieron toda la zona y visitaron las casas. A cada casa que iban salía alguna mujer colchando, y les llamó tanto la atención que preguntaron qué era eso, para qué servía, cómo la hacíamos. Y lo que la gente les fue contando era la realidad de la zona: que era una tradición muy antigua, que muchas lo hacían desde pequeñas y que para varias era su fuente de ingresos, entonces ahí dijeron ‘bueno, tenemos que hacer algo con esto’. Nos reunieron a todos un día y nos preguntaron qué nos parecía presentar un proyecto con este tema de la cuelcha, y a todos nos pareció bien. Se aprobó el proyecto y a 32 personas nos declararon Tesoro Humano Vivo. Estuvimos en La Moneda colchando, y la verdad es que me sentí muy orgullosa”, cuenta Yanires, quien, al igual que la mayoría de las colchanderas, comenzó a trenzar cerca de los 5 años. “Más o menos a los 7 años comencé a vender mis primeras cuelchas a los chupalleros, y desde ahí no podía fallar porque cualquier cosa que quisiera comprarme lo tenía que hacer con la plata que ganaba vendiéndolas”, dice.

Tradición familiar

A orillas del río Lonquén y rodeadas por las características lomas del valle del Itata, más de 300 mujeres se dedican, entre otras cosas, a colchar. Son tres comunas principales en las que se dividen: Ninhue (47%), Trehuaco (38%) y Quirihue (9%), y el 6% restante entre las comunas de Portezuelo y San Nicolás. Aunque no hay registro histórico de cuándo comenzó esta tradición, al menos se estima en más de dos siglos; muchas mujeres de 90 años recuerdan que ya sus abuelas colchaban, lo que inmediatamente lleva a 1.800. También se especula que fue una tradición adoptada de Europa, ya que la cestería era muy propia de ahí, incluso la chupalla tradicional de huaso es muy similar al sombrero Andaluz, con la diferencia de que este es de paño y no tiene la hendidura arriba. Y es probable que los campesinos hayan tratado de imitar el sombrero de sus patrones, pero con el material propio del lugar: el trigo.

Para las familias del secano del Itata el tejido de la cuelcha es una actividad cotidiana que se desarrolla durante todo el año, pero especialmente en invierno, y el trabajo que hay detrás es enorme.

El proceso se inicia en mayo con la siembra del trigo, que son variedades locales específicas para el trenzado de su paja. Recién la primera quincena de enero comienza la cosecha, de forma manual a tempranas horas de la mañana. Los agricultores cortan con echona atados de trigo que luego llevan a la era (terreno limpio y firme) y ahí la familia comienza un proceso de ‘limpieza’, donde sacan las hojas y malezas. Una vez limpios, los manojos son ordenados a pleno sol para secar las espigas y facilitar así su posterior trillado. A medio día toman los manojos y los golpean enérgicamente sobre un tablón para desgranarlos y dejar así la espiga completamente limpia. Luego estos manojos se agrupan en atados. Durante los meses de enero a mayo, cuando la paja está quebradiza, las familias, muchas veces con la ayuda de vecinos o amigos, realizan el ‘despitonado’, que consiste en la limpieza final de la paja, cortándole el nudo superior a la caña. Finalmente se hace un proceso de selección, separándolas por grosor (generalmente se seleccionan hasta cinco calibres distintos).

Recién ahí la paja está lista para comenzar a ser trenzada por las colchanderas. “Antes de colchar hay que humedecer las pajitas para que estén más blandas. Generalmente mojamos una bolsa y ahí metemos las varillas, de esa manera se mantiene la humedad”, cuenta Paula Caro, quien al igual que el resto de las colchanderas va trenzando mientras ve a sus animales o en los ratos libres. “Tengo 64 años y habré empezado a vender mis primeras cuelchas a los 10. Siempre aporté mis pesitos para la casa, pero ahora el negocio se ha echado a perder un poco. Antes el chupallero pasaba incluso hasta dos veces al día comprándonos cuelchas, por eso fue un cambio brusco cuando dejaron de venir con tanta frecuencia. Y esto es una cadena, porque a ellos también les dejaron de comprar chupallas porque aparecieron productos más baratos, como los sombreros traídos de afuera o los jockeys”, cuenta Paula en la sede de Trehuaco, donde se juntan cerca de dos veces al mes con más colchanderas.

Realidad que Marcela Parra, de 25 años, conoce de cerca. “Toda mi vida ha sido en torno a la artesanía de la paja de trigo. Mi papá es chupallero y mi mamá, colchandera. Él le vendía a uno de los supermercados más grandes del país, entonces desde chica que para mí no había vacaciones en enero y febrero, porque estaba todo el período de preparar la paja y después las cuelchas para que él pudiera, en los meses de invierno, coserlas”, recuerda. Panorama que cambió cerca del año 2000 cuando una gran cadena de supermercados dejó de comprarle las chupallas porque las comenzaron a traer de China, “y frente a esos precios no hubo cómo competir”.

Diversificarse para no morir

La apertura a nuevos proveedores y la globalización por cierto ha traído grandes beneficios, pero también ha puesto en peligro el trabajo de cientos de artesanos. Eso, sumado al poco interés de las nuevas generaciones, es la ecuación perfecta para llevar a un oficio como este al peligro de la extinción.
Yanires, además de Tesoro Humano Vivo, hace clases en un liceo. “Quiero mantener viva esta tradición, pero a mi hija, por ejemplo, no le interesa, y a muchos hijos de colchanderas tampoco, y es porque no lo valoran, son generaciones que no han necesitado la cuelcha para subsistir. Antes la vida era más dura, nosotros mismos teníamos que colchar para juntar nuestros pesitos, pero nuestros hijos no, y es que como nosotros sufrimos eso nos esforzamos más todavía para darles lo mejor y que solo se dediquen a estudiar y que sean más que uno, pero si este oficio comienza a ser valorado creo que sería distinto”, dice.

Paola Silva, ingeniera agrónoma de la Universidad de Chile, junto a un multidisciplinario grupo de profesionales (agrónomos, historiador, antropólogo, diseñadora gráfica e industrial y periodista) comenzaron en noviembre de 2016 un trabajo junto a estas colchanderas justamente para continuar con su legado. “Por el hecho de trabajar en trigo conocíamos la zona, y fue ahí que llegamos primero a los chupalleros y luego a las colchanderas, y a todo el potencial que tenían”, cuenta. “Nuestra idea era desarrollar un negocio que les permitiera que su trabajo fuera sostenible en el tiempo, y que las ayudara a ser otro motor más para el desarrollo del territorio -como los son los chupalleros-, sobre todo que desde noviembre de 2017 el valle del Itata fuera declarado zona turística por el Ministerio de Economía”, agrega. Como toda zona turística necesita tener atractivos, por lo mismo vieron que el trabajo de estos dos artesanos, unidos a su vez por el trigo, puede ser muy atractivo para este mercado. “Para eso ellas necesitan tener una variedad de productos bien hechos, y valorar su trabajo”.

¿Eso significa, en la práctica, que vendan a precios justos?

Exactamente. Muchos artesanos no saben cuánto cobrar. Muchos de ellos no toman en cuenta el tiempo que le dedican a su trabajo, y justamente el fuerte de su artesanía es el tiempo que le dedican. Y es un círculo, porque obviamente ellos salen a pérdida y no logran ganar lo suficiente, y en consecuencia sus hijos también se desestimulan porque ven que ganan muy poco; por eso, justamente, una manera de que la gente quiera continuar con este oficio es valorando su trabajo y cobrando lo justo.

Fue así como se les propuso a las colchanderas hacer productos distintos con las cuelchas, por una parte recuperar lo que hacían antes, como bolsos, y crear cosas nuevas, como individuales, carteras, canastos, pantallas de lámparas y cojines. “Este proceso ha tomado como un año y medio. Hoy están bastante motivadas y con el desafío de crear, pero la idea es que tampoco vayan saltando de un producto a otro, sino que se especifiquen en el que más les guste para perfeccionarse”, cuenta Paola.

La otra parte importante es ayudarlas a organizarse para que puedan responder a futuros pedidos y den a conocer más. “Son personas que vienen de distintas comunas y lugares muy alejados, entonces es importante que se conozcan y compartan el propósito de mantener vivo el oficio y dar a conocer sus productos”, explica Paola. Por lo mismo, el caso de Marcela Parra es notable. Ella es ingeniera comercial, pero a diferencia de la mayoría de los jóvenes de su edad sí valora y ve el potencial del oficio que realizan sus padres, por eso comenzó a trabajar en la zona junto con ellos para ayudarlos a organizarse y a determinar los precios de los productos. “Desde siempre tuve el anhelo de ayudarlos desde otro punto de vista. Yo entiendo que muchos jóvenes, hijos de colchanderas o chupalleros, no valoren el trabajo de sus padres, porque reconozco que ha sido un trabajo para mí porque es algo que hemos visto toda nuestra vida, pero ahora me he dado cuenta de que detrás de una chupalla o un canasto hay una historia familiar”, dice.

Aunque el proyecto de la Universidad de Chile termina en diciembre de este año, la idea es que Marcela continúe sus funciones y que idealmente las colchanderas logren lo que ya consiguieron los chupalleros, que fue crear una cooperativa. De esa manera es más fácil acceder a fondos, explica Paola. El año pasado participaron de la feria de artesanos organizada por la Universidad Católica, que según cuenta Paola fue un punto de inflexión porque “por una parte se sorprendieron con que fueron seleccionadas dentro de varios otros artesanos, y además porque se encontraron con un público que valoraba su trabajo y pagaba sin pedir rebajas”, explica Paola Silva. “Espero que sigamos avanzando y que se nos abran más puertas para vender nuestros productos, y venderlos bien”, concluye Yanires.

Globalizados

Crear una página web fue uno de los aportes que contempló el programa de la Universidad de Chile, a cargo de la ingeniera agrónoma Paola Silva, para ayudar a los artesanos del trigo a dar a conocer sus productos. “Se creó pensando en que había una cadena de producción importante en esta zona: primero está el agricultor, que muchas veces es el gran olvidado; luego están las colchanderas con toda su labor manual, en la que trabajan por meses, y finalmente el chupallero, que es quizás el eslabón más conocido por ser un producto más reconocible y emblemático en nuestro país”, dice. Actualmente están a la venta las chupallas y están trabajando para subir prontamente los productos hechos por las colchanderas. “La página está traducida al inglés también, lo que permite expandir el producto y que los turistas que les interesa este tipo de artesanía los puedan ver desde cualquier parte del mundo”, concluye.
www.chupallasycuelchas.cl

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