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16 noviembre, 2017
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Las memorias de Adriana

Mujer vanguardista del Chile de los 70, la siquiatra Adriana Schnake introdujo en el país la terapia gestáltica, usó LSD en pacientes y estuvo 10 años en pareja, sin firmar ningún papel, antes de que eso estuviera normalizado. A los 90 años, aprende a vivir con la ceguera, habla de envejecer, del amor, y de perder a un hijo enfermo, aunque lo suyo siempre ha sido sanar. .

Por Rita Cox / Fotografía: Rodrigo Chodil


Paula 1239. Sábado 18 de noviembre de 2017. Edición aniversario 50 años.

Su belleza impresiona al verla sentada sola en el living. Una mujer de 90 años, de pelo canoso recogido en una cola baja y aros de perla. De blusa negra cerrada hasta el cuello y mangas anchas abotonadas en los puños, está cubierta por una manta color crudo y protegida tras unos enormes anteojos de sol. Su cara es delicada. Las manos, un mundo aparte, suaves, cuidadas, de una piel tan fina como la tela de una cebolla. Se mueven armónicas cuando habla o saca un ovillo de lana de la bolsa que tiene sobre las piernas. Sus manos ahuyentan todos los miedos que infunde la cosmética: esas manchas son como los anillos de crecimiento de los árboles. Ahí está la belleza de los años.

Es el cuerpo que envuelve a Adriana Schnake, mente inquieta, formada en la Facultad de Medicina de la Chile, donde fue profesora titular de Siquiatría hasta el golpe del 73. Exploró caminos alternativos al sicoanálisis, impulsada por la curiosidad intelectual y la búsqueda de nuevos caminos de autoconocimiento. Nana, como le dicen familiares, amigos y pacientes, pasó por el existencialismo y, en sintonía con lo que estaban haciendo algunos terapeutas en Suiza, y su amigo Claudio Naranjo en Chile, experimentó con LSD y yagé, entre otros sicotrópicos, primero en sesiones con ella misma como objeto de estudio y luego en cuadros siquiátricos. Ese fue el material que presentó para su ingreso en la Sociedad de Psiquiatría y Neurocirugía de la universidad, donde siguió trabajando con sustancias hasta que, por debilidades en el protocolo que ponían en riesgo a los pacientes, prefirió terminar con el proyecto. En eso estaba cuando se encontró con la obra del siquiatra alemán Fritz Perls, fundador de la terapia de la Gestalt, que, para decirlo en fácil, se centra en lo que está sucediendo y sintiendo en el momento presente el paciente, más que en el pasado.

Separada de su primer marido y padre de sus hijos, el doctor Eugenio Varas, Adriana –hermana del fallecido senador socialista Erich Schnake– se emparejó con el también siquiatra Francisco Huneeus, con quien trabajó en el desarrollo de la Gestalt en Chile, Argentina y varios otros países de Latinoamérica, y fundó la editorial Cuatro Vientos. Pero, además, y fuera de todo cálculo, durante los 10 años que estuvieron juntos se establecieron como una suerte de faro en la izquierda progresista, por su forma de vivir el amor. “En el matrimonio convencional se parte de la base de que tiene que ser para toda la vida, y una parte al revés. Una sabe que podría no durar y que si dura es una maravilla”, decía ella en una entrevista en conjunto en una edición de Paula de 1975, cuando en Chile la Ley de Divorcio y el Acuerdo de Unión Civil eran impensados.

Lejos de esos tiempos, una fecha se precipita sobre Nana: el 24 de diciembre se cumple un año desde que “vino el silencio total”, imagen que elige para describir la ceguera que la afecta desde que, como cualquier tarde en su casa en Chiloé, se acostó a dormir una siesta y, al despertar, nunca más pudo ver. “Abrí los ojos y todo era negro, oscuridad. Me puse a gritar desesperada hasta que me oyó mi nieto Ismael, quien estaba en la casa de al lado. ‘Ismael, estoy ciega’, le dije. Me llevó afuera, hacia la luz, pero igual veía todo negro”, recuerda instalada en la casa de su hija Marina Varas, en Santiago, donde vive desde ese episodio fulminante que, producto de un glaucoma, le quitó tres de los hábitos con los que se había construido: leer, estudiar, escribir. Hasta ese episodio seguía atendiendo pacientes y recibiendo grupos de profesionales en su Centro de Terapia y Desarrollo Anchimalén.

¿Por qué elige la palabra silencio para hablar de la ceguera?
Es la palabra que se me viene a la cabeza. Podría decir que “como ya no puedo ver, para qué existo”. Algo significará todo esto. Sí hay cosas que lamento. Pienso en las ganas que tengo de poder ver las flores, los colores. Pero lo peor es la dependencia. Necesito todo el tiempo a otro, para que me lea, por ejemplo. Afortunadamente siempre me gustó tejer y, desde que quedé ciega, tejo mucho. Es terapéutico. A los hombres de mis grupos de terapia yo los hacía tejer y siempre dije que si una mujer estaba mejor que un hombre a cierta edad, era por el tejido.

¿Cómo ha sido el proceso de envejecer?, palabra tan dura para las mujeres.
Hace tanto tiempo que me dediqué a ver qué es lo que les pasa a los demás, que es como que nunca me hubiera visto mucho. Nunca fui de mirarme mucho al espejo, entonces no me he dado cuenta de cómo me puse vieja. La Marinita de repente me dice: “Ponte más derechita, da pasos más largos”, porque o si no, no me doy ni cuenta. Eso es curioso, porque ahora que estoy con esto que no veo, me siento con demasiada buena salud. Mi memoria funciona perfecta. Este silencio me permite recordar. Y en el cuerpo, no me duele nada. Cuando nació mi hijo Patricio tuve una hernia en la columna. Cada tanto tenía dolores que me imposibilitaban moverme y haciendo ejercicios se me quitaban. Ahora no tengo nada y ni de broma me duele. A mí me ha interesado el enfoque holístico de las enfermedades, la fisiología y la anatomía. He tenido una relación de paciencia con mi cuerpo, de no asustarse demás. Si con la hernia no quedé paralítica, fue porque el cuerpo podía seguir funcionando, con mucho amor. Por eso también es muy contradictorio haberme quedado ciega de repente, sin un dolor de cabeza que me alertara.

¿Cómo la pillan los 90 años en lo emocional?
Siento que tengo más tiempo, más espacio, me siento más libre. Más libre de lo que nunca antes me sentí. No me siento obligada a nada y pienso en lo que podrían hacer los demás. Es como que no fuera tan terrible esto de no ver, todo lo contrario, porque estoy mirándome hacia dentro y lo de afuera no me distrae. También está vivir rodeada del cariño de mi hija y su familia que me cuidan.

Hace 40 años se separó de Francisco Huneeus. ¿Volvió a enamorarse?
No. Después de Pancho nunca me interesó otro hombre y, en ese sentido, ha sido bien liberador, tranquilizador. Somos amigos hasta hoy. Es decir, yo siento afecto por Pancho, nos comunicamos bien. Y sueño con él. Es la única persona con quien tengo sueños.

¿Sueños amorosos?
Claro, sueños sentimentales bien profundos, de cosas que descubrimos los dos.

¿Por qué ha sido liberador y tranquilizador?
Porque nos dio libertad a ambos y eso, por ejemplo, le permitió a Pancho volver a tener pareja y a su hijo menor, Sebastián.

En revista Paula fueron entrevistados con el título Matrimonio Abierto.
Sí, ese fue el título que eligieron, pero no era nada abierto en ese tiempo. Lola Hoffmann decía que había que propiciar los amores múltiples para propiciar la llamita por todos lados, pero nunca sentí que eso fuera posible, porque nunca se me dio poder sentir algo por alguien que no fuera Pancho en los 10 años que estuvimos juntos. Cuando nos entrevistaron, Pancho no tenía una relación fuera de la nuestra. Puede que le hayan gustado otras mujeres y lo perseguían harto.

Adriana tenía 50 y Pancho 44 cuando se separaron. No tuvieron hijos en común. Él se enamoró de otra mujer. Fue cuando Schnake dejó la casa de Lo Barnechea que compartían, y donde también tenían la consulta, y partió a Chiloé a “llorar y llorar”. “Estuve deprimida y triste. Era como que si se hubiera muerto la mitad de mí”, dice. Cuando terminó de derramar todas las lágrimas, armó su casa y su centro en Bahía de Manoa, al noreste de la isla de Chiloé, este último ahora en manos de su hija María José Varas.

¿Por qué no se casaron?
Pancho me decía que nos casáramos, pero yo le decía: “Cuando nazca el Panchito nos casamos, no lo necesitamos”. Yo no quería, ¿te fijas? Mira qué brutalidad, porque siempre pensé que Pancho me veía como que yo tuviera menos años. Él me veía de su edad. Y si nos casábamos, yo iba a tener que mostrar el carnet de identidad.

¿No se casó para no revelar su edad? ¿Por vanidad?
Totalmente. Él siempre me veía más joven y me gustaba que fuese así.

¿Le hizo falta ese vínculo?
No, porque la verdad es que Pancho siempre se refería a mí como “mi mujer” o “mi esposa”. Hasta nos peleábamos por eso, porque a mí me molestaba.

¿Qué valor le da hoy al amor de pareja?
El que exista la posibilidad de que te encuentres con otro y puedas amar, te endulza la vida, te la hace más grata, más verdadera. Pienso que amar es sin posesividad. Lo lindo del amor es en la medida en que te entregas sin cuestionamiento, no miras al otro como un objeto, le ves lo positivo y lo negativo, y lo aceptas así. Creo que para persistir en el amor, uno tiene que conectarse con lo que uno siente, no con lo que el otro sienta en respuesta a eso.

¿Ir hacia el otro tanto como hacia uno?
Claro. Ser lo que uno es. Cuando uno siente algo, lo siente de verdad, con todo el cuerpo. Y darse cuenta de que cuando uno se enoja, se distancia y se enrabia con el otro, también es con el cuerpo de uno. El otro te puede decir una cosa inadecuada, pero por último si no tiene que ver contigo, puedes no tomarlo en cuenta. Y hay cosas demás, como los celos. Si uno piensa que cuando el otro está con otra persona la está comparando con uno, uno puede sentir mucha rabia o dolor, y la verdad es que hay que tomar en cuenta que la otra persona tiene varias facetas y está en otro momento donde no estás presente, ¿te fijas?

Hay que saber soltar, dice usted.
Sí, pero también es importante el contacto. Cómo es el contacto. Pancho ha sido el único hombre con el que he estado en un 100%. Me daba cuenta de cuando estaba y cuando, no. Y cuando no estaba, yo no estaba pensando en que me estaba odiando o que no me estaba queriendo. No estaba pensando en negativo. Con Pancho coincidíamos y podíamos tener orgasmos de felicidad frente a ciertas cosas. Una de ellas es que yo escribía poesía y él, que tocaba música, les ponía música a esos poemas. Las poesías mías eran bien profundas de lo que me pasaba y coincidían con una cosa sin palabras de él, que estaba en esa misma profundidad.

El sexo, ¿es fundamental en una relación o está sobredimensionado? Hoy se habla harto de parejas sin sexo.
No te creo. ¿Eso es muy frecuente? Me parece rarísimo. Si el sexo no forma parte de lo natural, de la atracción, la relación está trunca. Con Pancho se dio esta relación tan completa entre los dos que, siendo profundamente vergonzosos, tímidos, como niños chicos, nos permitíamos juegos como decir “qué te crees tú, yo te voy a violar” o, en Chiloé, antes de llegar a la casa parábamos el auto por ahí para tener sexo. El sexo es parte de lo que significa coincidir.

Ser terapeuta, ¿la ha ayudado a enfrentar sus dolores?
Trabajar para que las personas puedan enfrentar lo que les ha tocado, con la Gestalt y su “aquí y ahora”, me ha permitido soportar muy bien las cosas. Lo peor ha sido la muerte de mi hijo mayor, Luis Eugenio. Murió de cáncer. Iba todas las mañanas a verlo a la clínica, entraba el oncólogo haciendo bromas, y yo no sé cómo podía mantener la cara de palo. No podía decidir nada ni me preguntaban. Que muriera fue un descanso porque su enfermedad fue un suplicio atroz.

¿Fue difícil ese rol silencioso?
Llega mucha gente con cáncer a Chiloé, para aprender sobre lo que puede significar y que tiene que ver con la personalidad. Yo amaba a mi hijo, pero él tenía una personalidad muy fuerte y dominante. En Chiloé la gente era muy agradecida y ahí sí pude ser útil.

Ha vivido intensamente, ¿se hubiese saltado algo?
Solo la enfermedad y muerte de mi hijo.

Lee su primera entrevista en Paula, acá.

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