Las monjas pro mujeres

Reportajes y Entrevistas

Las monjas pro mujeres

Por Tania Tamayo / Fotografías: Rodrigo Chodil / Producción: Álvaro Renner.

Están en las poblaciones, dentro de los hospitales, en medio de las cárceles. Son religiosas que hablan de género y acompañan a mujeres que han sido abusadas, violentadas y encarceladas. Con distintas acciones pastorales y apelando a un movimiento apostólico más abierto, día a día trabajan empoderando a mujeres para que se levanten y salgan adelante.

Paula 1192. Sábado 30 de enero de 2016.

Es martes en la tarde y la hermana Guillermina Luza (57), profesora de Religión y Filosofía, camina hacia la parroquia de la comunidad San Matías de Puente Alto. Ella vive cerca, en Bajos de Mena y no es la primera religiosa, menos la primera de su congregación, que ha dormido en casas de inserción dentro de poblaciones periféricas de Santiago. Otras antes lo hicieron en La Bandera, La Victoria, Lo Espejo o La Legua con los “más pobres dentro de los pobres”, como una forma de hacer iglesia basada en la educación y en la inclusión popular.

La reunión de la hermana Guillermina con once mujeres pobladoras comienza con ejercicios físicos que permitan mover las articulaciones. Al encuentro asisten madres, abuelas y mujeres jóvenes, varias con un nudo en la garganta, ansiosas de comenzar las dinámicas para contar sus problemas. Luego de eso, y en orden, las demás les dirán “tú puedes” o “levántate” y ellas terminarán con la frase “soy valiosa”, en medio de apretones de mano y sonrisas.

Sirve moverse antes de los relatos, los ejercicios les activan las extremidades, las energizan y les quitan “el anquilosamiento corporal y espiritual”, afirma Guillermina. Así no se pondrán a llorar apenas comiencen a contar sus propias historias de golpes o abusos de todo tipo.

Este grupo tiene cinco años de vida y fue bautizado como Talita Kum, palabras con las que Jesucristo, según el Nuevo Testamento, resucitó a Thamar, una niña de 12 años que había muerto horas antes en Cafarnaún. La frase significa “Niña, levántate” y así, con ayuda de la hermana Guillermina, se han ido poniendo de pie las pobladoras que no saben leer, las que dejaron de estudiar en enseñanza básica porque debían cuidar a sus hermanos, las que debieron salir a trabajar de adolescentes o han vivido para criar a sus hijos y atender a esos maridos que en otras ocasiones las han insultado o mermado en sus autoestimas.

“¿En qué vas a trabajar si no sirves para nada?”, cuenta Guillermina, es lo menos que les han dicho. “Por eso me volqué a las mujeres como sujetos de apoyo. Hay muchas instituciones focalizadas en la autogestión de la mujer, como el Prodemu o las municipalidades, pero ninguna preocupada del corazón, de los afectos, de la espiritualidad”.

Después del ejercicio, se sientan en círculo. La idea del círculo fue de Guillermina cuando comenzó a estudiar Teoría de Género, “así todas somos iguales, y eso nos da autonomía y espíritu comunitario”, dice tocando su falda recta, larga y oscura con sus dedos color mate.

La piel de la hermana Guillermina tiene el color de la gente del norte, porque nació y creció en Calama y luego estudió en Arica donde se integró a la pastoral juvenil. El lugar funcionó como espacio para reuniones de contenidos religiosos y políticos, donde comenzó a desarrollar también educación popular. “Era dictadura y conocí a esa Iglesia que estaba con el pueblo, con los desvalidos, que se da dentro de un concepto de gratuidad, no del beneficio. No de arriba hacia abajo”.

Y luego se integró a la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús desempeñándose en colonias urbanas donde todos los años se enfrenta con la pobreza más cruda. Llegan niños y niñas abandonados, drogadictos y curtidos, que han perdido la infancia a punta de experiencias impropias para su edad. Entonces y ante la opción de devolverlos a sus casas los han asumido como hijos propios con la esperanza de cambiar su destino con la fe.

“En nuestra Iglesia nosotras también necesitamos voz. El sacerdote, el vicario y el obispo nos ven como hormiguitas trabajadoras y lo somos. Pero somos mucho más que eso. Tenemos voz”, dice La religiosa Guillermina Luza.

Pero en Talita Kum las mujeres no solo se confiesan, también analizan dinámicas culturales machistas como la diferencia de su propio trato maternal hacia las hijas y los hijos. “Mientras los niños ven televisión –argumenta la religiosa– la mamá manda a la niña a comprar pan o a lavar la loza. Es importante que las mujeres reconozcan su propio comportamiento”. Y en ese camino se ha dedicado a pensar los documentos eclesiásticos y a corregir mentalmente cuando ha leído algo que le suena a discriminación con un lenguaje excluyente: “La salvación vendrá a los hombres”, decía una carta papal. Y no debiera decir “los hombres”, sino “las personas”, se repite a sí misma.

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La hermana Guillermina Luza empodera a un grupo de mujeres de Puente Alto. “Tú puedes”; “Eres valiosa”, les repite.

Luego de la dinámica, las mujeres harán una sesión de biodanza que les permita sentirse liberadas y vivir el gozo de ser mujeres. Han cambiado en estos años. Gracias a las sesiones, muchas de ellas tomaron otra actitud de menos dependencia con sus maridos. Buscaron trabajo, aprendieron manualidades, postularon a fondos o salieron a vender a la feria. “Se empoderaron, a pesar de lo limitante que es la pobreza”.

A la religiosa no le gusta que le digan monjita, le gusta que la llamen por su nombre, o hermana Guillermina, y dar la mano cuando alguna mujer se sienta insatisfecha. “Porque las manos, dice, son un elemento de sanación”. Con ellas ha hecho masajes y reiki, y tiene el deseo de llevarles tranquilidad a las muchachas de la calle que aparecen entremedio de los pasajes de la población Pedro Lira con los ojos enrojecidos, insultándose entre ellas, gritándose garabatos de una esquina a otra. Cree que es rabia que se vuelve violencia.
“Hay tanta molestia acumulada. Es como las chiquillas que han abortado. Uno se pregunta ¿y dónde está el padre de esa guagua? Por eso yo no juzgo. Falta que las mujeres se desahoguen. Que sean escuchadas. Hay demasiadas heridas. Y en nuestra Iglesia nosotras también necesitamos voz. El sacerdote, el vicario y el obispo nos ven como hormiguitas trabajadoras y lo somos. Pero somos mucho más que eso. Tenemos voz”.

LA HERMANA DE LA INCLUSIÓN
En los últimos años la vida de la hermana María Eugenia Valdés (48) ha sido atareada. La religiosa ha viajado todas las semanas de Viña a Santiago y viceversa, dando charlas, apareciendo en programas de televisión opinando sobre cómo restituir confianzas dentro de la Iglesia Católica; acompañando a grupos juveniles, coordinando la pastoral del colegio Sagrado Corazón Monjas Inglesas. Moviéndose en micros, liebres, buses del Transantiago y Metro.

Nunca quiso ser una monja contemplativa. Más bien apostólica, callejera, con los pies en la tierra. Quería estar ahí, donde otros hacen conexiones hechizas de luz, cañerías artesanales para obtener agua, construcción de mediaguas. Su vocación la llevó también a pasar un año en Chad, África Central, llevando el evangelio a comunidades aborígenes y conectándose con la sencillez del pueblo: “Nosotras creemos en la participación laical, en el trabajo serio, comprometido, valiente en la línea de la justicia, de la paz y la integridad de la creación. En la promoción de la mujer”, asegura, recalcando que el trabajo con las mujeres en sociedades como esta es ineludible para la Iglesia.

Por eso llegó a vivir en cerros de Reñaca Alto, a una casa que comparte con novicias chilenas, brasileñas y peruanas: a estas últimas les tocó acompañar hace unos meses a una menor abandonada por una madre alcohólica que se prostituía dentro del hogar. “Chile tiene una parte dolorosa, donde hay abandono, soledad y pobreza. En el Cerro La Cruz conozco a una mujer que tiene una hernia y solo consiguió hora para ser operada en dos años más. El Cerro La Cruz tiene camino de tierra y la señora apenas camina. Eso indigna”.

En medio de esa realidad se evangeliza, pero la hermana María Eugenia, o “hermana Quena”, de profesión trabajadora social, tiene otra misión que ha llamado la atención marcando un antes y un después en la Iglesia: la Pastoral de la Diversidad Sexual. Lugar donde, junto a dos sacerdotes, reciben y acogen a católicos gays, católicas lesbianas y bisexuales, dentro de la doctrina eclesial. Labor que le otorgó en el año 2014 el premio Mujer Impacta dedicado a destacar experiencias relevantes de mujeres chilenas con la sociedad, a quienes cataloga como “Arquitectas del Cambio”.

“Nunca quisimos que esta pastoral se alejara de la doctrina y los valores de la Iglesia, por eso la rama que se creó para acompañar a las familias pidió una reunión al obispo y se entrevistó con el secretario de la Oficina Episcopal. Era importante informarles lo que se estaba haciendo”.

No es primera vez que su vocación le ha servido para apoyar a mujeres en el reconocimiento de su sexualidad. Cuando era coordinadora de la pastoral de las Monjas Inglesas le tocó acompañar el proceso de una alumna que salió del clóset en un contexto social muy distinto y más conservador. En ese espacio la religiosa debió actuar como un puente entre la alumna y la familia, fomentando un proceso de aceptación. En estos años, establece, ha conocido a lesbianas “maravillosas, dispuestas a asumir su orientación con honestidad”.

Una de ellas llegó a la Pastoral pidiendo ayuda, luego de que otra orden religiosa (que no quiere nombrar) la impulsara, casi como una obligación, a seguir una terapia reparativa. “En esas terapias –enfatiza– les hacen sentir como que la homosexualidad fuera una enfermedad. A que se ‘mejoren’. Esa mujer llegó destrozada, y eso es justamente lo que no queremos hacer”.

La Iglesia, piensa, debe ser una casa que acoja a quien lo necesite, donde hombres y mujeres, además, trabajen en conjunto sin diferencia de género: “Las que están insertas, las que están en la cotidianidad de la gente somos las monjas. Siguen existiendo sacerdotes que hacen Iglesia solo desde sus escritorios y la misa dominical. Las mujeres tenemos mucho que aportar, tomar decisiones”. En los años 80, cuando aún era una estudiante de las Ursulinas, conoció la Teología de la Liberación y participó en el movimiento Sebastián Acevedo.

“Ahí conocí el carácter revolucionario de la Virgen María. Ella le cantó a la liberación de su pueblo, a los pobres. No era sumisa. La figura de María es radical, potente. Hay muchas mujeres díscolas en la Biblia: Rut, Judit, Sarah. Y muchas monjas así. Me ha tocado trabajar con un sacerdote que incluso me dice ‘predica tú’, pero hay otros que le tienen miedo al cambio, que viven en cierto ocultismo, que le echan agua al evangelio. La Iglesia debe valorar a la mujer, la diferencia. No soy feminista, pero lo que es justo es justo”.

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María Eugenia Valdés asegura que la Virgen María tiene un carácter revolucionario. “Ella le cantó a la liberación de su pueblo. No era sumisa. La figura de María es potente. Hay muchas mujeres díscolas en la Biblia: Rut, Judit, Sarah. Y muchas monjas así también”.

IR POR LA OVEJA PERDIDA
Nelly León (57), la capellana de la Cárcel de Mujeres de San Joaquín, nació en Colchagua en el seno de una familia campesina y creyente, pero estudiando la carrera de Secretariado en la Escuela Consolidada de Santa Cruz, realizó un paseo escolar a la cárcel de la localidad y sintió un impacto tremendo. Cuenta que vio a los reos en las dinámicas propias de prisión y pensó en ser gendarme y no secretaria, así podría ayudar en terreno.

Dos años después se vino a Santiago y la idea de ser gendarme la sustituyó por un interés férreo de la palabra de Dios. Estudió Catequismo Educacional e hizo su práctica en un colegio de Pudahuel donde presenció una escena que le cambió la vida. Uno de los hombres que habían ingresado a limpiar las dependencias del colegio abusó sexualmente de una niña de cuarto básico y Nelly los encontró: “Tenía un pololo. Pero cuando vi esa escena pensé que si me casaba y formaba una familia, no iba a poder ayudar a las mujeres, a los pobres”.
Visitó tres congregaciones, pero fue la del Buen Pastor, la orden que reflejó con mayor fuerza su interés vocacional.

Dejó al pololo que tenía y todas sus pertenencias, aunque la decisión no le gustara a su familia. Y comenzó distintas misiones con niñas en hogares y mujeres víctimas de la violencia, mientras terminaba su carrera de Pedagogía. Con el tiempo su provincial la envió a la casa de acogida de la Cárcel de Valparaíso, y finalmente –en el año 2005– a la Cárcel de Mujeres de San Joaquín. Al llegar creó junto al padre Alfonso Baeza, una casa de acogida en la calle Canadá de la misma comuna, y dentro de la cárcel se hizo cargo de un patio entero al que denominó Nelson Mandela, donde las reclusas instalaron sillas nuevas, arreglaron los baños, compraron mesas para darle dignidad al lugar donde viven.

Con los años la religiosa se convirtió en capellana: “Es una gran responsabilidad, pero es bueno conocer a estas mujeres. El mayor dolor de las presas es la maternidad. Algunas están condenadas a 10 años, 18 años. Y esos hijos crecen sin sus madres. La justicia debiera considerar el factor de la maternidad”.

A su cargo hay un espacio grande y lleno de rosas, que contempla la capilla, un salón comedor, la oficina de su secretario y su propia oficina. Todo muy limpio gracias a las seis internas que trabajan con ella y con quienes la capellana toma desayuno y almuerza “rancho mejorado”, la comida de las internas.

El resto del día participa de los consejos técnicos para evaluar los beneficios de las presas o recibe peticiones para conversar de mujeres que hacen fila fuera de la oficina; coordina además la Pastoral Católica encargada de organizar los días de la madre, las navidades, los días del niño. Y acompaña sicológica y espiritualmente a las mujeres derivadas del área social de Gendarmería. “Acá llegan las señoras que han traficado, las chiquillas que se meten en problemas por la droga, la mujer que mató a su marido después de años de violencia. Y nadie se pregunta qué hay detrás de esas mujeres. En Chile encarcelamos a la pobreza”.

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“Acá llegan señoras que han traficado o la mujer que mató a su marido después de años de violencia. Nadie pregunta qué hay detrás de esas mujeres. En Chile encarcelamos a la pobreza”, dice Nelly León, capellana de la cárcel de mujeres de San Joaquín.

Hay aspectos de su labor que la alegran: el desarrollo exitoso de su Fundación Mujer Levántate, que pretende contribuir a la reinserción social de las mujeres privadas de libertad con apoyo especializado durante la última etapa de reclusión; y su Casa de Acogida para reclusas inmigrantes o en situación de calle. También la enorgullece haber participado de mesas de género con el Ministerio de Justicia (junto a la ex ministra Patricia Pérez y al coronel de Gendarmería Cristián Alveal) que tuvieron la intención de adecuar las condenas y los recintos penitenciarios para las mujeres. En marzo participará en otra mesa que se constituirá con actores sociales, encabezada por la Capellanía Católica y la Fundación Mujer Levántate.

“Cuando llegué acá había un sacerdote de capellán, pero yo me posicioné en el cargo. Pensé ‘acá traigo la buena noticia y como mujer las puedo comprender mejor.’ Es cosa de mirar lo que está pasando la Iglesia con el tema de los abusos. Este es, sin duda, el tiempo de la mujer y eso me apasiona”.

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En la foto la hermana María Eugenia Valdés, del Sagrado Corazón de Jesús, compartiendo con dos pobladoras de Reñaca Alto. Actividad que se enmarca en la misión de educación popular y pastoral social dentro de tomas y poblaciones.

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