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20 abril, 2017
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Las Mujeres del Beagle

Cada dos meses un buque de la Armada lleva provisiones a las 11 familias que habitan en las nueve capitanías de mar del Canal Beagle y las dos del cabo de Hornos. El periodista Patricio De La Paz se subió a ese buque en agosto pasado y conoció a las mujeres de los marinos que vivieron hasta noviembre allí. El rol de ellas es esencial: administran la casa, educan a los hijos, acompañan a sus maridos durante el año que hacen patria en las islas del fin del mundo.

Texto y fotos: Patricio de la Paz


Paula 1224. Sábado 22 de abril de 2017. Especial Madres.

Mabel Gavilán (32) es la mujer que tiene todo el control en la única casa de la isla Wollaston, apenas a dos horas y media de navegación del Cabo de Hornos.

Son las siete de la mañana, de un miércoles de agosto, y ella no para. Saca los panes calientes del horno, los rellena con carne picada, mayonesa y porotos verdes, hierve agua para el café, troza el pie de limón. Les sonríe amable a las visitas que vienen bajándose del buque Isaza. Responde preguntas. Solo con la mirada le da indicaciones a su marido. No le quita un ojo de encima a Amelia, su hija de 5 años.

En esta casa blanca, revestida con material resistente al frío y al viento, esta mujer se mueve como pez en el agua.

Y eso que Mabel Gavilán no debería estar aquí.

Su llegada a la isla Wollaston fue por una emergencia.

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Si uno mira el mapa, casi al final de Chile, más allá de Tierra del Fuego, está el canal Beagle. El mismo que, por asuntos de soberanía, casi desató una guerra entre Chile y Argentina y que hoy ambos países comparten sin sobresaltos.

Pero como es una zona estratégica y con movimiento marítimo –desde buques y veleros hasta lanchas de pescadores–, hay que marcar presencia y ordenar el tráfico por las aguas. Y para eso, hay que tener gente viviendo in situ. Familias que se instalen, solitarias, donde se termina América.

La Armada se encarga de eso a través de nueve alcaldías de mar que ha instalado en el canal Beagle; y otras dos que funcionan más al sur, en la zona del Cabo de Hornos. Cada año manda a estos lugares a un marino y su familia. Ellos postulan voluntariamente, y la Armada los selecciona tras rigurosos exámenes físicos y sicológicos. Porque aquí, lejos, nadie se puede enfermar ni tener un desorden emocional.

En zonas de tan difícil acceso, donde prácticamente toda la comunicación es por mar, con un clima que hace incierto cualquier desembarco, donde todo es extremo, hay que aminorar los riesgos.

Por eso, todos llegan sin apéndice: se lo sacan antes de venir.

Por eso, ninguna de las mujeres puede quedar embarazada en los 12 meses que están en el fin del mundo. Reciben preparación en anticonceptivos antes de partir.

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Fue justamente un embarazo la emergencia que tiene a Mabel Gavilán en Wollaston. No un embarazo suyo, claro. Sino de la esposa del alcalde de mar que estaba en esta isla, y que significó que toda esa familia debió salir de aquí y regresar a Punta Arenas. La Armada tuvo que improvisar entonces un plan B: el marino Esteban Huerta, su mujer Mabel Gavilán y su hija Amelia tomarían el relevo. En un mes, contra el tiempo, los elegidos debieron desarmar su casa en Puerto Williams y venirse a la isla. No era un lugar desconocido para ellos: ya habían estado destinados en Wollaston en 2009.

Por esta ventana de su cocina, en Corrientes, Karen Oro dice que ve pasar ballenas. En la foto, el buque Isaza, que cada dos meses abastece a las familias con provisiones.

Por esta ventana de su cocina, en Corrientes, Karen Oro dice que ve pasar ballenas. En la foto, el buque Isaza, que cada dos meses abastece a las familias con provisiones.

–Es perfecto para estar en familia, pasamos el día juntos. Mi marido antes pasaba embarcado, y ahora está siempre con la niña– dice Mabel. Y esa misma razón afectiva –el reencuentro de familias que compartían poco, con padres que gastaban mucho tiempo en un buque– la repetirán todas las mujeres de estas alcaldías de mar para justificar esta vida de espaldas al mundo.

Mabel Gavilán dice que aquí los panoramas familiares son simples. Cambiar las tablas de la pasarela que va de la orilla del mar hasta la casa. Recolectar frutillas silvestres. Hacer juntos empanadas fritas de lapas que sacan de las rocas de la playa con un destornillador.

En zonas de tan difícil acceso, donde el clima es tan extremo, hay que aminorar los riesgos. Por eso, todos llegan sin apéndice: se lo sacan antes de venir. Y ninguna de las mujeres puede quedar embarazada en los 12 meses que están en el fin del mundo.

Esta mañana llegamos a Wollaston, en el archipiélago de islas que forman el Parque Nacional Cabo de Hornos, a bordo del Isaza. Uno de los buques que cada dos meses hacen el reaprovisionamiento de víveres y materiales para estas familias aisladas. Mabel Gavilán recibe y revisa, lista en mano, que venga todo lo que pidió. Las cantidades parecen exageradas hasta que uno recuerda que aquí no hay ningún tipo de comercio y las provisiones que trae el buque son las que una familia necesita para los próximos 60 días: 20 kilos de cebolla, 29 kilos de posta rosada, 14 kilos de pechuga de pavo, 10 litros de aceite, 180 huevos y así.

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Cuando el Isaza se va, a Mabel Gavilán aún le queda trabajo. Tardará dos días en ordenar la mercadería. Deberá trozar la carne y congelarla en pedazos más pequeños. Y picar la cebolla y la zanahoria, para guardarla en uno de los cuatro refrigeradores. No queda otra. El supermercado más cercano está a 115 kilómetros, en Puerto Williams, y solo se llega por mar.

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A la isla Lennox entramos a las cuatro de la madrugada.

Pese a la hora, Juani Becerra (33) está con la mesa puesta. Como todas las familias destinadas a esta zona remota, recibe con manjares a quienes le traen los insumos para prepararlos. Hay calzones rotos y pan amasado con pasta de pollo.

Lleva nueve meses en esta isla junto a su marido, Luis Muñoz, y sus hijas Martina y Julieta. Dice que la decisión de venirse por 12 meses a Lennox fue por una razón económica. En una alcaldía de mar de esta zona, un marino aumenta en 115% su sueldo base y no tiene ningún gasto por un año.

–Esto nos ayudará para asegurar educación y salud a las niñas– dice Juani Becerra.

La experiencia ha sido buena, aunque hay dos cosas que la complican. Ambas referidas a Martina, su hija mayor, de 8 años. Primero, que sufre una dermatitis rebelde, que se ha complicado con la humedad de esta zona. Lo otro, son las clases.

Las madres de estas alcaldías de mar deben transformarse en profesoras de sus hijos. Los preparan puertas adentro para que a fin de año, ya de regreso, den exámenes libres y no pierdan el año académico. Y lo hacen sin más preparación previa que el entusiasmo maternal. Juani Becerra le enseña a Martina las materias de segundo básico. Para ello cuenta con la ayuda de una maestra que desde Puerto Williams, por mail, le manda algunas guías de estudio. Juani teme que su hija quede atrasada.

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A mediodía el buque Isaza llega a Nueva. Como es una isla muy abierta al mar, los desembarcos aquí son movidos, con olas que llegan hasta la orilla. Ni siquiera hay muelle. Pero la violencia del arribo se compensa con la calidez que se vive en la casa que habita Katherine Fernández (29), su marido y dos hijas.

Dice ella que este año significa la posibilidad de estar juntos. Su marido, Sergio Riffo, es artillero y se pasaba los días en altamar mientras vivían en Punta Arenas.

Cada dos meses el buque pasa con víveres y materiales para las familias. Mabel Gavilán recibe y revisa, lista en mano, que venga todo lo que pidió: 20 kilos de cebolla, 29 kilos de posta rosada, 14 kilos de pechuga de pavo, 10 litros de aceite,180 huevos y así. Tiene que durarle 60 días.

–El primer mes fue un caos. Tuvimos que aprender a desconectarnos de todo. Pero te acostumbras. A veces me dan ganas de ir un rato a un mall, ver gente, ver autos, salir a tomarme un helado, pero rapidito se me pasa– dice Katherine.

La vida aquí es desconectada. Tienen radio para comunicarse con Puerto Williams y las embarcaciones que pasan, pero no todas las familias tienen internet. Y las que tienen, es con conexión lenta y restringida a páginas de la Armada. La vida es a solas, pero a Katherine le gusta. Sufre pensando en el regreso: –Me sentiré como la Carmela de San Rosendo, tendré que volver a descubrir la ciudad.

“El primer mes fue un caos. Tuvimos que aprender a desconectarnos de todo”, dice Katherine Fernández quien vive en la isla Nueva. “Pero te acostumbras. Aunque a veces tengo ganas de ir a un mall, ver autos”.

Vista desde la isla Snipe.

En Nueva, ella está cargo de la educación de su hija mayor, Belén (12). No debe ser fácil enseñarle. Belén tiene información de todo. Sabe responder la radio de la alcaldía de mar tal como lo hace su padre y habla de las características precisas de la flora y fauna de la isla. Si tiene dudas, revisa con su madre el libro Aves de Chile.

–No me aburro aquí– dice Belén. Su madre la mira con ternura. Está junto a la ventana que da una panorámica de la isla. Mirando por ahí dice que se relaja. Con los ojos en ese paisaje solitario que parece una pintura.

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En Picton, la mujer que hace funcionar la casa se llama Sandra Gallardo (34). Es de Valparaíso y nunca pensó que iba a vivir en una isla remota. Pero le gusta. “Aquí nos hemos re-conocido como familia. Era una prueba de fuego para nosotros”, dice. Antes de venirse, asegura que casi no se veían con su marido: él pasaba embarcado, ella trabajando como supervisora en un supermercado, ambos con poco tiempo para los dos hijos.

–Mi marido (Joel Carrero) ha construido aquí una relación con los niños; se había perdido todo de ellos– dice.

“El primer mes fue un caos. Tuvimos que aprender a desconectarnos de todo”, dice Katherine Fernández quien vive en la isla Nueva. “Pero te acostumbras. Aunque a veces tengo ganas de ir a un mall, ver autos”.

“El primer mes fue un caos. Tuvimos que aprender a desconectarnos de todo”, dice Katherine Fernández quien vive en la isla Nueva. “Pero te acostumbras. Aunque a veces tengo ganas de ir a un mall, ver autos”.

Sandra Gallardo hace estudiar a su hijo Gabriel, de 6 años. Le hace dos horas de clase en la mañana y dos en la tarde. Dice que le ha costado que el niño se concentre: se distrae y llora cuando ella le exige estudiar. Y se dan diálogos como este:
–¿Lo entendiste, Gabriel?– pregunta Sandra
–No– dice el niño.
–Léelo de nuevo.

Entonces el niño llora y se tapa la cara con las manos.
–¿Por qué te pones así?– le pregunta Sandra.
–Porque tú eres mi mamá, poh.
Y a Sandra Gallardo se le aprieta el corazón.

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Hasta ahora, todo el viaje del Isaza ha sido por el brazo este del Beagle, por islas con nombres que uno tiene archivados en la memoria histórica. Pero también está el lado oeste del canal. Donde hay otros lugares con familias instaladas en medio de la nada.

Como Yamana, que no es más que una casa en la costa del territorio donde termina la cordillera de Darwin. Una casa pequeña donde vive una familia que es de Viña del Mar: Pablo Abarca, su mujer Marcela Madriaza y sus hijos Vicente y Agustín. El padre se encarga del tráfico marítimo que hay allá afuera y la madre de las cosas que suceden dentro de la casa. Cosas como manejar un stock de alimentos, cocinarlos, mantener todo ordenado o darle clases a Vicente, que aquí ha encontrado la calma para leer lo que más le gusta a sus 12 años: Las Crónicas marcianas, de Bradbury, y los cuentos de Allan Poe.

–Nos cambió el sentido de la vida. Aprendimos a vivir con cosas simples, sin teléfono, sin internet– dice Marcela.

La naturaleza aquí es fuerte. Hace tres semanas, un viento arrancó el techo de la pieza de los niños y toda la familia se guareció unida bajo la mesa del comedor hasta que la ráfaga pasó y el padre pudo ver por dónde empezar los arreglos.

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Sandra Gallardo es de Valparaíso. Ahora vive con su familia en la isla Picton.

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En isla Nueva, Katherine Fernández educa ella misma a su hija Belén, de 12.

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Karen Oro y su familia habitan una casa sobre un acantilado en Corrientes.

En Corrientes hay otra casa solitaria: está en una de las orillas del canal Murray. Hace nueve meses se instalaron el marino escribiente Alex Parra, su mujer Karen Oro, sus hijos Agustín (6) y Josefa (4) y una labradora negra que se llama Jacinta. Es impresionante llegar aquí, porque el buque se detiene justo al lado de un acantilado de rocas color mostaza, despliega un pequeño puente metálico y, tras cruzarlo, hay que subir gateando sobre las piedras de la parte más alta hasta llegar a la casa de dos pisos. Ese es el refugio de Karen Oro y su familia. Acá es el padre, y no ella, quien le da las clases al hijo mayor. Cuentan que han tenido que soportar vientos sobre los 130 kilómetros por hora que mueven la casa como si la fuera arrancar del suelo. Y que por la ventana de la cocina, mientras ella prepara el almuerzo, ven pasar ballenas. Un espectáculo que Karen jamás se imaginó cuando era niña y vivía en Limache, a 3.500 kilómetros de aquí.

En Puerto Navarino, en una esquina de la isla del mismo nombre, vive la pareja más joven de todas las alcaldías de mar de estos lares. Luis Castro y Carla Reyes tienen 25 años, y una hija, Matilda, de dos. Se vinieron de Punta Arenas hasta acá con una mascota grande: un weimaraner gris que se sienta con elegancia sobre los sillones del living. Dice Carla que en esta isla han podido juntar plata, sanear las deudas y “ver crecer juntos a nuestra niña, que ha sido lo más maravilloso”.

Carla Reyes es locuaz, simpática. Y se ha hecho conocida entre los marinos por sus dobladitas, que saca del horno justo antes de que llegue el buque para recibir a los tripulantes con panes calientes y un frasco de mermelada casera de calafate. Dan ganas de aplaudirla.

Juani Becerra decidió venirse a la isla Lennox porque les permite ahorrar. En una alcaldía de mar de esta zona un marino aumenta en 115% su sueldo base y no tiene ningún gasto por un año.

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Hay una isla más en el lado este del Beagle. Diminuta, casi escondida en el camino que lleva de Picton a Puerto Williams. Se llama Snipe. Desembarcamos allí al atardecer de un viernes.

Para llegar a la casa que ocupa la familia de Consuelo Alviña (32) hay que subir una empinada pasarela de madera. Resbalosa con la lluvia que cayó horas antes. Varios marinos que cargan las cajas con alimentos, de hecho, se van al suelo. Y se ponen de pie rápido, entre risas.

Arriba está el alcalde de mar de Fildes, Víctor de la Rosa y su mujer, quien se preocupa de tener sobre la mesa el pan recién horneado y el agua caliente para el café. También está el hijo único, el incombustible Víctor junior, de 7 años. Que habla, cuestiona, exige internet, enseña sus dibujos perfectos de superhéroes que vende a 100 pesos.

La familia trajo lo que consideraba indispensable para un hogar: dos sillones, los cuadros, las fotos, una bicicleta estática y un televisor de 50 pulgadas que, tras una baja de voltaje, se quemó. Para aplacar la rabia, lo tiraron al mar.

En esta isla remota, lejos de todo, en medio de lo inhóspito, a Consuelo Alviña le ha tocado la prueba más difícil. Lo que más desafía la fortaleza de una madre.

Hace un año, Víctor hijo empezó con un dolor en su pierna izquierda. Era deportista, bueno para la natación. Como el dolor seguía, empezaron los exámenes. Una semana antes de venirse a Fildes, una resonancia magnética mostró un desgaste importante en la parte alta del fémur, justo donde ensambla con la cadera. El médico diagnosticó enfermedad de Perthes. Les dijo que se vinieran igual, que el niño no hiciera deportes y que lo controlaría a fines de año. En eso quedaron.

Consuelo Alviña lo cuenta tragándose las lágrimas, mientras mira a su hijo cojear en este living diminuto.

–Lo peor es cuando él me dice: “¿por qué mamá?, ¿por qué a mí?, ¿qué hice mal?”– dice.

Consuelo Alviña se para a sacar del fuego la tetera que acaba de hervir sobre la cocina. Al lado tiene un calendario donde ha ido tarjando los días vividos en esta isla: lleva 254 días tachados. Afuera, ya noche cerrada, llueve otra vez sobre Fildes.

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