Las pesadillas de Mariana Enríquez

Reportajes y Entrevistas

Las pesadillas de Mariana Enríquez

Por Carolina Pulido / Fotografía Rodrigo Cisterna / Maquillaje Elvira Montero

Insolente, pop, brillante y oscura. Leerla es viajar por ciudades como las nuestras, pero con el ojo puesto en la putrefacción. Ahí está su mérito, en mostrar lo peor de la cotidianidad y transformarlo en un cuento de terror.

Ola polar de principios de junio. Son las 11 de la mañana y los fans chilenos de Mariana Enríquez, una de las voces más aplaudidas de la nueva literatura latinoamericana, se reúnen en la Biblioteca Nicanor Parra de la UDP para escucharla. Ha sido invitada a Santiago por la Facultad de Comunicación y Letras de esa universidad para una conferencia sobre sus inicios en la literatura. Llegó puntual. El frío cala los huesos y los asientos están todos ocupados. El escritor Álvaro Bisama, que además es director de la Escuela de Literatura, la presenta con un texto que lo transporta a uno a esa atmósfera tan personal que la escritora argentina viene construyendo hace dos décadas. Los lugares de Mariana Enríquez, dice, “están hechos de fascinación y muerte, de señas secretas y de mártires de la violencia diaria (…). Historias sobre chicas sin brazos y roqueros asmáticos, sobre mujeres solas que miran aterradas por la ventana el otro lado de la calle”. De pronto todos sentimos aun más frío y Mariana Enríquez toma la palabra, cómoda y graciosa, con ese tupé encantador de los argentinos. La temperatura sube unos grados. “Ha estado bárbaro para exagerar”, comenta sobre las loas de Bisama. “Dice esas cosas y escribe mejor que yo, qué vergüenza”.

Mariana está acá para hablar acerca de ser una escritora joven. Sabe que ya no lo es (tiene 44 años), pero la siguen metiendo en ese saco porque cuando comenzó a escribir fue presentada con bombos y platillos como la voz de la juventud. Entonces tenía 21 años y lanzaba su primera novela. Eran los años 90 y Mariana Enríquez vivía en La Plata, a las afueras de Buenos Aires. Se sentía aislada. Llevaba una vida de noche, de bares, de ansiedad y ganas de comerse el mundo. “Escuchábamos a los Sex Pistols, a los Rolling Stones (…). Nuestros padres no tenían trabajo, dos o tres eran alcohólicos y eran incapaces de criar”, cuenta sobre su juventud de excesos. “Yo había leído mucho, pero nadie estaba registrando nuestra vida, nadie hablaba de la soledad de esa juventud que yo vivía”. Tardó unos años en terminar la novela que luego se tituló Bajar es lo peor y llegó a publicarse casi por azar. “Si no hubiese existido la hermana de mi amiga, una periodista que justo en ese momento había publicado un libro exitoso, y si ella no se hubiese enterado de que en la editorial buscaban a un novelista joven, no hubiese ocurrido nada. Y no sé si me hubiese dedicado a la literatura”.

Al día siguiente me encuentro con Mariana en el Museo de Artes Visuales. La editorial independiente Montacerdos lanzará allí su libro Alguien camina sobre tu tumba, un compendio de crónicas de viaje por cementerios de todo el mundo que la escritora y periodista, actualmente subeditora del suplemento Radar del diario Página 12, escribió en 2013, pero que en Chile aún no se había publicado. Es miércoles, día de marcha feminista estudiantil. Esta mañana las chicas colmaron la paciencia de los conservadores exhibiendo sus pubis peludos y ensangrentados. La imagen que circula por redes me recuerda algunos relatos de Enríquez que son parte de Las cosas que perdimos en el fuego, lanzado el año pasado por Anagrama y, hasta hoy, el más exitoso de sus libros. Uno de ellos, el cuento que da título al volumen, narra la historia de un colectivo de mujeres que, cansadas de la violencia machista, realizan quemas rituales y voluntarias de chicas, cuyas heridas sanan luego en clínicas clandestinas. Sus apariencias monstruosas se multiplican en las calles. Buscan cambiar los códigos de belleza para que dejen de acosarlas y de matarlas.

Alguien camina sobre tu tumba es el libro más reciente de Mariana Enríquez.

Esta tarde hay un sol que calienta un poco más que el de ayer. En el café del MAVI, Mariana cuenta que estuvo en la marcha por la Alameda. Que vio con sorpresa a muchos hombres apoyando el movimiento, que en Argentina las feministas no aceptan a ninguno. Las pibas son muy radicales. Como las del cuento, le digo, y confieso que desde que lo leí no me puedo sacar de la cabeza a esas monstruas subversivas y desgarradas. Que el terror a veces es más terrorífico cuando te toca la fibra, cuando narra historias que puedes imaginar en tu barrio..

‘Terror urbano’ le llaman a tu estilo en ese libro. Pero más que urbano, me parece íntimo.

Hay un punto de tanto estudiar el género en que encontrás tu propia voz. Que sean cuentos argentinos, en español, con nuestras problemáticas, y no que sean monstruos de otras culturas. Yo tengo una casa embrujada, pero la mía es una en la que hubo crímenes durante la dictadura y no donde un conde mató a una mujer.

¿Qué tiene el miedo que atrapa a tantos lectores?

Es una emoción básica y que, cuando pasa por el filtro de la ficción, nos permite transitarla sin la carga del verdadero horror. Nos prepara para afrontar los miedos reales, y al mismo tiempo nos divierte.

Las cosas que perdimos en el fuego marca tu despegue internacional: se ha traducido a 23 idiomas. ¿Cómo te lo tomas?

Es una barbaridad, pero estoy tranquila. Yo no sé por qué lo puedo hacer. Creo que es una cuestión de temperamento y de tener una relación larga con la literatura. A algunos de mis libros les fue mal, a otros bien, pero hubo un proceso, un crecimiento. Quiero decir que no es repentino, aunque sí sorpresivo.

¿Qué es lo menos grato de este buen momento?

Todo lo que me impide usar mi tiempo para escribir. La promoción, las entrevistas. Los escritores estamos más cómodos en nuestro espacio solitario.

¿Cuál es la pregunta qué más odias?

Cualquiera relacionada con la literatura femenina.

¿Por qué?

Porque es sexista. Hay quienes te van a decir que la mujer durante muchos años no tuvo acceso a la alfabetización y a la producción literaria, que no estuvo retratada en la literatura, y eso es cierto y lo lamento, pero hoy no es raro y yo me niego a que me pongan en un lugar de raro.

¿No hay literatura femenina?

No.

Pero estarás de acuerdo en que hay cierta literatura que gusta más a las mujeres y otra a los hombres.

Pero el mercado es quien lo determina así. Es una cuestión de temas, de géneros literarios. Los hombres por ahí prefieren más el policial. Pero hay hombres que no leen mujeres por prejuicio.

¿Te ha pasado?

Sí, alguna vez me lo han dicho, porque creen que hay algo de la experiencia de la mujer que a ellos no les va a interesar, lo cual es raro, porque, por ejemplo, los mejores autores de policial son mujeres, creo yo. Patricia Highsmith y tantas otras.

¿Dónde más notas el machismo?

En los eventos, antologías, festivales. No te ponen en una mesa con hombres. Tiene que ser la mesa de mujeres, aun cuando nuestros géneros narrativos no tengan nada que ver. Me encantó que ayer me presentara Álvaro Bisama y no, por ejemplo, Alejandra Costamagna, que es mi amiga y también estaba ahí.

BOWIE Y LA CRÍTICA

Mariana es seria. Es amable y cálida, pero sonríe poco y queda claro que dar entrevistas no es lo que más le acomoda de la profesión. Describe su oficio con cierto desdén mecánico, lo mismo que sus obras, como si hubiese tenido que hablar de ello demasiadas veces. Otra cosa ocurre cuando el tema es el rock, uno de los personajes más recurrentes de su narrativa. El rock como sonido, como tiempo y lugar, como estética y filosofía.

“Para mí siempre fue más importante la música que la literatura. Sigue siendo. Me emociona más. Me parece que no hay ningún libro que sea comparable a una canción buena. Es como una forma de arte menos trabajosa, pero al mismo tiempo el resultado es más fascinante, más místico. Yo quería ser periodista de rock, por eso estudié periodismo. Quería entrevistar a David Bowie, Nick Cave, Iggie Pop”.

Puras leyendas.

Claro. Superestrellas. Todos quieren ser ellos, no solo estar con ellos. Yo quería SER David Bowie. Lo imitaba cantando en mi habitación.

Y como periodista, ¿lograste entrevistar a alguno de tus ídolos?

Solamente a Iggy Pop. Una entrevista rápida, casi en una conferencia de prensa informal, en un Virgin Store de Buenos Aires que ya no existe más. Cuando terminé le pedí un beso y me lo dio. Fue la única vez que perdí mi compostura periodística.

¿Eres un poco escritora de culto?

Un poco, aunque es muy difícil de medir. Hay gente que se googlea y todo eso, pero yo no.

¿En serio? Qué poco egocéntrica.

No sé si es por eso, me parece que a lo mejor es inseguridad. No quiero que hablen mal de mí. Es difícil para el escritor la crítica mala. Yo no me lo tomo muy bien.

¿Te afecta?

Me afecta, a todos los escritores les afecta, no les creo a quienes dicen que no. Trato de no regodearme, de no leer las críticas y jamás las contesto ni discuto. Así se pasa más fácil.

¿Qué es lo peor que han dicho?

Que abusaba de clichés del terror, y creo que es lo peor porque no es cierto, tengo otros problemas.

¿Y lo mejor?

Me dijeron varias cosas lindas, pero lo que más me importa es lo que dicen escritores que me gustan, y por suerte tengo muchos colegas que disfrutan de mi trabajo. No importa cuáles, no me gusta ser presuntuosa.

El escritor y editor Dave Eggers te comparó con el mismísimo Bolaño.

Sí. Bueno, no me lo tomo tan en serio. Yo soy muy pesimista, entonces creo que va a durar poco, que es un momento y que no hay que poner demasiadas expectativas. Pienso: dentro de 3 años no les va a gustar mi próximo libro. Entonces, como no quiero sufrir, no me lo voy a tomar demasiado en serio. Prefiero pasarla bien.

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