Le dije que la amaba pero me rechazó

Reportajes y Entrevistas

Le dije que la amaba pero me rechazó

Por Nicolás Garrido / Ilustración Gertrudis Shaw

No soy una persona que “caiga en el amor” con frecuencia. En mi vida me he fijado en cuatro mujeres y todas ellas han terminado con algún grado de desilusión. La primera fue una compañera de kinder que se fue de la capital, la segunda fue un amor adolescente que murió de leucemia sin que pudiera decirle que la amaba, la tercera fue en la universidad y se burló de mí. La última, la más intensa y de la única que me he enamorado profundamente, no me correspondió. Sin embargo, fue la que me ayudó a entender realmente lo que es estar enamorado. Y ahora estoy aprendiendo a desenamorarme, pero también a conocerme.

A ella la conocí el primer día de la universidad. Tras un par conversar un rato, no nos volvimos a separar. Tenía pololo y, la verdad, nunca me fijé en ella de otra forma que no fuera la de una partner. Un año después su relación terminó luego de que naciera su hijo, el niño más lindo y puro del mundo. Su ex pololo había conocido a otra persona y parecía seguir adelante de lo más bien. Nuestra amistad se mantuvo con el tiempo, pero ella aún estaba triste, vulnerable. Yo la veía sufriendo, pero parecía no sentir el derecho a sentirse así: no por ella, sino que por su hijo. Sabía que en cualquier minuto podía estallar, así que decidí apoyarla en todo. Y así fue.

De un momento a otro, me empecé a dar cuenta de que solo quería estar con ella. Saber cómo se sentía y —si estaba mal— hacer lo posible para revertir la situación. Podía tener un día horrible en el trabajo, pero un saludo de ella era como un golpe de energía. Me compartía fotos de su hijo y yo me sentía como un tío chocho, no lo podía negar.

Un día, y sin quererlo, me dediqué a hablar unos diez minutos de todas las cosas que me asombraban de ella en un almuerzo con mis colegas. Uno de ellos me dio la advertencia cuando nos levantamos de la mesa: “Yo creo que te estás enamorando de esta cabra”, me dijo. No le hice caso y me fui a mi casa negando todos esos sentimientos. Éramos muy amigos, no me podía gustar. No lo podía echar a perder de esa manera.

Pasaron los meses e hice como si nada me estuviese pasando. Hasta que un día, en septiembre, fuimos al cine a ver “Mamma Mía!”. Con ella nunca me importó demostrar que me gustaban los espectáculos musicales, cocinar o escuchar a Elton John. Me decía que nada de eso importaba, porque era lo que me hacía especial y lo que le agradaba de mí. Cuando la película terminó, subimos al auto y me comentó que su mamá le había dicho: “Hija, ¿por qué no te quedas con el Nico? Él te quiere tanto”. Ambos nos reímos, incluso lo pensamos. Pero nos miramos y dijimos que no había chance alguna.

Al regresar a mi casa, a oscuras y cerca de la una de la mañana, me detuve en la plaza Ossandón, en La Reina. Lo hice porque cuando me topé con el lugar de frente, una imagen se me vino a la cabeza y me bajé. Me senté en el pasto y vi a un hombre feliz, con la mirada brillante; también a una mujer feliz con sus pies en el pasto y, cerca de ellos, un niño jugando con una pelota. Sentí que éramos nosotros, completamente felices. Parecía una postal de película.

Pasaron los días y traté de evitarla. La realidad es que necesitaba no sentir esas cosas por ella, pero mi corazón fue más fuerte que mi cabeza. Era cierto: por primera vez me sentía completamente enamorado. Pese a los gritos internos, soterré todas esas emociones. No quería dañar nuestra amistad.

Un día ella me dijo que había conocido a un chico por Tinder y me puse rabioso. Me dieron celos, muchos. Pero no podía ser tan obvio, así que le aconsejé que saliera con él y que tampoco se cerrara a conocer a alguien más. Aunque, en el fondo, sentía una angustia terrible cada vez que salía con otro. Con el primero no enganchó, pero con el segundo las cosas empezaron a resultar. Me empecé a dar cuenta que a mi amiga le gustaba y yo, motivado por la rabia y la impotencia, empecé a tenerle un rencor inexplicable a ese hombre. Me sentía amenazado y quería ganar esa batalla.

En una fiesta los vi juntos. Fue la primera vez que lo conocí. Y no soporté verlos besándose y tomados del brazo. No sabía qué hacer. La realidad es que todo lo que sabía sobre el amor era en base a libros o películas, así que apelando al más cliché de los estereotipos de hombre derrotado amorosamente me llevé una botella de la fiesta e inventé una excusa para irme. Me tomé todo un whisky. Con la camisa afuera y los pasos tambaleantes, logré llegar a mi casa. Me acosté en mi cama con ropa y me puse a llorar como si algo me desgarrara por dentro. Lloré hasta que me dolió el estómago y me dormí con los ojos resecos.

Cuando me di cuenta de lo que realmente estaba pasando decidí confesarle todo. Lo hice después de una invitación a ver un show de acrobacias en moto, un espectáculo al que siempre quiso ir y nunca había podido hacerlo. A la salida me preguntó si estaba bien, pero solo atiné a responder: “yo te quiero. Pero te quiero-te quiero”. Su cara cambió por completo. En el fondo, presentía algo. Como no sabía qué decir, le escribí una carta donde escribí todo lo que necesitaba expresar. Nuevamente terminé, buscando alguna referencia, con una frase de película, pero adaptada. Sus ojos lagrimeaban. Cuando habló, solo se dedicó a pedirme perdón y me dijo una frase que, hasta el día de hoy, no puedo borrar de mi cabeza: “Perdóname, pero no puedo darte la respuesta que tú quieres escuchar porque no puedo convertirte en una persona infeliz”.

Desde ese momento han pasado cerca de seis meses. En ese tiempo cometí varios errores de los que me arrepiento y que no justifico. Todos ellos demostraron mi inmadurez y mi falta de conocimiento respecto al mundo de las emociones. Hoy estamos distanciados totalmente. De acuerdo a los cánones millennial, cometí el peor de los errores: hacer ghosting y no entender la necesidad de respetar su espacio. Son dos cosas de las que me arrepiento todos los días cuando me despierto y miro el espacio de mi escritorio donde solía haber una foto nuestra, cuando todo estaba bien. Pero yo fui tóxico y lo arruiné.

Decidí buscar ayuda. No quería que esto se volviera a repetir. Y encontré una psicóloga maravillosa que me ayuda a entenderme. Este proceso me permitió reconectarme conmigo y mi verdadera personalidad, aquella que no está protegida por corazas, esa que tiene el constante miedo a que le hagan daño o que necesita el imperante deseo de ganar y sentirse reconocido. Hoy me estoy esforzando por cambiar, por ser una mejor persona y enfrentar mis propios debilidades. Aprender a trabajar mis emociones y cómo expresarlas de la manera más asertiva posible.

En este momento mi rencor infundado hacia él (quien era, supuestamente, “mi competencia”) ha decaído, ya no siento odio y eso me hace sentir liberado. Ya no paso rabias, resentimientos, tampoco penas. Puedo escuchar todas las canciones de Elton John o Sam Smith sin que se me apriete el corazón. Puedo ver películas como “Mujer Bonita” o “Notting Hill” sin que me den ganas de llorar con el final. Puedo caminar por los lugares donde íbamos y no sentir la necesidad imperante de revivir momentos del pasado.

Ella no era una de mis posibilidades. Después de todo este lento proceso he tratado de dar respuesta a lo que me dijo el día que me declaré: no podía obligarse a sentir esas cosas que yo sentía por ella y, si hubiera aceptado en ese momento, lo más seguro es que estaría desviviéndome por tratar de que las cosas entre nosotros funcionaran. Probablemente habría terminado todo mal.

No sé si nuestros caminos se volverán a cruzar en algún momento pero, en lo personal, guardo los recuerdos más lindos de nuestra amistad. Yo me iré a Estados Unidos a estudiar el próximo año y conoceré otro mundo. Ella seguirá haciendo cosas grandiosas: terminar su carrera, ser una gran profesional y ver crecer a su hijo. Pero, sea lo que sea que ocurra, la única certeza que tengo en mi mente es que no deseo que esto que me sucedió vuelva a pasar: ni en Santiago, Tokio, Londres o Bombay. Quiero sentirme liberado, amado, querido por otra persona. Encontrar a mi complemento, mi partner y compañera de aventuras, esto porque soy un hombre que realmente cree en el amor y tengo la convicción de que esa chica está en alguna parte.

A ciencia cierta y tratando de cerrar estas etapas, lo único que sé es que de ahora en adelante quien quiera que me vea y me conozca se dará cuenta de que soy otra persona, una persona mejor. Esta vez sí podré decir que soy la mejor versión de mí. Y todo gracias a esa mejor amiga, esa que fue mi (des)amor no correspondido.

Nicolás Garrido tiene 27 años y es periodista.

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