Lecciones de mi mala madre

Reportajes y Entrevistas

Lecciones de mi mala madre

Por JUAN JOSÉ RICHARDS / ILUSTRACIÓN: EDITH ISABEL

Cuando tenía doce años, Paz Vial y sus cuatro hermanos fueron abandonados por su mamá, quien se fue a vivir a Estados Unidos donde hizo su vida a partir de cero. “Aunque volvió a Chile algunas veces, nunca quiso vernos”, dice. A los 23 años Paz fue mamá y se dio cuenta de que nunca podría hacer lo que le habían hecho. Cuando cumplió 52 años, su hija mayor le regaló el manuscrito de una novela que contaba su historia. Leerla fue una oportunidad de revisitar su pasado y darle una especie de cierre a su herida. “Durante mi vida he ido sanando lentamente esta pena, hasta que logré perdonar a mi madre”.

“Cuando tenía doce años mi mamá nos abandonó a mí, a mis tres hermanas y a mi único hermano hombre. Nunca más supimos de ella. Fue mi papá quien se hizo cargo de nosotros. Él nos crió, nos educó. Sabemos que ella se fue a Estados Unidos y que volvió un par de veces a Chile. Sus primas y amigas le preguntaban si quería vernos, pero ella nunca quiso contactarnos. A mis hermanas y a mí nos apuntaban con el dedo en el colegio y nos decían “las abandonadas”. Eso fue muy fuerte. Yo era una adolescente cuando mi mamá se fue, y no tenerla cerca durante mi juventud me hizo sentirme menos que el resto. Esto no fue ni un asunto social, ni religioso, ni de ningún otro tipo más que de vergüenza pura. Vergüenza de que nos hubieran botado.

Mientras crecí, el tema del abandono no fue tabú en el interior de mi familia, todo lo contrario. Al principio lo conversábamos con mis hermanas, y después lo fuimos conversando con nuestros maridos y más tarde con nuestros hijos. Nuestro papá nos explicó que ellos no habían funcionado, pero fue lo único que nos dijo. Nunca supimos qué le pasó a él ni a ella para llegar a ese quiebre. Él era cirujano y nos sacó adelante. Trabajaba en el hospital y su consulta, pero también se preocupaba de vestirnos, alimentarnos, acostarnos y era extremadamente cariñoso. Hizo todo lo que estuvo a su alcance.

Sacar el tema de mi mamá a la luz con mis seres queridos me ayudó a ir sanando la herida del abandono. Jamás hice terapia, sino que mi mente y mi corazón fueron borrando solos esta pena. Cuando una crece, se da cuenta de que no se puede llorar por algo que pasó en el pasado, que hay que transformar ese dolor en otra cosa. Y yo siento que realmente hice ese proceso de transformación cuando armé mi propia familia. Fui mamá por primera vez a los 23 años. Cuando nació mi primera hija, sentí pena de no tener a alguien que me dijera cómo se hacen las cosas, pero al final de todo descubrí que me había hecho resiliente y que en mi interior sabía cómo ser mamá.

En esa época me surgió un instinto maternal enorme de cariño y de cuidado. Al poco tiempo después, tuve a mi segunda y mis niñitas fueron siempre mis dos pollos. Al tenerlas, me di cuenta de que yo jamás podría haber hecho lo que nos hizo mi mamá. Cuando cumplí 35, que es la edad que tenía mi mamá la última vez que la vi, ya había vivido fuera del país con mis hijas y tenía una vida armada que jamás pensé en abandonar, todo lo contrario. Creo que recién perdoné a mi mamá cuando cumplí 40 años. Llegué a un punto en que me cansé de la pena, de la vergüenza y de no entender. Así que lo dejé ir.

Desde que mi hija mayor cumplió 15 años le fui contando mi historia, que siempre le interesó muchísimo. Le gustaba leer y escribir, así que cuando me veía llorando me preguntaba qué me pasaba. Yo le respondía que era de la pena que arrastraba de mi infancia, de haber sido abandonada por mi mamá cuando era chica. Siempre le dije a mi hija que sería bonito que algún día ella escribiera esta historia. Cuando se hizo escritora, años más tarde, mis hermanas también empezaron a decirle que escribiera la historia de su abuela. Sabíamos que estaba viva, pero no teníamos idea de su vida ni cómo ubicarla, así que mi hija empezó a hacernos preguntas a mí, a mi papá, a mis hermanas y a las personas que la conocieron. Y armó su propia versión de lo que había pasado. Llevaba dos años escribiendo el borrador cuando cumplí 52 años y nos fuimos con mi familia a celebrarlo a Buenos Aires. Una noche salimos a comer y ella llegó con la primera versión del libro anillado. Cuando lo vi me corrieron las lágrimas. Lo único que quería era que la comida pasara rápido para irme a leerlo al hotel.

Me lo leí de una sentada. Sentí orgullo de que ella lo hubiera escrito tan bien. El libro es un reflejo fiel de lo que fueron los hechos. Al leerlo, obviamente solté un par de lágrimas, pero sobre todo me sentí tranquila. Porque hizo de algo tan duro y tan fuerte, algo precioso. Siento que ella fue muy considerada con su abuela. Que de cierta manera entendió por qué hizo lo que hizo.

Hasta el día de hoy la gente me pregunta si soy la hija de “La mala madre” -que es el título de la novela- y les respondo que sí, pero que a mí no me parece que ella fue una mala madre. Lo que creo es que fue una mujer a la que la época no la ayudó a equilibrar el ser madre con lo que ella tenía dentro. Probablemente hoy hubiera tomado otras elecciones. Ella quería entrar a la universidad, pero a mi mamá la obligaron a casarse, a tener cinco niños con un marido que era doctor y que estaba todo el día en el hospital. Me imagino que de pronto se vio a cargo de cinco hijos y esa vida la superó.

Las fuerzas para reponerse de las heridas y los abandonos salen de adentro. No voy a decir que durante mi adolescencia fui una niñita alegre. Estaba más bien triste y tenía esta sombra detrás de mí, pero me sobrepuse aprendiendo a amar y a perdonar, lo que ha sido un proceso de vida. Nunca intentamos encontrarla. Sí sabemos que mi mamá hizo su vida en North Carolina, y cuando una de mis sobrinas se iba a casar mi hermano le quiso mandar una invitación al matrimonio. Para contactarla puso su nombre en Google. Y el primer resultado que apareció fue su obituario. Se había muerto hacía cuatro días. Cuando me enteré no sentí pena, pero sí un tremendo vacío.

No sé si ella leyó el libro y tampoco sé si me hubiera gustado que lo leyera. Lo que sí me habría gustado es que se hubieran conocido con mi hija novelista porque sé que se habrían llevado bien. Yo ya la perdoné y vivo tranquila con la mamá que tuve y con la mamá que yo misma he sido. No tengo ambiciones mayores. Soy una mujer resuelta, tranquila y centrada. Estoy orgullosa de mi vida y de la vida que tienen mis hijas, y creo que el mayor regalo que les pude haber dado es la libertad de pensamiento y de acción. Las dos son mujeres súper independientes y han hecho lo que han querido.

Siendo adulta entiendo la encrucijada en la que se vio mi mamá. Pero lo que nunca he logrado entender, es por qué nunca más quiso vernos. No sé si es porque se moría de vergüenza, de pena o simplemente nos quiso olvidar. Pero siendo madre me di cuenta que no se puede eliminar de la vida a un hijo. Por qué lo hizo sigue siendo un misterio para mí, pero es un misterio con el que aprendí a vivir”.

Paz Vial (60) es ceramista.

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