Liberado de sí mismo

Reportajes y Entrevistas

Liberado de sí mismo

Por Valentina Rodríguez / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Paulina Wiegand / Agradecimientos: Trial

¿Por qué un periodista serio y de bajo perfil termina siendo un rostro protagónico en un matinal? Tiene que ver con muchos años de terapia y con algunas crisis de las que Paulo Ramírez habla por primera vez. También, de haber sido padre a los 20 años, de su relación de pareja, de su ego y de su evolución profesional. “El periodista opinante es nefasto”, dice.

Paula 1184. Sábado 10 de octubre de 2015.

La casa del periodista Paulo Ramírez Corvalán es grande, pero poco ostentosa. Está escondida en un tranquilo pasaje en Los Dominicos. Ahí vive desde hace ocho con años con su familia. Son las cinco de la tarde y su mujer, Loreto Riveros, con quien lleva 28 años casado y tiene 4 hijos, está haciendo clases de cerámica en su taller al fondo del jardín. “Cuando llegamos era una verdadera selva. Yo lo habría dejado así, pero como no mando ni en la casa, ni en el jardín, lo único que se salvó fueron los magnolios y los crespones”, dice Paulo, desde la terraza techada del jardín, su lugar favorito después de su escritorio, el que tiene empapelado con un mapamundi y afiches de carátulas de discos de jazz, Bob Dylan y los Rolling Stones. Ahí se encierra cuando quiere leer en papel, porque en los últimos años prefiere escuchar audiolibros mientras trota casi todas las tardes. “El trote es mi vía de escape. Me entrega el efecto de una huida simulada, con la tranquilidad de que uno siempre vuelve”, dice.

Paulo Ramírez tiene 49 años y se siente liberado de sí mismo. Periodista de la UC, por 20 años hizo una carrera de periodista serio, culto y formal, muy quitado de bulla: seis años escribió en El Mercurio; dos, enseñó e investigó en la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica; fundó Emol (El Mercurio Online); y ejerció importantes cargos ejecutivos de Canal 13. Hasta que en 2009 debutó en la televisión abierta en el programa En Boca de Todos, cuando ya tenía 43 años, bastantes canas, algunas arrugas. “Tiene que ver con una transformación personal. Yo solía ser una persona bloqueada emocionalmente, llena de miedos e inseguridades. Atreverme a entrar a la televisión fue parte de mi liberación, de mi cura. Por eso me demoré tanto”, dice.

Hasta ese momento siempre había creído que no tenía dedos para ese piano porque quedaba en blanco frente a las cámaras. Pero, muy internamente siempre tuvo un deseo escondido de querer destacar, de estar en la primera fila y de ser reconocido. Era –explica él– su timidez y el temor al fracaso, lo que impedían que diera ese paso. Lo consiguió dar luego de un largo sicoanálisis que empezó cuando tenía 30 años. “Sin terapia, nunca me habría atrevido”, asegura.

¿Es muy distinto el Polo que llegó a la consulta con el de hoy?
Sí, pero todavía tengo secuelas y de alguna manera me sigo martirizando con cosas, pero ya no profundizo. La diferencia ahora es que no llego a bajonearme. Antes me metía en un hoyo del que me costaba salir. Lo único que me sacaba era el deber. Siempre. Según Pedro Engel, esa es característica de los virgo: puedo poner todo en duda, excepto el cumplimiento del deber. Soy así.

¿Y eso de dónde crees que viene?
Se gatilló cuando fui papá a los 20 años. A partir de entonces nunca más dudé de que tenía que trabajar y trabajar. Para mí la vida no tendría sentido sin estar trabajando.

De niño Polo fue muy tímido y se aferró a su hermano mayor, que tenía más personalidad. “Formé una especie de personalidad de segundo. Me acomodaba esa ubicación. No me atrevía
a ocupar el rol protagónico”.

Paulo Ramírez pasa casi seis horas seguidas en pantalla, de lunes a viernes. Parte a las 6:30 con el noticiario Teletrece AM en Canal 13, y sigue, hasta mediodía, en Bienvenidos, el programa donde se despeina junto a Tonka Tomicic y Martín Cárcamo. “Bienvenidos, es parte de mi evolución. Aquí he podido desarrollar mi lado más humano. Antes jamás habría hecho las cosas que hoy estoy haciendo. No estoy dispuesto a quedarme encerrado en un solo rol”, dice.

¿Qué es lo que te ha costado más caro desde que estás en el matinal?
Muchas cosas. Me acuerdo de una salsa que bailé con la Tonka. No solo recibí la crítica de mi mujer. Me llamaron mis amigos y me dijeron bien clarito: “no hagas esa ridiculez nunca más”. Y me siento mal. Al principio me arrepiento y digo: “¿para qué lo hice?”. Pero inmediatamente pienso que no entienden la dinámica de la televisión de entretención.

Pero si te arrepientes, ¿por qué aceptas hacer ese tipo de cosas?
Porque ya me metí en esto. Porque para estar en un programa como este, se requiere de compromiso, uno que va más allá del intelecto. Aquí se involucran tus emociones y tu cuerpo. Y yo ya hice ese compromiso.

¿Qué encontraste en el matinal que te tiene tan feliz?
El reconocimiento de la gente. Y me di cuenta que todos mis miedos quedaban expuestos en pantalla y eran bien valorados. Siento que puedo ser yo y hacer lo que me nace. Con el tiempo he descubierto que ese es justamente el aporte que yo puedo hacer: ser como soy, no tratar de ser otro.


“Por mucho tiempo me sentí muy poco atractivo, muy poco interesante, definitivamente feo”.

A LA SOMBRA DEL HERMANO
Paulo Ramírez nació en una familia de clase media y cuando tenía un año su padre, Santiago Ramírez, químico de la Universidad Católica, se fue con toda su familia a hacer un magíster a la ciudad de Rochester, en Nueva York. Polo volvió con 3 años y cuando cumplió 5, partieron otra vez, ahora en busca del doctorado en Salt Lake City, en Utah. En ese entonces, Polo era un niño extremadamente tímido, según él, era una persona que le tenía susto a la vida. Por eso se aferró con garras a su hermano, un año mayor: Santiago (Chago) Ramírez –actor de profesión, actual locutor de radio Duna y Mega– que desbordaba personalidad. No importaba dónde estuvieran, su hermano siempre se robaba la película. “Me acomodé a crecer bajo su sombra. A estar siempre detrás de él”, dice.

¿Y eso en qué se tradujo?
En que me mantuve siempre bajo su alero. Siempre en segunda fila. Formé una especie de personalidad de segundo. Me acomodaba esa ubicación. Nunca fui presidente de algo, siempre vicepresidente; no porque no me eligieran, sino porque no me atrevía. Nunca di una pelea para tener el rol protagónico en nada. Por miedo, cobardía, porque el protagonista se lleva los méritos, pero también es el que corre el mayor riesgo. Y yo no estaba dispuesto a correrlo.

¿A qué le tenías tanto miedo?
A fracasar, a que se burlaran de mí, a quedar como un gallo que no se la pudo. Ese temor siempre ha estado en el corazón de mi forma de ser, todavía sigue ahí. Una vez un profesor me dijo: “¿tú sabes que eres el mejor alumno de este curso?”. Yo no tenía idea, pero ese reconocimiento lo valió todo y me di cuenta de que me gustaba ser reconocido. Me validaba.

Entonces tenías esta ambivalencia: querías pasar desapercibido y resaltar a la vez.
Siempre he tenido esa ambivalencia de querer estar escondido y al mismo tiempo de querer destacar. Tenía esta como ambición secreta de que debería ser el primero. Pero no me atrevía a tirarme a la piscina.

¿Cuándo te diste cuenta de ese rollo?
Yo miraba ponte tú a algún conductor de noticias, a algún periodista que estuviera haciendo algo destacado y pensaba: “tengo el deber de desarrollar esas mismas capacidades y de estar en ese lugar”. Pero no me atrevía. No me la creía.

¿Una especie de autoboicot?
Exactamente.

¿Por eso es que recurres a la terapia?
Recurrí porque sentía que mi forma de ser era como tener una olla a presión que se abría en los espacios más íntimos, entonces me había convertido en un personaje insoportable para mi familia. Rabioso, irascible, desagradable, que no disfrutaba nada por culpa de esta ambivalencia de quiero y no quiero, puedo y no puedo, debo y no debo. Entonces esta fricción hizo crisis y me tuve que hacer cargo.

¿Qué respuesta encontraste para atreverte a salir en pantalla?
Fue de a poco, muchos procesos. Me acuerdo un día en que el siquiatra me dijo: “¿en qué topas? No hay nada de qué temer; y si te va mal, y si te critican, ¿qué?”. Y en realidad… ¿qué?


En algún momento empecé a preocuparme de cómo me vestía. Un día la Loreto (su mujer) me dijo: ‘es un desagrado salir contigo, estás todo el tiempo pendiente de cómo te están mirando’”.

EL EGO AL ACECHO
¿Cuáles eran las mayores aprensiones de tu mujer frente a la idea de que te convirtieras en rostro?
Ninguno tenía mucha conciencia de los costos que traería. Los temores eran la exposición, la pérdida del anonimato y de la libertad. No tuve al principio real conciencia y siento que no hice el máximo esfuerzo de compensar los costos y las pérdidas que para mi familia estaba teniendo por el hecho de aparecer en televisión.

¿Y cuáles eran esos costos y esas pérdidas?
Exponerlos a la opinión de otros acerca de mí, a momentos incómodos para ellos. A ir caminando en la calle y que te arruinen un momento íntimo por una foto o un saludo. Al principio no sabía cómo reaccionar porque empecé muy viejo en esto.

¿Y el ego?
El ego es como un animal al acecho que ante el más mínimo signo de debilidad te come. Lo que hace el ego es que te distorsiona la visión de la realidad y hace que te sientas el centro de todo. Cuando estaba empezando a hacerme más conocido, en algún momento se apoderó de mí. Lo noté cuando de repente estaba en un grupo de personas y si no se estaba hablando de mí, o de algo que tuviera que ver con mi ámbito, simplemente no me interesaba.

¿Y cómo te diste cuenta?
Me empecé a dar cuenta de que me despegaba de las conversaciones y dije: “chuta, esto es un mal síntoma y lo tengo que combatir”, y me esforcé en volver a interesarme. Fue heavy cuando me di cuenta porque nunca he sido así. Pero es inevitable caer, uno empieza a darse demasiada importancia.

¿Tienes algún mecanismo para dominarlo?
La Loreto y mis hijos. Ellos son el cable a tierra.

¿Te paran el carro?
En algún momento empecé a preocuparme de cómo me vestía porque me di cuenta que era importante hacerlo y un día la Loreto me dijo: “es un desagrado salir contigo, estás todo el tiempo pendiente de cómo te están mirando”. Me dolió mucho y lo negué. Pero con el tiempo, tuve la oportunidad de aceptarlo y reconocerlo.

Cuando te ofrecieron entrar a Bienvenidos, ¿tu mujer te pidió que no lo hicieras?
A pesar que de que sé que no le gustaba la idea, fue muy respetuosa y generosa porque veía mi entusiasmo por hacerlo. Ella me alienta, reconoce y valora las cosas que son propiamente periodísticas en mi carrera. La parte de la entretención, de la fiesta, es la que genera los conflictos.

¿Peleas?
En algún minuto sí, ahora como que la cosa la hemos podido controlar mejor. Pero sí, todo esto ha generado roces en el matrimonio. El problema de fondo, en el caso de ella, es que pasé a ser un personaje distinto para el resto, ella siempre ha conocido mi faceta mas lúdica. No le gusta verme bailando o en ciertas dinámicas en público. Tengo que reconocerte que cuando todos me llaman la atención respecto a cosas que a veces pasan en el matinal, me miro de lejos y digo: “en realidad, en lo que me he convertido…”.

PAPÁ A LOS 20
Loreto y Polo llevaban tres años de pololeo cuando se enteraron de que serían padres. Ella tenía 19 y él 20 años, ambos eran estudiantes y vivían con sus familias.

¿Te cambió mucho la vida tener un hijo a los 20 años?
Me hizo madurar a la fuerza. Adelantó absolutamente mi inserción al mundo laboral. El nacimiento de Sebastián me enrieló, me obligó a sentar cabeza, a hacerme responsable.

¿Fue difícil?
Muy difícil. Tuvimos diez años duros en términos económicos. Sebastián nunca ocupó pañales desechables. No teníamos plata. En las noches nos quedábamos lavando los pañales de género en la tina. Yo pituteaba para El Mercurio, para una agencia de comunicaciones y hacía chistes para Condorito. Hacía cosas sin horarios para poder estudiar al mismo tiempo. Arrendamos un departamento al lado del Campus Oriente para poder ir los dos a la universidad y nos turnábamos para quedarnos con Sebastián, muchas veces lo intercambiábamos a mitad del camino. Nuestro máximo lujo era cruzar a una panadería que había al frente y comprarnos un berlín. Y eso era todo. Jamás salimos a comer, menos a carretear.

¿Cómo lo han hecho para seguir juntos después de tanto tiempo?
Creo que si el cariño ya no existe, si no existe el respeto, ni las ganas de estar juntos, debe partir cada uno por su lado. Pero cuando nosotros hemos estado mal, siempre nos hemos encontrado con algo, que puede estar muy escondido, pero que lo impide. Para decidir separarse tienes que tener mucha certeza, y esa certeza yo nunca la he sentido.

¿Y cómo han superado las crisis?
Yo creo que en definitiva eso es el amor. Algo tan ultra manoseado y difícil de tomar en serio, pero yo busco y digo: ¿dónde está la razón para seguir juntos? Es lo único que lo define. El amor es lo que te hace estar juntos.

¿Has tenido las ganas pero nunca la decisión de separarte?
Algo me detiene. Siento que con mi mujer creamos un órgano distinto a nosotros dos, una especie de corazón que funciona y nos hace vivir y existir, en la medida en que estamos juntos. Y cuando los problemas y la distancia parecen insalvables este núcleo nos une. Puede estar todo el resto podrido, la relación, los intereses, pero el núcleo sigue intacto. Ahora, para llegar a darse cuenta de que sigue intacto hay que pasar por el calvario. Muchas personas que llegan a ese punto dicen “aquí no queda nada, no hay nada”.
Pero nosotros aquí estamos.

¿Nunca fuiste mujeriego?
Para nada. Con el tiempo he descubierto que les tenía miedo a las mujeres. Creo que tiene que ver con el miedo al rechazo y eso es algo que ha ido cambiando y ha sido para mí gratificante de esta especie de concepción de sex symbol, aunque el término me queda muy grande. Por mucho tiempo me sentí muy poco atractivo, muy poco interesante, definitivamente feo.

¿Se te insinúan mucho las mujeres?
Eso es un mito. Ha habido momentos en que sí, algunas me miran. Pero yo establezco una pared inconscientemente.

¿Esa pared es pura fidelidad?
Creo mucho en la fidelidad. Es fundamental en una relación, porque es la demostración de la vigencia del compromiso hacia el otro.

EL PERIODISTA PREDICADOR
¿Te miras en televisión?
No me gusta verme. No soporto mi voz, mi cara. Algunas de mis primeras apariciones las tuve que ver obligado y me sentía muy empaquetado, muy tieso. Pero ya no soy tan drástico y reconozco una evolución. He aprendido a expresar lo que estoy pensando y sintiendo. Y la gente me cree.

¿Es la credibilidad tu mejor virtud?
Yo creo que sí. Creo que es lo que más se valora de mí, y me alegra. Hoy día los periodistas, sobre todo en la televisión y en la radio, estamos siendo tentados a convertirnos en algo distinto, a lo que para mi juicio debe ser nuestra vocación.

¿Convertirse en qué?
En una especie de sacerdotes de la transparencia, monjes de la conducta pública, jueces. A mí me irrita y me asquea cuando el periodista utiliza el privilegio que tiene de poder estar en contacto con la gente para expresar sus propias opiniones y entregar sus propias visiones.

O sea Tolerancia cero para ti…
Nunca vi el programa completo. Durante un par de años creo que no pude ver ni un pedazo. Porque se había convertido en un escenario de lucimiento y de abuso de poder. Me parece que el periodista opinante que hoy día no solo es la moda, sino que es el patrón, un modelo que estamos todos obligados a seguir y al que nos empuja Twitter, Facebook y el palmoteo en la espalda en la calle, es nefasto. Se trata de un modelo que nos saca de nuestro rol de periodista y nos pone en un rol de predicador.

¿Hacia dónde quiere crecer profesionalmente Polo Ramírez?
Es que nunca he sido muy concreto para planificar cosas. Lo que más disfruto es estar en terreno, hacer coberturas, conocer lugares, estar con otra gente.

¿Estás en tu mejor momento?
Estoy en un momento en que, profesionalmente, me siento realizado.

Si antes era el fracaso y la ridiculización, ¿hoy cuál es tu mayor miedo?
Le tengo cierto miedo a la irrelevancia.

¿A no ser nadie, a no destacar?
Le temo al proceso que te lleva a eso. A no dar lo mejor, a no jugármela. En el fondo a mirar para atrás y decir: “en realidad me la podría haber jugado pero no lo hice”.

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