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12 Junio, 2017
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Lina y Paulina: lesbianas chilenas y recién casadas

Si alguien viera a Lina Soto Ibáñez y a Paulina Acevedo Léniz vitrineando por Providencia, probablemente no memorizaría sus rostros. Pero si las viera besarse en la boca como lo hacen en las calles de Toronto, recordaría la escena por el resto de su vida. Para proteger su relación del estigma social, se han refugiado en el otro extremo del mundo. Aquí dan la cara y, pocos días después de casarse, relatan a Paula su conmovedora historia de amor.

Por Alejandra Matus / Fotografía: Renato del Valle


Agosto 2003.

Lina Soto Ibáñez (42 años) y Paulina Acevedo Léniz (37 años, anulada, dos hijos) están sentadas a la luz del cálido verano en la terraza del restaurante Zelda’s, en Toronto, Canadá. Paulina acaricia las mejillas y el cuello de Lina. Ella le responde con un suave beso en la boca.
Alrededor suyo, hay mesas en que ríen grupos de homosexuales vestidos como para ir a la oficina, junto a otros que lucen coloridas y ajustadas tenidas. Lina y Paulina, sentadas junto a la vereda, se miman a pleno mediodía como cualquier pareja recién casada. Una joven y su esposo pasan por Church Street, en el barrio gay, empujando el coche en que cargan a su hijo. Nadie voltea a mirar a las chilenas.
El pasado 11 de julio, Lina y Paulina se casaron por el civil, poco después de que en Canadá un fallo judicial declaró legal el matrimonio entre homosexuales.
De este modo se convirtieron en las primeras chilenas en contraer matrimonio y casi únicas en su disposición a hablar sin tapujos sobre su lesbianismo. Todo un récord que para nada inmuta a sus amigos canadienses a quienes les cuesta entender el interés de los medios chilenos en entrevistarlas.
Ellas, sin embargo, comprenden lo extraordinaria que es su historia en Chile, un país que apenas comienza a aceptar públicamente la homosexualidad y en el que el lesbianismo es uno de muchos tabúes sin derribar.
Por eso, a pesar de las incomodidades y del malestar físico que las sesiones de foto le provocaron a Paulina –quien sufre de severas dolencias a la espalda- ambas se sometieron pacientemente a esta
entrevista con Paula, que duró casi tres días.
En este reportaje, todos los datos son fieles al relato de las protagonistas, salvo los nombres de terceros aludidos, quienes aparecen con identidad ficticia a petición suya.

Amor de infancia

Ximena, la madre de Paulina, y Rebeca, la madre de Lina, se conocieron a comienzos de los años 70, porque sus maridos, ingenieros ambos, trabajaban en la celulosa Arauco. En ese pueblo, los matrimonios entablaron una estrecha amistad y, por lo tanto, también lo hicieron sus hijos.
Por entonces Lina tenía 14 años y Paulina, la mayor de tres hermanos, 9.
Lina: “Recuerdo que admiraba la viveza de esa niña. Era más inteligente y aguda que las muchachas de su edad. Me encantaba su compañía. Yo solía quedarme con ella y sus hermanos cuando nuestros padres salían”.
Paulina: “Lina me traducía canciones y ensayábamos los bailes de moda al son de los Bee Gees”.
-¿Ustedes tuvieron algún romance a esa edad?
Paulina: “No. Mis padres siempre han querido creer que fue Lina la que me hizo lesbiana, pero no es así. Cuando empecé a crecer, me di cuenta de que me gustaban las mujeres. En las películas y los comerciales les miraba las pechugas y las caderas, pero yo nunca le dije a Lina cómo me sentía”.
Lina: “Yo sólo tenía una amistad inocente con Paulina. A esa edad ni yo sabía que era lesbiana”.
Cuando Paulina cumplía 14 años, Lina había emigrado a la capital, donde arrendaba un departamento. Después de trabajar en la embajada de la India como traductora, se había convertido en una próspera importadora de prendas hindúes, muy de moda en esos años.
Lina: “Siempre quise salir del país. Por alguna razón, que no comprendía entonces, me sentía algo desadaptada. Vivía concentrada en los estudios para poder cumplir mi meta. Como a los 21 años, y gracias a los contactos que había conocido en la embajada, decidí emprender un largo viaje que comenzó en España, siguió en Londres y terminó en Canadá”.
Paulina apenas recuerda el momento de la despedida, pero Lina no ha olvidado que ese día la muchachita enjuta y de cabellos lacios y rubios le regaló un collar con un corazón de lapislázuli. “Ojalá que no sea la última vez que nos veamos”, dijo Lina al aceptarlo, tratando de disimular sus emociones.

“Aparte de un acto de amor y de compromiso, nuestra unión es también un acto político. Las personas que más nos quieren nos han dicho: ‘disfruten, sean felices, pero en silencio para que nadie las moleste’. Y nosotras respondemos que no es tan fácil. Nadie nos puede asegurar que en el futuro no vamos a tener un nieto gay o una sobrina lesbiana. Esto lo hacemos por ellos, para pavimentarles el futuro”.

La rebelión de Paulina

Al contrario de la relación armoniosa y cálida que Lina siempre mantuvo con sus padres, Paulina se enfrentó a los suyos al mismo tiempo que, alrededor de los 16 años, se sentía atraída por personas de su mismo sexo.
Paulina: “Tuve un pololeo con una niña del movimiento Schöenstatt en el que participaba. Nos dábamos besos y abrazos y me enamoré. Ella vivía en Talcahuano y yo le escribía cartas. Un día su madre descubrió una de mis cartas y me denunció ante mis padres. Cuando llegué a la casa había tremendo drama: estaba todo el mundo llorando. Mi padrastro dijo que él se haría cargo de mí y me separaron abruptamente de ella. Nunca más pude verla. A todo mi curso le notificaron que no debían ayudarme a contactarme con ella y si salía a la calle, tenía que ir acompañada. Del movimiento Schöenstatt me expulsaron. Así, por la fuerza, creían que podrían cambiarme”.
-¿Qué hiciste?
Paulina: “Llegó un momento en que dije: ‘No puedo más’ y traté de suicidarme. Realmente quería morirme. Agarré un frasco de pastillas que tenía mi mamá y me las tomé todas. Cuando me sentí medio mareada –dice riendo– me acerqué a mi madre a pedir ayuda. Me llevaron al hospital. De regreso en la casa, mis padres seguían reprochándome al punto que le grité a mi padrastro que era un imbécil y él me agarró y me metió a la ducha helada”.
Sin embargo, la joven seguía siendo una excelente estudiante y fue aceptada en la carrera de obstetricia en la Universidad de Concepción.
Paulina: “En la universidad tuve otra pareja. Un día me rebelé y le dije a mi padrastro: ‘La fulana es mi polola y quiero que la acepten igual como aceptan a las parejas de mis hermanos. De lo contrario, me iré de la casa’. Él me respondió: ‘Pues empieza a hacer las maletas’”.
Paulina obedeció, pero 11 días más tarde estaba de regreso, sin dinero para comer, ni pagar los estudios. Su relación amorosa, en medio de la presión, había terminado por romperse. Derrotada, les pidió a sus padres que pagaran un siquiatra que la hiciera “normal”.
“No daba más. Lo único que quería era paz en mi vida. En ese tiempo conocí al padre de mis hijos, un estudiante de medicina. Yo le conté que era lesbiana y me dijo que él podría enseñarme a apreciar el amor de un hombre. Nos casamos y volvió la armonía a mi hogar. Mis padres estaban felices, pues creían que me había salvado”.

Paulina: “para mí el matrimonio era importante porque nos legitima ante la sociedad. De lo contrario, seguiría sintiendo que no nos toman en serio, como si todo lo que hacemos y sentimos fuera un capricho temporal, como si jugáramos a las casitas”. En la foto, paulina y lina celebrando su matrimonio legal en Canadá, en julio de este año.

Paulina: “para mí el matrimonio era importante porque nos legitima ante la sociedad. De lo contrario, seguiría sintiendo que no nos toman en serio, como si todo lo que hacemos y sentimos fuera un capricho temporal, como si jugáramos a las casitas”. En la foto, Paulina y Lina celebrando su matrimonio legal en Canadá, en julio de este año.

El despertar de Lina

Lina, en tanto, despertaba a la vida sexual muy lentamente. Tuvo pololos, pero sentía que estaba incapacitada para amar. A los 25 años conoció en Canadá a un hombre judío, “un intelectual nada machista” que percibió su real naturaleza sexual.
“Él mismo me llevó a una reunión en un centro de apoyo para lesbianas y homosexuales. Hasta ese entonces yo creía que estaba muerta emocionalmente y al comienzo me sentía incómoda, tímida en los clubes de lesbianas. Poco a poco comenzaron a quitárseme los miedos y comencé a sentirme a gusto en ese grupo. Al fin sentí que me estaba encontrando y llegó el momento de definirme. Conocí a una canadiense a la que le planteé mi situación. Hicimos el amor y entonces me dije: “Sí, soy lesbiana”,
porque nunca me había sentido de esa manera con un hombre. Me puse súper contenta porque descubrí que sí tenía capacidad de amar. Estaba orgullosa de mí”.
No por eso Lina despejó completamente sus dudas. “Hubo un tiempo en que no sabía si era lesbiana o bisexual. Los valores sociales chilenos, como el deseo de formar una familia y tener hijos, me confundían”.
Lina cuenta que sólo a los 25 años, acicateada por su sicólogo, se animó a contarles a sus padres que era lesbiana. Los llamó por teléfono y ellos, tras oír la confesión, sonrieron al unísono. “Hija, lo sabíamos mucho antes de que usted misma se diera cuenta”, le dijeron.
Los padres de Lina con gusto aceptaron que más tarde su hija los visitara con una nueva pareja en el remoto país donde vivían y, sin dudar, les prepararon una habitación matrimonial. Lina tenía una vida plena en Canadá y fructificaba su negocio, aunque todavía buscaba a la mujer ideal. Fue entonces que su madre, Rebeca, la sorprendió con una llamada.
Lina: “Fue en 1995, creo. ‘¡A que no sabes lo que pasó!’, me dijo. ‘Paulina es lesbiana. Dejó la grande: abandonó al marido y se llevó a los hijos’. Esta noticia me hizo sentir admiración por ella. La encontré valiente. A partir de entonces la empecé a buscar. Me demoré siete años en encontrarla”.

Lina y Paulina representando a Chile en el Gay Parade de Canadá.

Lina y Paulina representando a Chile en el Gay Parade de Canadá.

Añorado encuentro

Paulina cuenta que después de casada nunca dejó de tener fantasías sexuales con mujeres y, aunque quería a su esposo, éstas se fueron haciendo cada vez más intensas, hasta que “pensaba en ellas de día y plenamente consciente”. Su esposo se desesperaba y luchaba contra esos sentimientos. También lo
hizo Paulina. “Incluso estuvimos en terapia de pareja, pero nada funcionó”. Finalmente, y a pesar del escándalo, Paulina se marchó del hogar con sus dos hijos.
“Tres años estuve sin encontrar trabajo y estoy segura de que fue por causa de la campaña que me hizo mi ex marido, pues lamentablemente nos desempeñábamos en el mismo campo. Él se casó de nuevo y yo tuve otras dos parejas”.
Paulina huyó de Concepción a Curicó y luego a Talca, buscando un lugar donde nadie la conociera. Finalmente se estableció en Rancagua, junto a Carola, una periodista y reconocida lesbiana en la comunidad local.
Lina: “En esos siete años llamé infructuosamente por teléfono a todas las clínicas y hospitales de Chile a ver si encontraba a Paulina. Los anexos se traspasaban de uno a otro y muchas veces me dejaron colgando. Entonces decidí que la única manera era viajar a Chile. En Valparaíso, donde residía tras regresar del extranjero, mi madre llamó a su amiga Ximena y ella nos dio el teléfono de su hija, sin problemas”.
Con el corazón palpitando a toda marcha, Lina discó el número y oyó la voz de Paulina. “No sé si te acordarás de mí, soy Lina, la hija de Rebeca”, dijo. “¡Por supuesto que me acuerdo!”, respondió
Paulina y la invitó a su casa, en Rancagua, al día siguiente.
Lina: “Al bajar del bus me pareció que Paulina tenía la misma cara de niña que yo recordaba. Vi la marca del dolor en su rostro y me entristecí”.
Paulina: “Yo me tuve que poner ese corsé atroz por mi problema a la espalda. Tengo incrustados cinco tornillos que me sostienen derecha, pero igual me había arreglado bien. Cuando la vi bajar del bus me pareció súper atractiva, aunque en ese momento yo tenía una relación estable y ninguna intención de engañar a mi pareja”.
Lina estuvo un día y medio con ella, recordando esos años de amistad adolescente. Al despedirse, le dijo a Paulina que era la mujer de sus sueños. Ella se moría de ganas de besarla, pero le respondió que había llegado demasiado tarde. “Estoy comprometida”, se excusó.
Pese a todo, continuaron comunicándose por teléfono y por e-mail. Un día, el llamado de Lina lo contestó Carola. “Paulina está empacando”, le informó. “Me tiene harta”.
Poco después, instalada ya en un departamento de soltera con sus hijos, Paulina llamó a Canadá: “¿Cuándo me vienes a ver?”, coqueteó.
Lina programó su viaje para el 17 de julio de 2002.
Paulina: “Yo había pensado hacerme la difícil, pero todos mis planes se esfumaron cuando la vi en el aeropuerto. Nos abrazamos y nos reíamos como cabras chicas. De vuelta en el bus íbamos tomadas de la mano. En un momento de descuido, Lina me dio un beso fugaz en la boca”.
Si alguien las miró, no se dieron cuenta. “No veíamos a nada, ni a nadie”, relata Paulina.
Lina: “Yo nunca había sentido esa conexión con nadie”.
Paulina: “Mis dos parejas anteriores eran bastante masculinas y los roles estaban casi tan diferenciados como en una pareja heterosexual típicamente machista. Ellas no querían ser mujeres y siempre tuve esa frustración de no poder tocarlas como tales. Ésta es la primera vez que estoy con una mujer-mujer”, dice y le lanza una mirada sugerente a Lina, quien se ha sonrojado al oír esa confesión.

Paulina: “Yo respeto el enojo de mis hijos y trato de mantenerme al tanto sobre sus vidas. Pero lo que no puedo aceptar es que me digan qué es lo que puedo o no puedo decir. Yo soy una mujer adulta y libre. Lo que he contado es que estoy enamorada y que me he casado, no que soy traficante de drogas, asesina o pervertidora de niños. No hay de qué avergonzarse”.

Paulina: “Yo respeto el enojo de mis hijos y trato de mantenerme al tanto sobre sus vidas. Pero lo que no puedo aceptar es que me digan qué es lo que puedo o no puedo decir. Yo soy una mujer adulta y libre. Lo que he contado es que estoy enamorada y que me he casado, no que soy traficante de drogas, asesina o pervertidora de niños. No hay de qué avergonzarse”.

La familia

-¿Cómo tomaban tus hijos que vivieras con mujeres?
Paulina: “Yo nunca les oculté que era una mujer sexuada. Ellos jamás tuvieron problemas conmigo o en el colegio. Nadie los molestaba, salvo una vez que mi esposo fue a hablar con el profesor al colegio de mi hijo mayor, por un problema de conducta que él había tenido, y le dijo al profesor que su única dificultad era tener una madre lesbiana. El colegio era católico y mi hijo fue expulsado”.
Lina: “Todo el mundo dice que los niños deben desarrollarse en un ambiente normal, pero normal es que estén rodeados de cariño y comunicación; que no sufran abuso, negligencia, ni ausencia por parte de sus padres. Y Paulina les dio todo eso con quien estuvo. Por lo tanto, no hay nada que temer por sus hijos, que son unos muchachos maravillosos”.
Los hijos de Paulina, hoy de 14 y 18 años de edad, aceptaron sin resquemores que su madre comenzara una nueva relación con Lina. Ellas vivieron cuatro semanas de ensueño y la última de ellas, sabiendo que se acercaba la hora de la separación, lloraban inconteniblemente.
Inicialmente, analizaron la posibilidad de quedarse en Chile, pero las presiones las hicieron desistir. En esas cortas semanas la pareja sufrió el rigor del rechazo familiar. “Fue denigrante, espantoso. Lloré de humillación”, cuenta Paulina.
Lina: “En sociedad no teníamos problemas. Con dinero tú puedes ir a ciertos lugares donde nadie te mira mal. Compras la protección, pero el mundo se vuelve tan pequeño para nosotras que estamos llenas de ansias de volar, luchar, correr, gritar, como cualquier ser humano. Si fuéramos lesbianas pobres, seríamos violadas y requetevioladas, o golpeadas y matratadas por hombres con el orgullo herido, como sabemos que ocurre en nuestro país”.
Cuando Paulina decidió que lo mejor para todos sería irse a Canadá, su hijo mayor le dijo que contaba con su bendición, pero que él prefería quedarse en Chile con su padre. La menor también optó por quedarse.
Paulina: “Mi marido siempre me amenazó con quitarme a los niños y yo viví atormentada por ese miedo. Al final, fui yo la que le entregó la custodia de ambos. Fue una decisión difícil y dura, pero sabía que sería bueno para ellos, pues tendrían la oportunidad de afianzar los lazos con su padre, con quien sólo habían tenido una relación esporádica. Yo ya los había formado en valores profundos: justicia, tolerancia, comunicación, libertad. Su padre tiene una visión más estrecha del mundo, pero sé que es
un buen padre y que a fin de cuentas serán ellos quienes decidan cómo quieren vivir su vida. No tengo dudas ni arrepentimientos al respecto”.
Lina: “Por lo demás, aquí tienen las puertas abiertas. Yo estaría encantada si decidieran vivir con nosotras”.
Los muchachos mantuvieron una comunicación periódica con su madre hasta que la noticia de su matrimonio con Lina trascendió fronteras. Ellos le reprocharon haberlos expuesto al escarnio público.
Paulina: “Yo respeto su enojo y trato de mantenerme al tanto sobre sus vidas a través de mi hermana. Pero lo que no puedo aceptar es que me digan qué es lo que puedo o no puedo decir, que me corten el teléfono o me despidan con groserías. Yo soy una mujer adulta y libre. Lo que he contado es que estoy enamorada y que me he casado, no que soy traficante de drogas, asesina o pervertidora de niños. No hay nada de qué avergonzarse”.

Lina: “Mi esposa y yo tuvimos que irnos lejos de chile para tener la posibilidad de que nuestra relación sobreviva, pero el dolor del rechazo nos ha seguido hasta acá. Qué tristeza me da que nuestra lucha más grande como mujeres chilenas tenga que ser hacernos respetar por la sociedad que más nos importa: nuestra familia”.

La ceremonia

Lina regresó a Canadá en agosto para preparar el viaje de Paulina y conseguirle la visa de ingreso. En tanto, Paulina tramitaba la entrega de la custodia de sus hijos a su ex marido.
En octubre, las enamoradas se reencontraron en Chile, esta vez para embalar y dejar atrás la antigua vida de Paulina.
En medio del dolor de la partida, las mujeres hicieron un alto y se arreglaron de fiesta para ir de cena a un exclusivo restaurante. Lina tenía algo muy importante que decirle a Paulina. De su cartera sacó dos anillos de oro con inscrustaciones de diamante en medio cintillo. Fue su forma de pedirle la mano. Los camareros que las atendieron no se atrevieron a interrumpir sus lágrimas, ni las caricias que se dieron.
Finalmente, volaron a Toronto el 28 de diciembre de 2002. En junio pasado los tribunales canadienses declararon inconstitucional que se prohíba a los homosexuales contraer matrimonio, pues un derecho humano básico es el de formar familia y éste no puede reconocérsele sólo a unos y no a otros. El gobierno no apeló y de esta forma, el matrimonio entre personas del mismo sexo se convirtió en legal.
La misma noche que escucharon la noticia, Paulina tomó la iniciativa: “¿Te quieres casar conmigo?”, le dijo a su pareja y ella le dio de inmediato el sí.
A la mañana siguiente, acudieron al municipio de Toronto para pedir la licencia matrimonial. Los medios canadienses que cubrían la noticia de ese nuevo avance en la legislación de su país las entrevistaron.
Paulina: “Creo que llamamos su atención porque somos femeninas las dos y salimos del estereotipo de lesbiana con pinta de camionera”, especula, lanzando una carcajada.
El 11 de julio se casaron en el Cityhall de Toronto, acompañadas sólo por amistades canadienses.
Lina se vistió con falda y una chaqueta blanca. Paulina se cortó el pelo que usaba largo y se lo peinó hacia atrás con gel, “bien lesbiana”, describe sonriendo.
Cuando las novias fueron presentadas como “las señoras Soto” después de dar el sí, la concurrencia exhaló un suspiro. Algunos lloraron.

Paulina: “Para mi familia siempre he sido una vergüenza. No importa que fuera inteligente, íntegra, dedicada, todas mis virtudes se consideraban opacadas por ese ’pero’. Yo sé que cualquiera en Chile preferiría tener un hijo patán, drogadicto, traficante, antes que una hija lesbiana”.

Paulina: “Para mi familia siempre he sido una vergüenza. No importa que fuera inteligente, íntegra, dedicada, todas mis virtudes se consideraban opacadas por ese ’pero’. Yo sé que cualquiera en Chile preferiría tener un hijo patán, drogadicto, traficante, antes que una hija lesbiana”.

Acto político

Durante esta entrevista, el pasado 22 de julio, día de su cumpleaños, Paulina recibió el primer llamado de su madre y padrastro en mucho tiempo.
Paulina: “Mi madre se niega a escuchar que estoy casada. Me habla del clima y cuando le digo que tengo algo muy importante que contarle, me dice que no necesita escucharlo. Mi padrastro, en tanto, insiste en que vaya a verlos, sola, argumentando que mi madre está muy enferma”.
Los hijos, en cambio, no han dado señales de vida.
Lina: “Mi esposa y yo tuvimos que irnos lejos para tener la posibilidad de tener una relación que sobreviva, pero el dolor del rechazo nos ha seguido hasta acá. Qué tristeza me da que nuestra lucha más grande tenga que ser cuidarnos las espaldas y hacernos respetar por la sociedad que más nos importa: nuestra familia”.
Paulina: “Yo extraño a Chile, como extraño a mis hijos y claro que prefiriría vivir cerca de ellos. Pero lo cierto es que nunca me había sentido tan libre y aceptada como aquí. De cierto modo me siento una exiliada”.
–¿No hubiera sido más fácil vivir juntas sin casarse y ahorrarse problemas familiares?
Paulina: “Para mí el matrimonio era importante porque nos legitima ante la sociedad. De lo contrario, seguiría sintiendo que no nos toman en serio, como si todo lo que hacemos y sentimos fuera un capricho temporal, como si jugáramos a las casitas. Yo recuerdo que mi madre decía cosas como: “Esta
Paulina insiste en ser lesbiana” o, cuando rompía con una pareja me aconsejaba que buscara marido. Para mí fue súper duro constatar que para mi familia siempre he sido una vergüenza. No importa que fuera inteligente, íntegra, dedicada, todas mis virtudes se consideraban opacadas por ese ’pero’. Yo sé que cualquiera en Chile preferiría tener un hijo patán, drogadicto, traficante, antes que una hija lesbiana”.
Lina: “Yo creo en el matrimonio porque he visto que da resultados. En el caso de mi hermano, que tiene una familia maravillosa, y en especial en el ejemplo de mis padres. Además, casarnos significa que tenemos el reconocimiento, respeto y protección de las leyes y las autoridades”.
Paulina: “Aparte de un acto de amor y de compromiso, nuestra unión es también un acto político. Las personas que más nos quieren y nos han apoyado nos han dicho: ‘Disfruten, sean felices, pero en silencio para que nadie las moleste’. Y nosotras respondemos que no es tan fácil. Nadie nos puede asegurar que en el futuro no vamos a tener un nieto gay o una sobrina lesbiana. Esto lo hacemos por ellos, para pavimentarles el futuro”.
Y firmar su compromiso ante las leyes canadienses no será el último acto testimonial. En cuanto reciban a vuelta de correo el certificado de su matrimonio legalizado, Lina y Paulina se presentarán
en el consulado chileno para inscribir su matrimonio.
Lina: “El cónsul me dijo que no veía razón para impedir que registráramos un matrimonio completamente legal. Quien sabe, a lo mejor conseguimos abrir una compuerta que nos permita
algún día regresar a Chile y sentirnos acogidas y aceptadas por lo que somos”.

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