Lo que aprendí con mi primer hijo

Reportajes y Entrevistas

Lo que aprendí con mi primer hijo

Por Mariana Vidal / Ilustración: Gertrudis Shaw

Cuando pensé en escribir sobre mi maternidad, se me vinieron mil cosas a la mente. Y mi Gaspar es la primera. Un hijo demasiado esperado, e inesperado también. Con Chapu, mi pareja, estamos juntos desde el colegio. La mitad de mi vida he estado con él. Nos casamos a los 9 años de pololeo, y siempre pensé que ese era el día más feliz de mi vida. Ver a todos tan felices por este nuevo paso que dábamos, me llenaba el corazón de amor. Verlo a él en el altar, fue uno de los sentimientos más bellos que he tenido. Somos cómplices, amigos y muy pareja.

Él no tenía muchas ganas de ser papá. Yo, en cambio, moría de ganas porque me sentía mega preparada para eso, fue algo que siempre quise. Después de muchos tira y afloja en el que tratábamos de llegar a un consenso, el primer fin de semana del 2016, mientras nos tomábamos y picoteábamos algo -cosa que intentamos seguir haciendo-, recuerdo que sonó la típica alarma que tenemos todas las mujeres para acordarnos de tomar la pastilla anticonceptiva. Miré mi celular y le dije: “ya no quiero más. Ya no me quiero tomar las pastillas”. Mi idea no era ponernos en campaña, sino que desintoxicar mi cuerpo de tanta hormona para así prepárarlo para cuando buscáramos a nuestro primer hijo. Chapu me miró y me dijo: “dale”. Nada más.

Esa fue nuestra última conversación sobre ser papás. Y en febrero, estaba embarazada. Así de rápido, sin campaña, sin llorar esperando a que no me llegara la regla. Siempre dije que quería ser mamá antes de los treinta, y cumplí 29 con Gaspy en mi guatita. Todo se volvió hermoso, realmente hermoso. Me sentía muy querida y protegida. Y tan linda. Sí, nunca me he sentido más linda en mi vida que estando embarazada.

Los primeros dos meses tuve algunas complicaciones por desplazamiento. No era tan grave, pero me aterraba la idea de que algo le pudiera pasar. Viví ese proceso muy acompañada. Todas las tardes mi casa se llenaba de gente para cuidarme y contenerme. Creo que ahí comenzamos a alejarnos con Chapu. Aunque estábamos acostumbrados a una relación en la que lo hablábamos todo, el miedo que teníamos de verbalizar lo que no queríamos ni pensar nos hizo guardar lo que sentíamos.

Después de ese periodo de mucho temor, Gaspy se afirmó y seguimos en un embarazo relativamente estable. Y a las 40 semanas y cinco días, llegó el momento de conocer a mi hijo. Ahí me di cuenta de que cuando decía que mi matrimonio había sido el día más feliz de mi vida, me había equivocado. A pesar de que mi parto no fue la experiencia maravillosa que me advirtieron, es lejos el mejor que he vivido. Ver a mi guagua me emocionó de una manera que me cuesta explicar. Era tan feito (sí, lo encontré feito cuando nació), pero era mi Gaspy. Mi hijo, al que esperé tanto, estaba ahí, en mi pecho, mirándome. Ahí comenzó otra travesía, una que pensé que sería fácil por estar convencida de que yo estaba hecha para ser mamá. Creí que mi rol me acomodaría, pero no fue así. Mi lado maternal no brotó por mis poros como pensé, no me adapté rápido a ser tres. Y hoy no tengo miedo en reconocer que me costó. Lloré mucho, mucho más de lo que pensé que podía llorar. Al principio no era lo que pensé que sería, no todo fluía como me habían dicho. Cuando debía ser la mujer más feliz del mundo por tener a mi hijo conmigo, a un esposo maravilloso, a una familia apañadora a morir, no estaba disfrutando de eso. Y llena de miedos decidí ir al siquiatra. Gaspy tenía dos meses. Pero sabía que si yo no estaba bien, nada estaba bien.

Creo que las hormonas nos convierten en un caos, nos vuelven realmente insoportables, incluso para nosotras mismas. Con la ida al siquiatra entendí muchas cosas. Me hizo bien hablar con alguien que no me conocía, que no me juzgaba y que finalmente me dijo que me relajara, que no estaba loca, que esto le pasaba a muchas mujeres, pero que no todas se atreven a decirlo. Así fue como comencé a ser otra mamá, a querer a esa mamá que no era como yo esperaba pero que igual era la mamá de mi Gaspy. Empecé a aceptarme más. No puedo decir que no siento culpas, porque mentiría. Todos los días me siento culpable por algo, pero acepto la mamá que soy.

Luego de haber enfrentado ese tema, llegó otro: a mi Gaspy le descubrieron un problema neuronal. Fueron noches sin dormir, cuando ya era tiempo de volver a trabajar, pero nos dieron licencia médica. Una licencia en la que decía “enfermedad grave del hijo lactante”. Me quise morir. Empezaba otra lucha, una física y psicológica donde mi cabeza no dejaba de pensar, no se daba un minuto de descanso, no me daba un respiro. Pero ahí estaba él, mi hijo que me miraba, me hablaba, me amaba, me necesitaba. Y ahí estaba yo, otra vez rodeada de una contención hermosa.

No sabíamos bien qué tenía. Ópticamente se arqueaba, nunca estuvo en posición fetal. Empezaron los exámenes y la quinesiología tres veces a la semana. Y brotó la mamá obsesiva. Después de las kines en la clínica, en mi casa seguíamos todo el día haciendo lo que nos enseñaban. Compramos los implementos para que nada nos parara. Hacíamos sus ejercicios sagradamente, y después de muchos meses le dieron el alta médica. No sé si fue el trabajo de kine, mucho amor o qué, pero hoy no tiene ni una secuela de lo que en un minuto se nos planteó. Nada.

Después de su alta, me tocó volver a la vida labora con mucha pena. Me acuerdo los primeros días que lo iba a dejar al jardín. Creo que lloraba más que él. Hay muchas cosas que nos dicen que van a pasar después de ser mamás, como que crecen muy rápido, que no lo tomes tanto en brazos porque lo harás mamón, que lo mejor es la leche materna, y que ir al jardín le cuesta más a la mamá que al niño. Para mí, juro que la última es una de las verdades más grandes de la maternidad. Pero volví a mi pega y siempre pensé que no querría volver a trabajar después de ser mamá, pero me hizo bien. Hace bien volver a ser nosotras. Porque somos mamás, pero antes fuimos mujeres, hermanas, hijas, esposas, amigas. Corro todo el día entre las leches y los pañales, pero también me gusta saber que hago bien otras cosas.

Admiro profundamente a las mamás que tienen, pueden o quieren quedarse con sus niños, porque lo viví y eso es una pega que nadie valora y que tenemos que hacer porque en teoría eso es lo que se espera cuando te vuelves mamá. Pero yo no soy de esas mamás, y sin culpa lo digo. Yo necesitaba volver a ser Mariana, volver a tomar un lápiz para llenar un pagaré y hablar con gente adulta para cerrar un negocio. Soy de esas mamás que aman profundamente a sus hijos, pero que quieren y necesitan trabajar. Necesito ocho horas al día para volver a ser yo, quiero salir con mis amigas, añoro los minutos para mí. Sí, yo soy esa mamá y doy gracias a la mía por enseñarme que se puede, que puedo ser lo que yo quiero y que nadie me hará sentir que lo estoy haciendo mal. Por eso lucho todos los días. Soy Mariana, mamá de Gaspy, y ese siempre será mi mejor título. Pero no por eso el único que voy a tener.

Mariana es tiene 31 años. Es mamá de Gaspar, que tiene dos años, y es ejecutiva Pyme.

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