Lo que me dejó esa relación

Reportajes y Entrevistas

Lo que me dejó esa relación

Por Juan Cruz Giraldo / Fotos: Constanza Miranda

Después de terminar una relación viene, junto a la inevitable tristeza, una etapa cultural bastante enraizada: juntarse con la ex pareja y devolverse recuerdos. Objetos que en algún momento fueron compartidos, pero que, con el final del vínculo amoroso, hay que definirles un nuevo dueño. Polerones, discos, libros y, a veces, incluso un perro o un gato. Pero lo que queda no son solo cosas materiales. Aquí, algunas historias de lo que puede dejar un ex, además de un corazón roto.

Amor animal

Olivia (55) tenía una regla clara en su hogar: no se permitía ningún tipo de mascotas. Sin embargo, su en ese entonces tercer marido, para el verano del 2015 apareció con diez cachorros en la puerta de su casa. Los había encontrado abandonados en un sitio eriazo a las afueras de Santiago. La mayoría tenía desnutrición y parásitos. Ella aceptó la camada de perritos porque encontró que era un gesto amable, y empezó a buscarles dueños. Pero se encariñó con la más pequeña: Bambi, una quiltra de piernas largas y flacas, como la caricatura de Disney. Hace un par de meses su ex habló con ella para decirle que no podían seguir juntos. Y así pusieron fin a su matrimonio de 10 años. La primera reacción de Olvia fue física: se angustió y sintió dolor en el pecho, no estaba preparada para un quiebre. La decisión la tomó por sorpresa. La segunda reacción, cuando el malestar pasó, fue preguntarse: ¿quién se queda con el perro? Bambi la sigue a todos lados, incluso duerme en la misma pieza, en una camita de espuma junto a la de ella. Ambas salen a caminar por las mañanas y por las tardes. Tienen toda una rutina de vida. Así que ella no transará. “Pensé que, a mi edad, estar soltera otra vez era duro. Me dije a mí misma que no creía en el amor, o que el amor ya no creía en mí. Pero miro a mi perrita, que siempre está, y me siento amada de otra forma. Así entendí que el amor va más allá de tener una pareja. El amor está en todos lados”, dice.

El idioma del amor

El primer amor de Nicolás (22) fue un compañero de intercambio sueco. El joven llegó a su colegio en 2012, y fue un flechazo a primera vista. Para Nicolás fue importante porque fue su primer pololo y con él salió del closet ante su familia y todo su círculo en Temuco. Con él, además, se sintió por primera vez viviendo su verdad. “Aprendí a defender la igualdad en el amor, a luchar por mis convicciones y a entender que todas las personas podemos amar”, dice. Nicolás no hablaba el idioma natal de su pareja, pero lo aprendió rápidamente con la intención de comunicarse mejor con él. Descargó aplicaciones, bajó películas, leyó libros. Y cuando su ex volvió, viajó hasta Suecia para verlo. A pesar del amor que se tenían, terminaron ese invierno del 2013 porque era insostenible mantener la relación a distancia. Nicolás conserva un libro de la poetisa Edith Södergran, una de las mujeres fino-suecas pioneras de la poesía en ese idioma, que adquirió durante su viaje a Europa. Hoy entre los versos de amor, él suspira y recuerda con gratitud toda la historia que vivió: “quererse implica, algunas veces, luchar contra la sociedad, y hay que romper esas barreras si buscamos ser felices, amar y gozar”.

 

Amor visual

Carolina (32) admiraba mucho a su ex pareja, un fotógrafo y artista visual, sobre todo en los momentos de crisis porque él siempre se mantenía positivo. “Fe en el caos”, le repetía. Esta frase, además, es parte de una de sus instalaciones. Ella se lamentaba en ese momento porque no tenía trabajo y estaba pasando por un mal momento familiar, pero se aferraba a la idea de tener una cuota de esperanza ante el completo desorden. Para un cumpleaños, él la sorprendió con un cuadro que tenía la frase enmarcada, y ella lo puso en el living. “Estuvimos juntos sólo por seis meses. Fue corto, pero muy intenso. Aprendí a que existen los límites y que a veces las cosas simplemente no funcionan. Por más que trates de arreglar una relación, tienes que aceptar los desenlaces”, recuerda ella. “Afortunadamente, hoy no hay rencor. Podemos conversar y sabemos que nos tenemos el uno al otro, que todavía hay cariño y respeto. Preferimos ser amigos y llevarnos bien que odiarnos por completo”. Cuando terminaron, Carolina se cuestionó si bajar el cuadro de la pared. Pero ella, cuando se siente abrumada, lo mira y agradece tenerlo. Y ahora, efectivamente, confía en el caos. “Después de lo malo, siempre pasa algo bueno, por más cliché que suene”.

 

Amor de temporada

Park City es una ciudad del estado de Utah, Estados Unidos, que funciona casi sólo para el turismo. Está lleno de resorts y hospederías que se atiborran de visitantes que recorren todo el país para esquiar en las montañas del pueblo. Alejandra (28), estudiante de periodismo en ese entonces, tenía 23 años cuando llegó hasta esa ciudad para trabajar en un work and holiday en un restorán. Allí, cuando apenas llevaba una semana, conoció a Marcos. Brasileño, jefe del local de comida, radicado en el país norteamericano, once años mayor que ella y amante del snowboard. En sus tiempos libres, él se ofreció a enseñarle todo lo que sabía sobre este deporte invernal. Juntos pasaron tardes enteras en las pistas nevadas, intentando comunicarse en una rara mezcla de español, inglés y portugués. Las semanas pasaron y se volvieron inseparables. Se veían en el trabajo y en la casa. Por eso, despedirse cinco meses después fue muy doloroso para ambos. Sin embargo, decidieron seguir con la relación a distancia. Pero los celos de él y la desconfianza por estar separados terminaron por arruinar la relación. La llamaba y la bombardeaba con mensajes porque quería saber siempre en qué estaba ella. Y Alejandra se sintió presionada a revisar su celular todo el tiempo. A mantenerse conectada con él para evitar hacerlo enojar. Dos meses después, con mucha pena, decidió terminar. En la bodega de su casa, en Santiago, reposan un estuche, una tabla con sus fijaciones y un par de botas que Marcos le regaló para que ella practicara el deporte que los unió. El primer invierno que Alejandra pasó en Chile, subió a la montaña. Desde las alturas, pensó en él. En que la nieve aquí y allá se parecen mucho. En la compañía que él le dio estando lejos del hogar. En la paciencia que le tuvo cuando ella se caía de la tabla. “Estando en esa relación aprendí más de mí que de él. Me di cuenta de qué tipo de hombres no quería para mi vida y qué tipo de conductas no me iba a bancar nunca más. Por eso, la primera vez que volví a la nieve, lo recordé, pero en lugar de sentir dolor o nostalgia, me asombré porque me sentí aliviada. Más grande. Más conectada conmigo misma”, recuerda.

 

Amor de hijas

Joaquín (27) nunca había pololeado hasta los 21, cuando su pinche, una compañera de la universidad con la que sólo tenían una relación basada en encuentros sexuales esporádicos, le dijo que tenía 4 meses de embarazo y estaba esperando dos guaguas de él. Durante tres semanas no pudo dormir. No estaba asustado por convertirse en papá de unas gemelas, porque en su casa los embarazos numerosos son frecuentes -de hecho, él es trillizo y sus hermanos mayores son mellizos- pero formar una familia con una mujer que no conocía en profundidad lo aterraba. Pero mientras pasaba el tiempo y compraban cosas para las niñas que venían en camino, comenzó a enamorarse de ella. “Me gustaba su sencillez, sus ojos expresivos y su sentido del humor. Incluso nos fuimos a vivir juntos, cuando nacieron las niñas éramos muy felices”, recuerda. Joaquín trabajaba como periodista en un medio de comunicación y tenía turnos de noche, pero su ex desconfiaba de él. Muchas veces no le creía sobre sus horarios de trabajo, le revisaba el celular o lo celaba con sus compañeras. Él se cansó y puso fin a su relación luego de tres años. Desde entonces, no cree en el amor en pareja. Se imagina solo. Está agradecido de que su ex le haya dado dos hijas y en la cara de las niñas la recuerda a ella: “mis guaguas son el motor de todo lo que hago. Me hacen ser mejor persona”. Pero cuando reflexiona sobre estar en pareja, la conclusión no es tan esperanzadora. “A veces creo que idealizo el amor: quiero a alguien que confíe en mí, crea en mi palabra y me quiera tal como soy. ¿Será mucho pedir?”.

 

Una nueva amiga

Tamara (25) y Belén (28) eran concuñadas. Se conocieron en la casa de sus ex, pero no se hicieron amigas. Sin embargo, tras terminar un año después, ambas solteras, decidieron juntarse para ponerse al día. Belén invitó a Tamara a un taller de mandalas para pasar las penas. Y aunque ella era algo escéptica, en medio de su extendido duelo, aceptó ir. Así descubrieron que tenían muchas cosas en común, tanto, que incluso se fueron a vivir juntas durante una temporada. Y desde entonces, se convirtieron en mejores amigas. Mientras Tamara veía en redes sociales cómo su ex continuaba con su vida, no sólo lo extrañaba a él, sino a una gata que tenían en común. Por eso adoptó a un gato en septiembre de 2015. Pero desafortunadamente Sultán murió en un accidente en noviembre de 2016 y Belén, que vivía en la misma casa, pero no era amante de las mascotas, se transformó en su principal apoyo. “Más que una amiga, ella para mí es una hermana. No hablamos todos los días, no necesitamos vernos siempre, pero yo sé que es la persona que va a estar incondicionalmente a mi lado. Somos una familia”, dice Tamara. Ya no comparten departamento. Tamara actualmente vive con su nueva pareja y Belén, que era reacia a los gatos, ahora adoptó a uno que se llama Lautaro. Sobre la mesa del living, Tamara tiene un bordado con la cara de Sultán que le regalaron sus amigos. “Para mí este objeto significa el fin de una etapa, las ganas que tenía de cerrar un ciclo y el apoyo de mi mejor amiga. Estoy agradecida de haber vivido esa relación, aunque haya terminado mal. Siento que gracias a ella tengo una nueva familia”.

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