Lo que vive una mujer

Reportajes y Entrevistas

Lo que vive una mujer

Por Gabriela García / Producción periodística: Alejandra Jara / Fotografía: Carolina Vargas / Producción fotográfica: Camila Letelier

En Chile se cometen casi 10 violaciones al día y en el 84 por ciento de los casos la víctima es una mujer. Por cada persona que denuncia, otras cuatro no lo hacen, por miedo o vergüenza. Y el proceso judicial para castigar al agresor es especialmente difícil en mujeres adultas, porque se las tiende a responsabilizar de lo ocurrido. Esta es una mirada a lo que le pasa a una mujer cuando ha sufrido la más brutal de las agresiones sexuales, justo ahora que en la discusión de la despenalización del aborto, la violación es la causal más cuestionada.

Paula 1170. Sábado 28 de marzo de 2015.

La noche del 13 de mayo de 2013, Soledad –51 años, contadora, madre de dos hijos– estaba sola en su casa en Quinta Normal y dormía en su habitación, cuando a la 1 de la mañana despertó sobresaltada. Parado al lado de su cama, se encontró con un hombre que tenía el rostro cubierto con una camisa a cuadros. Se le congeló la respiración y no alcanzó a moverse. El hombre le puso un cuchillo al cuello y le exigió que le entregara plata.

–No tengo plata– murmuró ella, tiritando.

Entre 2010 y 2014, la Fiscalía Nacional registró 11.848 causas de violación a mujeres adultas. más del 60% fueron archivadas provisionalmente. Solo 790 recibieron condena.

El tipo –de estatura media, delgado y de movimientos enérgicos– se enfureció. Le dio un puñetazo en el ojo y comenzó a abrir los cajones, mientras la tenía agarrada por la espalda y le apuntaba el cuello con el cuchillo. Al no encontrar nada de valor, la agarró del brazo con fuerza y la obligó a hacerle sexo oral, amenazándola siempre con el cuchillo. Apenas le soltó la cabeza, Soledad intentó arrancar. Pero él la agarró del pelo. Forcejearon y ella logró quitarle la camisa de la cara. Entonces reconoció a un joven veinteañero del barrio que vivía cinco casas más allá: el Alejo, a quien apodaban “el volao” porque era consumidor de droga. Soledad intentó persuadirlo:

–Alejo, basta, ándate a tu casa por favor…

Pero el hombre estaba descontrolado. La golpeó. La arrastró del pelo. Le amarró las manos al respaldo de la cama de la pieza de su hija. Le dio puntazos en la espalda con el cuchillo y la
violó, más de una vez. Después la encerró en el baño y se fue, llevándose un notebook, dos cadenas de oro y su celular.

A las 3 am, Soledad logró sacarse las amarras de las manos con los dientes. En shock y con el cuerpo herido, tomó el teléfono y llamó al 133. Poco después llegó una patrulla y también su pareja y sus hijos, entonces de 24 y 31 años, que no estaban esa noche con ella. Soledad tiritaba y fumaba relatando lo ocurrido; tenía heridas en la espalda y en la cabeza. La cama estaba llena de sangre.

Durante esa mañana la policía detuvo al agresor y Soledad fue a curarse al Hospital San José y a realizarse un examen sexológico en el Servicio Médico Legal.

–Se ensañaron con usted– le dijo el perito que la examinó en el SML. Ella asintió en silencio.

Han pasado casi 2 años de esa noche. Soledad vive en otra casa, en otro barrio, porque no resistió quedarse en el mismo lugar donde fue agredida de esa horrible manera. Llevó su caso a la justicia, el que demoró un año y ocho meses en ser fallado. No fue un proceso fácil para ella. El agresor, como parte de su defensa, sostuvo que habían tenido relaciones consentidas. “Fue ella quien me coqueteó y, como uno es hombre, se aprovechó del momento”, se lee en el expediente. En enero pasado fue condenado a 15 años, –la pena más alta que se puede tener en casos de violación a mujeres adultas–, la que debe cumplir sin derecho a beneficios. Hoy, está preso.

Pero Soledad no vive tranquila. El daño sufrido, asegura, es inconmensurable. Vestida con jeans y una polera de algodón, guarda largos silencios cuando habla sobre lo sucedido. Está tomando antidepresivos y relajantes musculares para poder dormir; son nueve pastillas en total cada día.

A Soledad la violó un vecino, conocido por consumir drogas, que se metió a su casa a robar. Como no encontró plata, se descontroló: la golpeó. La arrastró del pelo. La amarró y le dio puntazos con un cuchillo. Después la encerró en el baño y se fue.

“A veces me da angustia de la nada. Ni siquiera puedo respirar. Se me aprieta el pecho y me quiero suicidar; si no lo hago es por mis hijos que me necesitan. Pero la mente me cansa; esto siempre da vueltas en mi cabeza. Estoy hasta el cuello con medicamentos para poder dormir, pero igual tengo pesadillas. Mientras duermo, veo a este gallo al lado de mi cama y le digo que me deje tranquila. Por suerte cuando despierto en la mañana se me olvida… todo es mejor con la luz del día”, dice Soledad.

La violación marcó un antes y un después en su vida: desde entonces está con tratamiento siquiátrico y con licencia médica por estrés postraumático. Siente mucha rabia. Cuando vienen los flashbacks se ducha hasta tres veces al día con agua helada.  Es lo único que la calma. “No lo perdono. Quiero que se pudra en la cárcel”, dice.

Recuperarse ha sido un camino arduo: si bien continúa con su pareja (con quien está hace 13 años), no ha sido fácil retomar la relación después de lo que le ocurrió: “Las primeras semanas fueron críticas. Él no me dijo nada pero yo sentí su rechazo y su desconfianza. Tenía terror a que me hubiese pegado el sida. Gracias a Dios los exámenes dijeron que no tenía nada. Ha sido difícil retomar la vida de pareja. Los primeros seis meses no quería que me tocara. Ahora, y gracias a que él es muy cuidadoso, he podido entregarme un poco más, pero todavía es muy difícil. A veces, después de estar juntos, me paso largo rato en la ducha. Soy la que más gasta en pasta de dientes de la casa. Me siento sucia. Y lloro sola, de rabia. Esto no se supera nunca. Hay que aprender a vivir con esta carga sobre la espalda… no sé si alguna vez volveré a ser la misma”, agrega.

Soledad se animó a dar su testimonio porque quiere que las mujeres denuncien. “En el barrio algunos decían a mis espaldas que yo me había tirado al dulce. Que andaba provocando. No es cierto. A las mujeres me gustaría decirles: no se queden calladas. Tienen que denunciar. Y si no las toman en cuenta, insistan. Que no les de vergüenza o miedo. Lo peor es que esos hombres anden libres y les hagan esto a otras mujeres”, dice.


Han pasado dos años desde la violenta agresión sexual que vivió Soledad de parte de un vecino y todavía no logra recuperarse: “La mente me cansa, esto siempre da vueltas en mi cabeza”, dice.

LA FISCAL Y EL PROCESO JUDICIAL
Patricia Muñoz (37) es directora de la Unidad Especializada en Delitos Sexuales y Violencia Intrafamiliar del Ministerio Público. Antes, se desempeñó 9 años como fiscal en Macul,La Florida, Peñalolén y Pudahuel; las tres últimas, las comunas con mayores índices de violación en la Región Metropolitana.Ahí sostuvo cargos en contra de más de 100 agresores sexuales; en solo 17 causas perdió. Por esta vasta experiencia, Muñoz asegura que ninguna mujer que no haya vivido una violación querría pasar por el proceso que enfrentan quienes judicializan sus experiencias: “Nadie quiere contar una y otra vez cómo la agredieron, ni hacerse un examen sexológico, o estar en terapia sicológica durante años para superar el trauma que generó la violación, para, además, enfrentarse a un sistema en el que distintas personas le hacen preguntas del tipo: ¿Usted se prostituye? ¿Cuántas relaciones sexuales tiene al mes?”, afirma.

La ex fiscal explica que dentro de los delitos sexuales, uno de los más difíciles de probar es la violación a mujeres adultas. Esto porque se exige demostrar ante los jueces que ellas opusieron resistencia, que no consintieron tener relaciones.

“El consentimiento en menores de 14 años no se discute. Según nuestro Código Penal, si los menores tuvieron relaciones sexuales se entiende que fueron violados. Así de radical es en este segmento de edad. Pero en mujeres adultas, mayores de 18, las interpretaciones que hacen los tribunales se pueden relativizar mucho más. Y ahí los fiscales chocamos con un muro de prejuicios que son los que usualmente esgrimen los abogados defensores del agresor: ‘¿Qué estaba haciendo a las 12 de la noche sola en la calle?’; ‘¿Por qué andaba con minifalda y escote?’. ‘Si aceptó irse a la casa del sujeto, ¿acaso no es obvio que quería tener relaciones con él?’”, describe.


Patricia Muñoz, directora de la Unidad Especializada en Delitos Sexuales y Violencia Intrafamiliar del Ministerio Público.

Patricia explica que esos son algunos de los argumentos que se escuchan durante los juicios por violación en mujeres adultas. “Tienen como fin mermar la credibilidad de la víctima pero, no desde lo que la mujer expresa, sino desde el cuestionamiento a su comportamiento, como si este pudiera justificar de alguna manera la agresión sexual sufrida”.

Hay un caso que ella recuerda y, dice, grafica bien este punto. Lo llevó la Fiscalía de Coyhaique en 2003 y actualmente está en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. “La víctima era una mujer de 30 años que conoció a un funcionario militar en un pub y después se fue con él a su casa. El problema fue que allí el hombre se puso violento: se lanzó encima, la amenazó y forcejeó con ella, le quitó la ropa y la violó. Al sujeto lo absolvieron aduciendo que si ella había ido hasta su hogar era por algo. El tribunal se refirió a ella como casquivana, como se lee en el fallo, lo cual me parece aberrante”, afirma.

Entre 2010 y 2014 la Fiscalía Nacional registró 11.848 causas de violación a mujeres mayores de 18 años. De ellas, 7.583 fueron archivadas provisionalmente, pues el fiscal no contó con antecedentes suficientes para determinar la ocurrencia del hecho o quién lo cometió. Solo 790 recibieron condena definitiva y en 180, el acusado fue absuelto.

“Son delitos difíciles de probar. Más cuando las víctimas de violaciones son mujeres adultas que tienen una vida sexual activa y algunas, embarazos previos. No siempre quedan lesiones genitales. Sin embargo, es importante entender que la verdad jurídica no es necesariamente la única verdad, porque hay violaciones que no se logran condenar y no por eso no sucedieron”, dice Patricia. Según ella, no se sabe cuántas víctimas de violaciones contraen una enfermedad de transmisión sexual ni  cuántos de estos delitos terminan en embarazos. “En Chile ninguna de estas dos situaciones son consideradas agravantes”.

La ex fiscal Patricia Muñoz trabaja junto al fiscal nacional Sabas Chahuán para que se instale una perspectiva de género en la manera que el sistema judicial aborda los delitos sexuales. “En los juicios operan muchos prejuicios. Los abogados defensores del agresor usualmente preguntan: ¿Qué estaba haciendo de noche sola en la calle?; ¿por qué andaba con mini y escote?”.

La ex fiscal afirma que, como directora de la Unidad de Delitos Sexuales, promueve que las mujeres denuncien. Pero, a título personal, entiende cuando una mujer desiste por temor o vergüenza. “Muchas veces pedí que las víctimas declararan en el juicio con un biombo para que no tuvieran que verle la cara al imputado. Pero más de una vez se nos negó esa posibilidad porque partían de la base de que, como son mujeres adultas, tienen que ser capaces de enfrentarse a quienes las dañaron”.

Junto al Fiscal Nacional Sabas Chahuán, Patricia Muñoz, viene promoviendo instalar una perspectiva de género en el sistema judicial para abordar este tipo de delitos. “Es importante que estos temas se analicen por gente que sabe, no solo de derecho, sino también de otras disciplinas, como sicología. Que existan tribunales especializados en delitos sexuales. Y una Fiscalía exclusivamente dedicada a la violencia de género. Ese es mi deseo”, asegura.

CUANDO NO HAY CONDENA
En octubre de 2010, Francisca (25) era estudiante de Arquitectura en una universidad de Concepción, tenía 21 años y viajó a Santiago para participar en la Bienal de Arquitectura con sus dos mejores amigas. La invitaron a una fiesta; un amigo de una de sus compañeras haría un carrete en un departamento cerca del Museo de Bellas Artes. Fue: había 15 personas, todos universitarios que no conocía. Tomaron cerveza, pusieron música, conversaron. “A las 5 de la mañana el dueño de casa nos pasó su pieza para que durmiéramos con mis amigas. Me acosté: había tomado, pero estaba bien, lúcida. Lo último que recuerdo fue que cerramos la puerta. Una hora después desperté con un tipo encima mío. Yo tenía los jeans abajo y él me estaba violando”, recuerda.

A Francisca no le salió la voz para pedir auxilio, pero forcejeó y logró sacárselo de encima. “Lo vi en calzoncillos arrancando. Me hacía señas de que me callara”, dice. Entonces quedó perpleja unos minutos, se levantó de la cama y se fue al baño, donde se dio cuenta que estaba sangrando. Se limpió, se subió los pantalones. Luego tomó sus cosas y, sin que nadie se diera cuenta, salió del departamento rumbo ala Posta Central

Hoy, se arrepiente de no haber gritado y haber despertado a sus amigas. Dice que se sentía muy confundida.

Cuando el doctor de la urgencia de la Posta Central la atendió, Francisca apenas podía hilar las ideas; titubeando le contó lo sucedido al médico pero le costó mucho decir que la habían violado. No podía pronunciar esa palabra. Pero sí pudo decir que tenía miedo de quedar embarazada.

El médico le dio la receta para comprar la pastilla del día después y le dijo que afuera de la consulta, había un carabinero por si quería hacer la denuncia. Pero no lo hizo.

Hoy reflexiona: “No supe cómo reaccionar. Es tan trágico lo que me ocurrió que me bloqueé. Me preguntaba ¿qué diablos hice para merecer esto? ¿Y si a lo mejor miré mucho a este chico durante el carrete? ¿Y si a lo mejor se pasó rollos porque me senté al lado de él? Es tan grande la angustia que, si, además, la violación hubiese terminado en un embarazo, no sé qué habría hecho. Quizás habría pensado en abortar. Quizá no. Es difícil ponerse en esa situación. Pero la posibilidad de embarazarme me preocupó en ese momento y hoy, creo, que es importante que las mujeres en esa situación tengan la opción de decidir”.

Al salir de la Posta, llamó a la amiga que la había invitado al carrete. Se juntaron en el departamento de ella en Providencia, y ahí le contó lo que había pasado. La amiga, no lo podía creer. Francisca se duchó y se cambió de ropa. Después de eso, su compañera de universidad le insistió que denunciara y la llevó a la comisaría.

A Francisca la atendió una carabinera que tomó los datos del departamento donde sucedió todo. Pero cuando le preguntó a uno de sus colegas si se podía detener al sujeto ahora mismo, el carabinero se mostró incrédulo.

–No es leseo esta cosa, si dice que la violaron primero que declare y constate lesiones–, dijo con tono burlón.

Francisca hizo el recorrido de rigor: fue trasladada al Servicio Médico Legal y ala Posta Central, donde recibió pastillas para prevenir el contagio de enfermedades de transmisión sexual. Sin embargo, ni la denuncia ni los peritajes ni las entrevistas que le hicieron en Fiscalía y en Carabineros fueron suficientes para enjuiciar al acusado: el agresor fue detenido y formalizado por violación quedando con arresto domiciliario nocturno y arraigo nacional. Un mes y medio después fue dejado en libertad y la investigación no perseveró.

Los análisis del SML no arrojaron ni lesiones ni rastros biológicos del acusado en la ropa interior de Francisca, pero sí se acreditó que existió penetración de un objeto indeterminado, lo que generó el sangramiento.

“Cuando le preguntaron a él si me había violado, él no lo negó, pero dijo que habíamos tenido relaciones consentidas. Yo reclamé que no, pero era su palabra contra la mía. Me dio mucha rabia. Impotencia. ¿Por qué, si sé que fui víctima tengo, además, que probar que no quería que me violaran?”, reclama hoy.

Francisca volvió a Concepción pero le tomó tiempo contárselo a sus padres. Quería resolverlo sola. Y terminar su tercer año de carrera. Pero un mes después, en medio de sus entregas en la universidad, comenzó a flaquear. Entonces habló con su papá. “Me costaba concentrarme y conciliar el sueño. Además, comencé a tener pesadillas y despertaba angustiada. Siempre era lo mismo: sentía que alguien me aplastaba mientras dormía y yo no podía moverme, hablar ni respirar. No daba más”.

“Uno siente vergüenza de cómo lo tomará quien te escuche. Me acuerdo que mi mamá se llenó de ira. Y que mi hermana mayor me responsabilizó, diciéndome que esto me había pasado por carretear hasta las 5 de la mañana. El violador no sabe el daño que me causó a mí y a toda mi familia. Desató una catástrofe. Si bien los tres primeros años concentré todas mis energías en que la agresión que sufrí no me truncara la vida, me fui llenando de aprensiones y temores. Sentía asco. Repugnancia”.


Hay casos de violación que son difíciles de probar, como el que le ocurrió a Francisca en un carrete universitario. Tras hacer la denuncia y constatar lesiones en el Servicio Médico Legal, la investigación no perseveró. “¿Por qué, si sé que fui víctima tengo, además, que probar que no quería que me violaran?”, se pregunta.

Lo que más le cuesta hasta hoy a Francisca es confiar en el sexo masculino. No pololea. Y hasta hace poco cualquier gesto de cariño le parecía una invasión. Trataba de no tener reacciones explosivas, pero muchas veces no podía contenerse. Durante estos tres años evitó usar vestidos o poleras con escote. No quería que los hombres la miraran. “Ni hablar de tener una pareja o relaciones sexuales. Traté, pero no soporté la cercanía de otro”.

En febrero de 2014 Francisca comenzó una terapia en el centro de reparación para víctimas de agresiones sexuales del Sernam, en Concepción. Hoy está a punto de ser dada de alta. “No es que uno borre la violación. No hay recetas para superar algo así. Pero uno lo asume, y a partir de ahí vas avanzando. He tenido pequeños triunfos a lo largo del tratamiento: hace poco volví a usar vestido. Me estoy reconciliando con mi feminidad. Y, aunque aún me cuesta, quisiera intentar tener una pareja y volverme a enamorar. Sigo teniendo pesadillas, pero ya no son tan monstruosas. Ahora entiendo que es solo mi memoria corporal la que se activa cuando duermo”.

Francisca se decidió a contar su historia porque quiere dar un paso más en su recuperación. “Parte de mi proceso de sanación es contar lo que viví tal y como fue, y no a medias. Enfrentar la violación como un hecho que me marcó, pero que no tiene por qué determinar el resto de mi vida. Hablo porque quiero ayudar a otras mujeres que aún no lo han hecho. Porque no quiero esconderme más”.

LA REPARACIÓN DE DAÑOS
Desde hace 28 años el Centro de Asistencia a Víctimas de Atentados Sexuales (CAVAS) Metropolitano atiende a niñas, adolescentes y mujeres que han sido víctimas de violencia sexual y, desde hace 8, cuenta con dos programas diferenciados de reparación: para menores de edad y para adultos. Creado por el Estado y bajo el alero del Instituto de Criminología de la PDI, el Cavas cuenta con un equipo formado por terapeutas y asistentes sociales expertos en daños que tienen el desafío de contener y ayudar a reparar las secuelas negativas que provoca una agresión sexual. Las intervenciones son gratuitas y solo en 2014 atendieron a 213 mujeres adultas; pero hay lista de espera. Las mujeres llegan de manera espontánea o son derivadas desde el Ministerio Público, el Sernam o la red de salud. No todas han pasado por el proceso judicial.

La recuperación sicológica de una violación puede tomar años. En el Cavas la terapia de reparación de daños dura entre 6 meses y 2 años. Trabajan con la mujer pero muchas veces es necesario involucrar a la familia.

“La pregunta que más escucho cuando comienza la terapia es: ¿usted me cree? Están acostumbradas a que las cuestionen o las pongan en duda”, explica María de los Ángeles Aliste, sicóloga coordinadora del Cavas Metropolitano. Leonardo Medeiros, otro sicólogo del equipo, agrega que con frecuencia observan lo difícil que es para las víctimas entregar un relato. “Lo que hacemos es acogerla, tomar lo que dice como una verdad, independiente de lo judicial. Porque si no se llegó a una sanción en los tribunales, no quiere decir que ella no fue víctima. Lo que nos importa no es la verdad jurídica, sino la verdad sicológica”.

Estrés postraumático, crisis de pánico, depresión, cuadros angustiosos, irritabilidad, insomnio, temor y pensamientos suicidas forman parte de la sintomatología que suelen presentar las víctimas. “Sintomatológicamente la respuesta de cada mujer es distinta y que no reaccione de una determinada manera no significa que la agresión no existió”, explica Aliste. Y agrega:  “Los síntomas son la cara visible de otros conflictos profundos que tienen que ver con la identidad de lo que significa ser mujer: cómo me relaciono con los otros, el impacto en la confianza es algo muy importante. Es amplio lo que se erosiona por la victimización sexual misma y por cómo respondemos como sociedad; esto último puede agravar más aún la situación de vulnerabilidad y hacer crónicas las alteraciones sicológicas”.


La sicóloga del Cavas, María de los Ángeles Aliste.

Reparar una violación puede tomar años. En el Cavas las terapias duran de 6 meses a 2 años. Trabajan con la mujer pero muchas veces es necesario involucrar a la familia para que pueda apoyarla y entenderla. “A veces al marido o a la familia le cuesta comprender lo que le pasa. No saben si tienen o no que tocarle el tema. Cómo reaccionar en la noche si ella grita o tiene pesadillas o rechaza la proximidad física del marido”, explica Aliste.

El foco de la terapia está en subsanar los daños, las consecuencias: ayudarla a restablecer la confianza en sí misma y los demás, desarrollar el autocuidado, que pueda volver a mirarse con benevolencia y sin culpa, que sienta que cuenta con las herramientas para enfrentar los desafíos venideros.*

VIOLACIÓN EN CIFRAS
* Cada día se cometen 9,8 violaciones en Chile, 295 al mes y 3.543 al año.
* El 90 por ciento de las violaciones conlleva amenazas de golpe o uso de la fuerza.
* Entre 18 y 44 años tienen en promedio las víctimas adultas de violación.
* Solo un 20 por ciento de las violaciones se denuncia.
* En la Región Metropolitana, las ocho comunas con más casos de violación en el primer semestre de 2012 fueron: Puente Alto, Santiago, Maipú, San Bernardo, Pudahuel, La Florida, Recoleta y Peñalolén.

Fuentes: ONG Activa, Seguridad Ciudadana del Ministerio del Interior, Servicio Médico Legal, Facultad de Medicina de la Universidad de la Frontera.

QUÉ HACER EN CASO DE AGRESIÓN SEXUAL
* No botar la ropa ni lavar la zona corporal afectada (si el hecho ha sido reciente), pues esto elimina los rastros biológicos que permiten identificar al atacante.
* Acudir cuanto antes a hacer la denuncia, la que se puede hacer en cualquier Comisaría de Carabineros o en la PDI. La denuncia es requisito para poder constatar lesiones en el Servicio Médico Legal (SML), donde se proporcionan los medicamentos para evitar el contagio de enfermedades de transmisión sexual. En Santiago el SML funciona las 24 horas seguidas y cuenta con una oficina de las Brigadas Investigadoras de Delitos Sexuales y Menores de la PDI y un anexo de la 35ª Comisaría de Carabineros de Delitos Sexuales donde también se puede denunciar.
* Si la víctima es una adolescente o mujer adulta con posibilidad de quedar embarazada, se puede solicitar la anticoncepción de emergencia en cualquier servicio de salud pública de Chile. Esto está estipulado en el protocolo del Ministerio de Salud y ni siquiera es necesario mencionar que hubo violación.
* El Estado ofrece ayuda sicológica gratuita en los Centros Reparatorios del Cavas y del Sernam; en la Unidad de Atención para Víctimas de Delitos Violentos de la Corporación de Asistencia Judicial y en las Unidades de Víctimas y Testigos del Ministerio Público. Estas últimas acompañan durante todo el proceso judicial a la víctima, preparándola sicológicamente para enfrentar un futuro juicio oral.

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