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17 noviembre, 2016
orla

Los coleccionistas

¿Qué hay en la cabeza de un coleccionista? ¿Qué mueve a un joven a los 15 años a empezar a juntar porcelana europea? ¿O a una bailarina a acumular caracolas de todos los mares que apenas caben en su casa? Aquí, 8 coleccionistas hablan del amor por ese objeto fetiche.

Por Pilar Navarrete y Almendra Arcaya / Fotografía: Alejandro Araya y Rodrigo Chodil / Producción: Álvaro Renner


Paula 1213. Sábado 19 de noviembre de 2016.

5 MIL MUÑECAS
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“Una vez me dijeron que tengo el patrimonio de las muñecas en Chile”, dice la diseñadora Katrina Maturana (59) y muy probablemente sea cierto. En su casa en Valparaíso tiene 5 mil muñecas, distribuidas por todas partes: hay dos de medio metro de alto en la entrada y las demás se ubican en el living, el dormitorio, la escalera e incluso el baño y la cocina. Además, tiene un taller con cajones llenos de ojos, pestañas, pelucas, moldes de vestidos, botones en miniatura y patrones porque Katrina también hace muñecas. “Creo que me gustan porque me encantan los niños”, dice. “Pero también porque cuando tenía 7 años me dio tuberculosis y pasé seis meses encerrada en mi pieza. Entonces jugaba con mis muñecas. Con ellas me sentía acompañada”. La primera muñeca de su colección se la regaló su abuela, cuando tenía 3 años: se llama Pituca y aún la conserva. Las demás las ha ido encontrando en ferias, anticuarios y avisos en el diario. Su regalona es una de 1890, fabricada por la casa de muñecas francesa Jumeau –una marca de lujo que mandaba a hacer los trajes de sus muñecas a los talleres de alta costura–, que consiguió cuando un matrimonio chileno-argentino la llamó para tasarla: la querían vender a una coleccionista estadounidense. “Cuando me dijeron que era original, no lo podía creer. Siempre había querido ver una, porque solo las conocía por los libros. Original como esa costaba 5 millones de pesos. Les pedí que me dejaran verla. Cuando fui descubrí que tenía una trizadura en la cabeza. Solo por eso costaba menos de un tercio de lo que valía sin defectos. Entonces me ofrecieron comprarla y desde entonces es mía”.

CARACOLAS DE CINCO OCÉANOS
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“Soy Piscis y todo lo que tenga relación con el mar, me fascina”, dice Paula Vargas, que es bailarina de danza árabe y usa como nombre artístico Iza Hassam, mientras ordena en la alfombra algunas de las 200 caracolas de su colección. Las junta hace 30 años y decoran el living y el baño de su departamento. Pero, como no hay espacio para exhibirlas todas, muchas las conserva guardadas en cajas. Como a lo largo de su vida ha vivido en distintos países, buena parte de su colección la componen caracolas que se ha traído en la maleta, rellenas de algodón y envueltas en rollos de papel higiénico para que no se rompan. “Hay viajes que he hecho todo el trayecto preocupada de que no se rompan o de que no me las roben”, dice. De cada océano tiene un ejemplar. Uno de los más preciados es el Nautilus Pompilius cuya estructura interior inspiró al arquitecto Frank Lloyd Wright para diseñar el Museo de Guggenheim. “La ofensa más grande es que me digan ‘qué lindas tus conchitas’; las conchas son las que bota el mar y no tiene ningún valor. En cambio la caracola hay que sacarla del mar y mientras más profundo haya estado, mayor es su valor”, explica.

PORCELANAS DE 1830 A 1930
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Por si su agudo ojo falla, cuando el historiador y esteta Manuel Alvarado (24) visita un anticuario o una feria libre, lleva en sus bolsillos un pañito de franela, una lupa cuentahílos y una luz infrarroja para revisar los platos, joyeros o figuras de porcelana que colecciona. Con esa minuciosidad, ha logrado una colección de 60 piezas manufacturadas entre 1830 y 1930 de origen alemán, francés, inglés y austriaco, que cuida como hueso santo en dos vitrinas de la casa de su abuelo –relojero-, donde fue criado. “A diferencia de mis compañeros, en mi tiempo libre pasaba metido en museos e iglesias”, recuerda. A los 15 años adquirió su primera loza: un jarrón de porcelana francesa del siglo XIX que le costó 250 mil pesos que pagó a medias con sus papás, quienes lo acompañaban a los anticuarios, por la suspicacia que generaba su edad. “Creían que les estaba tomando el pelo porque conocía los modelos y su contexto histórico. No me dejaban acercarme a las piezas, me decían: ‘salga de aquí niñito, no toque’”, recuerda. Más tarde, cuando se convirtió en un experto, los anticuarios recurrían a él para encontrarles el origen a ciertas piezas. Desde 2013 es el encargado de elaborar el registro histórico de cada objeto que llega al Museo de Artes Decorativas. “Hice de mi hobby de niño mi profesión. Al menos una vez a la semana paso por una tienda de antigüedades a ver qué pillo. Parece fome, pero para mí es adrenalínico”.

JUGUETES OCHENTEROS
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“Toda mi colección es de cosas que existían cuando yo era chico”, dice Felipe Castillo (34), diseñador industrial e ilustrador, quien siente un amor desatado por dibujos animados de los 80, los que junta desde los 15 años. Las primeras figuras de su colección las compró con su mesada en la feria de Peñalolén. “Para mí eran tesoros cosas que para otra gente era basura”, dice. Al principio su fijación fueron los juguetes. Después se amplió a stickers, lápices, cuadernos, sábanas, cojines, álbumes, peluches, poleras, flotadores, sacapuntas, gomas de borrar, incluso envases de helados, chocolates o de jugo en polvo de los que compra dos para comerse uno y guardar el otro. “A veces estoy en la feria y digo ‘¡Oh! ¡Esto ya no existe y yo lo puedo tener!’ Eso me mueve”. En su colección hay figuras de Alf, He-Man, Snoopy, Hello Kitty, ET, Barbapapá. Pero sus personajes favoritos son Marco (lo lleva tatuado en el brazo), Heidi y Candy. “Hay gente que me dice que no podría tener tantos objetos porque no podrían vivir tranquilos. A mí me pasa al revés. Intento ser minimal, pero no puedo. Mi estilo es el maximalismo: llenar todos los espacios con objetos de mi infancia”.

200 MODELOS DE AFEITAR
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Navajas de 1880. La primera máquina de afeitar de 1932. Afiladoras de hojas de afeitar. Modelos a cuerda y las primeras máquinas de diseño moderno. La evolución de este accesorio para rasurarse la tiene Carlos Cabañas, quien es anticuario del Parque de Los Reyes, en esta colección personal que ha sido su obsesión desde hace 12 años. “Esto partió cuando una viajera inglesa se detuvo en mi local preguntando por antiguas hojas de afeitar. Como yo me manejaba en el inglés, le mostré algunas que justo ella no tenía. Quedó tan agradecida que a la semana siguiente me trajo de regalo algunas y ahí me empecé a interesar en juntarlas”, cuenta. En su colección también hay aparatos curiosos como las rasuradoras en miniatura que empezaron a usar en los años 30 las mujeres para depilarse piernas y axilas. Y, aunque más de alguna vez le han ofrecido comprarle su colección completa, Cabañas asegura que no le interesa venderla. Ya lo hizo con su colección anterior compuesta por cientos de candados en miniatura de diarios de vida que a su vez le compró un coleccionista de candados grandes. “Ahí acepté porque la cifra que me propuso era demasiado tentadora: pagué cuentas y me fui de vacaciones con toda mi familia”.

RODEADA POR MARILYN
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El dormitorio que la sicóloga Danae Tapia (38) comparte con su pololo, da cuenta de su fetichismo por Marilyn Monroe: su cubrecama, los cojines, los cuadros de las paredes, las cajitas metálicas donde guarda los aros tienen la imagen de la blonda actriz norteamericana. “Así como hay gente que cree que el trébol de cuatro hojas o la figura de una virgen les trae buena suerte, para mí ese símbolo lo representa ella”, dice Danae. Se ha mandado a hacer 7 vestidos similares a los que ocupaba la actriz y guantes blancos largos de seda. También colecciona mucha ropa con la imagen de Marilyn: tiene 20 poleras, 6 polerones, 100 prendedores. Y, por supuesto, 10 vinilos y películas icónicas de ella, como Los caballeros las prefieren rubias y Cómo casarse con un millonario que ha visto por lo menos 100 veces. “Día por medio veo alguna”, dice. En Facebook convocó a un grupo de chicas para imitar las coreografías y fotografiarse imitando sus tenidas y poses. “Tengo que controlar mi amor por ella, porque veo cualquier cosa que la lleve estampada y me la tengo que comprar. En un momento le dije a mi pololo ‘¿tienes problema con que decore toda nuestra pieza de Marilyn?’. Me dijo que no mientras le dejara su velador libre”, cuenta riendo.

MIL HÉROES Y PRINCESAS EN MINIATURA
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“Seguro que algo en mi niñez explica mi obsesión por las miniaturas. Pero la verdad, no sé qué fue”, dice el artista Martín Eluchans (31) quien desde chico colecciona miniaturas. Calcula que tiene más de 5 mil. Partió con los personajes de las películas de Disney –muchos de los que venían en la Cajita Feliz de McDonald’s–, pero a los soldaditos de plomo, Bugs Bunny, Buzz Lightyear, la pata Daisy, Minnie y Mickey Mouse que poco a poco empezaron a inundar los muebles de su pieza, se fueron sumando otros que compraba en ferias de las pulgas, anticuarios y viajes: versiones de plástico, sin gran valor material, de animales como jirafas, osos, cebras, tigres, miniaturas de Cristo, del Papa, de Barack Obama, de la reina de Inglaterra, de la torre Eiffel, del palacio de Buckingham. “No busco una figura en específico, sino todo lo que sea miniatura. Soy obsesivo”, dice. Así, inevitable fue que esas figuras saltaran a su trabajo como escenógrafo y artista visual. Su última exposición individual
consistía en escenografías inundadas de miniaturas. Para el próximo año prepara una nueva muestra donde situará a personajes ligados al poder y al lujo –como María Antonieta y Cleopatra en miniatura– en mundos de cartón.

RADIOS EN LA PIEZA, EN EL PASILLO, EN LA ESCALERA
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Basta rotar la cabeza algunos milímetros para divisar sobre un clóset de madera, entre libros y vinilos, bajo una mesa de la cocina o el comedor, incorporadas dentro y sobre los muebles de la casa e incluso como su propio velador, las más de 150 radios de colores burdeos enlacados, madera caoba y tonos pasteles de los años 1914 a 1960 que tiene el locutor e intérprete Fernando Solís (50) en su casa en Providencia. Su mujer ha tenido que ir ingeniándoselas, por ejemplo, incorporando un mueble anclado en la subida de la escalera, donde descansan 40 de sus ejemplares de las cuales, calcula, la mitad aún funcionan. Hay unas tantas más apiladas a los pies de su cama y a la salida de su pieza. En cada pasillo que conecta la casa, las más grandes, las más antiguas, y cuál baúl de tesoros una que usa para esconder un whisky y cigarrillos. “Yo les asigno mucha emocionalidad. En algún momento esa radio estuvo en el centro de una cocina o un living, con una familia alrededor, escuchando cosas terribles o muy lindas. Mucha gente llega a mi casa y dice: ‘oye pero si esa radio estaba en la casa de mi abuelo’. Ese es el sentido de mi colección. Cada vez que alguien ve mis radios implica una conversación, compartir una historia”, cuenta.

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