Los que eligieron morir

Reportajes y Entrevistas

Los que eligieron morir

Por Juan José Richards / Ilustración: Edith Isabel

Mi abuelo materno se suicidó a los 47 años, cuando yo ni siquiera había nacido. Mi papá se quitó la vida a los 46, cuando yo recién había cumplido 18 años. Ahora tengo 37, y me preparo para entrar a los 40, una década que ninguno de los hombres de mi familia ha sobrevivido. Aunque no tengo ninguna intención de perpetuar esta tradición familiar, los entiendo. Más que elegir morir, me parece que con sus muertes ellos tomaron una decisión de vida. Y yo, por mi parte, voy a tomar otra.

Mi papá y mi mamá no se habían conocido cuando mi abuelo materno se mató. Tras una larga crisis que comenzó en su juventud, decidió lanzarse desde la azotea de un edificio en el centro de Santiago y poner fin a su vida. Había sido un estudiante brillante, un escritor premiado y trabajaba como traductor simultáneo de las Naciones Unidas. A lo largo de su vida, había sido diagnosticado con múltiples enfermedades mentales y tenía una fascinación especial por la luna. Se suicidó poco antes de que despegara la misión del Apolo 11. Los que lo conocieron dicen que le habría gustado ver al hombre llegar a la luna.

Vengo de una familia donde nos cuesta hablar las cosas. Cuando era chico me dijeron que mi abuelo materno había muerto de un ataque al corazón. La decisión voluntaria de matarse existía, pero estaba en la sombra. No se nombraba, y por lo tanto no aparecía, pero eso no quería decir que no existiera. Nunca escuché con todas sus letras la palabra suicidio hasta que fui adolescente. “Tu abuelo no se murió, se suicidó”. Me costó ajustar eso con la idea que tenía de él. Pasó de ser víctima de un ataque al corazón al ejecutor de su propio fin.

Mi papá decidió matarse en 1999, treinta años después que su suegro. Lo hizo cuando yo recién había salido del colegio y me había ido a estudiar arquitectura a Valparaíso. Mi papá tenía un negocio de ropa con sede en Viña y habíamos convenido que cuando yo necesitara plata para comprar materiales, podía ir a pedir a su tienda. A mediados de mayo, cuando tuve que construir mi primera maqueta para taller, fui a pedir cinco mil pesos para comprar cartones y pegamento. Una de las vendedoras me dijo que mi papá no contestaba el teléfono, e intuí que algo grave podía haber pasado.

Yo hablaba poco con él, pero sabía que últimamente no estaba bien. Se sentía solo, confundido, se había separado de mi mamá, había dejado de ir a la Iglesia de la que era parroquiano y estaba endeudado. Llamé a mi mamá y le pedí que fuera a verlo. Él vivía solo en un departamento en Providencia. Y en vez de comprarme materiales para la maqueta, me pagué un pasaje en bus a Santiago. Cuando llegué había oscurecido y la calle donde él vivía estaba clausurada. Frente a su edificio había una ambulancia y dos autos de Carabineros. Ahí, iluminada por las luces de una sirena, estaba mi mamá llorando. La noche anterior mi papá había prendido el gas en el horno de su cocina y se había quedado dormido ahí.

Soy capaz de recordar esa noche así, relatando los hechos cronológicamente, pero lo que vino después fue una gran confusión: el dolor se mezcló con el amor, el miedo con la certeza, el cariño con el odio y, de alguna forma, su decisión se confundió con lo que yo entendía que podía ser mi destino. Tenía 18 años y sentí –con todo su peso– la influencia de eso sobre mi vida. Sentí pena, culpa y rabia. Desesperanza, frustración y desconcierto. Me pregunté si yo iba a terminar así, si yo debía terminar así. No entendía cómo el amor que él sentía por mí y mis hermanas no había sido suficiente para seguir viviendo. No entendía cómo había sido capaz de provocarnos tanto dolor. Lo encontré cobarde y, sobre todo, egoísta.

Pasé por muchas terapias pero ninguna me ayudó a entenderlo del todo. Él había tenido razones para matarse y en su acumulación podían ser tremendas, agobiantes. Pero aun así, había una parte mía que insistía en juzgarlo. Creo que lo que más me costó aceptar fue que haya creído que éramos capaces de aguantar sin él esa catástrofe que viene después de un suicidio para los que se quedan. Hoy sigo sin entender, pero eso me da tranquilidad. Ya no creo que haya sido un cobarde ni un egoísta por suicidarse, como solía pensar. Sólo pienso que fue una persona que sufrió mucho.

Con el tiempo, cada vez respeto más su decisión. Suicidarse es cruzar un límite. Es algo misterioso, personal y arrojado. No estoy diciendo que mi papá fue un héroe ni que lo que hizo haya sido una muestra de coraje. La suya fue una decisión destructiva, pero al mismo tiempo fue una determinación absolutamente suya y sobre eso ni yo ni nadie tenemos nada que decir. Pudo haber factores que aceleraron o atrasaron el hecho, pero nadie más que él sabía lo que le pasaba. Sólo los que han llegado a ese límite conocen ese nivel de sufrimiento. Y creo que, por lo mismo, es difícil opinar.

Contarles a las nuevas personas que conozco que mi papá se suicidó suele ser incómodo. Es como traer a presencia una herida y eso genera un silencio seguido de desconcierto, al que a veces lo sigue un: “lo siento”. Yo creo que lo que esas personas “sienten” no es el sufrimiento que vivió mi papá, sino que un eco de mi propio dolor. Así que he aprendido a relatar su muerte con ligereza para alivianar ese peso. A no contarlo como un drama, sino que como un hecho. Mi papá eligió morir. Lo mismo que mi abuelo.

Mientras me acerco a la edad decisiva que define la vida de los hombres en mi familia, me propuse cruzar esa frontera con una mirada transformada sobre el suicidio. No me gusta decir que “se me murió el papá” o “se me murió el abuelo”. Mi papá y mi abuelo murieron voluntariamente porque llegaron a un límite y sus muertes nunca se trataron de mí. Me afectaron, claro. Pero por más que esa determinación haya sido dolorosa y destructiva, he aprendido a respetarla. A amarlos a ellos desde mi propia herida y llegar con ella donde ninguno de los dos pudo.

Juan José Richards es escritor, máster en escritura creativa de NYU y subeditor de Paula.cl.

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