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14 junio, 2017
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Los ojos bien abiertos de Echazarreta

Detrás de buena parte de las películas chilenas premiadas en el último tiempo ha estado la cinematografía de Benjamín Echazarreta,“poeta de la luz”, según su socio creativo, el director Sebastián Lelio; “ambicioso cinematógrafo”, en palabras de un crítico de The Guardian; “solitario y de pocas palabras”, dicen quienes lo conocen; un nómada, registra su pasaporte. Aquí, quién es este hombre que prefiere mantenerse en las sombras y desde dónde mira uno de los nombres clave del cine nacional hecho para el mundo..

Por Rita Cox / Fotografía: Benjamín Echazarreta (autorretrato)


Paula 1228. Sábado 17 de junio de 2017.

Benjamín Echazarreta habla de los colores destellantes de Una mujer fantástica y de las pruebas de lentes que hizo en Berlín junto al director de la película, Sebastián Lelio. Menciona referencias para la creación de la atmósfera, como Ascenseur pour l’échafaud, del francés Louis Malle, un par de pinturas y el autorretrato como género fotográfico. Hasta que se detiene en Vivian Maier, se levanta de la silla y va hasta el estante para sacar un libro y regresar con una página abierta en una foto de la estadounidense; el punto de partida de una de las escenas de Una mujer fantástica, esa en que Marina se enfrentaba a su propia imagen reflejada en un enorme espejo que dos hombres bajan de un camión.

El cinematógrafo, cuyo trabajo consiste en ser el brazo derecho y dupla creativa del director, creció con una pregunta sin respuesta definitiva dando bote: cómo representar el mundo en una tela o en un soporte fílmico. Hijo del artista visual Alfredo Echazarreta, nació en París en marzo de 1975. Al poco tiempo la familia se trasladó a Normandía, noreste de Francia, al borde del canal de la Mancha, donde el padre pintaba diariamente en una pieza contigua a la de su hijo, que primero solo observaba y más grande opinaba. Un diálogo iniciático que también se nutrió de fotografía. A los 13 su papá le regaló su primera cámara de fotos, una Nikon TW20, a la que pronto sumó una réflex Olympus OM1. Junto a él aprendió a revelar y ampliar, ritual de artesano que la fotografía digital no ha podido detener. Hoy, lejos de los paisajes de la infancia, en su departamento de Providencia, debajo de una mesa del living se encuentra un tambor de revelado, en el baño bidones con líquidos reveladores y fijadores, y en su escritorio el aparataje para editar, escanear, archivar negativos y, de vez en cuando, subir alguna foto a su cuenta de Instagram (@benzarreta). Allí se lee que es miembro de la Asociación Chilena de Cinematografía (A.C.C.), cuyo principal objetivo es el mejoramiento de la pequeña industria local.

Esta tarde Echazarreta trabaja en las fotos que hizo durante sus vacaciones con una cámara Makina 67. Entre ellas, un atardecer en el lago Mungo, al noreste de Melbourne, donde llegó en abril después de afinar los últimos detalles de Rey, la premiada película de Niles Atallah. Una pintura de cielo azul y celeste, y de nubes, tierra, rocas y un único árbol a la vista en tonos violeta y rosado. Echazarreta extiende los negativos sobre la mesa de luz e inclina su casi metro 80 de estatura para revisar con una lupa el material. Mira. Todo comentario queda flotando en el aire. Hombre de pocas palabras.

Llegar a vivir a Chile

En 1990, después de una segunda infancia y primera adolescencia en París, donde como cualquier parisino caminaba hasta la escuela pública a cuadras de su casa en el distrito de l’Opéra, a la derecha del Sena, Echazarreta subió al avión que, junto a su hermana mayor Acacia (curadora del Museo de la Moda), lo trajo a Chile a vivir por primera vez. Antes de partir tuvo que explicarles a sus amigos qué era Chile y que aquí también habían autos y carreteras. Tenía casi 15 años y Aylwin estrenaba el primer gobierno democrático tras el golpe. Entró a la Alianza Francesa, donde se encontró con otros chicos igual a él, hijos de retornados, que se volvieron su núcleo. Se adaptó sin problemas. Se inscribió en un taller de fotografía y mandaba a revelar al Portal Lyon. El acento francés no lo abandona, lo mismo que un recuerdo: “el primer día de clases me equivoqué de micro y llegué a un lugar donde solo había tierra y unos bloques de ladrillo. Vi la pobreza. Supe que estaba en un país que tenía un largo camino para tener un equilibrio”.

Como contrapunto, el Santiago de Echazarreta en pantalla –en La vida sexual de las plantas, en Una mujer fantástica y en la serie Bala loca– es amable y atractivo. La ciudad aparece hermosa como pocas veces se ha visto en el cine chileno.

¿Te sientes francés, chileno, chileno-francés?
Siempre he sido un poco extranjero. Pertenezco a aquí y cuando estoy en París también siento que es mi ciudad.

Un poco extranjero y bastante nómada. Su padre también lo fue, con viajes como parte de la Escuela Naval de Valparaíso y luego como pintor en París, Londres, Ámsterdam, Florencia, Nueva York y Normandía. Siguiendo esa pulsión, Echazarreta el cinematógrafo siempre está listo para partir. Filmando un documental sobre la trashumancia del ganado, caminó hasta la frontera de Georgia con Chechenia. Ha filmado en Senegal, Nigeria, Gabon, Tíbet, Siberia y el Caribe. Durante la Primavera Árabe fue parte del proyecto TransMagreb, en Algeria, que reunió a jóvenes directores algerianos, tunecinos y marroquíes con el fin de que relataran sus historias. En febrero regresó a Sri Lanka para completar el proyecto multimedia Sanctuary, que el artista visual español Carlos Casas estrenó a fines de marzo en la Tate de Londres, con imágenes del recorrido de un elegante viejo y su mahout a través de la selva.

“Me siento afortunado de hacer este oficio y trabajar con gente intercambiando sus experiencias, culturas y risas”, dice, a pesar de que el futuro laboral siempre es incierto. “Sigue siendo difícil vivir del cine en Chile. Es una de las razones por las que Lelio se fue a Berlín. Es difícil para mí, a pesar de que cuento con la confianza de varios directores y he logrado instalarme en un buen lugar. Pero incluso ese lugar es precario”, explica. México, en septiembre, es su próximo destino. Mientras, lee guiones y acaba de terminar de filmar Dry Martina, lo nuevo de Che Sandoval.

En 2010 se estrenó Nannerl, la hermana de Mozart, dirigida por el fallecido director francés René Féret, con cinematografía de Benjamín Echazarreta. Para ser fiel al tipo de luz de interiores del 1700, los sets, entre ellos el palacio de Versalles, fueron illuminados con velas. Violette Echazarreta, hermana de Benjamín y que en Francia trabaja como asistente de dirección, fue parte del equipo.

En 2010 se estrenó Nannerl, la hermana de Mozart, dirigida por el fallecido director francés René Féret, con cinematografía de Benjamín Echazarreta. Para ser fiel al tipo de luz de interiores del 1700, los sets, entre ellos el palacio de Versalles, fueron illuminados con velas. Violette Echazarreta, hermana de Benjamín y que en Francia trabaja como asistente de dirección, fue parte del equipo. Foto: Sylvain Bonniol.

¿Por qué aunque tantas películas son reconocidas en festivales de afuera, sigue siendo tan difícil hacer cine en Chile?
No sé muy bien, pero hoy el cine en Chile es una entretención para niños. En los récords de audiencia, los 10 primeros lugares son para películas Disney. El panorama local de exhibición no es una alternativa para los directores, por eso es que estamos haciendo películas que sean exportables. El cine se está transformando en algo elitista. Sería interesante agrandar la red y moverse por Latinoamérica. Es un desafío, pero hace como 20 años que vengo escuchándolo.  A pesar de eso, la sala como experiencia me sigue pareciendo irremplazable. Propone una incursión en el formato cinematográfico donde se captura la atención de manera brutal y única.

Las series, Netflix, ¿son una amenaza para el cine?
Puede ser que ese formato, a medio camino entre la televisión y el cine, esté desplazando al público que solía ir a las salas y que a ese público le cueste más el ritmo del cine.

¿Ves series?
Aunque trabajo en series (Prófugos, Bala loca), me cuesta verlas, porque me siento esclavizado. Soy súper adictivo, entonces si me engancha una me puedo pasar 3 noches seguidas sin dormir. No tengo la disciplina para ver solo un capítulo. Me es más sano ver una película.

2016, el director de fotografía durante la filmación de la escena musical de Una mujer fantástica, en una discoteca de Recoleta. Foto: Michelle Bossy / Gentileza de Fábula.

2016, el director de fotografía durante la filmación de la escena musical de Una mujer fantástica, en una discoteca de Recoleta. Foto: Michelle Bossy / Gentileza de Fábula.

Casi actor

A esta historia le falta un personaje clave: el productor de cine italiano Carlo Bettin (Diarios de motocicleta), pareja de la madre de Echazarreta, junto a quienes vivió cuando se radicó en Chile. Ya antes, desde niño, acompañó a Bettin a innumerables rodajes, “donde comprendí los micromundos del set”. Fue varias veces extra en Francia y en Chile, y tuvo un pequeño papel en La rubia de Kennedy. Pudo haber sido galán de teleseries, pero a los 20 años sus intereses estaban claros. Entró a la Escuela de Cine de Chile fundada por Carlos Flores, como parte de esa primera generación de alumnos junto a Marialy Rivas y Sebastián Lelio. “En segundo año Lelio me ofreció hacer la fotografía de un cortometraje que se llamó Cuatro. Me reconocí en ese oficio. Entendí el uso de la luz en un espacio y la dimensión dramática que esta podía aportar. Fue una bella revelación”.

La amistad y química creativa con Lelio han ido in crescendo, lo mismo que los presupuestos para filmar. Después de ese primer ejercicio vinieron Navidad (2009), Gloria (2013) y Una mujer fantástica (2017) que, en Chile, generó una crítica dividida en cuanto al desarrollo de su historia, pero aunó elogios respecto de su cinematografía.

En 1999 Echazarreta volvió a París para especializarse en la escuela La Fémis. Fueron 14 años frenéticos. Armó un laboratorio de revelado de 16 y 35 milímetros blanco y negro, filmaba sin guión y proyectaba esas imágenes en fiestas. Trabajó como asistente de cámara, loader y foquista. Debutó como director de fotografía en un corto de ficción filmado en Haití, “un poema apocalíptico –como describe a L’evangile du cochon créole– rodado en 35 mm a pulso”, que fue parte de la selección oficial de Cannes”. Y trabajó en 4 películas del director francés René Féret, entre ellas Nannerl, la hermana de Mozart, también en 35 mm.

“En segundo año de escuela Lelio me ofreció hacer la fotografía de un cortometraje que se llamó Cuatro. Me reconocí en ese oficio. Entendí el uso de la luz en un espacio y la dimensión dramática que esta podía aportar. Fue una bella revelación”.

¿Qué es para ti una buena película?
Una que te cuente una buena historia y que te enfrente a preguntas. El cine tiene una dimensión política, porque es capaz de poner a la audiencia en un lugar que jamás podría experimentar de otra manera. Y, para alcanzar esa experiencia o inmersión, todos los elementos que están en juego en una película tienen que conjugarse. Me gusta hablar de atmósferas al momento de imaginar una secuencia. Con atmósfera me refiero a un universo coherente con la historia y sus personajes, que fotográficamente sea atractivo. La atmósfera permite romper con la barrera de lo banal y permite acceder a la fantasía.

¿Te reconoces en las películas que haces?
Por supuesto.

¿Reconoces tu mirada?
Sí, pero también hay otros ojos. El cine es un gran artificio que pone en escena varias miradas: la del director, la del fotógrafo, la de los actores –cuyos ojos son probablemente los órganos más expresivos y potentes que tengan para convocar–, la de la audiencia que mira la pantalla y se proyecta en ella. La cámara es una maravillosa herramienta para captar miradas.

¿Lees las críticas?
Sí.

De Una mujer fantástica, ¿cuál fue la más relevante para ti?
La de The Guardian, imagínate. Es una crítica muy bonita.

En 2014, en Sri Lanka, filmando para Sanctuary, proyecto visual y sonoro del artista español Carlos Casas. En febrero de 2017, Echazarreta regresó para hacer las últimas imágenes. El trabajo se estrenó en marzo en la Tate, de Londres. Foto: Adams Striner.

En 2014, en Sri Lanka, filmando para Sanctuary, proyecto visual y sonoro del artista español Carlos Casas. En febrero de 2017, Echazarreta regresó para hacer las últimas imágenes. El trabajo se estrenó en marzo en la Tate, de Londres. Foto: Adams Striner.

Echazarreta se refiere al texto que el crítico Ryan Gilbert escribió después del estreno en el Festival de Cine de Berlín, donde la película se llevó el Oso de Oro a Mejor Guión (Gonzalo Maza). “Cinematógrafo ambicioso”, anota Gilbert, quien, además, dedica todo un párrafo a la cámara del director de fotografía.

¿Desde dónde analizas tus propias películas?
No puedo ser imparcial. Hay películas en que durante semanas llevé la cámara al hombro durante 11 horas diarias, puse el máximo de concentración para cuidar cada encuadre y entrar en una simbiosis con los actores y entender cómo se iban a desplazar. Uno se involucra emocionalmente con la dinámica imaginativa, la del set, la de los personajes. Hacer una película significa apropiársela y encantarse con ella.

¿A quién le importa el cine en Chile?
A los políticos. Bachelet fue a ver Una mujer fantástica y era fan de Gloria. No sé. Es un circuito muy reducido. No sé la verdad a quién le importa. ¿A ti te importa?

Trailer Rey 

Nannerl, la Soeur de Mozart 

The Gospel of the Creole Pig 

 

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