Los personajes de mi vida: Sailor Moon

Reportajes y Entrevistas

Los personajes de mi vida: Sailor Moon

Por Tránsito de Ariel / Ilustración: Edith Isabel

Para la teórica del arte Valentina Lillo, la serie de animé japonesa Sailor Moon es un referente de la comunidad LGBTQ+ internacional, pero también uno personal que la ayudó a definir su identidad siendo una niña. “Haruka y Michiru fueron tan importantes que me hicieron ver que la relación que ellas tenían era lo que yo quería para mi propia vida”, dice. La sicóloga Francisca Burgos explica el fenómeno así: “La identidad se define entorno a las posibilidades de la cultura. Y hoy la cultura se consume a través de la pantalla”.

Sailor Moon se ha convertido en un ícono de la comunidad LGBTQ+ internacional”, asegura la teórica del arte Valentina Lillo (26) mientras revuelve un cortado en la terraza de un café en Providencia. Valentina tiene el pelo largo peinado hacia el lado y usa los labios pintados de color morado oscuro. La primera vez que vio Sailor Moon tenía cuatro años. Recuerda que se instalaba al frente de la televisión apenas salía del jardín infantil, y lo siguió haciendo así durante todo el primer año del colegio. “Estudié en un colegio Opus Dei donde a la salida de clases había un grupo de apoderadas advirtiéndole a otras madres que la serie mostraba perversiones y que debían verla con nosotras. Con mi mamá la vimos juntas, y terminamos las dos amándola”. La mamá de Valentina en esa época tenía 35 años y, al igual que su papá, era fanática del animé. Ninguno vio ninguna perversión en la historia.

Sailor Moon es un animé japonés basado en el manga de la autora feminista Naoko Takeuchi, y en nuestro país se transmitió por primera vez en versión doblada al español latinoamericano entre 1996 y 1999 por Chilevisión. La serie mostraba a un grupo de jóvenes japonesas que de pronto descubren que tienen poderes excepcionales, y que fueron elegidas para ser guerreras con el fin de proteger los planetas del Sistema Solar de distintas amenazas. La protagonista de la primera temporada es Usagi Tsukino, una joven torpe y quejumbrosa que vive con su familia en un barrio residencial de Tokyo, y nada en su vida pareciera apuntar a que es una heroína. A Usagi le va mal en el ramo de inglés, le gusta dormir hasta tarde y por eso está siempre atrasada. Disfruta leyendo manga, comiendo helados, saliendo de compras y soñando con chicos. Por eso, en un principio cuesta creer que esta escolar a la que le gusta verse linda junto a las otras protagonistas de esta historia coral, se hayan transformado en íconos del feminismo para una generación.

Y es que actualmente existe toda una camada de jóvenes adultos que creció influenciado por esta serie. Sailor Moon es considerada un referente pop y sus protagonistas han sido utilizadas como rostros de campañas que rescatan una de sus frases, Fight like a girl (pelea como una chica), para darle voz a discursos feministas. “Sailor Moon está protagonizada por adolescentes comunes y corrientes de catorce años que descubren que tienen poderes excepcionales y los usan para luchar por el bien”, explica Valentina. La serie se basa en la amistad femenina y en muchos capítulos la sororidad entre sus personajes las ayuda a derrotar el mal. “Al final de la última temporada se entiende que las Sailors protegen al sistema de un solo enemigo, Sailor Galaxy, quien se enfrenta al caos en el que convergen todos los sentimientos negativos de los seres de la galaxia. Ella encierra estos sentimientos en sí misma, hasta que lo negativo la consume”.

Además de la clásica lucha entre el bien y el mal, en cada capítulo de sus cinco temporadas Sailor Moon explora la maduración emocional, el inicio del desarrollo sexual y el papel de la mujer en la sociedad. Es por eso que la actual nostalgia por la década de los ’90 y las nuevas discusiones sobre género han activado distintos debates entre antiguos consumidores de animé que se encuentran a punto de entrar al mundo laboral. Y algunos de ellos, como es el caso de Valentina, trabajan en investigaciones académicas sobre la perspectiva de género presentes en productos culturales de consumo masivo que se emitieron tras la vuelta a la democracia. “En el Chile de los ’90 seguían existiendo temas tabú”, afirma Valentina. “En mi familia, que era absolutamente abierta, nunca se había hablado el tema de la identidad de género u orientación sexual hasta ver esta serie, que fue la primera vez que se representó a una pareja de mujeres en la televisión chilena”, dice.

Las chicas de la serie eran tal como Valentina; jóvenes que intentaban entender cuál era su lugar en el mundo en vías de transformación a la adolescencia. En el primer capítulo, la protagonista Usagi Tsukino pasa de ser una escolar con uniforme de falda corta, blusa con cuello marinero y una cinta en el pecho a convertirse temporalmente en una esbelta guerrera con un traje ceñido al cuerpo, guantes y botas. Los efectos visuales con los que se transforma son luminosos y fascinantes. Rápidamente vemos a Usagi Tsukino convertida en Sailor Moon, abocada a luchar después de clases contra un enemigo que la policía no ha sido capaz de apresar y empezando a reunir a las otras jóvenes llamadas a ser guerreras.

Valentina está convencida que Sailor Moon tuvo un impacto en la formación de las mujeres de su generación. Y en sí misma. “Analizándolo ahora, creo que me asombró ver un universo de mujeres jóvenes capaces de manejarse por sí solas. En la serie vemos que las mujeres se apoyan entre ellas y no se apuñalan por la espalda como dicta la falsa mitología” explica. Entre las protagonistas de Sailor Moon hubo dos en particular que la marcaron. “La relación entre Haruka y Michiru fue tan importante para mí que tempranamente me di cuenta que era lo que quería para mi propia vida”, asegura. “Cuando vi la repetición de la serie tenía seis o siete años y ya había desarrollado sentimientos románticos hacia mis compañeras. Ver en televisión algo similar a lo que sentía se transformó en la confirmación interna de que ese sentimiento era real. Y fue gracias a eso que me permití explorarlo”, dice.

Lo que le pasó no es inusual. La sicóloga y candidata a Magíster en Sexualidad y Afectividad, Francisca Burgos, explica este fenómeno así: “La identidad se define en torno a las posibilidades de la cultura. Mientras más categorías existan, más posibilidades tenemos de preguntarnos si lo que vemos tiene que ver o no con uno, abriéndose un mayor rango para identificarnos. La televisión y el cine, en este sentido, pueden jugar un rol clave en la formación de la identidad de una niña”. Para Burgos, los referentes externos, como personajes de ficción, pueden servir para describirnos y explicarnos como individuos hacia el resto y hacia nosotros mismos, aunque estos sean tan lejanos como jóvenes japonesas que también son guerreras espaciales. “En el mundo social muchas veces necesitamos una etiqueta para asegurarnos un espacio en la comunidad. Saber a qué grupo pertenezco implica saber a qué lugar voy. Cuando niñas y niños sienten que no calzan en sus entornos y en las representaciones que la cultura hace de ellos, son incapaces de imaginarse un futuro. Esto puede provocar angustia y, en algunos casos, incluso depresión”.

Este riesgo se acentúa en niños que se encuentran dentro del espectro LGBTQ, pues según un estudio realizado durante una década en la población lésbica, gay, bisexual y trans de nuestro país, queda claro que los pensamientos e intentos suicidas son hasta siete veces más comunes que entre niños cisgénero. Estas estadísticas se explican por la falta de proyección que tendría una niña o niño que siente que no hay otras personas como ellos o ellas. En este aspecto, Francisca Brugos advierte que se debe al problema de las etiquetas. Hasta su consulta llegan padres con pequeños pacientes que tienen sentimientos que no saben explicar para definirse, sobre todo a una edad donde no hay conceptos claros, mientras que sus pacientes más adultos buscan una etiqueta determinada que calce con lo que sienten. “Pero lo cierto es que lo importante es resolver el asunto interno”, dice. Francisca está convencida de que las etiquetas pueden ser tranquilizadoras para los papás, pero no necesariamente para sus hijos. “Hoy sabemos que la identidad y el género se trata de un espectro, no es binario. Y es por eso que los niños pueden identificarse con un universo donde las posibilidades son infinitas”.

Sailor Moon es una serie de fantasía pero también, en primera instancia, la historia de una joven que no ha alcanzado la madurez y que tiene que lidiar con algo que parece mayor que ella. Cuando Usagi recibe sus poderes no está del todo preparada para ocuparlos ni para entenderlos, pero a medida que su arco narrativo avanza, ella se hace cargo de su misión y sus recursos mágicos. Es en este punto donde empieza a defender los intereses de su causa, pero también los de las mujeres. Se preocupa de los sueños, anhelos y sentimientos de sus pares femeninos como si fueran los suyos sin asignárselo necesariamente a un discurso feminista, sino que a un acto de madurez. Es decir, en el clásico formato de una historia coming of age, aquí el crecimiento de la protagonista está al servicio de la empatía y la sororidad.

No hay que olvidar que dentro de las reglas del manga japonés una clave importante -tanto en su creación como en su distribución- es la categorización a través del género. “Si bien hay categorías de animé similares a las de los medios de comunicación occidentales, como el drama, la comedia y el horror, existen dos géneros principales diferentes en la industria: shōnen y shōjo, que se traducen literalmente a niño y niña, respectivamente. El género del animé es parte de cómo funcionan los mensajes dentro de la fórmula”, explica el crítico y analista Nicholas Bennett en su ensayo Queer Representation in Anime. Bennett apunta a una importante diferencia entre los dibujos animados occidentales -principalmente norteamericanos- donde las heroínas han sido tradicionalmente representadas como princesa y los orientales, que eligen como protagonistas a personajes femeninos ordinarios que de pronto se vuelven extraordinarios.

El énfasis de animés shōjo (enfocados a niñas) como Sailor Moon está puesto en pensar el poder femenino a través de los afectos y el romance, lo que atenta contra la tradición de héroes aguerridos racionales y con poderes físicos. Esta es una de las razones por las que el empoderamiento de la mujer, sobre todo en medios masivos, puede llegar a incomodar. Así como durante la década de los ’90 afuera del colegio de Valentina Lillo hubo apoderados preocupados por las ideas que podía inculcar en sus hijos una serie de animé japonesa, por esa misma época en Chile hubo grupos evangélicos y otros agentes –religiosos y políticos– que intentaron prohibir South Park y Pokemón, afirmando que su contenido podía ser nocivo para los niños, cuando lo que realmente presentaban eran narrativas alternativas a las convencionales. Las acciones despertaron discusiones sobre la censura, pero no necesariamente una conversación a nivel social sobre los temas que se pretendían censurar. “Sin representación no hay cómo llevar temas a la mesa”, dice Valentina. “Por ejemplo, para mí generación, el año de la muerte de Daniel Zamudio, en 2012, fue el primer momento histórico en que todas las familias chilenas hablaron positiva o negativamente de un tema del que antes no se hablaba”.

Para esta joven teórica del arte, es importante que las conversaciones no se den en la academia ni en los círculos cerrados, sino que ocurran puertas adentro, en las casas. Porque ahí es donde realmente se pueden producir cambios profundos e internos. “Hay adultos que siguen viendo matinales y teleseries chilenas que reafirman cierto imaginario que refuerza una homofobia internalizada”, explica Valentina. “Basta tratar de enumerar las mujeres no heterosexuales representadas en las teleseries en los últimos 20 años que no hayan sido creadas a partir del imaginario masculino. Son muy pocas”. Pero esta joven teórica no se desalienta. “Para la academia y algunos sectores de la sociedad, el animé ya no son solo “monos chinos”. Como todo producto masivo, también los entendemos como posibles agentes de cambio. Y eso es un gran avance”.

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