Luciano Lutereau: Más crianza, menos terapia

Reportajes y Entrevistas

Luciano Lutereau: Más crianza, menos terapia

Por Constanza Michelson

Dictámenes como “no porque no” o “porque lo digo yo” parecen haber caducado en las familias modernas. Por el contrario, se valora la horizontalidad y la confianza con los hijos. Por su parte los padres ya no sólo “ayudan” a las madres en la crianza, sino que se sienten responsables en partes iguales. Y aunque la crianza pasó a ser algo valorado y compartido en la pareja, además de una progresiva aceptación social de formas diversas de hacer familia, los padres jóvenes se declaran agobiados y presionados, a veces, incluso más que las generaciones de sus propios progenitores. A menos que sea un embauque del marketing existencial, que ofrece manuales de crianza a destajo, hay que suponer que por alguna razón se está consumiendo tanta lectura de este tipo. Títulos como: “Aprender a vivir con hijos”, “Querer a todos por igual”, “Cómo ser los padres que siempre han querido ser”, revelan una cierta necesidad de ortopedia en asuntos cotidianos de la vida. Doulas, animadores de cumpleaños, collares de ámbar (para prevenir inflamaciones que ni siquiera se tienen) a pesar de la contraindicación que hacen los pediatras, convierten la crianza en un terreno fértil para el consumismo, la confusión y la inseguridad.

De estas y otras confusiones se hace cargo el psicoanalista argentino Luciano Lutereau, doctor en filosofía y psicología, en su nuevo libro “Más crianza, menos terapia. Ser padres en el siglo XXI” (Editorial Paidós). Lutereau nota al menos dos cambios en su ejercicio como terapeuta infantil: cada vez consultan niños más pequeños, y que, si antes lo más corriente era recibir casos relacionados a temas de aprendizaje, hoy es frecuente que los padres lleven a sus hijos por cuestiones de la vida cotidiana, como dormir, comer, bañarse. Para el psicoanalista, el conflicto muchas veces es más de los adultos que de los niños, como dice, alguien que debe decirle a su hijo para retarlo “yo soy tu padre”, es porque evidencia su impotencia para ejercer su rol.

El título de tu libro recuerda a otro, a Más Platón y menos Prozac. ¿Será que hoy nos queremos ahorrar la crianza buscando terapia?
En mi práctica como terapeuta, de un tiempo a esta parte, empecé a notar que muchas consultas no se debían a patologías, sino a conflictos del crecimiento que, a veces, a los padres nos cuesta reconocer o que, como todo conflicto, nos asustan, pero que son normales y más bien nos toca tener que aprender a acompañar a nuestros hijos en estos momentos.

¿Por qué piensas que hay tanta ansiedad con la crianza estos días? Hay una explosión de libros sobre crianza y autoayuda.
Porque como nunca antes se esperó tanto de los padres. Cada vez hay que decidir más cosas, algunas de las cuales anteriormente las aseguraba el Estado Nacional, por ejemplo, se formaba a niños para que sean ciudadanos; mientras que hoy en día la familia antes que desaparecer se ha expandido y casi todos los aspectos de la vida de alguien pueden llegar a pensarse en función de sus relaciones familiares. En este contexto, los padres tienen mucho miedo de hacer las cosas mal o, mejor dicho, viven acosados por la fantasía de ser “malos” padres. Ser “buen” padre es un imperativo de nuestra época, que corre el foco de que cada quien debe encontrar su manera de relacionarse con la maternidad y la paternidad según sus propias decisiones.

Hay quienes sostienen que estamos en una “sociedad terapéutica”. ¿Tendrá esto que ver con la tendencia a patologizar o poner nombres rimbombantes a conductas comunes de los niños?
Sin duda, incluso en un sentido más amplio: no sólo los vínculos se evalúan a partir de su carácter terapéutico -por ejemplo, se habla de relaciones “tóxicas”- sino que nuestra relación con la alimentación y otras prácticas, como el deporte, dependen de que sean “saludables”. Estamos en una búsqueda por la salud, en una sociedad en la que cada vez más la enfermedad se ha vuelto un modo de vivir. Considerando que actualmente las personas viven hasta 20 años con una enfermedad crónica, parece una contradicción y es parte de cierta declinación de la pregunta por una vida auténtica, en la que cada uno de nosotros sea el artífice del sentido de su existencia.

¿Cómo explicas este retorno a costumbres tradicionales de la maternidad -como el parto natural- y la crianza, pero bajo nuevos nombres?
En el desconcierto general respecto de cómo criar a un niño, en los últimos años han aparecido ciertos saberes tradicionales, propuestos como alternativa a los saberes establecidos, el de la pediatría o el de la educación escolar. Sin embargo, creo que muchas veces se trata de giros nostálgicos a lo previo, una forma de pensar que antes era mejor. Y no estoy de acuerdo con eso. No estoy en contra de las costumbres tradicionales, pero sí de creer que hay un saber prestablecido acerca de cómo criar a un niño. En esoí hay una cuestión que me parece importante destacar: la crianza no tiene que ver con satisfacer necesidades, sino con realizar un acto de filiación, es decir, con hacer que un niño sea además un hijo. Esto que parece evidente, no lo es. En efecto, muchos de los problemas que tienen los niños hoy en día, cuando sí es necesario un tratamiento terapéutico, se basan en que son niños cuyos padres están destituidos, en los que la filiación quedó en jaque. Se trata de niños que no respetan la autoridad de quienes los cuidan, cuyos padres les tienen miedo y les dan todo lo que piden para que no se enojen.

Respecto de la lactancia, mencionas en el libro una confusión respecto del destete.
El destete es la primera operación psíquica de filiación de un niño y no se reduce a dejar de mamar. Por eso, como suelo decir, no se trata de debatir el modo más eficiente en que un niño debe ser amamantado, porque esa es una decisión que cada madre debe tomar en función de la relación singular con su hijo, sino que lo importante es no olvidar que el destete es el primer acto de separación, modelo de separaciones futuras y que marcará el modo en que alguien se relacionará con las frustraciones en adelante. A sabiendas de que no hay modo de que no haya frustraciones, incluso pueden ser un estímulo para no darse por vencido y volver a intentar algo. Lo preocupante es que la madre se sienta culpable de frustrar a su hijo y, en ese caso, prolongue la relación para que no tenga nada que reprocharle. Ser padre es ofrecerse al reproche. No existe ser “buen padre”, y si nuestros hijos nos aman es muchas veces más por nuestros defectos que por las cosas que creemos hacer bien.

Defines la infancia como un modo particular de hablar. ¿A qué te refieres?
A veces padres en consulta dicen “no sabemos qué hacer con él o ella” como si fuera un objeto, pero ¡los niños hablan! Y, sobre todo, su forma privilegiada de hablar es preguntar e interrogar, no tanto sobre lo que el adulto sabe, sino por lo que no sabe. Los famosos “por qué” de los niños tienen esa función; un niño no pregunta para saber (por ejemplo, por qué llueve), sino porque su curiosidad es acerca de por qué quien le responde le dice eso que le dice. Lo que se juega ahí no es un asunto de conocimiento, sino de deseo. El niño apunta al deseo del adulto con sus preguntas. A veces los adultos nos fastidiamos y decimos “bueno, ya, es porque yo te lo digo y punto” y esta es otra declaración de impotencia que muestra cómo a veces preferimos ver a los niños como objetos antes que como ser hablantes que nos interpelan.

Una expresión que se ha vuelto popular es decir que existen los hijos tiranos. Rechazas esa idea.
Sí, porque creo que es cargar demasiado las tintas sobre el niño, como si fuera un rasgo de personalidad intrínseco, sin considerar que se trata de una actitud vincular. El mismo niño que es díscolo en su casa, muchas veces en casa de otros se comporta de una forma completamente diferente. La idea de “niño tirano” de un tiempo a esta parte ha funcionado como una suerte de diagnóstico autosuficiente, una etiqueta que dispensa de pensar lo profundo de una relación particular entre padres e hijos. Es un modo de patologización de la infancia con la que no estoy de acuerdo.

Hay padres que sospechan de la terapia infantil, porque dicen que van solo a jugar. ¿Cuál es la importancia del juego en la vida psíquica de los niños?
El juego es la vía privilegiada de elaboración de conflictos en los niños y, por qué no, en los adultos también. Tener conflictos es algo normal, es algo sano, mientras que lo sintomático es no poder resolverlos. Por eso me gusta decir que cuando me consultan por un niño, antes que preguntarme qué tiene, cuál es su diagnóstico, prefiero preguntarme qué le pasa. Es decir, tratar de entender qué conflicto de crecimiento está atravesando y, a partir de ahí, pensar si acaso cuenta con los recursos para resolverlo por sí mismo. Una escena típica en la consulta es la de contarle a unos padres que aquello que sufre su hijo es un conflicto habitual de la edad y que iremos hablando para evaluar si puede resolverlo con su compañía. La pregunta que surge en esos casos es ¿por qué los adultos nos hemos vuelto tan ansiosos ante los conflictos de los niños? ¿Por qué les pedimos que se adapten a un crecimiento sin sobresaltos?

¿A qué te refieres cuando sostienes que el cuerpo de un niño es un cuerpo abusado por definición?
Es una frase fuerte, que no debe ser entendida de manera literal, sino que busca poner de manifiesto que el niño es un cuerpo sobre el que se realizan las más diversas transgresiones. Nadie toca la cabeza de la persona que le presentan en una reunión social. Nadie alza a la pareja de un amigo que le acaban de presentar. Con los niños nos autorizamos esas transgresiones sobre sus cuerpos, y esto va de la mano con lo que mencionaba hace un momento, de que preferimos verlos como objetos antes que como seres de palabra.

Vamos con algunas de las quejas típicas de los padres:

El niño no quiere comer
Hoy en día el destete de muchos niños no se realiza con el seno materno, sino con la adquisición de alimentos sólidos, entonces el niño que comía de todo empieza a rechazar comer varias cosas y desarrolla una alimentación selectiva: son los niños que prácticamente comen arroz y fideos. En este punto, antes que buscar el modo en que el niño coma, es preciso no olvidar que comer es mucho más que un acto alimentario, es también un vínculo. Recuerdo que hace poco dicté una conferencia en la Sociedad Argentina de Pediatría y una mujer contaba algo muy gracioso: sus hijos no querían comer casi nada, pero sí les gustaba un plato que ella preparaba, el “puchero”. Ella comenzó a llamar “puchero” a los más diversos alimentos, y así hablaba de “puchero de sopa” o “puchero de asado”. Este ejemplo muestra que un niño se alimenta no sólo de comida, sino también de palabras. Y si esas palabas son parte de un juego, mucho mejor.

No se quiere bañar
Bañarse es una actividad muy compleja que implica cuando se trata de lavarse la cabeza poder cerrar los ojos, es decir, representarse la propia ausencia. Es por eso que para muchos niños es muy angustiosa. No es simplemente un acto higiénico, sino que involucra ansiedades profundas (en relación a la propia desaparición). Por eso, al igual que con la comida, los padres no deben olvidar que jugar en la bañera o jugar a lavarse la cabeza son actividades muy importantes para que el niño quiera bañarse. Un filósofo que admiro mucho, Walter Benjamin, dijo alguna vez que los hábitos son hijos del juego. Me encanta esa idea, porque muestra que los hábitos no son adquisiciones regladas y técnicas, sino que requieren ese soporte lúdico y vincular.

No quiere dormir
De acuerdo con lo anterior, dormir es el primer gran hábito que adquiere un niño y su primera cama son los brazos de los padres. Lo esperable es que con el tiempo esa entrega primera que se realiza con caricias pueda trasladarse a otros espacios, así es que el mundo se va ampliando y se pasa de los brazos a la cuna, de la cuna a la cama, de la cama a la habitación, de la habitación a la casa, de la casa al afuera. Muchos niños hoy tienen dificultades para dormir porque creemos que dormir es un hecho fisiológico, que alguien duerme porque está cansado. Y no. En absoluto es así, a tal punto que el insomnio es uno de los síntomas más complejos que existen. No sólo hablo de niños que no duermen, porque no olvidemos que casi la mayoría de los adultos hoy en día no concilian el sueño sin una pastilla. Para dormir es preciso dejarse llevar, ser acompañado al principio e interiorizar esa presencia para luego poder prescindir de ella. Los niños que no pueden dormir solos suelen desarrollar personalidades dependientes. Aprender a dormir es a veces el propósito de un tratamiento. Con mis pacientes adultos lo he comprobado, quienes gracias al psicoanálisis han empezado a dormir, a veces, por primera vez en su vida.

No deja de jugar Play
Aquí la cuestión no es la Play, sino el tipo de relación con ese objeto. No se trata de contar la cantidad de horas que un niño juega a eso, sino distinguir entre juego y entretenimiento. Este último es pura descarga, evasión del aburrimiento y, por lo tanto, fuente de nuevas formas de aburrimiento. El niño que juega es creativo, mientras que el niño que se entretiene, sólo pasa el tiempo. El niño que juega inventa sus propios tiempos, puede ver mil formas en un solo objeto, mientras que el niño que sólo se entretiene necesita pasar de un objeto a otro, como si la magia estuviera en el objeto y no sus actos.

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