Malú Sierra en defensa de la eutanasia

Reportajes y Entrevistas

Malú Sierra en defensa de la eutanasia

Por

La periodista y escritora de 76 años ha hecho una reflexión seria y profunda sobre la vejez y la muerte. Ha investigado las organizaciones europeas que realizan el suicidio asistido y ha conversado con sus hijos sobre su deseo de no ser una carga para ellos y tener una muerte digna. “En todo caso en este momento no tengo ningún interés de morirme”, dice, en vísperas de lanzar un nuevo libro.

Por Carola Solari / Fotografía: Alejandro Araya

Paula 1244. Sábado 27 de enero de 2018.

Malú Sierra vive sola en la punta del cerro. Para ir a su encuentro hay que recorrer un serpenteante camino de El Arrayán y llegar hasta los 1.300 metros. Su casa de madera y piedra, tiene muchas ventanas para contemplar la magnífica vista: en primer plano, el verdor de su jardín, y luego, cielo, mucho cielo.

Está regando las frutillas y las acelgas de la huerta que le permite abastecerse de buena parte de las verduras. Los arrieros que viven al lado le traen conejo, que por ahí abundan, y ella disfruta porque son sabrosos y tienen poca grasa. Así se las va arreglando para bajar del cerro lo menos posible: solo las 2 veces por semana que va a la piscina y aprovecha de hacer trámites y comprar lo que le falta.

–Es que la ciudad me provoca un malestar indecible. No soy yo. Esto, en cambio, es como vivir en el campo, –dice.

Periodista, escritora y ecologista, formó parte del equipo fundador de revista Paula y trabajó en las revistas Hoy, Caras, Cosas y el diario La Época. Ha publicado 13 libros: una trilogía sobre los pueblos aymara, mapuche y rapanui; uno sobre los sueños de Lola Hoffmann, quien fue su siquiatra; dos sobre Michelle Bachelet, y uno sobre Pepe Mujica, el ex Presidente uruguayo, a quien entrevistó largamente y define como un personaje inolvidable.

A sus 76 años, sigue muy activa. En febrero lanzará un nuevo libro: Isabella y el Valle del Elqui (sobre Isabella Rastello, la jardinera y perfumista del Valle del Elqui) y ya se pregunta a qué otro personaje interesante podría hincarle el diente, mientras señala la lagartija que acaba de entrar al living de su casa. En ese escenario lleno de vida, Malú está lista para hablar de la muerte. En noviembre pasado envió una controversial carta al director que fue publicada en El Mercurio donde, a propósito del estado terminal de su hermana en un hospital, reflexionaba sobre el sentido médico de intentar mantener con vida a un paciente agónico y abogaba por la necesidad de legislar sobre la eutanasia.

¿Qué te impulsó a escribir esa carta?
Estaba mi hermana, menor que yo, en el hospital. Mi hermana siempre estaba enferma porque tenía todo malo. Pero este final duró como un mes y 10 días y yo la fui a ver al principio. Su cuerpo no aguantaba más. Pesaba menos de 30 kilos. Estaba con los ojos abiertos mirando el techo, con suero porque no se alimentaba por sí misma. Además, con una máscara porque ella no podía respirar sola, entonces le enchufaban oxígeno. Bueno, así nadie se puede morir.

¿Qué te pasó a ti?
Casi me muero de pena. Me acerqué a la gente que trabaja ahí y la veían agonizar y su respuesta fue que no se podía hacer nada, porque en Chile no hay eutanasia. Lo encuentro terriblemente inhumano. Ver sufrir así a una persona me mata.

¿Tu hermana estaba consciente?
Semiconsciente. Con sus hijos, más. Conmigo, poco: más lloré que hablé. Me fui con el corazón partido. Por eso escribí la carta. Me salió decir: hasta cuándo este país tan conservador, isleño, al fin del mundo. En Argentina hay eutanasia. Para qué decir en los países europeos, como Holanda y Suiza, donde existe el suicidio asistido y hay una organización que ofrece dignidad para morir. Esa es la cuestión. Mi papá se suicidó de una manera bien terrible. Si hubiera conocido esto, lo habría hecho.

¿Qué edad tenía tu padre cuando se suicidó?
77.

¿Tuvo que ver con que estuviera viejo?
No quería más ser viejo, no quería enfermedades, no quería ser una carga para la familia.

¿Él estaba enfermo?
No, yo creo que estaba deprimido. Dejó de trabajar a los 75 y ahí se fue para abajo. Pero más allá de eso, él era un hombre adorable. No quería la indignidad de usar pañales, de vivir enchufado. Porque ese es el futuro esperable. Entonces esta organización en Suiza te ofrece eso y yo lo encuentro maravilloso.

¿Estuviste investigando esa posibilidad a propósito de tu hermana?
La investigué, pero a propósito de mí misma. No quiero ser una carga para mis hijos y no quiero dejar de vivir acá porque esté inválida y peor estar con Alzheimer, como el padre de mis hijos menores, de quien me separé hace mucho. Es un espectáculo indigno porque se te enferma todo.

¿Cómo se suicidó tu padre?
Con un arma, un revólver. Mi papá era marino y tenía armas en la casa.

¿Dejó alguna carta?
Sí, cuando cumplió 50 años de matrimonio, escribió una larga carta donde decía que estaba decidido a no ser viejo, que nos quería, que cuidáramos a mi mamá. Una carta perfectamente lúcida. Si mi papá hubiera sabido (del suicidio asistido), se hace un acuerdo, hay que tener plata para viajar, alguien te tiene que acompañar. Con mis hijos lo he conversado mucho y estarían completamente de acuerdo.

¿Cómo han sido esas conversaciones con ellos?
Me conocen como soy. ¿Por qué no morir dignamente y no fregarles la vida a ellos? He vivido todo lo necesario. No tengo deudas con nadie. Mis hijos (tiene 4) están todos bien parados.

Es decir, tú has tenido una reflexión importante en torno a la vejez. ¿Cuándo dirías que empezaste a darle vueltas a esto?
En la juventud uno no piensa en la muerte. No puedes, porque estás llena de vida, cargada de hijos. Tienes que hacer el camino de la vida. Pero siempre pensé que el suicidio es un derecho humano y más encima penado por la ley; ¡si somos muy tontos! En, todo caso, en estos momentos yo no tengo ningún interés en morirme.

Envejecer sin un hombre

Se te ve muy bien.
Tengo las fallas de las viejas: la tiroides, la presión. Pero algo que tomo y recomiendo es el cloruro de magnesio, al que le hacen mucha propaganda ahora y yo conozco hace 30 años. Son unos polvitos asquerosos, pero ahora están en cápsulas. Hace bien para los huesos y los músculos; entona el cuerpo.

¿Cómo te cuidas?
Me preocupo de la comida. Tengo la huerta y hago gimnasia en el agua 2 veces por semana, dos horas cada vez. La resistencia del agua es potente. Eso lo hago hace mil años. Y sería.

O sea pasas harto tiempo acá en el cerro, sola.
Claro. Hay días que no hablo con nadie.

¿Y eso te acomoda?
Sí. La Isabella (Rastello, protagonista de su próximo libro) dice, y estoy de acuerdo, que nosotros somos monjes en la esencia; que nunca fuimos mundanos. Uno se mete en el mundo porque tiene hijos, pero cuando crecen y se van, vuelves para adentro. La vejez es soledad, eso hay que tenerlo claro. No les puedo pedir a mis hijos que estén pegados a mí; tienen una tremenda vida. Pero me siento de lo más acompañada. Parte de este cosmos, unida a todo, a la energía.

¿Tienes alguna creencia en especial?
Mira, bueno, imagínate todo lo que he recorrido, de todas las escuelas. Nací católica y salí corriendo. Pero lo intenté seriamente.

¿Cómo fue ese intento?
Iba a los carismáticos, bautizaba a mis niños. Tenía un gran amigo cura que se murió, Juan de Castro, quien me ayudó mucho en ese tiempo. Pero creo que el salto más grande que he dado en la vida no ha sido volar en parapente, sino dejar de creer en Dios.

¿Por qué fue tan importante?
Si lo tenemos pegado en los huesos: ese que te mira, te juzga, que finalmente creó y nos dejó tirados. O sea, que tenemos un ser que se preocupa de nosotros, eso no lo creo. Cada uno se preocupa de sí mismo. Lo que más me calza es el budismo, porque son los mejores sicólogos de todo el mundo: cómo conocen la mente humana y qué hacer para tranquilizarla.

¿Tuviste algún tipo de acercamiento al budismo alguna vez?
Era amiga de Pancho Varela, quien nos enseñó a meditar. Sabíamos de estos monjes, leíamos; yo me debo haber leído unos 10 libros de budismo. Cuando llegaron los primeros monjes fui a un retiro y recuerdo que estuve durante 8 horas sentada con las piernas así (en posición de loto); creí que se me iban a  quebrar las rodillas, pero de ahí en adelante ni un dolor. Me empecé a interesar, a leer más. Además, son tan amorosos. A uno le pregunté, en inglés si siempre estaba contento. Me respondió: “Sometimes sad, sometime happy”. Porque no son seres extraterrestres.

Y esto de meditar, ¿es algo que practicas?
Más que meditar es tratar de estar con la mente tranquila. Para mí ha sido muy beneficioso el mantra: Om Mani Padme Hum. Mantra quiere decir protector de la mente; no es una oración, es que la mente esté libre, de manera que andes conectada. Es una la que está desenchufada. La otra cosa que he aprendido es a respirar profundo cada vez que me acuerdo. En mi teléfono tengo un gong que me avisa que tengo que respirar.

¿Para ti cómo ha sido envejecer sola? ¿No te ha hecho falta una pareja a tu lado?
Pasada la menopausia, como a los 50 años, nunca más tuve la necesidad del sexo, que antes fue acuciante. Y si se te acaba ese interés, en buena hora, la energía se va para otra parte. He tenido amigos, viajeros, pero ningún interés de tener otro hombre dentro de la casa.

¿Por qué no?
Ocupan mucho espacio. Son dependientes. Me muero que me anden preguntando que dónde está esto y lo otro. Creo que soy súper intolerante. Ando pacífica en general, pero me pasa por ejemplo que cuando bajo al banco, me peleo porque se demoran dos horas y no me hacen las cosas bien. Me enojo. Me doy cuenta de que soy furiática. Por eso es mejor vivir así.

En febrero publicará este libro sobre Isabella Rastello, la jardinera y perfumista del Valle del Elqui. Con este, suman 14 los libros que ha escrito.

Seguir leyendo