Mi mamá me dejó y la entiendo

Reportajes y Entrevistas

Mi mamá me dejó y la entiendo

Por Gabriela Pérez / Ilustración: Edith Isabel

Mi mamá y yo nos conocimos una noche de abril de 1992. Ella era cirujano infantil en el Hospital Calvo Mackenna y ese día le tocó atender un caso que nos cambiaría la vida a las dos para siempre. La paciente que la esperaba era una niña que venía por un dolor de guata muy fuerte. Al examinarla, mi mamá se dió cuenta de que su paciente de 14 años había estado embarazada, y que la guagua que estaba en la sala de espera era su hija.

Según lo que he podido averiguar, nací en el baño de la casa de mi mamá biológica y después del parto nos llevaron a ella y a mí al hospital. Ahí conocí por primera vez a quien yo considero como mi única mamá, Rocío, que fue la doctora que me atendió ese día, cuando solo tenía horas de nacida. Ella siempre me decía que se enamoró de mí desde el momento en que me vió, y que por eso cuando mi abuela biológica le ofreció que me llevara con ella, no lo pensó dos veces. Llamó a mi papá por teléfono para explicarle lo que había pasado y desde entonces no nos separamos más. El juicio de mi adopción duró un año y durante todo ese tiempo yo estuve bajo el cuidado de mis papás adoptivos. En ese momento llevaban casi cuatro años casados y no habían podido tener hijos. Habían probado distintos tratamientos y mi mamá estuvo embarazada dos veces, pero en ambas oportunidades esos embarazos terminaron en pérdida. Hasta entonces no habían considerado la opción de adoptar.

Desde que tengo recuerdos mi mamá siempre fue honesta y me habló con la verdad, incluso siendo yo todavía muy chica. Recuerdo que cuando tenía 4 años, una de mis tías del jardín que estaba embarazada nos explicó que tenía una guagua en su guata y que así nacían los niños. Cuando llegué a mi casa comentando lo que nos había contado la tía, mi mamá me dijo que yo no había estado dentro de su guata, pero que había nacido de su corazón. Me acuerdo que a mí me encantó esa explicación y se lo contaba a todo el mundo porque haber nacido de forma diferente a los otros niños me hacía sentir orgullosa y especial. A medida que fui creciendo y pude entender mejor, mi mamá me fue aclarando los detalles de cómo habían sido las cosas y lo que sabía de mi mamá biológica. Cuando me contó que ella tenía solo 14 años cuando nací, de forma intuitiva entendí que una niña no podía hacerse cargo de una guagua y que por eso me había entregado a mi familia adoptiva.

Durante mi infancia, mi mamá y yo tuvimos siempre una relación muy cercana. La sentía como una amiga y como una compañera, a pesar de que ella me aclaraba que su rol era el de ser mi mamá. Si bien el trabajo en el hospital era su pasión, siempre hizo un espacio para mí en su vida. Me hizo parte de las cosas que hacía y se daba el tiempo para ir a buscarme al colegio y que compartiéramos momentos juntas. Me acuerdo que a veces cuando íbamos en el auto de vuelta a la casa, la llamaban del hospital para que volviera por alguna operación urgente o a cubrir un turno. A mí eso me encantaba porque significaba que podía pasar la tarde en la sala de estar de los médicos vestida como doctora con el típico uniforme verde mientras ella terminaba de trabajar. Como en esa época no me iba muy bien en matemáticas tenía clases particulares con una profesora que me ayudaba. Cuando terminábamos, mi mamá me llevaba a tomar chocolate caliente y a comer donas de manzana y canela en un café que quedaba cerca.

Recuerdo que en nuestras vacaciones viajamos en varias oportunidades a Estados Unidos a visitar a la familia, pero también íbamos porque entremedio de los panoramas y las salidas mi mamá iba a consultas médicas y se hacía toda clase de exámenes con la esperanza de que en ese país hubiese algún tratamiento para el cáncer que le habían diagnosticado cuando yo cumplí un año. Después de años de pelear contra esa enfermedad, cuando yo tenía 11, mi mamá murió. Si bien fue un golpe muy duro para todos, me siento agradecida de haberla tenido a mi lado por todo el tiempo que pudimos estar juntas. Mi mamá me enseñó que siempre hay que hablar las cosas de frente y que todo se puede decir si se hace con respeto. Mucha gente me dice que me parezco a ella no solo por mi carácter, sino que incluso físicamente.

Durante mi adolescencia hubo momentos en los que sentí curiosidad por saber quién era mi mamá biológica y traté de averiguar más sobre ella con mis familiares cercanos, pero nadie sabía más de lo que ya me habían dicho. Cuando cumplí 22 pedí el expediente de mi adopción en el SENAME. Recuerdo que esa decisión fue dolorosa para mi papá, porque si bien mi mamá siempre fue muy abierta para hablar de este tema conmigo, para él era algo más bien delicado. A pesar de eso, seguí adelante con la búsqueda y entre los documentos que me entregaron encontré mi certificado de nacimiento original con el nombre que me habían dado entonces, el nombre de mi mama. Así descubrí, además, que en ese papel no había registro de un papá biológico. Cuando nací mi mamá biológica estaba todavía en el colegio, iba en octavo básico. Ya como adulto pude entender desde otra perspectiva lo que significaba haber sido mamá a esa edad. A veces pienso que una de las posibilidades es que yo haya sido el producto de una violación, pero no tengo forma de comprobarlo ni de descartarlo.

Creo que como mis papás siempre fueron honestos conmigo sobre mi historia, nunca he guardado sentimientos de rencor o de enojo hacia mi mamá biológica, por el contrario, creo que lo que siento por ella es empatía. La entiendo y si yo hubiese estado en su situación habría hecho lo mismo. Nunca tuve la necesidad de buscarla, pero hace algún tiempo, y casi por casualidad, encontré a través de redes sociales y de un conocido en común a una mujer que tenía el mismo nombre que ella y que tenía una edad coincidente con la que calculo que tendría mi mamá biológica. A pesar de que no la buscaba, decidí escribirle, pero nunca me contestó. Si bien no sé cuáles son los motivos por los que ella decidió que no quiere tener contacto conmigo, respeto esa decisión. No necesito enfrentarla, no tengo nada que recriminarle. Todo lo contrario: le agradezco que haya seguido adelante con ese embarazo porque me dio la oportunidad de tener una infancia feliz y plena junto a una familia que me ama. Crecí rodeada de cariño y de amigos. Tuve una mamá increíble. Una compañera que, aún cuando ya no está conmigo, me dejó recuerdos y enseñanzas que voy a guardar siempre.

 

Gabriela Pérez (27) es estudiante de Ingeniería en Marketing y vive en Santiago con sus gatos Cleo y Anubis.

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