Mi mamá, mi única familia

Reportajes y Entrevistas

Mi mamá, mi única familia

Por Por Susana Hiplan / Ilustración Edith Isabel

Mi mamá fue mamá por primera vez a sus 39 años. Primero nació mi hermano, el niñito más esperado y dulce del mundo, y dos años después, nací yo. Mi familia, en ese entonces, estaba compuesta por ellos y mi papá. Con él, las cosas nunca anduvieron muy bien. A nosotros nos amaba por sobre todo, pero yo siempre sentí que el matrimonio no lo hacía feliz. Él solía estar distraído y desconectado, en cambio nosotros tres éramos mucho más unidos. Sin embargo, esa unión no duró por bastante tiempo. De un año a otro nuestro núcleo familiar se destruyó y nos quedamos solas con mi mamá. Ella hoy es mi hogar y la única que sigue a mi lado.

El año 1999 nos fuimos de vacaciones a Calama a ver a mis abuelos paternos con mi papá y mi hermano. Mi mamá se quedó en Antofagasta, ciudad donde vivíamos los cuatro. Nosotros dos éramos niños súper independientes. Nos habían enseñado a cruzar las calles, mirando con mucho cuidado hacia ambos lados, y solíamos salir solos cuando se trataba de tramos cortos. Durante esa estadía mi hermano, que tenía ocho años, fue a buscar una pelota de fútbol a las cuatro de la tarde a una casa que quedaba solo a un par de cuadras. Cruzó con luz verde peatonal y un hombre en estado de ebriedad lo atropelló y terminó con su vida. Pese a que era muy chica, tengo recuerdos muy fuertes de ese día. Todavía escucho los llantos de mi papá y a mis tías intentando calmarlo. Ese episodio destruyó a mi familia. La unión de mis papás dejó de tener sentido y se separaron al año. Y él agarró sus maletas y se fue a vivir a España a hacer un doctorado del que nunca más volvió. Jamás dejó de preocuparse por mí, sin embargo, pese a estar presente desde la distancia, siempre sentí que mi verdadera familia era mi mamá.

A mis seis años, quedamos las dos solas. Sin embargo, en vez de deprimirse y no volver a levantarse, mi mamá se armó de fuerzas y nos sacó a adelante. No sé de dónde sacó tanta garra para hacerlo, pero pienso que el amor –y esa pasión que tienen las mujeres- fue lo que la ayudó. Gracias a ella tuve una infancia lo más normal posible, ya que siempre trató de que las pérdidas no alteraran mi vida, dentro de lo posible. No obstante, tuve que tomar un rol mucho más activo y protagónico en mi casa, porque si algo nos pasaba, no había nadie más para ayudarnos. Solo nos teníamos la una a la otra. Eso me enseñó a tomar decisiones importantes y a madurar mucho más rápido que las otras niñas de mi edad.

Mi mamá es la mujer más cariñosa y tierna que conozco. Hasta el día de hoy me siento en su falda y me da besitos. Y cuando era chica, me despertaba con un jugo de naranja recién exprimido y me planchaba la ropa para que estuviese calentita. Pienso que el haber sido solo las dos hizo que nos mimetizáramos un montón. Somos muy parecidas físicamente, hablamos igual y tenemos las mismas muletillas. También somos de gustos muy parecidos, decimos las mismas bromas y hasta escuchamos la misma música. Y aunque suene ridículo, hasta compartimos nuestras fobias.

Pese a ser muy similares, también tenemos nuestras diferencias. Lo bueno es que solemos complementarnos en algunas. Ella, como buena mujer árabe, suele gritar y alterarse por situaciones que no valen la pena. En cambio yo soy mucho más tranquila, así que le aporto la paz que necesita. Eso nos sirvió mucho para sobrellevar la convivencia, ya que no sé qué tan lejos hubiésemos llegado si ambas fuésemos de carácter fuerte. También creo que el ser distintas nos ayudó a aprender a respetar a la otra y, aunque fuésemos solo dos, a vivir en comunidad.

Pienso que cuando uno tiene una familia tan reducida, los amigos pasan a formar parte de ella. Y mi mamá siempre lo entendió así. Ella sabe que a mí me hace feliz estar acompañada y trata a los míos como si fuesen uno más. Ellos siempre me dicen que tengo la mamá más bacán del mundo. Me acuerdo que cuando vivíamos juntas, mis amigos llegaban a nuestra casa sin la necesidad de tener que invitarlos, ya que sabían que ella los iba a recibir con los brazos abiertos. A mí me encanta hacerla parte y que se ría con nuestras historias. Aunque son ellos los que terminan riéndose con ella. Es que es muy chistosa. Siempre tiene algún comentario divertido para decir. Cuando estamos las dos solas, también solemos reírnos mucho. Es como nuestra terapia.

Aunque seamos muy compañeras, también tenemos una relación en la que la madre le exige responsabilidades a la hija. La mía es muy disciplinada, pero sé que es porque quiere lo mejor para mí. Es una exigencia que viene desde el amor y desde el miedo. Miedo a que me pase algo similar a lo de ella y que yo no tenga las herramientas suficientes para enfrentarlo. “Uno no puede ser una princesa a la que van a rescatar”, suele decirme. Siempre ha intentado inculcarme el tema de la independencia y el empoderamiento. Pero con ella ya tengo el mejor ejemplo.

Creo que el momento más difícil, después de quedarnos solas, fue cuando me fui de intercambio a Estados Unidos por un año, a mis 16. Esa fue la primera vez que nos separamos. A ella no le gustó para nada la idea e hizo lo posible para retenerme. No era que no quisiera que yo viviera esa experiencia, pero le daba temor que me pasara algo. Y aunque en su minuto la quise matar, siempre entendí ese pánico a soltarme. Porque yo también lo siento al separarnos. Durante el viaje hablamos casi todos los días y a la vuelta supe que se había enfermado. No era nada grave, pero su cuerpo había somatizado la pena. Mi ausencia nos ayudó un montón a trabajar el desapego y la sobreprotección, tema que tarde o temprano nos iba a tocar enfrentar ya que al año siguiente tenía que dejar mi hogar y venirme a estudiar a Santiago. Actualmente, llevo casi siete años viviendo sin ella. Pese a que me encante la independencia, reconozco que la extraño todos los días.

Una de las cosas que más me complica es pensar en la muerte. Me da pánico ser la primera entre las dos. Yo sé que el día que ella me deje, yo me voy a ir tranquila. Pero ahora me da mucho miedo causarle otra pérdida y dejarla completamente sola. Me lo tengo prohibidísimo. Por lo mismo, trato de no hacer cosas que pongan mi vida en riesgo. Soy fanática de los deportes extremos y no voy a dejar de practicarlos, pero reconozco que tengo mucha más precaución. Sin embargo, tampoco puedo hacerme la fuerte. Cada vez que pienso en su muerte se me aprieta el corazón. Ella tiene 68 y no le quedan tantos años junto a mí. El día que eso pase, me quedaré sin familia. Y aunque sé que puedo formar la mía, me causa un conflicto interno hacerlo simplemente por el miedo a quedarme sola.

Tener a mi mamá como mi única familia hace que todas las decisiones que tome en el futuro sean más pensadas y evaluadas, ya que me encantaría poder incluirla. A veces pienso en lo terrible que sería irme a vivir a otro país y dejarla sola en Chile. Si fuese por mí, la llevaría a todas partes conmigo. Y estoy segura que ella iría feliz. Pero también es importante saber dejar ir. Aunque todavía nos cueste desprendernos, sé que si el día de mañana me llega a salir un proyecto en el que no la pueda incluir, ella va a estar orgullosa de la mujer en la que me convertí. Una que logró ser como es gracias al amor incondicional que recibió de su mamá.

Susana Hiplan tiene 26 años y es estudiante de derecho.

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