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10 agosto, 2017
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María Blanco, feminista contra las feministas

Invitada a la sexta versión de la UFPP, seminario dirigido a jóvenes latinoamericanos organizado por Fundación para el Progreso, esta española, doctora en Ciencias Económicas, aprovechó su paso por Santiago para hablar con revista Paula sobre su recién lanzado libro que defiende el feminismo liberal y se lanza con todo contra la facción del movimiento cargado de gestos de rebeldía, pero poco efectivo, según argumenta. En la misma dirección, dice que en su país Ni Una Menos no ha logrado bajar los índices de violencia contra la mujer.

Por Rita Cox / Fotografía: Alejandro Araya


Paula.cl

En este, su primer libro sobre feminismo, la española María Blanco acude a la figura de Afrodita para plantear su descontento frente al estado actual del movimiento que, considera, está en crisis. “El feminismo se pegó a la izquierda porque en la derecha conservadora no encontraba su acomodo, y la izquierda sacó la bandera de los gestos. En los 70 nos quitamos el sujetador y no nos depilamos. En los 80 nos pusimos el sujetador, nos volvimos a depilar y nos maquillamos. Desde entonces lo único que ha cambiado son los gestos, pero no ha cambiado el feminismo desde dentro. En Occidente somos iguales ante la ley, pero no se ha logrado mucho más”, dice en las oficinas de la Fundación para el Progreso, que la invitó a participar en un seminario para jóvenes de toda América Latina.

En Afrodita Desenmascarada, una Defensa del Feminismo Liberal (Deusto), esa Afrodita que en la mitología griega, y a diferencia de lo que sucedía en la sociedad, estaba a la par de otras diosas y a la par de Zeus o Cronos, en el siglo XXI “se ha cubierto de velos, de máscaras, mentiras políticas y excusas”, anota. Blanco acusa una “persistente pasividad de las mujeres de nuestro tiempo más centradas en el gesto de rebeldía que en lo que representa el gesto”. Igual de radical, escribe que “el feminismo ha mutado a plaga. La honorable causa de muchas mujeres que lucharon por conseguir la igualdad ante la ley o acceso a la educación, y que se enfrentaron a prejuicios sociales, religiosos o culturales, esa causa es, hoy día, una pandemia que equivoca a unos y alimenta a otros, por obra y gracia de los intereses políticos”.

Doctora en Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad Complutense de Madrid y profesora de Doctrinas Económicas y de Historia Económica, María Blanco no milita en ningún partido político, se declara “independiente”, pero de sus palabras se desprende rápidamente su total distancia con la izquierda y lo que llama varias veces “el feminismo de izquierda radical”.

¿Qué significa el feminismo liberal?
Tal vez debiese haberlo titulado feminismo individualista. Con feminismo liberal, que no tiene nada que ver con política, me refiero a defender la igualdad ante la ley de las mujeres sin negar los problemas que subsisten, como la discriminación, la violencia y la desigualdad en los salarios, que nos afecta, y que provienen de una época en que esa igualdad ante la ley no existía. A pesar de esos cambios legales, que ocurrieron hace muy poco y que en cerca de dos tercios del mundo no existen, hoy aún existen instituciones, consejos de administración de grandes empresas y mentalidades del pasado. En determinados estamentos aún no es posible asegurar que no haya nadie anotando en una libretita “es mujer, entonces no”. El liberalismo parte de que somos iguales ante la ley.

A pesar de todos los tipos de discriminación que mencionas, la violencia de género es la que acapara la agenda. ¿Es el tema más urgente?
Yo creo que las mujeres hemos equivocado el tiro. Se habla de las estadísticas de malos tratos o de asesinatos, pero no se ponen sobre la mesa las causas de por qué un empresario o empresaria asigna a una mujer un sueldo menor que a un hombre por igual cargo y función, y tampoco eso se concilia de una manera que no sea mediante la ley. En España hay tantas mujeres víctimas del machismo como de los atentados de la ETA. Me parece que el problema es más grave: el problema es la violencia en la sociedad occidental. Esa violencia es de las mujeres contra sus hijos o de las mujeres contra los ancianos a su cargo. También es la violencia que las propias mujeres se provocan, como la anorexia y la bulimia, o como las autoflagelaciones que se realizan muchas chicas. Todo eso es violencia.

¿Cuál es tu diagnóstico del movimiento Ni Una Menos?
Me parece un movimiento con muy buenas intenciones, pero con gente que se nutre políticamente de los votos de quienes apoyan esa causa, un asunto miserable. Aprovecharse políticamente de la desgracia ajena, de la violencia y de los asesinatos a mujeres es una vergüenza. En el caso particular de España, algo mal estamos haciendo: a casi 10 años de aprobarse la ley contra la violencia de género, la violencia no ha disminuido. Al contrario. Por supuesto que Ni Una Menos, pero no estamos atacando la raíz.

Te distancias completamente de los movimientos feministas radicales de izquierda. ¿Cuál, entonces, debiese ser la agenda?
Muchos de los temas a abordar son los mismos que las feministas radicales de la izquierda excluyente ponen sobre la mesa. Mi punto es el enfoque. No creo que deba ser desde la victimización de la mujer, sino desde un enfoque sistémico. Esto significa abordar la raíz del problema: el cambio de mentalidad, no colectivamente, sino individual. Hay que hablar de discriminación, de victimización y de cómo desvictimizar. Cómo hacer para que las mujeres víctimas de un trato injusto, de acoso sexual en el trabajo, de abusos verbales, como los piropos, no deban delegar al Estado su propia responsabilidad. ¿Te molesta que te digan un piropo? Date la vuelta y contéstale. En España, mientras las feministas de izquierda y la alcaldesa de Madrid se preocupan de poner cartelitos en el Metro para pedirles a los hombres que en sus asientos cierren piernas para no vulnerar el espacio de las mujeres, ninguna de ellas se preocupa de detener el matrimonio de niñas de origen árabe, de 10 o 12 años, que cruzan a Marruecos con sus familias para casarse. Solo nos dicen que somos tan torpes e inútiles que somos incapaces de decirles nosotras a los hombres en el Metro, “¿te importaría cerrar las piernas que estás ocupando mi espacio”? El machismo no es cosa de hombres. Es cosa de hombres y mujeres. Las madres enseñamos.

Blanco añade que con “sistémico” se refiere también a la urgencia de determinar la relación entre discriminación y pobreza; relevar la situación de las mujeres en el mundo rural, “no tomadas en cuenta por el feminismo”, transparentar la productividad de hombres y mujeres, frente a las sospechas de que por ser madres las mujeres ofrecerían menos certezas a sus empleadores, y ver qué piedras en el camino se les ponen a las  empresarias.

Hoy no hay quien no se declare feminista y la palabra está impresa en poleras de Dior y de retail. ¿Qué lectura haces de eso?
Me encanta que Dior haya lanzado esa polera, porque refleja muy bien lo que trato de exponer en mi libro. La rebeldía está pauteada también. La verdadera revolución es la revolución interior, de las conciencias individuales, cuando cada una de nosotras enfrente los problemas que tenemos en el contexto de que vivimos en países en que hay leyes iguales para todos. En el libro hablo de casos de mujeres acosadas sexualmente en sus trabajos. Mujeres de familias de clase media, media alta, que no son capaces de decir nada frente a un acoso de ese tipo. No son capaces de denunciar o ni siquiera comentarles a los maridos. Lo normal es que no pase nada. Lo más sofisticado es que la mujer le responda al agresor que le pegó la palmadita, que la arrinconó contra la pared, y este le conteste que es arisca, amargada, que no tiene humor. Pero declarar que el compañero las acosó las hace sentir culpables, a pesar de la ley. Hoy el feminismo sirve para una polera de Dior, pero no ha eliminado ni el machismo ni la violencia, ni que la mujer se atreva.

¿No crees amenazante que el mercado frivolice el término “feminista”?
No creo que sea el mercado el que frivolice. El mercado refleja cómo es la sociedad. Son las propias feministas y los políticos quienes han frivolizado el feminismo. Su uso político.

En ese contexto, y a estas alturas, ¿qué te parece como eslogan que una candidata a un cargo público destaque su condición de mujer?
Es una vergüenza horrible. Un machismo espantoso.

Frente a la posición relativamente nueva de la mujer, se habla de una crisis de la masculinidad. ¿Te parece que sea así?
En una sociedad machista, mujeres y hombres son víctimas del machismo. Un hombre común y corriente, con un carácter débil en una sociedad muy machista, sufre horriblemente: debe asumir un rol de protector, llevar la comida a casa, ser duro con los hijos o se le acusa de blando. Si no cumple con todo eso, se le acusa de poco hombre, se cuestiona su masculinidad. Los hombres han vivido ese proceso a la par de que las mujeres estaban recluidas en la casa, en la esfera de lo doméstico, alimentando, pariendo. Los roles en las sociedades machistas han sido muy castradores para ambos. Con toda razón, las mujeres luchamos para salir de ese rol, pero la pregunta es si los hombres también lo han hecho. No ha habido un movimiento de hombres para luchar contra eso. Tal vez en los años 70, cuando aparece en el cine el antihéroe, con actores como Dustin Hoffman y películas como Kramer versus Kramer (1979), hay un intento. Pero los hombres no han encontrado su acomodo porque no han logrado deshacerse de su rol de paterfamilias. ¿En cuántas casas es el hombre el que cuida a los niños y es la mujer la que recibe el sueldo? Yo conozco algunos casos y lo pasan mal, porque son las propias mujeres, apoderadas en los colegios, por ejemplo, quienes los discriminan. No existe una normalización.

En el libro recuerdas el episodio del vestido escotado que usó Angela Merkel, en 2008, que le valió todo tipo de comentarios en medios alemanes y europeos.
Sí. Ese es un buen ejemplo del estado del feminismo. Era un vestido como el que podría haber llevado la Reina de España o Bachelet, pero la prensa alemana y de toda Europa escribió titulares del tipo “Angela Merkel tiene pechos”. Y, al menos las feministas españolas, en sus redes sociales, la criticaron con total machismo. De ahí lo que escribo: las mismas que reivindican, que hablan de empoderamiento, que hablan de que las mujeres deben tomar las riendas para ser lo que quieras, criticaban el vestido de Merkel. Son las mismas que no se refieren en los mismos términos a una ama de casa que tiene 10 hijos que a una mujer que trabaja. La mujer, según su criterio, puede decidir ser una profesional, pero no dueña de casa. Si elige ser una dueña de casa es una alineada y una mantenida. Yo creo que una familia debiese poder elegir cómo se distribuye quién trabaja y quién no. No el Estado ni ninguna feminista.

Portada del libro Afrodita Desenmascarada, una Defensa del Feminismo Liberal (Deusto), de María Blanco.

 

 

 

 

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