María Inés Solimano: Una vejez con oficio

Reportajes y Entrevistas

María Inés Solimano: Una vejez con oficio

Por Juan José Richards / Fotografía: Paloma Palomino

Cuando María Inés tenía 57 años decidió prepararse para la vejez; sanó su pasado con terapia y enfrentó con amor lo que venía. Hoy, a sus 87, la diseñadora se ha concentrado en seguir haciendo lo que más le gusta, que es tejer, y en dar la lucha por mantener la vida de barrio y el patrimonio de Bellavista, lugar donde está su casa-taller.

En su pieza hay un recorte de un reportaje que le hicieron hace un par de años que se titula “Tejer me salvó la vida”. María Inés lo mira. “Quizás dije eso en un momento, pero no sé si fue tan así. Pero soy de decir muchas sandeces y me encanta que las publiquen”, explica con una sonrisa. Vive en un caserón de 1890 en pleno barrio Bellavista, donde también funciona su taller y un show room de sus tejidos.

“Entré a esta casa el 21 de septiembre 1981 y apenas puse un pie dentro, me largué a llorar. Era la miniatura de la casa donde yo nací en Hernán Cortés con Los Leones”, cuenta. Entre las amplias piezas que se hay alrededor de una luminosa galería, están expuestos sus tejidos, sus vestidos de novia bordados a mano y las lanas con las que trabaja. María Inés tiene puesto un chal fucsia, porque le encanta el color. Si fuera por ella, se vestiría con más colores, pero como sabía que le iban a hacer una foto “prefirió moderarse”.

Fue una de las primeras en tener una galería de arte y oficios en Santiago y trabajó mano a mano con Nemesio Antúnez en la remodelación del Museo de Bellas Artes. Creó la tienda Point, en Providencia, un clásico de la moda santiaguina durante los ’70, con la que se hizo conocida por hacer ropa pintada a mano, bordada y tejida. Ahora ha decidido quedarse exclusivamente con el tejido. Sus vestidos de novia bordados a mano y sus chales tejidos siguen siendo buscados por sus antiguas y nuevas clientas.

¿Te costó mucho envejecer?
Es que me preparé para eso. Cuando tenía 57 años, decidí escribir un libro que se iba a llamar Bonjour vieillesse (Buenos días, vejez), como la película de Otto Preminger. Quise preguntarme qué me pasaba a mí con ser vieja y qué le pasaba a la gente en general, a la que siento que le dan monos los viejos. Ahí me di cuenta que primero tenía que arreglar mi pasado. Una vez que convirtiera mi pasado en presente y lo tuviera sanito, iba a poder entrar a la vejez.

¿Y cómo fue esa preparación?
Tomé notas de lo que me pasaba, leí y empecé varios borradores, pero nunca terminé el libro. Me di cuenta que a una la prepararan de guagua para ser niña, de niña para ser adolescente y después para ser adulta, pero nadie te prepara para ser vieja. Así que me metí a terapia con la siquiatra Adriana Schnake. Actualicé mis daños, mis fortunas y después de un tiempo empecé a compartir esta terapia con mis amigos.

¿Cómo es envejecer?
En realidad es un desastre. Por un lado se te caen los dientes y por otro te salen pelos en la cara, que es lo más molestoso que hay. Ahora pincho a los niños cuando les doy un beso. Además te empiezan a fallar los ojos y, quizás lo más fuerte, te empiezan a tratar de otra manera. Yo por fuera me veo vieja, pero por dentro sigo siendo la misma que cuando tenía 15 años.

¿En qué lo notas?
Me dicen que tenga cuidado, que no me vaya a caer. También me doy cuenta que antes subía la escaleras de a cuatro peldaños y ahora mis amigas me tienen que ayudar.

¿Eso te frustra?
Hay que ser optimista y he aprendido a recibir cariño. Al principio me costaba, me preguntaba por qué me daban el asiento en la micro si yo era una cabra. Ha sido un aprendizaje. Aprender a recibir y también a dar.

¿Encontraste algo bueno en envejecer?
Me puse a buscarle un lucimiento a esta cuestión. ¡Algo tenía que haber! Entonces traté de acordarme de qué viejos me molestaban cuando joven. Y entre esos estaban los viejos verdes, las viejas de mierda y las viejas prohibitivas que no te dejaban hacer nada. Mirando eso, me di cuenta que había que ponerse amorosa. Yo ya era amorosa con quienes yo había elegido amar, pero ahora soy amorosa con todo el mundo.

¿Fue fácil?
Siempre que hay humor es más fácil, y yo no puedo vivir sin humor. En mi familia siempre nos estamos riendo de nosotros mismos y del resto. Pienso en mi papá, que sí fue un viejo muy juvenil. Él tenía humor, era cariñoso, ateo. Y muy abierto.

¿Piensas en la enfermedad y en la muerte?
No. Pero si me preguntas, quisiera una muerte de un instante para otro. Como se murió mi marido. A él lo conocí bailando –yo lo saqué a bailar a él– y me despedí bailando. En 1975 estábamos en una fiesta de matrimonio y teníamos que irnos a nuestra casa porque empezaba el toque de queda. Fui a buscar nuestros abrigos y vi que él había puesto un disco. Estaba bailando con la mamá de la novia cuando me miró, levantó los brazos y cayó muerto.

¿Te gustaría morirte así?
No así tal cual, porque no soy copiona. Pero me gustaría que no fuera trágico. Cuando me muera me gustaría que se hiciera una fiesta después, que se contaran los chistes que yo contaba, pero que ahora no te puedo contar porque son todos cochinos.

¿A nivel de vanidad te costó envejecer?
Mira, tengo una historia. Hace 10 años venía llegando de Tongoy, venía bien quemada, creyéndome la muerte, con shorts porque tenía piernas bonitas y salí a comprar a la esquina. Vi que en la calle había un tipo que se le salían los ojos mirándome y cuando pasé delante de él me dijo: “¡Puta, mijita que debe haber sido rica usted cuando joven!”.

¿Te afectó?
Me volví a la casa y me acosté.

¿En serio?
La verdad es que me lo tomé con humor. Nunca he sido ni muy bonita ni muy fea. He estado más bien en el medio, y eso ha sido bueno. Ser muy bonita debe ser una de las desgracias más grandes de la vida, porque perder esa belleza debe ser terrible.

Actualmente lo que más le gusta hacer es estar en contacto con sus tejedoras y el trabajo que hace por su barrio. “Ese es un combate día a día contra las grandes empresas constructoras y las personas que creen que Bellavista es un lugar donde se puede hacer lo que se quiera, como si fuera un basurero”. Hace años, cuando se construía la Costanera Norte, junto a varios vecinos, María Inés peleó para que la autopista se desviara para que no pasara por el barrio. Y lo consiguió.

Hoy es parte activa de Ciudad Viva, una organización que busca promover los valores del patrimonio y la democracia a nivel de ciudad. Asiste a las reuniones semanales, trabaja como tesorera y es parte del directorio. Además trabaja a diario con la junta de vecinos N°13 que vela por el patrimonio del barrio Bellavista. “La lucha por este lugar, nuestro lugar, ha sido brava. Pero hemos logrado cosas”.

¿Te queda fuerza para seguir dando la pelea?
Absolutamente. Y espero tenerla siempre para darla mientras viva.

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