Maternidad sin rencores

Reportajes y Entrevistas

Maternidad sin rencores

Por Laura Vaca- Pereira U / Ilustración Gertrudis Shaw

Con Hugo nos conocimos en Santa Cruz, en 1983. Él estaba en Bolivia por unos meses porque había ido a hacer un curso para la compañía petrolera en la que trabajaba. Salimos juntos hasta que se fue. Cuando se había vuelto a Chile, me enteré de que estaba embarazada. Él tenía 24 años, yo 16.

En esa época no había los medios que existen hoy para comunicarse, así que preparé una carta contándole que esperaba un hijo suyo. Esa carta se quedó encima de mi escritorio, y mi mamá la leyó. Ella nunca fue de registrar mis cosas, pero me imagino que presentía que algo no andaba bien. Así fue como mi familia se enteró de todo y empezó la hecatombe en mi casa. Mis padres estaban destrozados.

A esa edad no entendía nada, no dimensionaba lo que venía. Uno tiene miedo de lo que va a pasar, te preguntas cómo vas a hacerlo. Mi vida cambió por completo. Me tuve que salir del colegio de monjas al que iba y enfrentar los comentarios de la gente. Hace 35 años quedarse embarazada a los 16 años era otra cosa.

Cuando Hugo se enteró, me respondió la carta. En ella me dijo que realmente no se sentía preparado para tener esa responsabilidad. Ahí me di cuenta de que estaba sola. La vida se empezó a poner difícil, pero gracias a Dios mis padres siempre me apoyaron. Al tiempo me fui a vivir sola con mi hija y me emparejé. Esta pareja hizo las veces de papá para Daniela. Ella no sabía de la existencia de Hugo, porque mi padre me pidió que así fuera.

Recuerdo que mi padre me dijo que era muy fácil caer, pero muy difícil levantarse. A pesar de su enojo y desilusión, él y mi madre me apoyaron siempre. Yo era la chiquitita del papá, y en cierto modo le había fallado. A él se le truncaron todos los sueños que tenía para mí. Mi hermana mayor también estuvo a mi lado, siempre. Recuerdo que viajamos a Brasil y ella por el cariño que me profesaba compró toda la ropa para mi bebé. Ella llegaba con pañales desechables, en tiempos en que sólo se usaban cuando uno salía. Fue mi pilar.

Ya más grande, y profesional, fui directora de revista Vanidades, en el primer intento que tuvo de publicarse en Bolivia en los años noventa. En esa época me estaba separando de mi pareja y un día, en medio de una reunión, la secretaria me comunica que tenía una llamada desde Escocia. Era Hugo. Se me achicó la oficina, se me vino todo encima. Cuando le contesté, lo primero que me dijo fue “qué increíble, pareciera que fue ayer”. En esa llamada me dijo que quería conocer a su hija, pero que entendía si yo quería matarlo.

Yo jamás había guardado un sentimiento de rabia contra él, ni siquiera en los momentos más tristes. Le confesé que a veces miraba al cielo y me preguntaba dónde estaba, pero que nunca le tuve odio porque era consciente de que cuando se tiene hijos, los problemas son entre uno y la pareja. Hay que entender al otro, de dónde viene, su historia. Siempre me puse en su lugar.

Para mí, nuestra historia se resumía en que yo me había enamorado y Hugo no sentía lo mismo. Vivíamos en países diferentes y las cosas a la distancia se ven distintas. Es más fácil desligarse de todo cuando no tienes a la persona al frente. No digo que no hubo momentos en los que lloré y pataleé, no soy ninguna santa, pero entendía que mi amor fue mucho más fuerte que el que él pudo tener en ese momento. Y, eso, en parte, lo libraba de culpas.

Después de su llamada empezamos a entablar una relación, a conversar. Me enteré de que se había casado y tenía dos hijos. Con el tiempo me pidió conocer a Daniela, aunque fuera por teléfono. Desde que mi hija era chica y jugaba a las muñecas, yo le explicaba que, aunque ella no era la mamá de la guatita, igual podía amarla y quererla como si lo fuera. Siempre le hice esas comparaciones para que creciera sana en ese sentido. Y cuando le hablé de Hugo, volví a usar la misma analogía. Le dije que tenía dos papás y que también tenía más abuelos y hermanos. Que no era la única, que iba a poder jugar con sus hermanos. Al comienzo fue un choque muy duro para ella, pero cuando hablaron por primera vez, le preguntó a Hugo cómo le tenía que decir, si papá, tío, señor o tratarlo por su nombre. Él le dijo que lo llamara como su corazón quisiera. Ella le respondió que le iba a decir papá.

Mantuvimos la relación por teléfono, hasta que un día me cuenta que viajará a Bolivia a conocer a Daniela. Él llegaba un jueves y yo el domingo viajaba a Chile a ver a mis papás, que hacía un tiempo estaban en Arica por trabajo. Daniela estaba con ellos de vacaciones. Pero Hugo se vino igual. Cuando llegó dijo: “de aquí es de donde nunca debí irme”, parado en la sala en la que nos habíamos dejado de ver 9 años atrás. El domingo siguiente viajamos a Chile y él conoció a Daniela.

Cuando Daniela lo vio, primero se alejó. Estaba muy nerviosa, temblaba entre tanta emoción. Pero pasó el rato y se le sentó en la falda. Inmediatamente conectaron. Después de esos días Hugo viajó a Venezuela porque lo habían trasferido por su trabajo. Nos llamaba todos los días para saber cómo estábamos. En ese minuto los dos estábamos separados y de a poco fue naciendo nuevamente algo entre nosotros. Al año, los tres nos fuimos a vivir a Kuwait.

Me preguntan mucho cómo fue que nunca le dije nada malo de Hugo a Daniela. Claro, al principio ella no sabía de él, pero cuando supo nunca le hablé mal de su papá. No le hablé de abandono porque para mí siempre fue claro que yo me había enamorado de él con toda mi alma, pero él no había sentido lo mismo. Yo no podía forzar que me quisiera o se sintiera comprometido con algo que hicimos los dos, porque no fue una obligación. Él no es una mala persona, es un excelente hombre, simplemente de joven no supo hacer las cosas bien, no tuvo una buena guía para enfrentar todo esto. Por lo mismo, creo que pudimos retomar nuestra relación. Con Hugo nos casamos y dos años después tuvimos a Laura, nuestra segunda hija. Estaba feliz con mi marido y mi familia. Pero la vida nos tenia una prueba muy dura: cuando Daniela tenía 18 años, murió de cáncer. Antes de partir fue muy clara con su padre: “todo saldado, te amo”, le dijo.

Los hijos son personas autónomas que vienen con un libro en blanco, por lo que hay que dejarlos escribir sus propias historias. Por lo mismo, siempre traté de entender que mi hija, a pesar de cómo se habían dado las cosas con Hugo, iba a quererlo. Nunca quise ponerla en la disyuntiva de elegir a uno por sobre el otro. Yo fui la hija del tercer matrimonio de mi papá, y desde chica vi cómo mi mamá lloraba a consecuencia de los problemas que se generaban. Creo que eso hizo que me diera cuenta de que no quería eso para Daniela. Indudablemente hubo dramas, pero desde el sentimiento de que estaba todo saldado. Una de las cosas que reconocí desde muy chica es que mi existencia debía ser mejor que la de mi papá y mi mamá, porque soy de la fiel idea de que debemos ser una versión mejorada de nuestros padres. Creo que si vives con odios y rencores, y les transmites eso a tus hijos, nunca vas a romper cadenas y solo le causas un daño innecesario.

Laura es mamá de Daniela y Laura. Da clases de Salud Perfecta – estilo de vida Ayurveda, instructora Certificada del Centro Chopra y Embajadora en Chile de Mini-me Yoga.

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