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7 febrero, 2018
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Matrimonio pingüino

Gabriela Olavarría, de 17 años, y Cristián Fazio, de 18, se casaron hace dos meses. No fue un matrimonio de emergencia sino por amor. Aquí, cuentan por qué decidieron dar ese paso y cómo convencieron a sus padres de apoyarlos, pese a que llevaban tres meses pololeando.

Por Verónica Ulloa Barra / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Carla Fogliatti


Paula 1245. Sábado 10 de febrero de 2018. Especial Amor.

El 15 de julio de 2017, la noche que nevó en Santiago, Gabriela Olavarría, de 17 años, en tercero medio del colegio Nido de Águilas, conoció a Cristián Fazio, de 18, quien estaba en cuarto del Santiago College.  Esa noche, Cristián salió con un grupo que no conocía y terminaron en la casa de Gabriela. Como era peligroso andar esa noche en la calle, porque se habían caído postes de luz y árboles, Alejandra, la mamá de Gabriela, les dijo que mejor todos se quedaran ahí. Así pasaron esa noche en vela. “Yo no paraba de mirarlo, quería saber más de él”, dice Gabriela. La única información que manejaba sobre Cristián es que “era medio ruso”. De madre de ese origen, tiene ambas nacionalidades, rasgos eslavos y es muy alto: mide 1,95 m. Gabriela es menuda, 1,50 de estatura, de facciones delicadas y extrovertida.

Después de esa noche nunca más dejaron de verse. La primera semana se llenaron de mensajes por Whatsapp. Esa primera semana salieron todas las noches. El primer beso vino en una luz roja.

Se pusieron a pololear. Ella había pololeado antes, un mes. Él solo un par de semanas. Esta vez el amor fue progresando porque se sentían muy bien juntos. Pronto empezaron a hablar de “cómo queríamos nuestro futuro juntos y a hacer proyectos”, recuerda Gabriela.

Pronto se dieron cuenta de que querían casarse lo antes posible.  “Pero le dije a Cristián: ‘¿Qué van a decir mis papás?’”. Descartaron irse a vivir juntos. “Queríamos casarnos, lo consideramos importante; porque es como decir: ‘Estoy contigo y no probando cómo resulta’”, explica Cristián.

Gabriela habló con sus padres. “Los tuve que convencer. Les dije que quería una pareja para toda la vida, porque soy como un pingüino, no quiero estar sufriendo por cada separación y no quiero perderlo”. “Y yo, que la elegí y que quiero estar con ella toda la vida”, dice él.

Cuando Cristián les contó a sus compañeros de colegio, ellos se agarraban la cabeza.  “¿¡Qué onda Fazio!?”, le preguntaban. “Hasta nos llegaron mensajes preguntándonos si nos casábamos porque éramos de alguna religión o cultura particular”. Gabriela agrega que recibió llamados de amigas que le hablaban cosas malas de Cristián y que la persuadían de no meterse en algo tan serio siendo tan chica.

Los padres estaban en shock. El papá de ella, Gabriel Olavarría, recibió un llamado de Svetlana, su consuegra, para una “reunión de emergencia”. Se juntaron los seis. Svetlana no lograba entender que su único hijo hombre, y con apenas 18 años, quisiera casarse. Aunque también estaba sorprendido con la decisión de su hija, Gabriel la tranquilizó. “Apoyémoslos. Qué vamos a hacer si ellos ya se eligieron”. Svetlana lo escuchó con la vista perdida. “Decía que llevábamos muy poco, que pololeáramos más y después convivir, cosa que yo no tranzo. Si terminaba con Cristián vendría otro pololo y uno le cuenta que antes convivió con otra persona, no me gusta nomás”, dice Gabriela.

Hasta el matrimonio civil, el 4 de noviembre de 2017, los padres de Cristián le siguieron diciendo que para qué se iba a casar, pero desde ese día les dieron su apoyo total. Los de Gabriela debieron autorizarla legalmente para casarse por tener menos de 18 años. Fue una ceremonia pequeña. Solo los padres y los testigos. La novia, de jeans, blazer azul y blusa blanca. El novio, de traje y corbata.

Esa noche, y las siguientes, durmieron en la pieza de Gabriela en la casa de sus padres. Desde entonces, siguen viviendo ahí, a la espera de la casa donde vivirán solos. Aunque aún no hay preparativos para casarse por la Iglesia, esperan hacer una gran fiesta. Lo único que les pidieron sus padres fue que se preocuparan de sus estudios y que terminaran sus carreras. Cristián preparó la PSU, sacó un puntaje de 752 puntos en matemáticas y se matriculó en Ingeniería Civil en la PUC. El padre de Gabriela dice: “Yo estaré pendiente de ella hasta que saque un título universitario, me da lo mismo cuál, lo importante es que termine la universidad. Por mientras iremos a dejarla al colegio los próximos meses”.