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11 octubre, 2017
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Mi hijo Nicolás

El 31 de agosto una llamada de madrugada despertó a Gerardo Scheel. Su hijo de 17 años y alumno de la Alianza Francesa, Nicolás Scheel de la Maza, se había suicidado. Días antes, había sido llevado a una comisaría, sin sus padres, luego de que fuera sorprendido con 1,7 gramos de marihuana en el colegio. “Él cambió absolutamente después de lo ocurrido”, asegura. Aquí, habla por primera vez y cuenta cómo era la relación de ambos: “Siempre le dije a Nikito, todos los días: ‘te quiero’“.

Por Almendra Arcaya L. / Fotografía: Rodrigo Chodil


Paula.cl

El café Viajero, en República de Cuba 1417, en Providencia, está vacío. Son las 10 de la mañana y desde dentro, a través de dos antiguas mamparas que hacen de puerta, se ve entrar a Heidi Scheel (38), de pelo castaño claro, liso y suelto, y pantalón y chaqueta de jeans bordada. Detrás de ella, siguiendo su paso, viene Gerardo Scheel (68), su padre, de cabeza cana, ojos celestes, anteojos, pantalón beige y polar negro. Debajo del polar, colgando de su cuello, una medalla de rugby de Nicolás, de color dorado, que por estos días no se saca. Se sientan uno al lado del otro, ella primero, él después. Ella pide un café. Él pide un chocolate caliente. Allí, a cuadras de la plaza donde su cuarto hijo, de 17 años, se quitó la vida hace 33 días, habla por primera vez de él y lo sucedido. “Nicolás era más bien reservado. Responsable. Yo lo pasaba a buscar a la casa de su mamá y llegábamos a las 8 de la mañana al colegio. Él entraba a las 8:30, nunca llegó tarde. Nunca tuvo problemas de disciplina, tenía promedio 6,5, era un buen alumno. Muy respetuoso y cariñoso”, cuenta el ingeniero comercial, iniciando la entrevista.

¿Alguna vez sintieron temor por la situación anímica de Nicolás?
Nunca, hasta después de lo ocurrido en el colegio. Nunca hubo problemas de ningún tipo, nunca hubo una situación que requiriera de alguna intervención.

En el colegio han dicho que a ustedes, sus padres, los habría notificado la sicóloga, quien habría sugerido iniciar una terapia…
Yo no supe nada de lo que ocurrió ese viernes, en el colegio, hasta varios días después. No recibí comunicación alguna.

Lo interrumpe el sonido de su celular. Lo saca de su bolsillo del pantalón, se levanta, contesta y sale del café.

Nicolás Scheel de la Maza tenía 17 años y era alumno del colegio Alianza Francesa. También era el hijo menor por el lado de su madre, Ximena de la Maza, y de su padre, quienes tienen uno y tres hijos más, respectivamente, que tienen sobre 30 años, de matrimonios anteriores. Heidi es la tercera y única mujer por el lado de Gerardo. También es quien recibía a Nicolás varios fines de semana largos y vacaciones durante el año en su casa, en Pucón, donde vive hace 10 años junto a su marido y sus dos hijos. “Esto es muy fuerte”, confidencia. “El Nico era introspectivo, pero tenía una fuerte veta social y era de conversación fácil, chistoso. Para mis hijos, Alexander y Oliver, de 15 y 13 años, él era el tío Nik, el que entrenaba con ellos y les hacía clases de rugby a ellos y a otros niños del barrio”.

“Nicolás solía compartir con las niñas del Hogar Betania y con los abuelitos del Hogar San José. Los hacía reír y les hacía masajitos en las manos. No sé cuántos jóvenes hacen eso, él tenía una nobleza inusual”, dice Heidi, en la foto junto a sus hijos y Nicolás (con anteojos) visitando a Claudio Santos, paciente del Hospital de Pucón. “Cuando lo íbamos a ver, poníamos música y bailábamos alrededor de él”, cuenta.

Heidi se mete en su celular y comienza a revisar algunas fotos. En todas está Nicolás. Y agrega: “Le gustaban la música, las excursiones, la escalada, las fogatas. En el colegio aprendió a tocar flauta dulce y compartía las canciones que sacaba con nosotros. Mi hijo mayor no puede entender esto, me dice ‘pero cómo, si él era tan feliz’. El Nico tuvo una vida muy bella, llena de tesoros. Mi marido, Benjamín, lo describe como una estrella fugaz, que dejó el brillo entre nosotros”.

Gerardo Scheel vuelve a sentarse. “Disculpa, estoy esperando una llamada importante”, dice. Mientras revuelve con una cuchara una capa densa de chocolate caliente, reconstruye los hechos. “Esto pasó un día viernes y nadie me contó a mí. Nico no quería contarme y la mamá tampoco me contó. Ese fin de semana me fui con mi hijo mayor y mis nietos a los Nevados de Chillán. El martes siguiente era feriado y ese lunes él fue a clases, no quería faltar porque se había cambiado hace poco de curso”, relata.

¿Por qué se había cambiado de curso?
Porque en el que estaba era doble, estudiaban para la PSU y para la prueba de admisión francesa, para ir a estudiar a Francia. Pero como él quería estudiar Medicina acá, se cambió a un curso que solo preparaba la PSU. Estar en el curso doble era mucha carga.

¿Cuándo regresaste a Santiago?
Volvimos la medianoche del martes feriado. Ese fin de semana yo había recibido por correo una comunicación del colegio que explicaba que había un plan de prevención de drogas y que habían sorprendido a un alumno en estas circunstancias.

¿Te llamó la atención?
No mayormente. Ese mismo fin de semana, recibí otro correo de un apoderado amigo del colegio quien me ofrecía ayuda. Hasta ahí no habían mencionado tampoco ningún nombre. Muchos lo sabían, pero yo no tenía idea. El miércoles en la mañana, cuando llevé al Nico al colegio, lo noté cabizbajo, cosa que nunca había ocurrido antes, siempre íbamos conversando o bromeando en el auto. Él a veces aprovechaba de dormir un ratito más en el camino o cambiaba mi música clásica por la música que le gustaba a él, como Imagine Dragons.

¿Esa mañana conversaron algo respecto al comunicado?
Nada, en la tarde lo noté… le digo en broma: “mira, me llegó esta comunicación, ¿no serás tú, verdad?”. Él me respondió: “Sí, papá, fui yo”.

¿Cuál fue tu reacción?
No aprobé lo ocurrido. Él se sentía mal, me pidió que no le contara a sus hermanos.

Al día siguiente, asegura Gerardo, llamó al colegio y solicitó una entrevista con el vicerrector y la sicóloga. “Yo no recibí ninguna llamada, yo pedí una entrevista porque estaba preocupado por él. Ahí me enteré de que Nicolás había ido a conversar con la sicóloga del colegio varias veces y me recomendaron llevarlo a una sicóloga externa”, recuerda. Y agrega: “Yo no sabía nada de lo que había ocurrido el día viernes, cuando lo sorprenden, hasta que sostuve la entrevista en el colegio”.

¿Nunca tuvieron una sesión con la sicóloga del colegio?
No, no, no. Conversamos esa tarde que yo lo solicité. A la mañana del día siguiente de la entrevista, Nicolás me contó que tenía pruebas y que no había estudiado nada. Entonces lo retiré a mediodía, lo llevé a almorzar y ahí conversamos. Después me estacioné en un lugar lindo, bajo algunos árboles y él se quedó dormido. Mientras tanto, yo llamé a la sicóloga externa que me habían recomendado y agendamos una sesión para el día siguiente. Alcanzó a ir a dos sesiones. A la primera junto a mí y su mamá, y a la segunda solo.

Si uno revisa cifras de consumo de marihuana en jóvenes no es tan extraño que Nicolás haya tenido la curiosidad de probar. ¿Creen que lo sobre estigmatizaron con el tema?
A mí me preguntaron en el colegio y yo dije que no compartía ni el consumo ni el porte de marihuana. Ahora, la cantidad que él tenía, que era 1,7 gramos, es una cantidad absolutamente menor, una simple falta que no ameritaba una denuncia porque no corresponde a un delito.

¿Repruebas el protocolo que siguió el colegio?
Hay una investigación de la Superintendencia de Educación que está en este momento en curso, ellos determinarán si fue el protocolo correcto o no. Ahora, desde mi punto de vista, podrían haberme avisado a mí también y no solo a la mamá. Mi trabajo está a 5 minutos del colegio, muy cerca, podría haber llegado de inmediato y no me llamaron. Lo interrogaron, cosa que no corresponde… él es un menor de edad, tendrían que haber visto lo que dice la ley. Primero, los derechos del niño. Primero es eso, eso es lo fundamental. Segundo, hay que hacer algo con los padres. Yo estaba ahí, no importa lo que hubiese estado haciendo, habría llegado en 5 minutos. Tercero, había un plazo de 24 horas para tomar la decisión. Entonces… la investigación está en curso, yo no me pronuncio más sobre eso.

¿Cómo vieron que afectó esta vorágine a Nicolás?, ¿creen influyó  la presión de cómo se manejó la situación desde el colegio?
Difícil lo que me estás preguntando, no quiero emitir juicios al respecto. No quiero hacer acusaciones, por favor, que eso quede claro. La Superintendencia es la que está investigando si se realizaron correctamente los protocolos y si cumplieron o no con la ley, pero sí, él cambió absolutamente después de lo ocurrido. De ahí que el niño no era el mismo.

Heidi Scheel es la única hermana de Nicolás Scheel, por el lado de Gerardo. También es quien recibía a Nicolás frecuentemente en su casa, en Pucón. “Solo la gente que perdió un hijo puede entenderlo. Nosotros estamos recién empezando y otras familias, como Cristián Warnken y Danitza Pavlovic, vieras cómo nos abrazan. Lloramos juntos”.

NICOLÁS ÍNTIMO
Heidi tenía 21 años cuando supo que Nicolás venía en camino. “Yo siempre quise tener una hermanita. Cuando Nico llegó le escribía cartas, para que las leyera cuando creciera. Él fue un regalo. Además, tenía una edad tan cercana a mi hijo, Alexander, de 15 años, que era tener un compañero”, cuenta, mientras posa su taza sobre una carpeta plástica, de tapa transparente, que deja entrever algunos versos que ella y su padre le han escrito a Nicolás.

¿Él también escribía?
Sí, le gustaba –contesta Gerardo–, pero sus intereses iban más por el rugby, la naturaleza. Yo siempre he practicado deporte y traté de introducirlo a los míos. Cuando tenía 5 años le compré unas zapatillas que, me acuerdo, eran talla 28, chiquititas, y lo llevé a escalar por primera vez. Después hizo cursos de vela, en la Cofradía Náutica. Un día en el colegio repartieron unos folletos invitando a participar en el equipo de rugby del Stade Francais, Nicolás tenía 8 años. Ahí se mantuvo hasta ahora. Él no era un jugador estrella que lograba los trails, era un jugador de equipo, que colaboraba con los demás.

¿Compartían también el gusto por la naturaleza?
Sí. Una de las experiencias grandes que tuvimos fue conocer juntos el Gran Cañón, en Estados Unidos, hace 4 años. Él quería conocer los árboles gigantes del Sequoia y el Kings Canyon. Ahí también vimos a una osa con sus dos cachorros y a una serpiente cascabel. Él tenía mucho amor por los animales. También viajamos a Isla de Pascua y a conocer los glaciares de la región de Aysén.

¿Y las matemáticas?
Antes él era más matemático, incluso alcanzó a hacer una práctica en una empresa de ingeniería, una especie de ‘pasantía’ de una semana que ofrece el colegio. Pero este año le interesaron las ciencias y llegaba contando lo que había aprendido en Biología. Estaba muy motivado, quería estudiar Medicina e hizo una práctica en Urgencias del Hospital de Peñalolén, donde tuvo mucho contacto con el médico a cargo. Yo lo pasaba a buscar en la mañana, lo llevaba, conversaba con el doctor, él le decía cómo prepararse para la PSU.

Tenían una relación cercana…
Sí, lo veía prácticamente todos los días. Yo lo iba a buscar a la casa, lo llevaba al colegio y en la tarde lo iba a buscar al colegio y lo llevaba al entrenamiento de rugby. Hablábamos por teléfono y por Whatsapp también.

¿Alguna vez te comentó algo respecto a la diferencia de edad que tenían?
Un día lo fui a buscar al colegio, cuando era pequeñito, y escucho que uno de los niños le dice: “¿Te busca tu abuelo?”. Entonces se acerca otro niño y le dice: “no, si es el papá” (ríe), pero como yo era deportista, íbamos a la nieve, hacíamos rafting…

Te devolvió la juventud…
Sí, claro. Por supuesto. Tenía que esforzarme, me obligó a tener un buen estado físico.

Por el lado materno y paterno Nicolás tenía hermanos sobre 30 años. ¿Cómo era su relación con ellos? 
Imagínate, él tenía 8 sobrinos que eran un poco menores que él no más.

Era como el tío-amigo…
De todas maneras, y era su ejemplo. Con el deporte creció grande y fuerte, era más alto que yo, medía 1,82 metros y pesaba 80 kilos.

Heidi interrumpe: “Benjamín, mi marido, le decía en juego: ‘Cuando tú seas capaz de vencerme en la lucha libre, vas a ser el responsable de esta casa’. De repente el Nico se convirtió en un gorila. En el invierno, en la casa de mis papás, Benjamín lo empujó suavecito bromeando. Nicolás lo tomó, lo lanzó al sillón y le dijo: ‘ahora soy yo el jefe de la casa’. Lamentablemente eso no va a ser nunca, jefe de la casa ya no fue, pero se lo había ganado”.

EL CORAZÓN QUEMA
De los días que vinieron después del episodio en el colegio, cuando Gerardo dice que Nicolás cambió, el padre no quiere ahondar. “Un suicida no quiere matarse, quiere dejar de sufrir”, dice. Heidi toma su brazo. “Perdona, hijita, perdona, pero eso es lo que yo creo”. Y sigue: “Su sufrimiento es insoportable y no ve otra forma de escapar, ¿te fijas?”.

Gerardo cuenta que Nicolás era de los que siempre tenía una palabra de aliento para sus amigos y compañeros. Los mismos que se reunieron e hicieron un gran círculo en el patio del colegio en su honor, tras su muerte.

“Llenaron el frontis del colegio de flores y frases como ‘Todos somos Nico’, y el principal mensaje es ‘nunca más’. Que esto no vuelva a ocurrir. Que ningún padre reciba una llamada en la madrugada diciendo: ‘venga de inmediato porque su hijo se suicidó’”. Sus ojos se llenan de lágrimas. “Eso no debe volver a ocurrir, a nadie. Debemos cuidar a estos niños (sus compañeros). Cualquier cosa que se diga es no respetar su dolor y el nuestro. Estos niños tienen que ser escuchados, están afectados. Y si la ley o los procedimientos tienen errores, hay que mejorarlos ¡ya! Ese es nuestro objetivo, que nunca más se produzca una muerte como esta. Nunca más”, sentencia Gerardo.

¿En qué crees que fallamos como sociedad?
La palabra crítica yo no la voy a usar, pero hay que cuestionarse, reflexionar (responde Heidi, y continúa). El niño debe ser el centro, sin importar su clase social. La muerte de Nico tiene la misma importancia que la de un niño del Sename. Debemos cuestionarnos: ¿quiénes somos y quiénes queremos ser?, ¿el adulto conoce a su hijo?, ¿entabla conversaciones?, ¿le interesa lo que le está pasando?, ¿qué significa enojarse con un hijo adolescente?, ¿le estás cerrando una puerta?

A un mes de que tu hijo Nicolás ya no está con ustedes, ¿qué reflexión hacen ustedes como familia?, ¿qué mensaje les gustaría darles a otras familias que puedan estar pasando por lo mismo?
Primero, que solo no eres capaz de soportarlo. Si tú me preguntas cómo estoy, yo digo mal. Unos días mal y otros días, muy mal. Nunca estoy bien. Superar esto solo es imposible, la unidad familiar es fundamental. “El familión”, como decía Nico. Hay tanta gente que nos ha manifestado su apoyo, están disponibles para que uno los llame a cualquier hora, puede ser medianoche o las 6 de la mañana. Gente desconocida que ha compartido con nosotros su experiencia y que nos han dicho: “gracias a esto ahora conversó más con mis hijos y les pregunto más. Les hago más cariño”. Yo siempre le dije a Nikito, todos los días: “te quiero”. Siempre. Siempre uno piensa que podría ser más, tengo una espina aquí clavada (apunta su pecho) porque no estuve con él el día que esto ocurrió. No sé…”.

Gerardo solloza. Heidi le susurra en inglés: “Es suficiente, papá, ya es suficiente, hay que cuidar las emociones. Y agrega: “Solo la gente que perdió un hijo puede entenderlo. Nosotros estamos recién empezando y otras familias, como Cristián Warnken y Danitza Pavlovic, vieras cómo nos abrazan. Lloramos juntos. Pero dentro de cada dolor hay una belleza, incluso en el dolor de los dolores es posible sacar un diamante. Si pudiese compartir un mensaje con esas familias, les diría que vayan a los colegios de sus hijos y pregunten qué protocolos tienen, que se informen, que se incluyan. No estoy predicando dogmas, pero es un llamado a pensar y a actuar. Un pensamiento sin acto se queda solo en pensamiento”. Y termina Heidi: “Yo creo que ya estamos bien con las preguntas. Duele en este momento, bastante, el corazón quema y cada día quema más”.

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