Mi hijo, ¿un abusador?

Reportajes y Entrevistas

Mi hijo, ¿un abusador?

Por Andrea Hartung / Fotografía Juan Pablo Sierra

Combinar una personalidad narcisista con poca tolerancia al fracaso y a la frustración es una fórmula que puede derivar en problemas. En Chile, una de las personas que más saben del tema es la psiquiatra Muriel Halpern, experta en trastornos afectivos en niños y adolescentes, quien nos dio algunas luces sobre cómo y cuándo se puede saber si un niño o joven agresivo puede convertirse en un abusador.

Un joven universitario, de personalidad tímida pero a todas luces normal, entra a la fuerza y durante la madrugada a la casa de su polola, quien acaba de terminar con él por teléfono. No puede soportar el quiebre por lo que decide ir, como sea, a hablar con ella. Termina asesinándola a puñaladas y más tarde confesando el crimen. Al día siguiente, sus compañeros y familiares no se lo pueden explicar… si se veía tan normal. Parece ficción, pero en los últimos años se ha hecho más bien común encontrarnos con este tipo de relatos en los noticiarios.

“En teoría, todos podemos pasar de un comportamiento normal a una reacción desadaptativa, pero es un porcentaje menor el que tiene una conducta patológica o criminal”, dice la psiquiatra infantil y de la adolescencia de la Universidad de Chile, y magíster en sicología clínica infanto-juvenil, Muriel Halpern, sobre qué es lo que hace que una persona aparentemente normal tenga conductas violentas o abusivas.

Según el Manual de diagnóstico estadístico de trastornos mentales de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, cuando hablamos de reacciones desadaptativas o de trastornos de adaptación nos referimos a reacciones a los estímulos que pueden tener personas con cuadros depresivos, con ansiedad, mixto, o en algunos casos hablamos de individuos con trastornos del comportamiento, lo que puede llevar a “una alteración de la conducta caracterizada por una violación de los derechos de los demás o de normas o reglas sociales apropiadas para la edad”.

Halpern es coautora de The current state of school mental health approaches and initiatives in Mexico and Chile (El estado actual de las iniciativas y acercamientos a la salud mental escolar en México y Chile, publicado por Cambridge Press), y el tema que más le apasiona es la salud mental de los niños y adolescentes. Junto con otras colegas impulsó el programa “Volantín” en una escuela de escasos recursos, donde buscan desarrollar la capacidad de resistir y superar las adversidades, además de potenciar el trabajo en grupo y el control de emociones e impulsos.
Explica que todos somos capaces de sentir rabia hasta nublar nuestro pensamiento, pero no todos transformaremos esos sentimientos negativos en acciones, y es eso lo que hace que una persona se convierta en un abusador o incluso en un asesino.

Para la experta, una de las claves es que la persona, durante su infancia o adolescencia, haya sido testigo de violencia: “Si me preguntas por comportamientos graves, la experiencia de la violencia puede ser bastante demarcadora para tener un comportamiento violento a futuro”.

¿Existe entonces una tendencia del abusado que se convierte en abusador?

Exactamente. Y donde más se ve eso es en la violencia escolar, de hecho el 40% de los casos pasa de víctima a victimario. Siempre que hay un victimario se tiende a pensar que alguna vez fue víctima, y eso también lo puedes ver tempranamente en cómo los niños y adolescentes establecen relaciones con sus pares y, progresivamente en la adolescencia, relaciones más bien románticas donde se ven la intimidad y la sexualidad. Entonces los procesos de sociabilización saludables son lo más protector. Cuando vemos niños que tienen sociabilidades que no son adaptativas como el aislamiento, o niños de 3 o 4 años que tienen conductas agresivas, podemos ver estas mismas conductas luego en las relaciones de pareja. Son las personas antisociales las que después de episodios desadaptativos como el estrés o una pelea no son capaces de volver al cauce normal de su conducta.

¿Y esto es biológico o ambiental?

En la personalidad antisocial hay elementos que son combinados. Desde el punto de vista biológico, hay problemas en el control de los impulsos y la regulación de las emociones. Probablemente todos estos crímenes que llamamos ‘pasionales’ están relacionados con agresividades más en caliente, pero existen a quienes llamamos ‘los desalmados’, que son los fríos, los que no tienen emociones. Ellos son capaces de planear la agresión y esto presupone una intención. No es lo mismo matar a alguien por un arrebato de celos a planificar su muerte. Se han hecho estudios neurocientíficos donde se ven diferencias en la respuesta cerebral a las emociones, a la empatía. Hay estudios muy interesantes que demuestran que existe un circuito cerebral de la empatía, y hay chicos en los que este circuito se puede desconectar, incluso si a simple vista se ven sanos y normales, y esto hace que disminuya momentáneamente el nivel de empatía.

¿Se pueden prevenir estas conductas desalmadas si se identifican ciertas tendencias conductuales en los niños?

La psiquiatra chilena radicada en Estados Unidos Paulina Kernberg decía que no, que hay niños que nacen muy malos. Ella veía conductas antisociales precoces en niños que a los cinco años dañaban animales y violentaban a otros sujetos, donde la crueldad era un acto frecuente. Son patrones de comportamiento que en algunos casos pueden ser resistentes a la modificación. También pasa que si tus padres tenían tendencias antisociales es muy posible que tú también las desarrolles. Cuando hablamos de antisociales, no hablamos solo de dañar al otro sino que de no ser capaz de ver al otro como un sujeto de derecho, de respeto, de cuidado y transgredir una y otra vez ese límite.

¿Qué deben hacer los padres cuando ven problemas de empatía en sus niños?

Siempre es importante contextualizar. Bajo ciertas condiciones la empatía puede fluctuar, pero si se trata de una característica continua y que compromete la sociabilidad, o bien si se ven comportamientos asociados a la agresividad, tenemos un indicador problemático del desarrollo. Esto se puede medir clínicamente con una evaluación psiquiátrica, a partir del desarrollo moral, pero también con test psicológicos. Cuando se comprueba que existen trastornos psiquiátricos, por ejemplo, trastornos de la conducta o del desarrollo de la personalidad, lo vemos los psiquiatras.

¿A qué edad los padres deberían poner atención en estas características?

Ya en la etapa del jardín, cuando vemos niños que le tiran el pelo a otros, o que reaccionan con golpes. Ojo, que no todos estos niños han sido agredidos, muchos tienen problemas neurobiológicos para regular su impulsividad y ahí aparece la agresión como comportamiento. Ese niño va provocando rechazo en sus relaciones personales de parte de los otros niños, y eso es muy preocupante. Es en la agresividad puesta en relación a otros seres vivos donde tenemos que prestar más atención, especialmente cuando es hacia sus pares.

Deudas de la educación emocional

Los jóvenes y adultos jóvenes de esta generación no son iguales a los de hace un par de décadas. El acceso a la información y a la tecnología, así como las condiciones económicas, marcan diferencias conductuales con el pasado que se acrecientan cuando consideramos que los padres tienden en caer cada vez más en la sobreprotección de sus hijos, aumentando la intolerancia a las negativas. “Eso está relacionado con el perfil de los abusadores de 16, 18 y 20 años, que han crecido en un mundo globalizado donde la información está disponible; los recursos económicos han aumentado muchísimo, pero el nivel de educación emocional y cognitiva no ha tenido los mismos avances”.

¿Cómo se puede relacionar esto con el abuso laboral o incluso sexual?

Pensémoslo desde el abusador que ha aprendido y ha salido beneficiado de alguna manera por el estatus que ha logrado, por el sentimiento de dominio, o por una autoestima muy alta. Hay abusadores que son narcisistas y que, de algún modo, el dominio de otros los enriquece y satisface. Son personas que no pueden hacer relaciones de pares. Esto está muy relacionado con la violencia escolar, donde de algún modo aprenden que para ser parte de un grupo debes establecer una jerarquía donde hay otro que es el sumiso.

¿El abusador empieza de a poco, probando sus límites?

Creo que ese es un perfil más de película. No es que esté transgrediendo y mirando para el lado para ver si lo pillan. Pasa en la sociedad contemporánea que ha habido mucho refuerzo de ciertos comportamientos, los padres aplauden muchas conductas de sus hijos, pero resulta que si aplauden todo no ayudan a tolerar la frustración ni el fracaso. Este es un perfil muy millennial, que termina generando que cuando las cosas se vuelven difíciles, la persona renuncia, porque no sabe enfrentar la dificultad.

Existe un movimiento de hombres denominado INCEL -célibes involuntarios-, que muchas veces cometen abusos pues sienten que al haber sido ignorados por las mujeres en el pasado, estas les deben atención. ¿Esto se relaciona con esa intolerancia a la frustración?

Más allá de que sean un grupo particular yo te diría que es gente que tiene un rasgo patológico de personalidad. Hay elementos de mucha rabia a propósito de las frustraciones. Pueden haber sido víctimas de bullying y quizás este bullying fue hecho por mujeres, entonces desarrollan esta visión de vulnerabilidad en su desarrollo mental que de algún modo es interpretada de modo paranoide. Sienten que ellas les jodieron la vida. Es como la interpretación trastornada que vemos cuando el más sicópata de los sicópatas se justifica y dice que su víctima estaba buscando que la violara, demostrando una autorreferencia y una pérdida de la capacidad de darse cuenta de cuáles son sus propios sentimientos.

Pero no todas las personas que han sufrido bullying o que han sido rechazados por mujeres se convierten en abusadores ni en sicópatas…

Tenemos que mirar en los niños y adolescentes si tienen dificultades para controlar sus impulsos agresivos. Hay que sumar además experiencias de desajuste social, autoestima, formas autorreferentes donde interpretan la realidad de forma más subjetiva que objetiva, alejándose del consenso. También pasa que el abusador puede tener dos perfiles: o muy precario a nivel de inteligencia o todo lo contrario, y aquí nos volvemos a encontrar con los desalmados, que actúan con una ideología detrás. Al respecto hay harto debate porque desde la psicología social sería algo establecido en la cultura y en la sociedad; mientras que desde la biología o psiquiatría pensamos que esto se prende en ciertas estructuras y contextos. Si le preguntas a un psicoanalista, este te dirá que son personalidades borderline, que tienen inestabilidad en sus relaciones afectivas, que actúan desde sus deseos y necesidades de dominio hacia los otros, pero que tienen una gran fragilidad en su personalidad.

Ausencias que cuestan caro

“Los niños pasan muchas horas en el colegio, llegan tarde a sus casas, tienen poco tiempo para jugar o hacer actividades distintas y hay poco espacio para el ocio y la recreación, lo que se ve asociado al desarrollo de la violencia”, cuenta la psiquiatra, y agrega que uno de los grandes problemas que tienen los niños y adolescentes hoy es la soledad. “Hay una pregunta que todos nos tenemos que hacer, que es cómo revisamos esta sociedad y la inversión que hacemos con nuestros niños para que tengan una calidad de vida mejor. Algunos dicen que el costo del desarrollo es la salud mental, pero a mí no me parece”.

¿Hay una ausencia de los padres que puede afectar el desarrollo de los niños?

Hay un tema que es transversal y global que es la soledad de los niños. Las familias chilenas tienen en promedio 1,9 hijos. Entonces los niños se crían solos, o a veces los recibe la abuelita, no tienen patio donde jugar y abusan de los videojuegos.

¿Puede ser que al vernos obligados a dejar solos a los niños nos sentimos presionados a sobreprotegerlos o a dejar pasar ciertas conductas?

La sobreprotección no permite a los niños desarrollar sus propias competencias para enfrentarse a la vida, a la adversidad y a resolver temas relacionales. Seguimos fallando al no integrar en la educación curricular de los niños la solidaridad y el respeto mutuo. Tenemos un 20% de adolescentes con trastornos mentales, y eso es urgente de resolver hoy; pero por sobre todo tenemos que prevenir, y ese es trabajo de todos: papás, colegios, médicos y sicólogos.

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