Mi marido tiene Alzheimer

Reportajes y Entrevistas

Mi marido tiene Alzheimer

Por Alina Araneda / Ilustración GERTRUDIS SHAW

A Héctor lo conocí un día sábado, en la fiesta de unos vecinos que estaban inaugurando su radio electrola. Estuve a punto de no ir, porque tenía otro compromiso, pero algo me hizo asistir. Y menos mal, porque apenas nos pusimos a conversar, enganchamos. Hablamos toda la noche y decidimos juntarnos al día siguiente para seguir discutiendo todos los temas interesantes que nos quedaron pendientes. Teníamos mucho en común, pensábamos parecido y me atraía su forma de entender el mundo. Así fue como supe de inmediato que Héctor era mi alma gemela.

Pasó el tiempo y empezamos a hablar de formar una familia. Él tuvo una infancia muy dura, la mamá se fue y el papá se murió cuando tenía 7 años. Así que lo que más quería era tener un hogar estable. Después de ocho meses de conocernos, le conté a mi familia que nos íbamos a casar. Mi mamá se opuso rotundamente al matrimonio. No aprobaba a Héctor porque no había ido a la universidad y, según ella, no iba a poder hacerse cargo de una familia. Me hizo la ley del hielo y vivir con ella se convirtió en algo tan insoportable, que adelantamos el matrimonio. A pesar de todo, Héctor nunca le tuvo rencor a mi mamá. Al final, el hermano de mi mamá la convenció de que estaba cometiendo un error e hicimos las pases. Ni Héctor ni yo nos queríamos casar por la iglesia, pero como sabíamos que iba a hacer feliz al resto, buscamos una capilla chiquitita e hicimos una ceremonia ahí. Estuvimos tres meses viviendo en pleno centro, en un departamento chiquitito. La ubicación era ideal porque estaba rodeado de cines, así que íbamos a ver hartas películas. Después de la oficina, Héctor pasaba a comprar a una rotisería la comida para la noche.

Desde el principio, nuestra relación se basó en conversar de todo: política, ciencia, literatura, de arte, de las cosas que estaban pasando alrededor. Ahora, con los años, me doy cuenta de que él fue mi compañero. Más que amantes, más que marido y mujer, fuimos mejores amigos. Fue mi partner y gozamos mucho. En estos 58 años juntos, nunca peleamos. Discutíamos y teníamos dificultades, como todos, pero conversábamos las cosas. No hubo ni una noche donde nos fuéramos a dormir enojados. A nuestras dos hijas les enseñamos que podían hablar de lo que quisieran con nosotros. Cualquier tema se podía tratar, por más incómodo o feo que fuera, siempre y cuando se eligieran los términos adecuados. Nada estaba prohibido ni teníamos tabús.

Uno de los momentos más difíciles que nos tocó enfrentar fue cuando nos quedamos con el nido vacío. Coincidió que unos meses antes se murió mi mamá, y un poco después el Tony, que fue nuestro perro por 15 años y prácticamente un hijo más. En ese tiempo, lo que más nos ayudó fue caminar juntos. Compartíamos muchos gustos, como el arte y la música clásica, pero el que más nos unía era caminar. Dábamos unas vueltas largas y conversábamos. Todos los problemas los solucionábamos así. En una de esas salidas, decidimos cambiarnos de casa para empezar de nuevo los dos. Caminando arreglábamos el mundo.

La enfermedad le empezó hace seis años. Se le iban los nombres de las cosas o de las personas, pero después se acordaba y pensamos que eran olvidos normales de la edad, porque ya tenía 78 años. Hace tres años la cosa se puso peor, y se empezó a desorientar. Así que fuimos al doctor y los exámenes arrojaron que tenía comienzo de Alzheimer. Él nunca creyó que estuviese enfermo, así que no le dio mayor importancia. Con el tiempo se puso cada vez más porfiado. Por ejemplo, insistía en que tenía que salir a hacer negocios. Yo le decía: “pero si nunca has sido bueno para los negocios”. La doctora me recomendó que lo dejara salir, pero con una pulsera con los datos grabados por si se perdía.

A veces lo convencía de que camináramos juntos, pero sólo si era al supermercado o a la farmacia. Ya no le gustaba pasear conmigo. Teníamos una nana que se quedaba cuando yo no estaba, pero se enojaba de que hubiese alguien vigilándolo, porque no quería que lo cuidaran. Decidí quedarme yo y así empezó a pasar el tiempo, sin que saliéramos de la casa. Dejé de juntarme con mis amigas y me aislé del mundo. Yo trataba de conversarle, como lo habíamos hecho toda la vida, pero se hizo cada vez más difícil, porque ya no era él.

Es curioso pensar que, cuando recién nos casamos, los primeros días me despertaba en medio de la noche y me asustaba porque había alguien a mi lado. Nunca pensé que 58 años después, iba a ser Héctor el que se despertara en la noche diciéndome: “Señora, ¿qué hace aquí?”.

Hubo un momento de nuestras vidas en que yo estuve muy grave porque tuve un coágulo en el cerebro y perdí el habla. Tuve que aprender a comunicarme de nuevo y él estuvo conmigo todo el tiempo, apoyándome y ayudándome. Quise hacer lo mismo por él, pero no me dejó. Se ponía agresivo cuando quería salir y yo tenía que abrirle la puerta, no me quedaba otra. Me llamaban los carabineros diciéndome que había un señor perdido, o yo llamaba a Seguridad Ciudadana para que lo buscaran. Sé que no es su culpa, que es la enfermedad la que lo va convirtiendo en otra persona.

Hace un mes tuve que tomar la decisión de llevarlo a una casa de reposo. No quería, pero todos me dijeron que era lo mejor y la verdad es que ya no quedaba otra solución. Él se fue con la idea de que nos íbamos a ir los dos, pero aún soy una persona muy activa y autovalente. Mis amigas se han preocupado de distraerme este último tiempo para que no me inunde la pena, me han hecho parte de unos trabajos de investigación y en eso se me pasa el día, pero aun así echo de menos a mi Héctor. Separarme de él ha sido de las cosas más difíciles que he hecho. En todos estos años nunca nos habíamos distanciado más de un par de días. No quería echarlo de menos como lo hago ahora, pero si seguíamos se podía perder o tener un accidente, y eso no me lo hubiese perdonado.

Mis hijas me dicen que llore, que me desahogue y que después lo deje ir. Que me haga la idea de que ya no es la misma persona, que es como si el Héctor que conocimos se hubiese muerto. Pero yo no puedo. A veces, sin querer, hablo de él en pasado, como si ya no estuviera y cuando me doy cuenta me pongo a llorar. Porque si bien ya no es él, me sigue reconociendo cuando lo visito. Soy la única de la que todavía se acuerda. Se emociona cuando me ve y dice: “Ahí viene mi Poliquita”, que es el nombre que me inventó cuando nos conocimos. Se ha olvidado de todo, menos de mí.


Alina Araneda tiene 87 años y es profesora de artes visuales. 

 

 

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