Mi (otro) trastorno alimentario

Reportajes y Entrevistas

Mi (otro) trastorno alimentario

Por Rita Cox / Ilustración: Paloma Moreno

A fines del año pasado, a la periodista de Paula Rita Cox le diagnosticaron lo que hoy se conoce como “Binge Eating Disorder” (BED) o “Trastorno por Atracón”, mal que la ha obligado a revisar su relación con la comida desde la infancia. Esta es su propia investigación para sanarse y su testimonio.

Paula 1246. Sábado 10 de marzo de 2018.

Para mi hija y mis amigas, y todas las mujeres que estamos, de una u otra manera, en la batalla.

42 bombones de chocolate de leche, bitter y blanco, rellenos de mazapán y caramelo. La caja más grande. Me la comí entera en menos de 40 minutos en esa tarde de octubre. No paré ahí. Al rato vinieron los tres panes con queso y palta y el medio litro de helado de vainilla. En una hora, tal vez más, apareció ese otro yo que odio. Hasta ese momento mi día en términos alimentarios había sido impecable. Hasta podría decir que venía de una semana invicta, con el foco puesto en bajar los siete kilos de más que me atormentaban (y atormentan). Porque mido 1,61 y estoy en 62 kilos. Mi ideal (ningún especialista me lo ha confirmado) son 55. Ojalá 54.

Con invicta me refiero a seguir una rutina de lunes a viernes que se inicia con un café de grano con una gota de leche sin lactosa y un pan pita con jamón de pavo y quesillo light, o un huevo revuelto. De almuerzo, ensaladas con proteína. Lo mismo en la noche. Eso intento cuando no me pego los tropezones. Pero, como me dijo mi sicóloga en la pasada sesión, “la comida es un campo de batalla”. Y sí. He estado en muchas guerras, más o menos violentas, desde que tengo memoria.

Ese miércoles a las 19:30 horas no había nadie en la casa, entonces llegué a echarme a la cama. No estaba deprimida ni angustiada. Sí cansada después del trabajo. Nada del otro mundo. Pensé en ir a calentar la comida (parece que había lentejas con verduras y ensaladas), pero cuando me estaba parando, la caja de chocolates se instaló en mi cabeza como una idea fija. Me la habían regalado hacía 15 días y, con la promesa de no probar ni uno solo, la escondí en mi pieza. La escondí tan bien que me costó encontrarla. Eso me generó mayor ansiedad. Estaba en el clóset, debajo de un montón de chalecos.

Ese fue el último episodio de 2017. El último de varios concentrados durante tres meses. El cuerpo me había alertado de muchas maneras que mi cabeza no estaba funcionando bien. En marzo partí con un episodio de insomnio que combatí efectivamente con la melatonina recetada por mi siquiatra. Luego comencé con dolores de cabeza menos espaciados que los habituales (soy de dolores de cabeza) y episodios flash de olvidos tontos, pero que me asustaron: se me olvidaban los nombres de personas con las que trabajo, dejaba las llaves de la casa puestas en la reja y, lo que realmente me aterró, fue cuando a la salida de un mall me quedé en blanco: no sabía dónde estaba ni cómo había llegado ahí. Fracción de segundos después hilé que lo había hecho en mi auto, que me había estacionado donde siempre, pero me era imposible resolver cómo llegar hasta allá. El corazón me latía a mil, me transpiraban las manos, me puse a llorar, me senté y puse la energía disponible en retomar la respiración y calmarme. Una pesadilla. Ese mismo día le escribí un mail a mi siquiatra resumiéndole el episodio. Me respondió que era un evidente cuadro de estrés, marcado probablemente por una mezcla de carga laboral, excesivo uso de pantallas (en mi caso el celular) y las tensiones de la vida personal. Me tranquilizó. A los pocos días estaba sentada en su consulta.

Le conté lo que le tenía que contar y también lo bajoneada que me sentía porque muy atrás, en 2016, había quedado “mi mejor momento”, con los 53 kilos a los que llegué después de una dieta. Y ahí, por primera vez, le hablé de las comilonas. Y ahí, por primera vez, escuché el término “Trastorno por Atracón” o Binge Eating Disorder (BED). Ese fue el diagnóstico.

¿Qué es eso?

El Trastorno por Atracón se caracteriza por la ingesta en un corto periodo de tiempo (un rango de dos horas) de una cantidad de comida superior a la que la mayoría de las personas podrían consumir y la pérdida de control sobre la ingesta durante el episodio, sin conducta compensatoria (provocarse vómitos). Eso, básicamente, es lo que diferencia este trastorno de la bulimia nerviosa. Para diagnosticarla deben darse al menos tres de estas cinco características: ingesta mucho más rápida de lo normal, comer hasta sentirse desagradablemente lleno, ingesta de grandes cantidades a pesar de no tener hambre, comer a solas para esconder la voracidad, sentirse a disgusto, deprimido o con culpa. Así lo define el DSM V, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales editado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, el más usado en este campo desde la década de los 60. En su más reciente versión, publicada en 2013, por primera vez se incluye al BED como parte de los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), junto con los ya conocidos Anorexia Nerviosa y Bulimia Nerviosa. Antes, en el DMS IV, de 2000, el BED se encontraba en el apartado de los Trastornos de la Conducta Alimentaria no Especificados, en etapa de estudio. Sus causas se encuentran en una combinación de factores genéticos, biológicos, sicológicos y otros factores de riesgo.

Yo cumplía con todas y cada una de esas cinco categorías. Seguía funcionando en la pega, en la crianza, en la vida familiar y social. Pero mi cabeza, mi cuerpo y mis emociones estaban atrapados en ese hoyo oscuro que al recibir un nombre por parte del siquiatra me produjo alivio. “La cura del habla”, pensé recurriendo a la definición de Freud. Esas vulgares comilonas tenían un nombre, una definición, un tratamiento. Yo, entonces, era parte de algo concreto, junto a otras muchas personas. No era una “rara”, “un monstruo”, “una loca”, “una débil”, “una chancha”, “una mina sin límites ni voluntad”, como pensaba. Mi único pecado era estar enferma.

Aunque en Chile no existen cifras oficiales sobre el número de personas que sufren este trastorno, de acuerdo a la información que maneja Clínica Las Condes (que puede leerse en su página web), afecta del 2 al 5% de la población general y es más frecuente en las mujeres que en los hombres, afectando al 30% de las personas que participan en programas de control de peso.

Quien ha estudiado a fondo este y muchos otros trastornos de la alimentación es Rosa Behar, siquiatra y profesora titular del Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valparaíso. Sus publicaciones incluyen títulos como Trastornos alimentarios maternos y su influencia en la conducta alimentaria de sus hijas (os). Behar da más pistas: “No es lo mismo que una transgresión alimentaria, como la que se da en las fiestas del 18 de Septiembre o la Pascua. Aquí la persona de manera ansiosa y descontrolada come alimentos líquidos y sólidos ricos en carhohidratos, generalmente en su casa, donde hay disponibilidad, cuando está sola y con tiempo libre. Esa combinación es fatal. Generalmente esos episodios son vespertinos o nocturnos”.

“Vespertinos”. Recuerdo la postjornada laboral en que me desmoroné frente a las más básicas tentaciones. “Que los atracones suelan darse en ese horario se debe a que quienes lo sufren tienden a  tener un desorden en la dieta y se saltan comidas. El desequilibrio, entonces, es en cantidad, calidad y en horarios”, dice Behar.

“Carbohidratos”. Ojalá que cuando me vinieran estas incontrolables ganas de comer me bajaran ganas de lechuga y arándanos. Por el contrario, dan ganas de pan, pastas y toda la chatarra imaginable. Recuerdo alguna vez haberme comido una pizza familiar completa y luego una barra de chocolate con caramelo. Tal vez fueron dos. Eso después de la comida “normal”. Behar explica que la predilección por los hidratos de carbono se relaciona con que son fáciles de digerir. El siquiatra y sicoanalista Jorge Cabrera suma otro antecedente: la adicción. Adicción al azúcar añadida, las harinas refinadas, las grasas saturadas y la sal, presente en productos procesados para exaltar todo tipo de sabores, incluso lo dulce. “Es un tema controversial, porque hay expertos que consideran que este trastorno puede enfrentarse usando el modelo de las adicciones y otros no. La razón para verlo como una adicción es que cuando se consume ese tipo de alimentos ocurre lo mismo que cuando se consume una droga como la cocaína. En el cerebro se libera una gran cantidad de dopamina, estimulante por excelencia, y se libera otro neurotransmisor, el glutamato, que tiene una característica excitatoria en el sistema nervioso central”.

Pamela Sanhueza, siquiatra y directora del programa de adicción a la comida del Centro de Tratamiento de Adicciones Nevería, añade que “ves pacientes que están bien, se sienten tranquilos, sostienen buenas relaciones interpersonales y, de repente frente a conflictos estresores muy particulares, no son capaces de elaborar la angustia y acuden a la comida. Puede que el paciente vaya a un restorán y coma igual que todos en la mesa, pero llega a la casa y tiene un binge (atracón). Abre el refrigerador y, como un adicto a las drogas, por un asunto neurobiológico irá directo a la sustancia que le eleve los niveles de dopamina. Aunque sepa que una jalea diet le puede venir bien, irá por los carbohidratos, el azúcar y las grasas”.

Tras el diagnóstico, lo primero que me advirtió mi siquiatra fue que tal como en la casa de un alcohólico en rehabilitación no debiese haber una botella de nada, en mi cocina no debe haber nada que me haga caer. Esa instrucción debiese entenderla toda la familia, aunque es difícil, porque ocurre que lo que a uno le aporta un kilo, a otro –como a mí– puede causarle abrir una puerta que es mejor dejar cerrada. Pero, además, aunque helados, chocolates, pasteles son una potencial droga, son una droga normalizada, con disfraz de amorosa y querendona. En la misma línea, el siquiatra me indicó dejar de una buena vez las dietas restrictivas siempre fracasadas y comer “normal”: legumbres, carbonada, cazuela. Comida de casa.

Esa soy yo 

“El Trastorno por Atracón comienza generalmente en la adolescencia tardía o en los primeros años de la adultez, a menudo después de la pérdida de peso debido a una dieta severa. Otras características asociadas incluyen marcadas fluctuaciones de peso en el tiempo, una historia de depresión, ansiedad, baja autoestima, alta sensibilidad interpersonal y preocupación somática”, se lee en un paper de Behar. Vuelvo a reconocerme. De eso se trata entender cualquier trastorno: hacer el máximo esfuerzo por poner un espejo con aumento frente a uno, ver qué hay y de dónde salió todo eso. Por feo que sea.

Lo más próximo es que antes de mi primer episodio de 2017 dejaba atrás mis victoriosos días de flaca-flaca. A principios de marzo de 2016 llegué con 61.3 Kg / 33% de grasa / 40.2% de músculo a la consulta de una nutrióloga que me diseñó una dieta hiperproteica e hipocalórica, sin grano de azúcar añadida. La seguí al pie de la letra. Nunca en nada había sido tan aplicada. Al tercer mes, la pesa marcaba 53,3 kg / 26% de grasa y 43% de músculo. No tengo palabras para explicar lo mina que me sentía, aunque me quedo corta en delimitar mi autopercepción al aspecto físico. Después de haber transitado por todas y cada una de las dietas de moda aparecidas desde que tuve 15 años (incluida la dieta “cerrar la boca y no comer nada”), y haber fallado en todas y cada una, subiendo y bajando entre tres a cuatro kilos promedio, terminaba esta con 8 kilos menos. Durante meses supe decir NO. No al pan del picoteo, no a los postres azucarados, no al manjar, no a los quesos, no al Aperol, no a dejarme aplastar por mi propia falta de voluntad. De atracones no supe nada. Me convencí, incluso, de que me había reeducado. La mala noticia es que dos meses después, con el vamos de comenzar a reintegrar alimentos, subí dos kilos. Un año después estaba en los 63,3.

Esa dieta restrictiva puede entenderse como uno de los tantos gatillantes de mis episodios 2017. Pero hay más. Estudios han demostrado que existe una relación entre el Trastorno por Atracón y la disminución de los niveles de serotonina, sustancia responsable de mantener el equilibrio del estado de ánimo. Así se explicaría también la mayor preferencia por carbohidratos. Nuevamente encuentro en esta descripción una potencial causa. Fue mi siquiatra que hace 25 años concluyó que mis niveles de serotonina son más bien bajos y tienden a bajar más en el periodo de menos sol, de abril a septiembre. Esto, a su vez, altera el ciclo circadiano, sistema encargado de sincronizar todos los ritmos biológicos. Hay quienes resultan ilesos. No es mi caso. Por lo tanto, tan importante como lavarme los dientes, será hasta el final de mis tiempos tomarme la dosis correcta de Lexapro o el antidepresivo que venga.

A ese factor de riesgo biológico, en algunos casos se suma otro: el ciclo menstrual. También me anoto con este. Rosa Behar explica que “con la ovulación se produce toda una serie de cambios hormonales que en muchas mujeres provocan un aumento del apetito, con incluso atracones. Hay registro de pacientes bulímicas y con atracones que tienen quistes ováricos –también me anoto– que alteran aún más el funcionamiento hormonal del ciclo”. Al ser consultada por el tema, la ginecóloga Marcela Bertossi, de Clínica Las Condes, ya me había advertido hace un tiempo que frente a casos de apetitos que se disparan fuera de control, es posible apoyar a las pacientes con el uso de hormonas.

Chequeados los aspectos genéticos, biológicos y del ciclo menstrual, vienen otros aún más complejos de enfrentar: los factores sicológicos. Los pacientes del Trastorno por Atracón pueden presentar dificultades en el manejo de sus emociones, en particular con las negativas; una conducta impulsiva, no sentirse responsables de sus actos, no sentirse parte de sus comunidades y no lograr expresar sus sentimientos. En los factores sociales, en estudios internacionales citados por Behar, se ha identificado un elevado número de pacientes que sufrieron algún tipo de maltrato durante la infancia, abuso sexual, abandono emocional o negligencia. Para ser justa con mis padres, gracias a sus cuidados y amor me considero una mujer cuya infancia fue protegida en todos esos aspectos. Sí reconozco en mí otros factores de riesgo definidos por los especialistas como parte de los detonantes de las crisis: “desánimo, presión por estar delgada, emoción ligada al comer, sobrevaloración del aspecto físico, insatisfacción corporal, predisposición a la dieta”.

El BED no supone hospitalización ni pone en riesgo la vida, como sí ocurre con la anorexia. Pero los especialistas advierten de su peligro: Todo trastorno alimentario es inestable y migratorio. Del  BED se puede pasar a la anorexia o a la bulimia, o a otros cuadros como abuso de sustancias o relacionados con la corporalidad.

Quiero ser flaca

A pesar de esta relación impulsiva con la comida, solo el 33% de quienes sufren este trastorno son obesos, según cifras que maneja Rosa Behar. Pero es a través de quienes acuden a programas de control de peso que los especialistas han pesquisado este desorden. Se sabe que se da especialmente en zonas urbanas, en sociedades industrializadas y con fácil acceso a alimentos procesados. Pamela Sanhueza dice que en los últimos años “se ha visto una prevalencia del trastorno por atracón por sobre la bulimia y la anorexia. Este es, además, un componente bastante predictor del sobrepeso y de la obesidad. Ahí parte la necesidad de ir diferenciando este trastorno que afecta a mujeres flacas o que intentan ser flacas”.

“La comida es un campo de batalla”. La batalla la estoy dando desde que escuché el diagnóstico, con el ejercicio de no saltarme comidas, evitar a toda costa almorzar frente al computador, abordar con menos intensidad las obligaciones diarias, hacer deporte, dormirme temprano para acercarme a las ocho horas de sueño que necesito y consumir topiramato, un estabilizador del ánimo que se usa hace unos 10 años para tratar este trastorno y que me prescribió el siquiatra como parte del tratamiento. Se indican entre 50 a 100 mg diarios que hay que tomar tipo 17 o 18 horas, antes del horario vespertino, la hora “peligrosa”.

La sicoterapia es igual de importante. Rosa Behar recomienda una del tipo cognitivo-conductual, que por un lado permita abordar los sentimientos y pensamientos respecto a la relación con la comida, la figura corporal y el peso y, por otro, que entregue tareas que mejoren la autopercepción.

En mi caso la terapia ha abierto la cañería de los recuerdos para intentar reconstruir mi relación con la comida desde la infancia. Tendré que mirar la relación de mi madre y de mi hija con la comida para identificar mis propias fisuras. Tendré que indagar en mi etapa de lactante y preguntarle a mi mamá cómo fue ese periodo para las dos. Por ahora mi rebobinaje me ha llevado a los relatos que ella hace de mí como una guagua que no comía nada y su miedo a que yo muriera de hambre. Me veo de 5 o 6 años sentada con cara de drama en el comedor, frente a un plato de cualquier cosa ya helado de tanto esperar, con mi mamá pidiéndome que comiera, y yo aprovechando cada descuido para botar lo que pudiera en una servilleta que luego me guardaba en los bolsillos y finalmente botaba en el water. Más grande, probablemente en séptimo u octavo básico, tengo imágenes de cómo me las arreglaba para botar el contenido completo del termo en el baño del colegio. Siempre estaba bajo mi peso y mi mamá siempre estaba preocupada. ¿Cuándo se me dio vuelta la tortilla? Podría apostar que a partir del segundo año de universidad, a los 19, cuando justamente llegué a la consulta de mi siquiatra, a quien de todos los cientos de temas que le mencioné, jamás estuvo el de los atracones, porque, aunque me torturaban, nunca fui capaz de verbalizarlos. Tal vez, especulo, era necesario que se produjeran unos cuantos más a lo largo de la vida como para identificarlos como problema. Tal vez me superaba la vergüenza. Tal vez hoy me siento lo suficientemente segura (parece broma, pero es cierto) y preparada para mirar sin pudor ese nudo casi ciego mío y estar dispuesta a conocer esa zona oscura e incluso compartirla.

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