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1 diciembre, 2016
orla

Mi querida cicatriz

Detrás de una cicatriz siempre hay mucha historia: Un dolor, una enfermedad, un evento que superar. en estas siete historias, ellas y ellos cuentan cómo esa marca ha sido también una lección de vida que les ha dado fuerza y carácter.

Por María Paz Braun y Javiera Reyes / Fotografía: Alejandro Araya y Rodrigo Chodil / Producción: Álvaro Renner


Paula 1214. Sábado 03 de diciembre de 2016.

Dos barras de titanio y 16 tornillos
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“He aprendido a querer esta marca”, dice Tamara Salas (22, estudiante de Pedagogía Básica en la UC) de la cicatriz que tiene en su espalda desde los 11 años; una cicatriz que mide casi medio metro. Tamara tuvo una escoliosis severa; tenía la columna desviada en 72 grados, lo que le causaba dolor, inflamación y la hacía tener una postura incorrecta, al punto que los botones de las blusas se le corrían hacia un lado. Tuvo que operarse de la columna: le pusieron una barra de titanio a cada lado y 16 tornillos. “Cuando salí de la operación medía 5 centímetros más”, cuenta. Tuvo que aprender a caminar de nuevo y recuerda que nunca fue una niña normal porque tenía que estar siempre cuidándose, no podía jugar y tenía que lidiar con la preocupación, y a veces sobreprotección, de su madre. “Durante mucho tiempo, en la adolescencia, me dio vergüenza mostrar la cicatriz, ser distinta, me bañaba con polera en la playa y en el colegio me escondía para cambiarme”, cuenta. Pero, al pasar el tiempo y ver cómo sus compañeras se preocupaban de detalles que ella creía que no tenían importancia, como que estaban gordas o que tenían marcas de espinillas, se dio cuenta de que preocuparse por su cicatriz era igual de superficial y empezó a valorar la historia de superación que había detrás. “Hoy ya no me siento rara, me siento especial. Es mi símbolo de lucha: de que soy fuerte, de que superé algo difícil y tengo una historia que contar”, explica Tamara.

La descarga eléctrica
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“Sin contar lo mal que lo pasaron mis viejos, doy gracias por este accidente, porque no hubiese tenido la personalidad que tengo ahora”, cuenta Santiago Cruzat (24) quien tiene una cicatriz de quemadura en toda su boca desde antes de cumplir un año. Cuando su mamá le estaba calentando el almuerzo, se salió de la cuna, gateó hasta la televisión y se metió un enchufe en la boca que generó una descarga eléctrica. Casi se murió, pero logró llegar justo a tiempo al hospital más cercano donde le diagnosticaron quemaduras de tercer grado. Su cicatriz es el resultado de 20 operaciones para reconstruir su boca, donde incluso le tuvieron que sustraer parte de su lengua para rehacer sus labios. A pesar de las notorias marcas que le dejó el accidente, Santiago afirma que nunca han sido un impedimento para él, porque no le da vergüenza. Hubo veces que notó cómo niños chicos lo miraban sorprendidos y sintió la incomodidad de otras personas al preguntarle qué le había pasado. “A mí me da lo mismo”, dice con una sonrisa. Santiago es una persona feliz, está por terminar la carrera de Turismo, es un deportista destacado y hace poco decidió suspender las operaciones de su boca porque ya se siente listo. Cerró el ciclo de un accidente que no borraría de su vida.

En lugar de mi pecho
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Gabriela Stranger (67) tiene en la parte derecha de su pecho una cicatriz horizontal de unos 20 centímetros aproximadamente. Solo eso. No tiene mama. Hace 5 años se la extrajeron en el Centro de Referencia de Salud Cordillera, adjunto al Hospital Luis Tisné, porque encontraron en ella varios tumores encapsulados. La decisión de hacer la reconstitución mamaria no era un tema menor, porque involucraba otra operación, más dolor y anestesia. Para ella siempre estuvo claro: no la necesitaba. Además, contó siempre con el apoyo de su familia y en especial de su marido, que murió el año pasado el día en que cumplieron 40 años de matrimonio. Con el tiempo, esa decisión, y la cicatriz que le dejó, se han convertido en un estandarte de vida: “Las mujeres somos mucho más que una linda delantera”, afirma. Ella cree que para muchas mujeres, como algunas que conoció mientras luchaba contra el cáncer, perder sus mamas es perder su femineidad, arriesgar el rechazo de su pareja y una baja autoestima, pero no debe ser así. A veces usa un sostén con una prótesis para rellenar vestidos o blusas, pero en general no le importa si se nota o no que no tiene una mama. “La apreciación del físico está muy sobrevalorada, existe una presión que impulsa a las personas a tratar de verse más bellas a como dé lugar. El ser mujer va por cosas mucho más interesantes que por un par de pechugas, está en un abrazo, jugar con mis nietos, cocinarles. La cicatriz es horrible, pero al sacarme la mama me sacaron el cáncer y doy gracias a Dios por eso y por todo lo que me queda por vivir”.

La vía para sanar
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Aunque hoy es una marca pequeña, la cicatriz de Francisca Coddou (47) tiene un significado vital para ella. Es el resultado de haber tenido un catéter por donde recibió 10 quimioterapias para curar su enfermedad y que mantuvo bajo su piel por casi una década. Una tarde de 1996 le diagnosticaron cáncer a los ganglios. Con 27 años y con una hija de casi dos, comenzó a tratarse de inmediato sin permitirse ninguna queja, “tú me lo mandaste, tú me lo quitaste”, rezó a Dios. Con todos los tratamientos y gracias a la nueva tecnología de los anticuerpos monoclonales, pudo eliminar el cáncer completamente. A pesar de estar recuperada, los doctores optaron por mantener el catéter por si acaso, “era como una tapa de bebida levantada debajo de la piel, se veía muy feo. Durante 10 años compré ropa que lo disimulara porque mostrarlo era como dar circo y yo soy mucho más piola”, cuenta. Francisca se siente muy afortunada por la vida que ha tenido, ya que, además de estar 100% sana, pudo –contra todo pronóstico– tener a su segundo hijo, Gustavo.

El tiro por la culata
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El recién electo concejal de Buin, Claudio Salinas (22, estudiante de Derecho en la Universidad de los Andes) tiene en su pantorrilla izquierda dos pequeñas cicatrices: una redonda en la parte de adelante por donde entró la bala, y otra un poco más grande en la parte de atrás, por donde se la sacaron los doctores. Recibió ese disparo el 3 de julio, cuando iba por la autopista Costanera Norte y un auto chocó en frente suyo. Cuando se acercó a ofrecer ayuda, los dos hombres que iban en el Suzuki gris chocado lo amenazaron y le exigieron que se bajara de su auto: iban escapando luego de haber asaltado una sucursal de Entel y ahora lo necesitaban para arrancar. Él, indignado con el resultado de la noche, se resistió y logró escapar luego de recibir un balazo en la pierna. “Me dio una sensación de impotencia, de rabia, porque mi intención era ayudarlos y termino con esto. Pero yo voy a seguir ayudando, no porque un puñado de chicos delincuentes esté cometiendo injusticias en nuestro país vamos a perder nuestros valores”, señala. Ahora, cinco meses después del hecho, acaban de detener a uno de los hombres que lo atacó, y en su cuerpo quedaron esas cicatrices como recordatorio –asegura– de que para la próxima vez, deberá ser más prudente.

Mi labio leporino
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Andrés Benoit (27, ingeniero comercial) recuerda cómo sus amigos en el colegio se tomaban el labio y se lo levantaban para molestarlo: “labio cuneta”, le gritaban, sin ser conscientes del daño que le hacían. Y es que por las reacciones de la gente al verlo, se dio cuenta de que tenía algo diferente a sus compañeros: Andrés es uno de los 400 chilenos que nacen anualmente con labio leporino. Lo operaron a los 2 meses de vida para corregirlo, dejándole una cicatriz que le parte el labio superior por el lado derecho. Mientras crecía y se iba conociendo, notaba cómo su cicatriz se hinchaba con el frío o la diferencia que había entre sus fosas nasales, una más grande que la otra. Siempre estuvo la opción de hacerse una segunda operación que le dejara el labio perfecto, pero nunca quiso llevarla a cabo, “porque al final es como tu sello, te acostumbras y termina gustándote”, dice. Incluso la rechazó en el periodo de quinto a séptimo básico, que fue el más difícil y hasta pensó en cambiarse de colegio. “Pasas una etapa y dices: lo tengo y es parte de mí, no me incomoda, y de repente hasta alguna mujer te puede decir que te queda bien. Creo que esto me hizo sacar personalidad, pararme con otra postura al frente de la gente. Hoy me molestan y me río con ellos. Cuando les conté a mis amigos que me iban a sacar fotos para una revista,les advertí que iba a nombrar a todos los que me habían molestado”, dice riendo.

Un terremoto en la pierna
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“Mi cicatriz me encanta y, si me ofrecieran borrármela, no lo haría porque es una marca de algo demasiado importante que me pasó”, dice María Paz Braun (25), periodista y una de las autoras de este visual, aludiendo a la cicatriz de su pierna izquierda. Una marca por una fractura de tibia y peroné que tuvo la madrugada del 27 de febrero de 2010 cuando un terremoto de magnitud 8,8 sacudió a todo Chile. Estaba en una discotheque en Llolleo cuando se cortó la luz y empezó a temblar. María Paz corrió a la salida, pero una pared se derrumbó sobre ella. “Por tres meses no me atreví a mirar mi pierna, me daba miedo enfrentarme a la realidad”, recuerda. Vivió un largo proceso de recuperación que demoró 5 años e incluyó cinco operaciones. “Necesitaba mucha ayuda para las cosas más simples, como bañarme y vestirme; mi mamá fue un apoyo enorme”, dice. También tuvo que retrasar su entrada a la universidad y quedó con una marca en su pantorrilla, que ella no esconde; usa falda y vestidos. “El accidente fue algo relevante en mi historia. Mi personalidad se forjó mucho después de eso. Me di cuenta de lo importante de disfrutar y de que tenía que perderle elmiedo a equivocarme. También me dio mucha seguridad en el tema físico porque tengo esta cicatriz que es grande y llevo con orgullo”, dice.

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