El miedo a crecer de los niños ‘Sename’

Reportajes y Entrevistas

El miedo a crecer de los niños ‘Sename’

Por patricia morales / fotografías nicolás abalo y aldeas infantiles sos chile

Cada año miles de jóvenes que han vivido gran parte de sus vidas en residencias dependientes del Sename, al cumplir 18 años, deben abandonarlas. La pregunta que surge es ¿están, a esa edad, capacitados para reinsertarse en la sociedad sin apoyo económico y emocional? Muchos no, y lamentablemente vuelven a la calle.

Es 21 de agosto y un tímido sol de invierno se asoma en el patio central de la aldea Madreselvas de la comuna de Macul. “Hay que aprovechar que el día está rico para que ventilemos la casa”, dice Rosa, mientras recibe las verduras que le traen para preparar el almuerzo. Ella es una de las mujeres que trabajan en Aldeas Infantiles SOS como tutoras, o ‘mamis’ como les dicen los niños. Y así mismo la llama Carolina (17), su ‘hija’ mayor. “Para mí es mi mami, yo me crié con ella, el lazo es muy fuerte”, dice. Llegó a los cinco años a las aldeas por violencia intrafamiliar, ella y sus tres hermanos. Dos de ellos, los más chicos, también viven allí. Va al colegio en las tardes y en las mañanas está en la aldea, haciendo tareas, viendo tele, ayudando. “Aprovecho harto los momentos en que la Caro está acá para conversar con ella. Le digo que estudie, que por lo menos salga de acá con cuarto medio, porque ya está visto que los que se van de acá sin terminar la media después afuera no lo terminan”, cuenta Rosa.

Y es también el anhelo de Carolina, pero se siente insegura. “Estoy a punto de cumplir los 18 y no sé qué va a pasar. Si me voy de acá no sé qué hacer. Yo quiero mantenerme sola, para poder hacerme cargo de mis hermanos. El más grande volvió a la casa de mi papá, pero yo no quiero eso, menos para mis hermanos pequeños, porque el ambiente no es muy bueno”, confiesa.

Su temor tiene que ver con que el Decreto Ley Nº 2.465, que creó el Servicio Nacional de Menores, establece que la población objetivo de los programas son todas las personas menores de 18 años que han sido vulneradas en sus derechos. Se entiende entonces que una vez cumplida la mayoría de edad deben abandonar sus lugares de residencia y comenzar su vida independiente. Es cierto que existe una excepción. La misma ley indica que quienes cumplen 18 pueden continuar participando en los procesos de intervención hasta los 24 años, siempre y cuando se encuentren cursando estudios de nivel básico, medio o superior, o presenten una situación de discapacidad mental profunda. Pero para Alejandra Riveros, directora nacional de Aldeas Infantiles SOS Chile -organismo que recibe recursos del Sename-, esto en la práctica no ocurre. “Las organizaciones comienzan a acelerar el egreso de los chicos bajo la causal de cumplimiento de la mayoría de edad y con el argumento de la preparación para la vida independiente. Generalmente lo que hay detrás de eso es la necesidad de abrir nuevos cupos, de trabajar con chicos más pequeños, con menos complejidad. Por lo tanto, de alguna manera se encubre esta necesidad de los jóvenes de recibir apoyo y acompañamiento en una etapa compleja como es transitar a la vida adulta”, revela.

Las cifras lo confirman. Según el último informe de atendidos por el área de protección del Sename, en el segundo trimestre de este año, de un total de 127.522 niños solo 1.617 corresponden al grupo etario ‘18 años y más’. “Como servicio intentamos que todos los niños, niñas y adolescentes en cuidado alternativo cuenten con un proyecto escolar que, en lo mínimo, implique completar la educación escolar”, asegura Gabriela Muñoz, asesora de la Dirección Nacional de Sename. Y complementa: “Sin embargo, estamos conscientes de que se requiere fortalecer esta área para brindar mejores espacios de apoyo a los adolescentes en el proceso de transición a la adultez y, por lo mismo, estamos diseñando una metodología específica para fortalecer este tema”.

La cocina de una de las casas de acogida de Aldeas Infantiles SOS.

URGE UNA POLÍTICA PÚBLICA

Un estudio reciente de la Universidad Católica realizado sobre la base de datos de la encuesta Casen reveló que casi un millón de chilenos mayores de 31 años vive aún en la casa de sus padres. Entre las razones de este fenómeno destacan la extensión de los periodos de estudio, los cambios sociales y de estructura familiar de los últimos veinte años y el emprendimiento en material laboral.

Dicho estudio se refiere a jóvenes profesionales, es decir, con estudios superiores cursados. Pero ¿qué ocurre con aquellos que no han tenido la posibilidad de estudiar y que además han pasado gran parte de sus vidas institucionalizados porque no cuentan con redes familiares? “No tiene sentido que aceptemos como algo natural que personas que tuvieron acceso a contención familiar y económica vivan hasta pasados los 30 años con sus padres y que no nos sorprenda que jóvenes que no cuentan con ninguna de esas ventajas salgan a los 18 años a hacerse cargo de sus vidas sin ningún apoyo. Para mí es un doble abandono. Es haber avanzado durante muchos años y de un momento a otro volver a cero”, advierte Alejandra Riveros.

Y no se trata solo de sustento económico. “Hace falta un sistema de monitoreo que nos permita hacer carne la normativa que habla de apoyo hasta los 24 años. Falta una ley específica, que no existe en Chile -a diferencia de lo que ocurre en Argentina, por ejemplo, donde el año pasado se dictó una ley de acompañamiento en el egreso de jóvenes de residencia-, que nos permita acompañarlos de forma integral, lo que significa ver dónde van a vivir, ayudarlos a decidir qué van a estudiar, asistirlos en la inserción laboral, incluso en las relaciones que van entablando con las personas, y si eventualmente hacen familia, también apoyarlos, porque son chicos que vienen de historias muy quebradas, de mucha vulneración”.

Como le ocurrió a José Luis Gómez (20). Su madre biológica falleció cuando tenía un mes de vida y llegó a la Aldea SOS de Curicó a los 3 años. Hoy está becado en la Universidad de Chile, donde estudia danza. Un logro que requirió de mucho esfuerzo y que, dice, no habría sido posible solo. “A veces pienso que si me hubiese quedado con mi papá, con suerte habría estudiado en la básica. Él vive en un sector muy rural, donde los niños empiezan a trabajar a los 10 años. Habría tenido que hacer lo mismo”, cuenta. Paradójicamente, se siente afortunado. “Sé que mi caso es distinto al de muchos jóvenes. Yo siempre supe que quería estudiar danza y tuve la suerte de que me becaran en una academia en Curicó que me abrió el camino para llegar donde estoy. Pero muchos chicos a esta edad no saben bien qué quieren hacer. Algunos ni siquiera han terminado la media cuando cumplen 18. Yo siempre supe que a mí me iban a apoyar, pero también sé que no los pueden apoyar a todos”.

José Luis Gómez vivió en la Aldea SOS de Curicó hasta los 18 años.

Su meta hoy es encontrar un trabajo que le permita independizarse, porque vive en una casa de la misma universidad para alumnos de regiones o que no tienen dónde vivir en Santiago. “Somos como 34 personas y las piezas se comparten entre tres. No nos conocemos mucho entre nosotros. La verdad es que no me gusta vivir aquí, me gustaría algo un poco más íntimo, pero por el momento es mi única opción”, dice, con la tranquilidad de saber que su residencia es temporal. “José Luis es un caso ejemplar. Sabemos que va a llegar muy lejos, pero obviamente no es lo habitual. La mayoría de los chicos que están en nuestras casas de acogida cuesta mucho que adhieran a sus planes de estudio, a sus terapias y a cualquier cosa que se les proponga. Son niños que lo han pasado mal y ya no le creen a nadie, es difícil intervenir en esa realidad. La única manera de lograrlo es estando con ellos, tal como cualquier padre o madre está con sus hijos, creando lazos”, dice la jefa nacional de Comunicaciones de Aldeas SOS, Daniela Toro.

EL MODELO DE CASAS COMPARTIDAS

A los 16 años, Aarón Figueroa se escapó de un Cread (Centros de Reparación Especializada de Administración Directa) del Sename. Vivía allí desde los seis, pero ya se sentía muy encerrado. “El que quería estudiaba, a nadie le importaba mucho lo que me pasara”, cuenta. Estuvo un mes viviendo en la calle. Hasta que lo invitaron a ser parte de los programas especializados en calle (PEC) de la Fundación Don Bosco. Se trata de una invitación de salida paulatina de la situación de calle, porque la experiencia demuestra que no es fácil; en la calle los chicos son libres de hacer lo que quieran, no hay responsabilidades.

“Me invitaron primero al albergue nocturno y después empecé a ir también al PEC diurno. Volví a estudiar y en la noche llegaba al albergue. Ahí tenía mis cosas. Era donde me duchaba. El fin de semana pasaba más en la calle, haciendo hora. A veces iba donde mi mamá, que vive en Pudahuel, pero no me acostumbro a estar con ella. Un tiempo lo intenté pero tuvimos muchos problemas. Ella era de Linares y se vino a Santiago y pasó por un proceso muy similar al mío. Ahora vive en un campamento”, cuenta.

Aarón Figueroa fue uno de los jóvenes que participaron del proyecto social de Casa Compartidas.

El padre Víctor Mora, presidente del directorio de Fundación Don Bosco, explica que la idea de todos estos programas es acompañar la vida de los jóvenes, desde la razón y el afecto. “Si no hay una relación, no hay un proceso de cambio. No se trata de darles la comida, hay que enseñarles a comer”, dice. Así surgió el proyecto de ‘Casas Compartidas’. La iniciativa, que comenzó en enero de 2014, fue ejecutada por el Ministerio de Desarrollo Social y la fundación. “Se trataba de un lugar transitorio para vivir, destinado a favorecer su inclusión social. Era una casa o departamento financiado en sus gastos de arriendo y servicios básicos por el ministerio, para que vivan allí jóvenes y adultos (mayores de 18 años) por un tiempo aproximado de año y medio, con la idea de iniciar estudios, buscar trabajo y lograr una autonomía que les permitiera la reinserción”, explica el director ejecutivo de la fundación Don Bosco, Sergio Mercado.

“Cuando llegué a Casas Compartidas se me abrieron muchas puertas, porque iba a cumplir los 18 años y me veía nuevamente en la calle. Tener que buscar las herramientas tú solo es demasiado difícil. Aquí se me dio la oportunidad de permanecer con la condición de estudiar, trabajar y administrar y rendir el presupuesto que me entregaban; de empezar a hacer mi vida independiente, pero con ayuda”, cuenta Aarón. Y según la directora de este programa, Paulina Herrada, ese empujoncito es clave. “Los chicos de esa edad que no tienen estudios acceden a empleos superprecarios. Teníamos chicos que los contrataban por 11 meses, los despedían para que no cumplieran el año y a los tres meses los volvían a contratar. Y lo mismo pasa con las políticas públicas. Es un sector muy abandonado, porque ya no son niños, pero tampoco adultos, y como no tienen hijos no pueden acceder a un subsidio”.

El primer año de este proyecto fue de mucho aprendizaje para todos. “Nos habían dicho que nos estábamos metiendo en la pata de los caballos, que no iba a funcionar. Muchas veces hicimos visitas sorpresa a las 2 a.m. pensando que no los íbamos a encontrar en la casa o que iba a estar todo desordenado, pero varias veces hicimos el ridículo. Obviamente hubo complejidades que obedecen a la etapa del desarrollo de los chicos, pero ellos venían de una vinculación con nosotros importante y desde ahí se crearon lealtades. Por eso es importante no soltarlos nunca en el proceso, eso permite que los resultados sean más exitosos”, cuenta Paulina.

Los tres años que duró esta experiencia 27 chicos vivieron en estas casas compartidas. “Cuando llegó el momento del cierre les dijimos a las personas del ministerio (de Desarrollo Social, que había implementado el proyecto) que no lo cerraran, que podíamos mostrar resultados, pero ellos tenían otra intención”, cuenta Sergio. Efectivamente, el 60% de los jóvenes se pudo reinsertar de forma definitiva y el resto con avances supersignificativos. Pero lo más importante, dice, es que cuando les avisaron que debían irse de ahí, para ninguno de ellos la calle fue una alternativa. “Eso es suficiente para decir misión cumplida”.

La asesora del Sename Gabriela Muñoz confirma que la institución está en un proceso de transformación. “El nuevo modelo contempla potenciar las habilidades cotidianas que los preparen para resolver los temas del día a día tales como alimentación, presupuesto, higiene y limpieza”. Cosas que la mayoría de nosotros aprendimos por imitación en nuestras casas, pero ellos no. Además, detalla, se potenciarán la búsqueda vocacional y habilidades de relacionamiento comunitario a fin de que los jóvenes se mantengan vinculados a redes de protección, participen en espacios comunitarios, talleres recreativos y culturales. También se abordarán las habilidades para la práctica laboral, en donde se incluyen estrategias asociadas a las entrevistas laborales, la búsqueda de empleo y sus derechos como trabajador.

Aarón hoy está trabajando. Arrienda una habitación mientras junta plata para algo más grande. Además está terminando sus estudios. Eligió la carrera de técnico en trabajo social. “¿Por qué será?”, dice riendo. Y luego se pone serio y precisa: “Quiero que muchos más tengan la oportunidad que tuve yo”.

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