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28 diciembre, 2016
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El milagro de la leche de burra

Mientras en Italia la utilizan como la mejor alternativa para niños alérgicos alimentarios y como brebaje para quienes necesitan reforzar su sistema inmune, en Chile la tendencia se asoma: madres compran burras para poder alimentar a sus hijos, un gastroenterólogo la receta como tratamiento, y dos empresas venden esta leche pasteurizada cuyos beneficios son prometedores.

Por Daniela González / Fotografía: Alejandro Araya


Paula 1216. Sábado 31 de diciembre de 2016.

Manuela nació sin contratiempos. Una exquisita guagua de 3,4 kilos, plácida, que se agarró de inmediato al pecho de su madre Camila Miralles (36), y se alimentó sin problemas los dos primeros días. Al tercero, se soltó llorando de la pechuga, despavorida, con una angustia que nadie pudo interpretar: buscaba el pezón desesperadamente, succionaba unos 10 segundos y se soltaba, explotando en llanto. Se asesoraron por matronas, pediatras, expertos en lactancia. Probaron dándole con mamadera, jeringa y sonda, pero nada funcionaba. Manuela, con dos semanas de vida, estaba perdiendo peso y botaba la leche por la nariz. A esas alturas, por el estrés y la cada vez menor succión de la pequeña, Camila había dejado de producir leche, así que alimentaban a su hija con un relleno que no le gustaba nada. Podía demorarse dos horas en lograr –entre llanto y llanto– que tomara unos 40 ml.

“Todo empeoraba. La Manuela comenzó a ahogarse sola, teníamos que sacudirla para que volviera a respirar. Un día la estaba mudando y vi como caían chorros de sangre en su pañal. Ahí nos confirmaron el diagnóstico: alergia alimentaria severa y desnutrición”, cuenta Camila. La gastroenteróloga de ese entonces les indicó una leche hipoalergénica, pero Manuela gritaba cada vez que intentaban dársela. “Cada noche, con Clemente, mi marido, tomábamos la calculadora y anotábamos cuántos ml de leche había tomado ese día y cuánto había vomitado. Lo medíamos en cucharaditas. Ella pasaba hambre y no teníamos cómo alimentarla. Luego nos mandaron a hacer una ecografía para ver si su reflujo tenía causas anatómicas”. Ahí apareció algo que finalmente fue un hallazgo: una supuesta malformación cardiaca que provocaría todos estos síntomas y cuya solución –señaló una cardióloga– sería una operación al corazón. “Un amigo de la familia, el pediatra oncólogo Juan Quintana, averiguó con su equipo médico y nos dijo que Manuela no podría resistir una operación así y que esa malformación no estaba provocando ningún síntoma, simplemente era algo de lo que jamás nos habríamos enterado sin el examen. Que había que tratar la alergia y la desnutrición”, narra Camila.

Un nuevo gastroenterólogo confirmó que se trataba de alergia y dijo que la prioridad era engordar. Pero, aunque probaron varias otras leches para alérgicos, ninguna daba resultado. Entonces, el doctor les dijo que había otra alternativa que podría sonar algo extraña, pero que a él le había estado funcionando con otros pacientes severos: la leche de burra. Para Camila no fue algo tan raro, porque su abuelo paterno se había alimentado con esa leche, hacía 80 años. El punto era cómo encontrarla ahora. El doctor los contactó con otra paciente que tenía leche, y ese mismo día la pudieron conseguir, la vaciaron en la mamadera y se la dieron a Manuela. “No lo podíamos creer. Jamás habíamos visto a nuestra hija tomar una mamadera entera en pocos minutos. Se la devoró”. El cambio fue extraordinario: en tres días ya no había reflujo, ni ahogos, ni sangre en el pañal. Había que conseguir más leche como fuera. Algo difícil, porque la cantidad de burras en Chile es escasa y porque producen menos de un litro al día, a diferencia de la vaca que puede producir 30. Además, el litro puede llegar a costar 14 mil pesos. Por eso –mientras Camila se conseguía leche con otras madres que habían comprado burras; una tía le mandaba leche de burra en polvo desde Italia; y Clemente iba a Estación Central y a Cachagua, buscando vendedores ambulantes de esta leche–, su padre, Alejandro Miralles, comenzó rápidamente a comprar burras y a llevarlas al campo que tiene en San Fernando. Hoy tienen 18 ejemplares y producen leche suficiente para alimentar a su nieta, mantenerla sana, y guardar para cuando se necesite.

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Como leche materna
Si hubiera dos vasos encima de la mesa, uno con leche materna y otro con leche de burra, la confusión sería segura. El aspecto y el sabor de ambas son increíblemente parecidos y la similitud en su composición es sorprendente: a diferencia de la de vaca, la leche de burra y materna son pobres en caseína, una proteína que es difícil de digerir y enlentece el funcionamiento gástrico; altas de lactoalbúmina, otra proteína que suele causar menos alergia; y tienen prácticamente el mismo contenido de lactosa, por eso ambas son tan dulces. Otro dato: ni la mujer ni la burra tienen cisternas –o depósitos–, como sí ocurre con la vaca, que puede almacenar hasta 30 litros al día y requiere sí o sí ser pasteurizada. Por eso, cuando antaño –y todavía en un par de lugares– pasaba un señor tirando de una burra y vendiendo dedales de leche recién ordeñada, se tomaba sin inconvenientes, aunque no estuviera pasteurizada. Tal como la humana.

Aunque el estudio científico de los beneficios de la leche de burra empezó hace solo tres décadas, su uso en el campo medicinal tiene antecedentes ancestrales: desde Hipócrates, el padre de la medicina, que la recomendaba para sanar el envenenamiento, intoxicación o dolores articulares; hasta el naturista francés Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, que la nombró en su Historia Natural, del siglo XVIII. Las principales investigaciones académicas que hoy existen –todas apoyan su uso como una gran alternativa en el tratamiento de alergias alimentarias y una de ellas habla de una tolerancia de 82% en niños alérgicos– son de universidades italianas, el país más productor en el mundo de esta leche, con una industria cada vez más consolidada. Se estima que en Italia –donde hay 9 razas autóctonas de burros– existen cerca de 200 haciendas donde se produce esta leche. La más grande de ellas, Montebaducco, vende leche fresca, en polvo, como queso y hasta un licor. “Esta leche fue redescubierta en Italia progresivamente a partir de los 90, gracias a los estudios que se realizaron y a la voluntad de pequeños criadores de producirla. Fue un camino gradual. Hoy los principales compradores son madres que tienen niños con problemas de alergia, madres que no tienen suficiente leche materna, y personas ancianas o debilitadas que necesitan reforzar las defensas inmunitarias”, dice Giuseppe Iannella, responsable de calidad en la empresa. “Últimamente, ya no solo se vende como alimento para niños que no pueden tomar leche de vaca, sino también como alimento geriátrico o para deportistas”, dice el veterinario italiano Filippo Paolicelli, que desde hace 14 años administra el sitio www.lattediasina.it, donde se entrega apoyo e información a los nuevos criaderos de burros que van apareciendo. La tendencia ha sido recogida, además, por diarios británicos que hablan de la leche de burra como el nuevo elixir de la vida y como una posible respuesta para problemas de alergia alimentaria.

El doctor de la leche
Después de titularse como médico en la Universidad de Chile, de formarse como pediatra en el Hospital Luis Calvo Mackenna y de hacer una sub-especialidad en Gastroenterología Infantil en Alemania, donde, además, se doctoró en el área, Germán Errázuriz –amante de la naturaleza– decidió radicarse junto a su familia en Puerto Montt para ejercer allá su profesión, porque no quería vivir en Santiago. Era 1998, y temas como alergias alimentarias o celiaquía comenzaban a aparecer. Allá trabajó en el hospital y, apasionado por el tema alimentario, también hizo programas en radios locales sobre nutrición y charlas en liceos.

Estudios italianos indican que el 82% de niños alérgicos a la leche de vaca, tolera la de burra sin problemas y medios extranjeros la tildan como una posible solución a la alergia.

Un día, a su consulta llegó una familia con tres niños muy alérgicos. El más chico era el más severo, incluso con riesgo de hacer anafilaxia, grave reacción alérgica que puede ser mortal. “Nada funcionaba con él. En ese tiempo las pocas fórmulas hipoalergénicas venían recién entrando al mercado y eran casi inaccesibles por los elevados precios”, relata Germán Errázuriz. El niño no podía tomar leche de vaca, así que probaron con batidos de quínoa y también licuado de pollo –un brebaje proteico de pollo, azúcar, arroz, que en la época se usaba en este tipo de casos– pero nada. La mamá del pequeño fue la de la idea: “Doctor, una vecina se acaba de comprar una burra recién parida. Pensé que podríamos darle leche de burra a mi hijo”. Errázuriz hizo una búsqueda de la información que había, que no era mucha, y decidieron probar. Funcionó tan bien, que esa madre terminó alimentado a todos sus hijos con leche de burra. “A cada paciente severo que llegaba, le decía que tratara de conseguirse leche de burra y siempre funcionaba bien”, dice el doctor.

En 2009, el gastroenterólogo volvió a Santiago para incorporarse a Pediatría en una clínica y los lactantes con alergia alimentaria comenzaron a aparecer cada vez más. Hace dos años, lo llamaron por interconsulta desde Neonatología, por un trillizo que llevaba dos meses hospitalizado, alimentándose a través de una sonda. Vomitaba todo lo que recibía. Lo habían estudiado desde el punto de vista neurológico, metabólico, habían probado varias leches hipoalergénicas, por si fuera alergia a la proteína de leche de vaca, pero nada.

Le hicieron una radiografía de su tracto gastrointestinal superior, para ver que no hubiera nada anatómico. El examen consistía en darle al bebé –en una mamadera– un líquido que se utiliza como medio de contraste, llamado bario. “La guagua tomó el bario, que no tiene gusto a nada, y se lo tragó de una sola vez, como que fuera la mejor leche del mundo. Ahí dije: este no es problema de la guagua. Es problema es de la leche”. El pequeño trillizo estaba tan mal, que el siguiente paso era hacerle una operación antirreflujo y una gastrostomía: un agujero en el estómago para poder alimentarlo. Entonces, el doctor Errázuriz se acordó de la leche de burra. “Les conté a mis colegas mi experiencia en el sur y les dije que había una solución algo exótica, pero que podría tener buenos resultados”. Habló con los padres y con la dirección, y en conjunto tomaron la decisión. Errázuriz se consiguió leche de una antigua paciente que tenía burras en el sur y, cuando llegó, se la dieron al pequeño a través de la sonda. No hubo vómitos. Al segundo día le dieron más; no hubo vómitos. Al tercer día la tomó en mamadera y tres días después, el trillizo estaba dado de alta y se fue a su casa. Su mamá terminó comprándose dos burras para alimentarlo.

Después de ese trillizo, en Neonatología usaron leche de burra en cuatro pacientes más; todos casos dramáticos que se salvaron de la cirugía. “Comencé a fascinarme con este tema desde que vivía en Puerto Montt y a estudiarlo cada vez más, aunque el material que existe en literatura médica es muy poco; solo algunos trabajos de universidades italianas. Pero en los 15 años que llevo usándola, he visto que es realmente maravillosa y anda muy bien en pacientes que no responden a leches hipoalergénicas. Es tan buena, que muchos de mis pacientes terminan comprándose sus propias burras”.

Proveniente de una familia de agricultores, Errázuriz comenzó poco a poco a plantearse una posibilidad: convertirse él también en un productor de leche de burra y ofrecer esta solución a pacientes que la necesitaran, dada la casi nula producción de este tipo de leche en el país. Empezó a estudiar el tema, se asoció con su madre y adquirió un campo con aguas vertientes, compró burras, diseñó una planta de pasteurización con ordeñadoras italianas y pasteurizadoras alemanas. Para evitar algún conflicto de ética, conversó todo en la clínica en la que trabaja, y hoy sus colegas aplauden su proyecto que terminó por convertirse en una planta de procesamiento de leche de burra pasteurizada de primera línea (www.asinolat.cl).

La otra empresa que existe en Chile se llama Lácteos Qala y es de los agrónomos José Luis Godoy y Álvaro García (qala@3robles.cl), que acaban de obtener la resolución sanitaria y también cumplen con la normativa vigente. “Por nuestro trabajo de asesoría, nos tocó estar en el norte y ver que habían burros que terminaban siendo vendidos para el consumo de su carne. Era un recurso mal aprovechado y, a la vez, estaba comenzando la necesidad de niños alérgicos de consumir su leche”, comenta José Luis Godoy. Luego de una exhaustiva investigación, comenzaron el negocio y hoy tienen 20 burras en su parcela y venden leche pasteurizada.

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Por qué la burra
La leche mamífera es un alimento ultra específico para cada especie; la madre no solo entrega nutrición de primera calidad, adecuada a los factores de crecimiento que requiere esa cría, sino también anticuerpos para enfrentar enfermedades locales, y antígenos que permitirán al recién nacido tolerar los alimentos que comerá en un futuro. Por ejemplo, la leche de vaca está diseñada para un ternero que se caracteriza por crecer muy rápido: ganan un kilo al día, a diferencia del ser humano, que aumenta 20 a 30 gramos diarios. Con esa velocidad de crecimiento, los terneros necesitan una cantidad y especificidad de proteínas mucho mayor al humano –que crece muy lento–, para poder sintetizar tejidos, músculos y huesos. “No se trata de dejar la leche de vaca. Es excelente después de los dos años de edad, con una calidad proteica y de calcio que por ese precio difícilmente se encuentra en otro lado”, aclara Errázuriz.

Lo curioso es que la burra, especie herbívora de crecimiento rápido, produzca una leche tan parecida a la de un omnívoro de crecimiento muy lento: el humano. “Una teoría es que tiene que ver con que el burro vive en climas donde la dieta es muy mala. Si tú lo pones en un sitio con pasto, va a preferir comer las ramitas del lado. Necesita mucha fibra, pastos pobres. Está adaptado evolutivamente a eso. Su sistema digestivo le permite digerir alimentos que otros herbívoros no digieren bien. Y dentro de este mecanismo adaptativo, su leche es muy pobre en proteína, para que a su vez la cría se adapte (o acostumbre) a este ambiente de malnutrición”, explica el gastroenterólogo. Así, por mecanismos evolutivos completamente distintos, se llega a dos leches que son muy similares.

La inmunóloga María Antonieta Guzmán –académica de la Universidad de Chile y parte del comité que realizó las guías del Ministerio de Salud para tratar alergias alimentarias–, pone paños fríos. “En general, las leches de otros mamíferos son malas alternativas para niños alérgicos a la proteína de leche de vaca. Los burros se distancian genéticamente de especies como la vaca o la cabra, pero eso no logra que sea una alternativa válida, pues podría haber reactividad cruzada: es decir, un 70% de parecido proteico entre las leches. En algunos niños puede servir, pero habría que realizar un test cutáneo y una prueba de provocación controlada, en un ambiente hospitalario”, señala.

Manuela la toleró perfectamente. Hoy tiene 10 meses y está más enérgica que nunca: hace un mes comenzó a dar pasos afirmada de muebles y se sostiene sola. Come con ganas pollo, garbanzos, arroz, zapallo y toma tres mamaderas de 240 ml al día, con leche de burra. También entró en la curva normal de crecimiento. Los padres están felices: “la familia nos ha ayudado tremendamente y hoy Manuela está muy bien. En el último control el doctor nos dijo ‘la Manuela despegó’, despreocúpense. Y con eso, me di por pagada”.

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