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8 octubre, 2014
orla

Mujeres protagonistas de su parto

Quieren tener a sus guaguas en cuclillas, algunas sin anestesia y que el parto fluya en los tiempos naturales. Leen, van a cursos prenatales y se presentan ante los obstetras como embarazadas informadas y exigentes, que saben lo que pasa con sus cuerpos. Son mujeres que quieren tener partos respetados, lo más naturales posibles, pero sin riesgos y al abrigo de una clínica.Una demanda a la que los médicos están intentando adaptarse, pero que aún levanta resistencias.

Por Sabine Drysdale / Fotografía: Rodrigo Chodil / Producción: Álvaro Renner / Maquillaje: Pati Calfio / Agradecimientos: Rapsodia


Paula 1158. Sábado 11 de octubre de 2014.

En septiembre de 2012, apenas supo que estaba embarazada de su primer hijo, la sicóloga Carolina Ocampo (34) comenzó a consumir información especializada. Descargó en su celular las aplicaciones What to Expect y Baby Center, se hizo asidua a los blogs yourbabybooty.com y ecologiadelnacer.cl y compró la guía para embarazadas de la clínica Mayo, Guide to a healthy pregnancy. También asistió a la conferencia que dio en Chile Michel Odent, el ginecobstetra francés y defensor del parto natural, y al curso prenatal Alma de Mamá que realiza la matrona Pascale Pagola. Satisfecha con su alfabetización de madre primeriza, salió a buscar doctor.

“Con mi marido hicimos como un shopping de médicos”, dice. Visitaron tres en las clínicas Las Condes y Alemana y se quedaron con el que les pareció más cálido, el que la hizo sentir acogida y no como una paciente más. “Cuando empecé a informarme sobre lo que podía esperar de mi embarazo y mi parto, me di cuenta de que podía ser exigente con los médicos: que no tenía por qué parir acostada, que podía hacerlo de pie. Que si no quería, no era necesario hacer una episiotomía (corte en el perineo para facilitar la salida de la cabeza de la guagua). Que podía pedir la anestesia en el momento en que la quisiera y no cuando ellos lo decidieran. Que podía controlar lo que pasaba en la habitación: si la quiero más oscura, más tibia, o con menos gente, para que fuera más íntimo. Cuando me di cuenta de todas estas cosas escribí con mi marido nuestro plan de parto”, explica Carolina Ocampo y saca de una carpeta una hoja con letras verdes y decorada con corazones que escribió junto a su marido cuando cumplió los cinco meses de embarazo. Hoja que le leyó al doctor en esa primera visita:

“Quiero un parto natural y sin anestesia. Quiero caminar libremente. Por favor evitar una episiotomía, prefiero rasgarme naturalmente. Quiero usar pelota, barra en la cama y darme baños antes del parto. Mantener la luz suave. Por favor, evitar inyectarme oxitocina u otra medicina. Evitar conectarme a monitores”.

Y aunque el médico no la miró con espanto, puso sus reparos: no estaba dispuesto a que le bajaran la luz y dijo que si tenía que hacerle una episiotomía, se la haría. “Yo sabía que no era tal, que eso eran caprichos del doctor”, asegura Carolina. Y aunque salió junto a su marido un poco desilusionada, decidieron seguir adelante con ese doctor pensando en que la persona realmente importante, la que los acompañaría durante el trabajo de parto, sería la matrona. “Pero fue un desastre. Cuando la conocimos y nos sentamos frente a ella fue como estar frente a un sargento que, sin mirarnos a los ojos, preguntaba y anotaba: ‘nombre completo, teléfono, rut, dirección’. Carolina le mostró su plan de parto. “Me dijo una frase que me encendió las alarmas: ‘yo no he tenido ninguna paciente que no pida anestesia’. Que la matrona tuviera esa predisposición me chocó. Yo quería que el equipo creyera en mí, en mi preparación y en mi capacidad. Salimos y dijimos: ‘No. No queremos que nuestro hijo nazca con ella, esta energía no la quiero en el parto”.

La actriz Paz Bascuñán tuvo a su segunda hija, Leonor, en 2012 en un parto vertical, de pie y sin anestesia. “En mi primer parto no me sentí protagonista, más bien fui espectadora. Con mi segunda hija fue distinto, tenía la fuerza del que sabe a lo que va y lo viví totalmente empoderada. Le pedí a mi doctor que confiara en mí”.

Estaba en la semana 29 de su embarazo y tuvo que salir a buscar un nuevo doctor, el cuarto. Y lo encontró. El 27 de mayo pasado, Carolina se levantó de madrugada con las primeras contracciones dolorosas. Tomó un desayuno nutritivo, se dio duchas, hizo ejercicios. Llegó a la Clínica Alemana con 8 centímetros de dilatación. “Entramos y mi habitación ya estaba oscura como yo lo había pedido”. Estaban solo su marido y la matrona. No se dio cuenta cuando entró el médico, que se sentó en el suelo a esperar que el parto avanzara naturalmente. Fue rápido y no alcanzó a poner la música que escuchaba todas las noches, unos cánticos mántricos africanos, pero sí a aferrarse a una almohada impregnada con un extracto de gardenia, la misma que usaba todas las noches para conectarse con su cuerpo y programarse para el parto. “Mi propósito era que el momento del parto fuera lo más natural posible, que fuera algo que yo hiciera racionalmente, que el cuerpo fluyera. Que saliera el mamífero que tenía que salir”. Y así fue.

SÚPER INFORMADAS
Carolina Ocampo está lejos de ser una excepción, sino que forma parte de una tendencia que ha ido creciendo entre las mujeres: la de las embarazadas empoderadas. “Son mujeres conscientes de sus derechos, que exigen su autonomía”, dice el doctor Eghon Guzmán, miembro honorario de la Sociedad Chilena de Obstetricia y Ginecología, quien ha sido testigo en su propia consulta del cambio en las pacientes. “Hoy, la relación médico-paciente es horizontal: más que pacientes, tenemos usuarias, al punto que, incluso, se ha perdido ese respeto al médico; antes era un semidiós y hoy es un profesional más”, agrega. Y eso se ha dado, según el médico, en parte por el acceso a la información. “Una mujer apenas se embaraza se mete a google, lee, pregunta e intercambia información. Hay, además, planes educativos para embarazadas y matronas que hacen cursos.

Incluso está apareciendo la consulta preconcepcional, para saber qué hay que hacer antes de embarazarse”. El empoderamiento de las embarazadas coincide con un nuevo concepto que ha ido ganando terreno en las maternidades de los países desarrollados: los partos respetados o humanizados donde los tiempos del nacimiento fluyen naturalmente, aunque sin someterse a riesgos. “Hay una razón por la que vengo a una clínica y no me voy a tener a mi hijo pegada a un árbol en el monte, y es porque si hay una emergencia estoy dispuesta a que me hagan una cesárea o lo que necesiten”, explica Carolina Ocampo. Como ella, las mujeres que buscan un parto respetado quieren experimentar el nacimiento de sus hijos como el proceso natural para el que su cuerpo está diseñado y no como una cascada de intervenciones médicas como ha sido prevalentemente hasta ahora. Pero este deseo de las mujeres, muchas veces choca con la realidad. Según datos del Ministerio de Salud de 2011, 39% de los partos en el sector público fueron cesáreas, mientras que en las clínicas privadas se empinan al 70%, muy lejos del 15% que recomienda la OMS.

Michelle Sadler antropóloga de la Universidad de Chile, magíster en estudios de género y en antropología médica, ha estudiado la forma en que ocurren los nacimientos en Chile; de hecho, su tesis para optar a su título de antropóloga se tituló Así me nacieron a mi hija, y para elaborarla observó durante un año partos en tres hospitales públicos chilenos y entrevistó, además, a las mujeres que parieron en dichos recintos. Sadler desprende, de las altísimas cifras de cesáreas que tiene Chile varias cosas: una, que en nuestro país el parto está muy medicalizado. Dos, la mirada médica occidental de la que formamos parte, patologiza las etapas del ciclo vital de las mujeres y concibe la menstruación, la gestación y también el parto como una enfermedad que hay que tratar. Y tres, a mayor medicalización del proceso del parto, menor o nula es la autoridad que la mujer y sus redes de apoyo pueden ejercer durante el proceso.

“Existe una cultura de la medicalización y muchos médicos tienen la lógica del mercado, tienen que optimizar el tiempo, no es que te digan, ‘ah, qué rico, tómate todo el día para parir a tu hijo’. El sistema es rápido, efectivo, de máquina, como una fábrica de producir guaguas”, explica Michelle Sadler.

Hoy, lo habitual es que la mujer llegue a la clínica en una fase no activa de trabajo de parto, con pocos centímetros de dilatación y en vez de devolverla a la casa, se intervenga para acelerar el proceso. Se le induce el parto con oxitocina sintética que se inyecta a la vena, lo que provoca que las contracciones sean más seguidas e intensas, con poco alivio entre una y otra, y que la mujer no libere endorfinas, que es la herramienta natural para tolerar el dolor, por lo que termina necesitando anestesia. Lo tradicional es que se acueste a parir en una camilla y que le rompan la bolsa para acelerar el proceso. También está la posibilidad de que derechamente le hagan una cesárea.

En países como Argentina y Venezuela, mucho de lo que se hace en Chile en forma rutinaria podría ser considerado como violencia obstétrica. “Eso es apoderarme de ti, de tu cuerpo sin tu consentimiento, de hacer cesáreas e intervenciones innecesarias. En esos países puedes demandar por eso”, asegura Sadler.

La antropóloga se encuentra actualmente haciendo un estudio que indaga entre pacientes, médicos y matronas, las razones de tanta cesárea, de tanta medicalización en los partos. Y los doctores le han dicho que son las mujeres las que piden las cesáreas y lo hacen por miedo. El obstetra Enrique Ortúzar de la red de salud UC Christus, coincide con este punto. “Probablemente más de 50% de la responsabilidad de que un parto termine en cesárea, es de las pacientes. Las mujeres las piden porque hay temores al parto natural, temores al dolor y a cómo van a quedar sus genitales después del parto”. Sin embargo, los resultados de un estudio hecho en 2006 por investigadores de la Universidad de California para esclarecer las razones de tan alta tasa de cesárea en Chile, estimó que solo 9,4% de las mujeres pedían una cesárea abiertamente.

Michelle Sadler entonces se pregunta: ¿En qué contexto las mujeres piden la cesárea? “La clave es que están aterrorizadas del parto vaginal porque lo que tenemos es un parto sola, gritando, asustada, intervenida, donde no se puede comer, hablar. Se suman las experiencias dramáticas que les han contado sus amigas y hermanas, entonces no quieren sufrir. Nada de esto sería así, si es que las mujeres estuvieran educadas e informadas de lo que pasa con sus cuerpos”, asegura la antropóloga. Y agrega: “En nuestra cultura hay una idea de que es bueno evitar el dolor, pero no se discuten los posibles sentidos del dolor en el trabajo de parto. En otras sociedades no hay políticas de salud que promuevan el uso de anestesia durante el parto, sino que lo contrario, se desincentiva su uso. Porque son sociedades donde el dolor del trabajo de parto se concibe como algo posible. Es complejo plantearlo acá, porque en Chile hay quienes piensan que es un tema de equidad, que todas las mujeres deben poder optar a un parto sin dolor. Pero, si se educa, es muy probable que se entienda el sentido del dolor y que se utilice la anestesia a favor y no en contra del trabajo de parto: en dosis pequeñas que alivien la intensidad del dolor pero que no impidan la movilidad de la mujer”.

Los partos respetados o humanizados, entonces, implican un cambio de mentalidad de las mujeres pero también de las entidades médicas. Las clínicas, muy de a poco, se han ido adaptando a esta tendencia, al menos en lo que es la hotelería: en las clínicas Las Condes y Alemana, por ejemplo, hoy existen salas de parto especialmente acondicionadas, que resultan más amigables que el antiguo pabellón; salas donde las embarazadas pueden regular la luz y la temperatura, poner música y, si lo desean, entrar acompañados por su familia y amigos. La Clínica Santa María, por su parte cuenta con dos salas AIP en las que incorporó pelotas de pilates y barras para partos verticales, que es la manera ancestral de parir, porque hoy muchas mujeres están solicitando parir así.

Una de ellas fue la actriz Paz Bascuñán que tuvo a su segunda hija, Leonor, en un parto vertical, pese a que durante su embarazo le recomendaron una cesárea “Mi intuición era que no tenía que hacerme una cesárea. Que mi guagua estaba bien y podía esperar. En mi primer parto no me sentí protagonista, más bien fui espectadora, pajarito nuevo sin fuerza para seguir mi instinto, entregada a como el sistema te dice que debe ser un parto. Con mi segunda hija fue distinto, tenía la fuerza del que sabe a lo que va y lo viví totalmente empoderada. Le pedí a mi doctor que confiara en mí, que la dejáramos tranquila unos días más: quería que mi guagua naciera cuando ella quisiera; él tomó los resguardos y me dio el tiempo que necesitaba. Leonor nació a las 41 semanas, generalmente nacen en la semana 40. Hice todo el trabajo de parto en mi casa, dentro de la tina. Al final llegaron a acompañarme mi matrona y la doula. Hay que hacerse de buenos aliados. Llegué a la clínica cuando estaba en las últimas porque mi sensación era que debía protegerme de un sistema que me iba a obstaculizar seguir el camino que había elegido: el camino natural, porque las mujeres sabemos parir. Tuve un parto precioso, orgánico y Leonor nació perfecta, sus ojos abiertos eran pura fuerza y vitalidad”.

“No me ha tocado asistir a un parto vertical, pero estaría dispuesto a atender uno. Es más rápido el trabajo de parto y, si se dan las condiciones, no hay riesgo. Los médicos hemos tenido que ir evolucionando, porque si te quedas en el pasado te quedas sin pacientes”, dice el doctor Eghon Guzmán. Sin embargo, las embarazadas que toman esta opción, aún les cuesta encontrar médicos dispuestos a atender sus partos. (ver recuadro).


En la primera consulta con su obstetra Carolina Ocampo le leyó la lista de cómo quería que fuera su parto: “Quiero un parto natural sin anestesia. Que no me inyecten oxitocina u otra medicina. Favor evitar la episiotomía, prefiero rasgarme naturalmente. Quiero bañarme en el parto y que haya luz suave ”.

ATADA DE MANOS
La matrona Pascale Pagola es precursora en Chile de las doulas; mujeres que acompañan y dan apoyo emocional durante el embarazo, el parto y el postparto. Certificada en educación perinatal, hace 9 años comenzó a impartir un taller de preparación del nacimiento donde se fomenta el protagonismo de las parejas en el parto, se trabaja la confianza, se derriban mitos y se aplacan los miedos. Pascale calcula que han asistido unas 650 parejas a su taller Alma de Mamá y afirma que la demanda por su curso ha aumentado en los últimos años.

“Siento que las mujeres hoy se sienten más dueñas del embarazo y el parto. Lo que en el taller hacemos, es darle la información para que ellas mismas descubran lo que quieren y lo que no”, explica Pascale. Al final del taller, asegura, las parejas salen a enfrentar el parto con más seguridad. “Somos un grupo que genera resistencia, hacemos cosas que para algunos van en contra de la corriente, pero lo hago porque veo feedback de las mujeres y sus parejas. Es bonito también lo que les pasa a los hombres: ellos se sienten más partícipes y seguros de cómo acompañar y contener a su mujer”, dice Pascale Pagola.

Anaïs no quería anestesia.”Pero apareció el anestesista y me dijo: ‘¿cómo lo vas a tener sin anestesia?’. Lo miré con cara de odio y tuve que repetir ¡no quiero anestesia ahora!”.

El empoderamiento de las embarazadas es a veces resultado de una mala experiencia previa. Es el caso de Anaïs Lesty (27), diseñadora gráfica, que a los 19 años tuvo a su primer hijo en una cesárea en la semana 40; hoy, ella estima fue una intervención innecesaria y poco humanizada. “Me dijeron: ‘Si te inducimos el parto, se va a cansar tu bebé, te vas a cansar tú, puede ser peligroso, quizás tengamos que hacer cesárea de emergencia’. Cuando no estás bien informada, piensas ‘no voy a hacer pasar a mi bebé por eso’”. Y acepté la cesárea. Cuando mi hijo nació le dije al doctor que me lo pasara. Me contestó que no podía porque yo tenía las manos atadas; me las habían amarrado para que no se enredan las sondas. ‘Desátame las manos y dame a mi bebé’, le dije. Me lo pusieron 10 segundos al lado de la cara y listo. Durante dos horas no vi a mi bebé. Estaba desesperada. Jugaron con el hecho de que yo era joven y no sabía nada”, dice.

Decidida a no pasar por lo mismo, para su segundo parto en 2011 cambió de doctor, se informó mejor y fue a un taller prenatal. “Estaba decidida a no tener una cesárea, salvo que ocurriera una urgencia”, dice. Anaïs pidió tener un parto sin anestesia. De todas formas, cuando estaba en trabajo de parto, apareció el anestesista. “Me dijo: ‘pero mujer ¿cómo lo vas a tener sin anestesia?’. Lo miré con cara de odio y tuve que volver a repetir ¡no quiero anestesia ahora! La matrona tuvo que pedirle que saliera y esperara a que lo llamáramos. “Sientes a cada rato que los médicos quieren controlarlo todo”, reflexiona. Dos años después, en 2013, Anaïs fue madre por tercera vez. Y ya convertida en una madre empoderada, logró parir de la manera más natural posible: en cuclillas, colgada de una sábana sin episiotomía ni anestesia. “Cuando empecé a gritar la matrona me decía: ‘tranquila, Anaïs, ahí viene tu guagua, ahí está su cabeza, tócala’”.

* El contrapunto médico
El obstetra de la Clínica Las Condes, Sebastián Prado es crítico de esta tendencia. Por ejemplo, no atiende partos en cuclillas, lo hace de la forma tradicional: con la paciente en camilla. “Es lo óptimo porque así el médico controla la salida del bebé. Con la mamá en cuclillas, ¿qué pasa si la guagua viene con una circular (cordón umbilical enrollado) al cuello?, ¿cómo lo examinas? Cuando una mamá está en cuclillas no puedes hacer una episiotomía, es imposible por la posición, entonces pierdes el control de lo que está pasando. Lo hace muy espontáneo, porque dicen que el doctor no interviene (se ríe), pero esa no intervención puede terminar en un desgarro tan grande que rompe el recto. A veces la falta de control significa más daño, no más naturalidad”.

¿Qué opina del no uso de anestesia?
Yo se la indico a las pacientes que la piden. Pero 90% de las mujeres la piden a la segunda contracción. Tener el parto en camilla hace menos tolerable el dolor. Caminando tienes menos dolor, sin embargo, las contracciones del parto son dolorosas. El otro día le dije a una paciente: ‘si vas al dentista y quieres hacerte un tratamiento de conducto, ¿se te ocurriría hacerlo sin anestesia?’ Es una locura si hoy existe la tecnología para producir analgesia. El uso de oxitocina sintética para inducir partos es hoy una práctica rutinaria. Es habitual. No siempre el inicio del trabajo de parto significa que vas a terminar en parto en las próximas doce horas. La oxitocina es una herramienta terapéutica que provoca contracciones y uno la usa cuando necesita contracciones.

¿Por qué hay que apurar el trabajo de parto?
Si se paran las contracciones: ¿qué hacemos? ¿te mando a la pieza? Y cuando necesites la sala de preparto, ¿qué hago si está ocupada? No hay 20 prepartos en las clínicas disponibles. Ese es el punto. Es un tema práctico.

¿Cuál es su tasa de cesárea?
Debe andar por 50%, pero soy partero, me gustan los partos.

La OMS recomienda 15%.
Una cesárea vale tres veces más para un hospital público. Hay una cosa de costos en el análisis que hace la OMS.

En las clínicas llega a 70%.
Si hablas con las pacientes, la mitad quieren una cesárea para no sufrir. Además, en el parto normal hay muchas fases no controladas. Llegas a una dilatación de 8 centímetros, la cabeza se encaja y no pasa: ¿qué haces? ¿Operas? ¿Esperas? Si esperas y la guagua nace con un daño por hipoxia eso es una demanda segura. La legalización de la medicina ha forzado a los médicos a disminuir tus riesgos.

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